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REY: No te opongas a mi gusto,
Ceusis; y tú, Licanoro,
el sacro laurel le ciñe
en nombre mío.
BARTOLOMÉ: Aunque estoy
al cielo reconocido
y agradecido al amor,
licencia de no admitirle
me has de dar; y porque no
pienses que esto es excusarme
de no servirte, te doy
la palabra de que a Irene
verás libre del furor
que la aflige y atormenta.
Sale IRENE furiosa
IRENE: Pues ¿qué poder tenéis vos
para darme a mí salud?
BARTOLOMÉ: El que me ha dado mi Dios.
IRENE: Mucho me huelgo de oír
que tan buen médico sois,
pero curad otros males
que tengan remedio, y no
el mío, que no le tiene
mientras que Dios fuere Dios.
REY: Extrañas locuras dice.
LICANORO: ¡Qué lástima, qué dolor!
IRENE: ¿Qué hay por acá, padre honrado?
¡Cuál vuestra imaginación
anda!
REY: Que estáis loca ahora
creo con más ocasión
porque dicen que verdades
dicen los locos.
IRENE: Pues yo
más para decir mentiras,
que no verdades, estoy.--
¿También los dos por acá
estáis? ¿Cómo va de amor?
LICANORO: Mal, viendo en ti mi desdicha.
CEUSIS: Bien, viendo en ti mi pasión.
IRENE: ¿Oís, buen viejo? Ved qué os digo;
estimad mucho a los dos;
mirad que entrambos me quieren
y a entrambos los quiero yo;
mas con una diferencia,
que a éste le quiero mejor
porque sé que éste es más mío;
pero es tal mi inclinación
que, por saber que éste está
seguro y aquéste no,
habéis de ver que a éste dejo
y tras esotro me voy.
LICANORO: ¡Que haya razón para celos
aun adonde no hay razón!
CEUSIS: Pues tome el favor quien sabe
que aun es locura el favor.
REY: De este delirio que ves
padece la sujeción;
y está ahora aun más templada
que otras veces; pues me dio
la palabra de librarla
tu verdad o tu valor,
duélete de ella y de mí.
BARTOLOMÉ: Dame tu amparo, mi Dios,
contra tu mismo enemigo.
CEUSIS: ¡Que se rinda tu valor
a tan loca confïanza!
LICANORO: Si obra el cielo, ¿por qué no
quieres que alcance victoria?
BARTOLOMÉ: ¿Podré en tu nombre, Señor,
entrar en esta lid?
Dentro MÚSICA
MÚSICA: Sí.
BARTOLOMÉ: ¿Vencerá el demonio?
MÚSICA: No.
BARTOLOMÉ: Luego en esta confianza
que me da tu inspiración,
bien podré atreverme.
MÚSICA: Bien.
BARTOLOMÉ: ¿Quién será en mi ayuda?
MÚSICA: Dios.
BARTOLOMÉ: Pues si Él me ayuda, ¿qué temo?--
¡Irene, Irene!
IRENE: A tu voz
otra yo dentro de mí
parece que estremeció
mis sentidos. ¿Qué me quieres?
Que el verte me da temor.
BARTOLOMÉ: Que en este báculo adores
la cruz que en él está.
IRENE: ¿Yo?
¿Yo adorar en un madero
que es del hombre redención,
de Dios la figura, habiendo
no adorado al mismo Dios?
BARTOLOMÉ: Ya el torpe espíritu de
su lengua se apoderó
y habla en ella.
IRENE: ¡Quita, quita!
Y no te me acerques, no,
si no quieres que, arrancando
pedazos del corazón
de esta infelice mujer,
te los tire.
REY: Ya volvió
a su furiosa locura.
LICANORO: ¡Qué lástima, qué dolor!
IRENE: ¡Huid todos, huïd de mí!
REY: ¡Tenedla!
LICANORO: Es tal su furor
que no es posible.
BARTOLOMÉ: Sí es.
CEUSIS: ¿Quién será bastante?
BARTOLOMÉ: Yo.--
Rebelde espíritu que,
por divina permisión,
este sujeto atormentas,
da la humilde adoración
a aquesta sagrada insignia.
IRENE: No quiero; y pues en mejor
estatua asisto ¿qué quieres?
Déjame, en mi centro estoy;
pues es centro del demonio
el pecho del pecador.
Déjame, Bartolomé,
déjame en mi posesión.
BARTOLOMÉ: Tú no pudiste adquirirla.
IRENE: Sí puedo; ella me la dio
en vida, en muerte y en alma
y en cuerpo.
BARTOLOMÉ: Todo es de Dios,
y no pudo enajenarlo.
IRENE: Sí pudo, puesto que usó
de su albedrío.
BARTOLOMÉ: También
usa de él para el perdón.
IRENE: No le pide.
BARTOLOMÉ: Sí le pide.
IRENE: Ni le ha de pedir; que yo
la embargaré los alientos.
REY: ¿Quién tan nuevo caso vio
que hable ella y no sea ella?
BARTOLOMÉ: En el nombre del Señor
te mando que te retires
a la extremidad menor
de un cabello, y libre dejes
lengua, alma, discurso y voz.
IRENE: ¡Ah, con qué poder me mandas!
BARTOLOMÉ: ¡Irene!
IRENE: ¿Quién llama?
BARTOLOMÉ: Yo.
¿Cómo te sientes, señora?
IRENE: Siéntome mucho mejor;
que parece que me falta
un áspid del corazón.
BARTOLOMÉ: ¿A quién el alma y la vida
has ofrecido?
IRENE: A Astarot
la ofrecí, cuando ignoraba
los prodigios de tu Dios.
BARTOLOMÉ: ¿No te pesa?
