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LAS CADENAS DEL DEMONIO


Personas que hablan en ella:


JORNADA PRIMERA


Salen IRENE, y FLORA y SILVIA deteniéndola

IRENE: Dejadme las dos. FLORA: Señora, mira... SILVIA: Oye... FLORA: Advierte... IRENE: ¿Qué tengo de oír, advertir y mirar, cuando miro, oigo y advierto cuán desdichada he nacido, sólo para ser ejemplo del rencor de la Fortuna y de la saña del tiempo? Dejad, pues, que con mis manos, ya que otras armas no tengo, pedazos del corazón arranque, o que de mi cuello, sirviéndome ellas de lazo, ataje el último aliento; si ya es que, porque no queden de tan mísero sujeto ni aun cenizas que ser puedan leves átomos del viento, no queráis que al mar me arroje desde ese altivo soberbio homenaje, en fatal ruina de la prisión que padezco. SILVIA: ¡Sosiega! FLORA: ¡Descansa! SILVIA: ¡Espera! IRENE: ¿Qué descanso, qué sosiego ha de tener quien no tiene ni esperanza de tenerlo? SILVIA: El entendimiento sabe moderar los sentimientos. IRENE: Ésa es opinión errada; que antes el entendimiento aflige más cuanto más discurre y piensa en los riesgos. FLORA: Es verdad, pero también... IRENE: No prosigas; que no quiero desaprovechar mis iras ahora en tus argumentos. Dejadme sola, dejadme, idos, idos de aquí presto. FLORA: Dejémosla sola, pues sabes que sólo es el medio de su furor el dejarla.

Vanse FLORA y SILVIA
IRENE: Ya se han ido. Ahora, cielos, han de entrar con vuestras luces en cuenta mis sentimientos. ¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo, que fue de un sepulcro a otro pasar no más, cuando veo que la fiera, el pez y el ave gozan de los privilegios del nacer, siendo su estancia la tierra, el agua y el viento? ¿A qué fin, dioses, echasteis a mal en mi nacimiento un alma con sus potencias y sus sentidos, haciendo nueva enigma de la vida gozarla y perderla, puesto que la tengo y no la gozo, o la gozo y no la tengo? O son justas o injustas vuestras deidades, es cierto; si justas, ¿cómo no os mueve la lástima de mis ruegos? Y si son injustas, ¿cómo las da adoración el pueblo? Ved que por entrambas partes os concluye el argumento. Responded a él... pero no respondáis; porque no quiero deberos esa piedad, por no llegar a deberos nada que esté en vuestra mano, y de vosotros apelo a los infernales dioses, a quien vida y alma ofrezco, dando por la libertad alma y vida.
Sale el DEMONIO
DEMONIO: Yo [la] acepto. IRENE: ¿Quién eres, gallardo joven, que, si las noticias creo de pintados simulacros que en algunos cuadros tengo, viva copia eres de aquel ídolo que en nuestro templo, con el nombre de Astarot, adora todo este reino, cuya opinión acredita haber penetrado el centro de esta ignorada prisión sobre las alas del viento? DEMONIO: ¿Qué mucho que a él me parezca, Irene, si soy el mesmo, pues las doy a sus estatuas alma, vida, voz y aliento? Yo soy el dios de Astarot, aquél a cuyo precepto ilumina el sol, la luna alumbra, los astros bellos influyen, el cielo todo se mueve y los elementos en lid se conservan, siempre amigos y siempre opuestos. Yo soy el que en toda el Asia, por los extraños portentos de mis milagros, estoy adorado, hallando a un tiempo su amparo en mí el afligido y su salud el enfermo. Compadecido a tu llanto y enternecido a tu ruego, concurriendo a tus conjuros, a darte libertad vengo. Y aunque yo sepa la causa, oírla de tu boca quiero, porque caiga nuestro pacto sobre mejor fundamento. Dime, ¿qué quieres de mí? IRENE: Tanto a tu voz me estremezco, tanto a tu vista me asombro, tanto a tu semblante tiemblo que no sé si formar pueda razones; mas oye atento. Esta provincia de Asia, a quien los que dividieron el mundo dieron por nombre inferior Armenia, imperio es del grande Polemón, de cuya corona y cetro hija heredera nací, si hubiese querido el cielo que se midieran iguales fortuna y merecimiento. Quiso mi padre que hiciesen juicio de mi nacimiento sus sabios y en él hallaron --¡de imaginarlo reviento!-- que había de ser mi vida el más extraño, el más nuevo prodigio de cuantos dio la fama a guardar al tiempo; pues de ella resultarían para todo aqueste imperio robos, muertes, disensiones, bandos, tragedias, incendios, lides, traiciones, insultos, ruinas y escándalos, siendo en oprobio de los dioses el principal instrumento de otra nueva ley de un dios superior a todos ellos. Con estos temores, dando, entre tan raros sucesos, crédito a los vaticinios y opinión a los agüeros, equivocando los nombres de piadoso y de severo, dispuso mi padre el rey que yo muriese en naciendo. ¿Quién vio más crüel, tirano, injusto y torpe decreto que hacer los delitos él porque yo no llegue a hacerlos? De esta sentencia apelando de su ira a su consejo, él mismo mudó intención, tomando --¡ay de mí!-- por medio que en esta torre, fundada en los ásperos desiertos de Armenia, viva, si acaso vive quien vive muriendo. Aquí con solas mujeres me ha criado, de quien tengo, por su relación, remotas noticias del universo. No sé hasta ahora cómo son sus repúblicas, sus pueblos, sus políticas, sus leyes, sus tratos y sus comercios. El primer hombre que he visto, si no me miente el objeto tuyo aparente, eres tú; tan cerca --¡ay de mí!-- y tan lejos vivo de lo racional. Y aun ya pasara por esto, si hoy no me hubiera una dama dicho que mi padre --¡ay cielos!-- a dos hijos de Astiages, su hermano, trajo a su reino; cuya desesperación me hizo --¡de cólera tiemblo!-- salir de mí --¡de ira rabio!-- hasta --¡ahógame mi aliento!-- decir que en muerte y en vida el alma le daré en precio a cualquiera que me dé la libertad que apetezco. Y así, si tú, enternecido de mi llanto y de mis ruegos, de mi pena y de mi agravio, de mi voz y mi tormento, me la das, otra vez y otras mil veces a decir vuelvo que soy tuya, y lo seré en vida y en muerte, haciendo libre donación en vida y muerte de alma y de cuerpo, para ver si así me libro de esta prisión que padezco, de esta esclavitud que lloro, de esta sujeción que tengo, de esta envidia que publico y de esta rabia que siento. DEMONIO: La lástima, hermosa Irene, de tus extraños sucesos me ha obligado a tomar hoy esta forma, concurriendo, como dije, a tus conjuros; y aunque puedan mis portentos no sólo de aquí sacarte, pero todo este soberbio edificio trasladar, arrancado de su asiento, a los más remotos climas de todo el orbe, no quiero que hoy en tu favor me ayuden tantos prodigiosos medios. De medios más naturales me he de valer. (Y es que tengo Aparte limitada la licencia de Dios, y así no me atrevo a más de lo que permiten sus soberanos decretos.) Yo te pondré en libertad, revalidando el concierto de que serás siempre mía. IRENE: Otra y mil veces lo ofrezco. DEMONIO: Pues con esa condición yo haré que tu padre mesmo por ti envíe y que esos dos sobrinos suyos que al reino aspiran, porque te juzgan incapaz de su gobierno, se pongan tan de tu parte que ellos sean los primeros que te ilustren y te adornen de la corona y el cetro de toda Armenia. Y porque no te dé cuidado el verlos hoy en tu corte, sabrás de su venida el intento. Astiages, menor hermano de Polemón, rey supremo de algunas de las provincias de Asia, tuvo tan a un tiempo esos dos hijos que hasta hoy el mayor ignora de ellos; porque al tiempo del nacer las matronas, acudiendo a su madre, olvidaron de señalar el primero que vio las luces del sol, perturbándose el derecho que a la herencia de su padre tenían; de cuyo yerro nació dividirse en bandos sus vasallos, pretendiendo cada uno para sí merecer el valimiento. Polemón, por excusar lides, batallas y encuentros, llamó a los dos a su corte, tomando por buen acuerdo que el uno a su padre herede y el otro al tío; advirtiendo que él ha de hacer la elección del que ha de jurar su reino. No temas que de ninguno se agrade su entendimiento; porque los dos son, Irene, tan encontrados y opuestos en acciones y en costumbres, en obras y en pensamientos, que duda al que ha de fïar la corona, conociendo que ninguno de ellos es merecedor del gobierno. Es el defecto de Ceusis ser ambicioso, soberbio, cruel, homicida, tirano, lascivo, injusto y violento. De todo esto es al contrario de Licanoro el afecto, porque es de ánimo abatido, postrado, humilde y sujeto. Tanto a la lección se entrega, apurando y discurriendo quién es causa de las causas, que le deja desatento para lo demás; de suerte que, aplicando yo otros medios hoy a la neutralidad que tu padre tiene, puedo hacer que tú te corones, bella Irene, y, siendo ellos quien en tu frente y tu mano pongan la corona y cetro, rendidos a tu hermosura, para que acaben con esto tus prisiones, tus ahogos, tus llantos, tus desconsuelos, tus pasiones, tus desdichas, tus penas, tus sentimientos. IRENE: ¡Oye! (¡Ay de mí!) Aparte DEMONIO: ¿Qué me quieres? IRENE: Tu poder no dudo inmenso. Ya sabes cuánto es vehemente la cólera del deseo; dame una señal de que no es delirio, asombro o sueño de mi loca fantasía lo que estoy tocando y viendo.

Las cadenas del demonio part 2

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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