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DORADOR:       Sí corre. ¿He de poner yo
               mano en cosa que no sea
               después de provecho?
IUPANGUI:                            No
               déis tan áspera respuesta
               a quien humilde os suplica,
               y lo que ha de pagar ruega;
               pues cuanto el precio, si no
               bastaren estas monedas
               de oro, que es cuanto ha podido
               dar de mi corta hacienda,
               yo me quedaré a serviros
               hasta quedar satisfecha
               la paga, y un año más
               de balde sobre la deuda.
DORADOR:       No sé qué os diga; ese afecto
               me ha trocado de manera
               que no sólo he de doraros
               la imagen, pero ni aun esas
               monedas he de tomar.
               Guardadlas para la vuelta,
               y venid conmigo, no 
               a servir, sino a que sea
               vuestro hospedaje mi casa
               el tiempo que aquí estéis.
IUPANGUI:                                Si era
               mi obligación ser criado,
               ya me hace esclavo la vuestra.
DORADOR:       Venid conmigo.
IUPANGUI:                     Los cielos
               la piedad os agradezcan.

Vanse
IDOLATRÍA: Sí harán, pues es obra suya el que un corazón se mueva tan de un instante a otro. Cielos, baste, baste la experiencia sin que queráis que mis ansias a más tormento transciendan, anteviendo que dorada la imagen, vuelve con ella a Copacabana, adonde porque en su casa no tenga otro riesgo, fray Francisco de Navarrete en la aldea de San Pedro, que es doctrina suya, la guarda en su celda. ¡Qué de luces, qué de voces en ella alumbran y suenan todas las noches! De cuyo divino pasmo da cuenta a los de Copacabana, para que viniendo a verla, de ella agradados la lleven en procesión a su iglesia. Con que una sóla esperanza a mis sentimientos queda, y es que haya quien todavía por dorada que la vea, dure en la opinión de que no ha de colocarse mientras no se halle otra más hermosa. ¡O, si en esta conferencia venciese Iayra, pues viene diciendo después de verla...!
Salen ANDRÉS Iayra, IUPANGUI, el GOBERNADOR y algunos INDIOS
ANDRÉS: Por más dorada que esté, de estar informe no deja. IUPANGUI: Para suplirme algo hay una fuerte razón. ANDRÉS: ¿Cual es? IUPANGUI: ¡Ésta! Si en lo inmenso no se da medida, y no está más cerca del sol el que está en la cumbre que el que en el valle se asienta, claro está, pues de María es la perfección inmensa, que el mejor retrato suyo no se acerque a su belleza más que se acerque el que menos hermosa la manifiesta. Pues siendo así, que hay en todos que suplir, suplid en esta copia aquello más que ahí la necesidad dispensa. GOBERNADOR: Dice bien. ANDRÉS: Yo lo concedo en cuanto a que nadie pueda hacer perfecto retrato, mas no ha de ser de manera que al verle, la devoción peligre en la irreverencia. Y así, en tanto que no haya mejor hechura que ésa, no ha de entrar en la capilla. GOBERNADOR: Sí ha de entrar; que la fe es ciega y no mira a lo que es, sino a lo que representa. ANDRÉS: Aqueso es querer que el mando a la razón haga fuerza. GOBERNADOR: No es sino querer que el celo con el tiempo no se pierda, mayormente cuando hoy tenemos tres concurrencias que en ningún día del año habrá. TODOS: ¿Qué son? GOBERNADOR: La primera, que aquel ídolo de Faubro, que mes santo se interpreta, simboliza al de febrero, que es el que mañana empieza. La segunda es que al segundo día suyo se celebra la gran purificación de María; y la tercera, que aquesta festividad se llama de las candelas. Luego si el ídolo Faubro en febrero se destierra, y el lugar que estuvo inmundo se purifica con bella luz de fe, ¡qué día tendremos para celebrar la fiesta, en que purificación haya mes santo y luz nueva! ANDRÉS: ¿Véis todas esas razones? Pues a mí no me contentan. TODOS: Ni a nadie mientras no haya escultura más perfecta.
Vanse, y quedan el GOBERNADOR e IUPANGUI
GOBERNADOR: Francisco, ¿véis esto? Pues nuestra fe no descaezca. Yo tengo al virrey escrito cuanto nos pasa, y que tenga memoria de las coronas que ofreció, con que con ellas más adornada la imagen, no dudo mejor parezca. Cuidad de ella vos, en tanto que yo, andas y altar prevenga, coro y música; que vos y yo hemos de hacer la fiesta solos, aunque nadie acuda.
Vase
IUPANGUI: María divina y bella, yo no supe más ni pudo extenderse a más mi idea. Perdóname, y si por mí el pueblo no os reverencia, no corra eso a cuenta mía. Volved vos por la honra vuestra.
Vase IUPANGUI
IDOLATRÍA: ¡Quién no fuera inmortal para matarse antes que lo viera! Mas--¡ay!--que no sólo tengo de verlo cuando suceda, pero aun desde ahora, pues en la aprehensión de mis ciencias estoy--¡o, ansia, lo que corres!-- viendo--¡o, dolor, lo que vuelas-- que el generoso Mendoza que hoy estos reinos gobierna como quien tiene a María en el corazón impresa, pues el Ave María es el timbre de su nobleza; avisado--¡ay, infelice!-- del gobernador, en muestra de su devoción, trayendo las coronas de la ofrenda, a hallarse en su translación viene. Con que unirse es fuerza para su recibimiento ambos bandos, de manera que saliéndole al camino, veo que a decirle llegan...
Dentro
TODOS: ¡Viva el ínclito Mendoza, que en justicia y paz gobierna!
Salen todos, el CONDE, el GOBERNADOR, ANDRÉS e IUPANGUI
GOBERNADOR: ¿Vuecelencia, gran señor, en estos valles? CONDE: Habiendo sabido por el vuestro aviso que ya está todo dispuesto para ir a Copacabana desde el lugar de San Pedro la imagen que labró el indio, a hallarme en la fiesta vengo como congregante suyo, y a cumplir mi ofrecimiento, trayendo las dos coronas, bien que humilde corto obsequio, mas no todas veces puede seguir el don al deseo. GOBERNADOR: Vos seáis muy bien venido, que bien menester habemos este honor para que sea grande su acompañamiento, que sin vos fuera muy solo. CONDE: Pues ¿no están todos los pueblos convocados? GOBERNADOR: Hay, señor, mucho que decir en eso. CONDE: ¿Qué hay que decir? ANDRÉS: Si me dais licencia, yo, pues que tengo la culpa, daré, señor, la disculpa. Yo me he opuesto a que no es decente imagen la que hasta ahora tenemos, porque es labrada de un hombre sin arte, ciencia ni ingenio; y por no ver deslucido su culto en el desaseo, han seguido mi opinión muchos que no quieren cuerdos colocar una escultura que hace indevota el afecto. CONDE: ¿Quién la labró? IUPANGUI: Yo, señor. CONDE: Pues ¿qué os movió, no teniendo ciencia ni experiencia, a ser escultor? IUPANGUI: Un pensamiento en que fue más imposible que el serlo, el dejar de serlo. CONDE: Yo la he de ver, y veré de ambos la razón. IUPANGUI: Bien presto podréis. CONDE: ¿Cómo? IUPANGUI: Como está en ese cercano pueblo, por no tenerla en mi casa sin el debido respeto, que está en la de un religioso. CONDE: Pues vamos allá, que quiero desengañarme yo a mí, y componer este duelo como más convenga a gloria y honra suya.
Vanse el CONDE, el GOBERNADOR y todos menos ANDRÉS e IUPANGUI
ANDRÉS: (Yo me huelgo Aparte de que vaya a verla, pues es fuerza ofenderse en viendo su deformidad.)
Vase
IUPANGUI: Señora, en vista está vuestro pleito, pues de todos abogada sois, hoy sedlo vuestra.
Vase, y tocan las chirimías
IDOLATRÍA: ¡Cielos! ¿Qué fe es ésta de este indio, que penetrando los cielos, logra--¡ay de mí!--que las nubes rasguen sus azules velos, y que alados querubines, iluminando los vientos, desciendan sobre la imagen? A tan alta fe, a misterio tan grande, a favor tan sumo, ni hay ciencia ni hay sufrimiento. Canten ellos mientras yo sufro, lloro, gimo y peno.
Vase. Tocan las chirimías, córrese la cortina, y se ve en un altar adornado de luces y flores la imagen dorada, y al mismo tiempo, en dos apariencias que llaman sacabuches, bajan dos ÁNGELES la imagen, y ella se va convirtiendo como mejor pueda ejecutarse en una imagen de nuestra Señora con el Niño Jesús en los brazos, la más hermosa, adornada y vestida que se queda, que será aquella misma que se vio en la apariencia del incendio y de la nieve. Cantan, la MÚSICA siempre dentro
ÁNGEL 1: "Venid, corred, volad, y al terreno pensil trocad, ángeles, hoy el trono de zafir." MÚSICA: "Volad, corred, venid." ÁNGEL 2: "Venid, corred, volad, pues es la causa a fin de hermosear el retrato de vuestra emperatriz." MÚSICA: "Volad, corred, venid." ÁNGEL 1: "Venid, corred, volad donde puedan suplir aciertos del pincel, errores del buril." MÚSICA: "Volad, corred, venid." ÁNGEL 2: "Venid, corred, volad, que hay quien quiera argüir mancha en copia de quien nunca la tuvo en sí." MÚSICA: "Volad, corred, venid." ÁNGEL 1: "Venid, corred, volad, veréis que al esparcir el aire su cabello, tremola todo Ofir." MÚSICA: "Corred, volad, venid." ÁNGEL 2: "Venid, corred, volad, y en el blanco matiz de su frente hallaréis deshojado el jazmín." MÚSICA: "Volad, corred, venid." ÁNGEL 1: "Venid, volad, veréis en sus ojos lucir luceros ciento a ciento, estrellas mil a mil." MÚSICA "Volad, corred, venid." ÁNGEL 2: "Venid, corred, que en dos mitades da a un rubí su púrpura el clavel, la rosa su carmín." MÚSICA: "Corred, volad, venid." ÁNGEL 1: "Venid, corred, volad, que en su mano a bruñir da torneado alabastro liciones al marfil." MÚSICA: "Corred, volad, venid." ÁNGEL 2: "Venid, corred, volad, que de uno a otro perfil hoy lucen en febrero las flores de abril." MÚSICA: "Corred, volad, venid." ÁNGEL 1: "Y a vosotros mortales, a admirar, a advertir..." ÁNGEL 2: "Que los yerros del hombre enmienda el serafín." LOS DOS y MÚSICA: "Corred, volad, venid, veréis cuanto mejoran en vuestra emperatriz aciertos del pincel, errores del buril. Corred, bolad, venid."
Tocan las chirimías, y desaparecen los ÁNGELES, quedando en las andas la imagen vestida, y salen IUPANGUI, el CONDE, el GOBERNADOR, ANDRÉS y TODOS
IUPANGUI: Ésta, señor, es la breve esfera donde ahí la tengo depositada, hasta ver si tanta dicha merezco como verla colocada. ANDRÉS: (Ahora es cuando al verla, es cierto Aparte que se ha de desagradar.) CONDE: ¡Ni en mi vida vi más bello simulacro de María! IUPANGUI: ¡Qué es esto, cielos, que veo! GOBERNADOR: ¡Cielos, qué es esto que miro! ANDRÉS: ¿Quién retocó aquel bosquejo que tan inculto dejamos? IUPANGUI: Pasóse de extremo a extremo a ser alcázar mi reina, pues la que allá en un momento encontré deshecha, aquí tan adornada la veo, siendo la misma que yo vi nevar sobre el incendio. CONDE: ¿Cómo vos tan atrevido, tan rara perfección viendo, a decir os atrevisteis que era retrato imperfecto? ANDRÉS: Como no es ésta la estatua que aquí dejamos. GOBERNADOR: Sí es, puesto que nadie aquí entró, ni ha habido por diligencias que ha hecho nuestro cuidado en buscarla, otra en todos estos reinos. ANDRÉS: Pues si es ella, aquí han andado más celestiales obreros. CONDE: Es sin duda, porque no pudo el humano desvelo, sin divino auxilio, haber tal hermosura compuesto ampos y copos parece de su rostro, y de su cuello la blancura. GOBERNADOR: Yo diría que agraciado el trigueño, en ella hicieron unión nieve y azabache a un tiempo. UNOS: Ninguno dijera bien, que sonrosados reflejos, rosas y claveles son sus tornasoles. IUPANGUI: Yo, ciego a sus rayos, de colores no puedo hacer juicio, atento a la risa con que mira. ANDRÉS: ¿Qué risa, si lo severo de su semblante está dando igual temor y respeto, sino es que sea a mí, por más que de mi error me arrepiento? TODOS: A todos ha parecido diferente. CONDE: Fuerza es, puesto que a lo divino no alcanzan los humanos ojos nuestros. IUPANGUI: Dichosa mi insuficiencia fue, pues si docto maestro la hubiera labrado, a él se atribuyera el acierto, y no pasara de allí la admiración a portento. CONDE: Dadme los brazos, que bien se ven los merecimientos de vuestra fe; y pues tenéis vos tratado su respeto de más cerca, poned vos las coronas a sus dueños.
Toma IUPANGUI las coronas, sube la grada, y mientras las pone, el GOBERNADOR va repartiendo velas que traerá uno a todos
IUPANGUI: Ya no como a hechura mía, como a reina os reuerencio, pues os entrego coronas. GOBERNADOR: En tanto iré repartiendo las velas que ha de llevar todo el acompañamiento. Vos, pues vinisteis a honrarnos, habéis de ser el primero. Id aora tomando todos. CONDE: Apartaos todos, que quiero ver si las coronas vienen a medida... ¡O, cuanto siento que la del Hijo a la madre cubra el rostro! ¿Podrá esto, decid, pues vos la labrasteis, tener ahora remedio con que bajando las manos, deje el rostro descubierto? IUPANGUI: Mal podré atreverme yo a retocarla, teniendo oficiales que sabrán mucho mejor que yo hacerlo.
Aparta la imagen, dejando en el brazo izquierdo el Niño que tenía en entrambas manos, con que viene la derecha a quedar en el aire desocupada
CONDE: Pues desconsuelo es bien grande. IUPANGUI: No es muy grande el desconsuelo. CONDE: ¿Cómo? IUPANGUI: Volved a mirarla, veréis que aparta de en medio del pecho donde tenía a su Hijo el brazo izquierdo, y recostándole al lado del corazón, el derecho también desviado, deja todo el rostro descubierto. UNOS: ¡Qué maravilla! OTROS: ¡Qué asombro! UNOS: ¡Qué prodigio! OTROS: ¡Qué portento!. CONDE: No sólo portento, asombro es y maravilla, pero aun todo eso incluye en sí más reservado misterio. Haber reclinado al Hijo al abrigo de su pecho, dejando la mano diestra desocupada, ¿no es cierto que es para que yo esta vela ponga en ella, conociendo que es la purificación su principal ministerio?
Pone la vela en la mano
Mirad cómo representa de la suerte que fe al templo, mostrando que al templo hoy va también, y si allí vemos que fue purificación su festividad, lo mesmo vemos aquí pues, clara sacrílega, tanto tiempo purifica de su antorcha la luz, a cuyos reflejos se van de la ídolatría las sombras desvaneciendo.
Dentro terremotos y dice IDOLATRÍA
IDOLATRÍA: Y para confirmación de que es verdad que me ausento para siempre, resignando en María mis imperios, cuantos espíritus tuve en los idólatras pechos aposentados, conmigo irán de su vista huyendo. TODOS: ¿Qué nuevo prodigio es éste?
Sale GUACOLDA
GUACOLDA: Yo lo diré, pues viniendo a lograr hoy en mi esposo el triunfo de sus desvelos, he hallado por el camino sanos a muchos enfermos, con pies a muchos tullidos, y con vista a muchos ciegos. Y lo que es más, muchos indios que poseídos de fieros espíritus han quedado libres, a vozes diciendo...
Dentro
VOCES: ¡María es la Virgen Madre! y Cristo es el Dios verdadero!
Salen TUCAPEL y otros indios
TUCAPEL: Dígalo yo, pues cobrado en mi natural acuerdo, a voces pido el bautismo. UNOS: Todos decimos lo mesmo. TODOS: ¡María es la virgen madre! ¡Cristo es el Dios verdadero! IUPANGUI: Feliz el día que logra tantas dichas mi deseo. GUACOLDA: Feliz el que yo en tu busca vine a merecer el verlo. ANDRÉS: Feliz para el que miro tan mejorados mis yerros. GOBERNADOR: Feliz el que en mí ha logrado la devoción de mi afecto. CONDE: Y más feliz para mí, que descubrí en mi gobierno tan alto tesoro. Y pues más que esperar no tenemos, empiece la procesión, que yo he de ser el primero que aplique el hombro a las andas. GOBERNADOR: Intentarlo para ejemplo de todos, basta. Llegad los nombrados para eso, y los músicos entonen dulces cánticos.
Salen los MUSICOS y las MUJERES, vestidas de estudiantes, como seises, con sobrepellices y bonetes
MÚSICA: Sí haremos. "Venturosa la mañana que en duplicado arrebol nos nace con mejor sol la aurora en Copacabana." VOZ 1: "Piedra preciosa solía llamarse su esfera hermosa, pero hoy la piedra preciosa es la imagen de María." VOZ 2: "Del Faubro la Idolatría que la poseyó tirana, más luz en febrero gana, pues de nuestra fe crisol..." MÚSICA: "Nos nace con mejor sol la aurora en Copacabana." TUCAPEL: Yo, pues de mi esclavitud libre por ella me veo, por mí y por todos, es bien pida el perdón de los yerros. IUPANGUI: No es, pues de todos la ufana voz dirá al reino español, que en su imagen soberana... MÚSICA y TODOS: "Hoy nace con mejor sol la aurora en Copacabana."
Con esta repetición, encendidas las velas de todos, y en forma de capilla, cantando delante los músicos, dará vuelta en hombros al tablado la imagen; y porque no se embarace en entrar, caerá una cortina que cubra todo el tablado

FIN DE LA COMEDIA

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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