IRENE: Sí me pesa;
mas no me arrepiento, no;
que no puedo arrepentirme
de ningún delito yo.
BARTOLOMÉ: Tarde volviste a ocupar
el instrumento veloz
de su lengua.
IRENE: Nunca tardo.
Asiento y lugar me dio
la lengua de la mujer,
si yo la mentira soy.
CEUSIS: Ya a su primer fuerza vuelve.
Miren si convaleció.
BARTOLOMÉ: Supuesto que ya no es tuyo
después que se arrepintió,
de este cuerpo miserable
deja la dura opresión.
IRENE: Quita, quita aquesa cruz;
que ya me voy, ya me voy
a la cumbre de aquel monte,
desde donde mi furor
trastornará sus peñascos
sobre toda esta región.
BARTOLOMÉ: Sin hacer daño ninguno
en desierto, en población,
en personas, en ganados,
en mies, en fruto ni en flor,
desampara esta criatura.
IRENE: Ya te obedezco, pues no
puedo romper las cadenas
que por ti me pone Dios.--
¡Ay infelice de mí!
REY: Muerta en la tierra cayó.
LICANORO: ¡Qué lástima!
CEUSIS: Mira ahora
si encantos sus obras son.
LICANORO: ¡Gran señora! ¡Prima! ¡Irene!
IRENE: ¿Quién me llama? ¿Dónde estoy?
¡Qué de cosas han pasado
por mí! ¿No estaba ahora yo
animando los parciales
de los bandos de Astarot?
REY: Ya ha muchos días que eso,
Irene, te sucedió.
IRENE: Luego ¿he vivido sin mí
todo ese tiempo? ¡Oh qué error
tan grande ha sido ignorar
tanta verdad hasta hoy
de otra nueva ley! Supuesto
que se ha cumplido en lo atroz
de mi vida, en lo piadoso
se cumpla. Cristo es el Dios
verdadero.
REY: ¡Cristo viva!
Yo le ofrezco adoración.
LICANORO: Yo templo y aras.
Vase
IRENE: Yo altares
y sacrificios.
CEUSIS: Yo no,
sino rayo desde aquí
ser de su persecución.
REY: Ven tú conmigo, y al punto
se dé en mi corte un pregón
que muera por traidor quien
no dijere en alta voz,
"Cristo es el Dios verdadero,
Cristo es verdadero Dios."
Vanse todos menos CEUSIS
CEUSIS: ¡Cielo! ¿qué es esto que escucho?
Mas celos diré mejor,
supuesto que cielo y celos
mis dos enemigos son.
Saldréme al campo a dar voces
a solas con mi dolor.
¡Que pueda tanto un encanto!
Pues ¿no bastó, no bastó
deshacer los simulacros
de mi antigua religión
sino quitarme también
la esperanza de mi amor?
¿Qué venganza mi tormento,
qué castigo mi dolor
tomará de este tirano?
¿Quién le dará a mi rencor
alivio? ¿Quién me dirá
cómo he de vengarme?
Dentro el DEMONIO
DEMONIO: Yo.
CEUSIS: Errada voz que los vientos
discurres y con veloz
acento me atemorizas,
¿qué es del cuerpo de esta voz?
¿De esto que yo te dije eres
sombra acaso o ilusión
de mi ciega fantasía?
¿Tú, qué me respondes?
DEMONIO: No.
Aparece el DEMONIO atado con una
cadena
CEUSIS: Pues ¿dónde estás?
DEMONIO: En el centro
de aqueste peñasco estoy.
CEUSIS: Deja, deja el duro espacio
de esa lóbrega prisión.
DEMONIO: No puedo; que aprisionado
con una cadena atroz
de fuego que me atormenta
me miro; y así...
CEUSIS: ¡Qué horror!
DEMONIO: Acércate a mí, pues que
a ti no me acerco yo.
CEUSIS: No pudiéndose extender
tu corta jurisdicción,
¿puedes ayudarme?
DEMONIO: Sí;
porque tiene el pecador
en su albedrío tal vez
más ancha la permisión
que yo, pues puede acercarse
él a mí, pero yo a él no.
CEUSIS: Pues, siendo así, yo me acerco.
¿Quién eres?
DEMONIO: Decir quién soy
no importa; basta saber
que soy quien a tu dolor
puede dar alivio.
CEUSIS: ¿Cómo?
DEMONIO: Oye atento.
CEUSIS: Ya lo estoy.
DEMONIO: En el reino de Astiages
están foragidos hoy
algunos de los ministros
de Astarot. Ve allá y dispón
tu venganza y su venganza.
Y, para poder mejor,
harás que a llamar le envíe
tu padre, a tu persuasión,
a este galileo, diciendo
que sus prodigios oyó,
y que quiere que en la corte
se admita su religión;
y, en yendo allá, dadle muerte,
con que cesará el error
de sus encantos, volviendo
a su antigua adoración
los dioses, y tú podrás,
desenojado Astarot,
gozar a Irene.
CEUSIS: Bien dices.
¡Oh quién pudiera veloz
cortar el aire!
DEMONIO: Yo haré
que a tu corte llegues hoy.
CEUSIS: ¿Cómo?
DEMONIO: Toma aquesa antorcha;
que con ella exhalación
serás del viento.
CEUSIS: ¡Ay de ti,
Bartolomé! Que ya voy,
rayo contra ti flechado,
a ser tu persecución!
Toma una hacha encendida y vuela
DEMONIO: Pues para que en todo sea
igual nuestra oposición,
ya que no puedo seguirle,
porque encarcelado estoy,
música también se escuche,
diciendo en sonora voz,
a pesar del cielo...
Cantan
DEMONIO y MÚSICA: ¡Viva
el ídolo de Astarot!
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu