JORNADA TERCERA
Tocan las chirimías, y sale por una parte don Lorenzo de Mendoza, CONDE de Coruña, con acompañamiento; y por otra don Gerónimo Marañón, GOBERNADOR de Copacabana GOBERNADOR: ¡Feliz, o gran don Lorenzo de Mendoza, rama invicta del infantado, y gloriosa blasón de Coruña, el día que del segundo Felipe, que eternas edades viva, virrey, señor, os merecen estas conquistadas Indias! CONDE: Su magestad, que Dios guarde, sin propios méritos, fía de mí su gobierno en fe de que en la obligación mía le sirva el afecto, ya que el mérito no le sirva. Y pues para el que desea acertar, tomar noticias el primer paso es, ¿de quién puedo mejor adquirirlas, que de quien por montañés Marañón, es en Castilla tan ilustre, por su cargo es en aquestas provincias gobernador de tan grave puesto, como él mismo explica, pues al de Copacabana pocos hay que le compitan? GOBERNADOR: ¿Qué noticias podré daros que vos no traigáis sabidas, pues todas han ido a España ya contadas o ya escritas; fuera de que son tan grandes las inmensas maravillas que obró Dios y obró su pura virgen madre sin mancilla desde que el día que en Perú la cruz entró, y desde el día que la invocación del nombre dulcisísimo de María se oyó en él, que me parece que un casi agravio sería, presumiendo no saberlas vos, el osar yo a decirlas? Y así, os suplico, señor, que me excuséis de que os repita que la cruz domeñó fieras, vitoria muy suya antigua; que María apagó incendios, nevando sus mismas manos blancos copos que con lluvias de arena y polvo, la vista al idólatra dos veces cegó; y que tan peregrinas obras, viendo que sus vanos ídolos enmudecían al sonido de aquel nombre y de aquel tronco a las líneas, introdujeron la fe, que entre los que bautizan y los que idólatras quedan hubo bandos, hubo cismas y disensiones; y en fin, que siguiendo las conquistas, después que se redujeron Cuzco, Chucuito y Lima, de cuyos conquistadores apenas uno hay que viva, murió Guáscar prisionero, y su hermano, Atabaliba, no sé cómo. Y pues no son éstas cosas para dichas tan de paso, remitamos a la historia que lo escriba, y vamos a lo que hoy toca a la obligación mía, y en Copacabana hablemos no más, pues cosa es sabida que a un gobernador no toca hablar como coronista. Es Copacabana un pueblo que casi igualmente dista en la provincia que llaman Chucuito, pocas millas de la ciudad de la Paz y Potosí. Sus campiñas son fértiles, sus ganados muchos y sus alquerías de frutas, pescas y cazas, abundantes siempre y ricas, cuya opulencia en su lengua a la nuestra traducida, Copacabana, lo mismo que piedra preciosa explica. Pero aunque pudiera ser por esto grande su estima, la hizo mayor, que en sus montes yace aquella peña altiva que adoratorio del sol fue un tiempo, por ser su cima, donde diabólico impulso hizo creer que el sol podía dar a su hijo para que los mande, goberna y rija. A esta causa, entre la peña y la procelosa orilla de una gran laguna que hace el medio contorno isla, se construyó templo al sol, en cuyas aras impías Faubro al ídolo llamaron superior, que significa mes santo, y mientras el cielo no nos revele el enigma en él, por los reservados juicios suyos, las insidias del antiguo áspid y en otros oráculos, respondía inspirando abominables ritos, cuya hidropesía de sangre, mal apagada con la de las brutas vidas, pasó a beber la de humanas vírgenes sacerdotisas. En fin, siendo como era Copacabana la hidra, principalmente después que a su templo retraídas trajo la guerra en estatuas todas sus falsas reliquias; en fin, siendo, a decir vuelvo, Copacabana la hidra de tantas cabezas, cuantas el padre de la mentira en cada suspiro alienta, en cada anhelito inspira, fue la primera en quien Dios logró la fértil semilla de su fe, siendo primeros obreros de su doctrina de Domingo y Agustino, las dos sagradas familias. Roma de América hay quien piadosa la publica, pues bien como Roma, siendo donde más vana tenía la gentilidad su trono, fue donde puso su silla triunfante la iglesia; así donde más la Idolatría reinaba, puso la fe su española monarquía, mostrando cuan docta siempre la eterna sabiduría, donde ocurre el mayor daño el mayor remedio aplica. Tan fecundas sus primeras raíces prendieron, tan fijas, que a marchitar no bastaron sus flores todas las iras del tiempo, pues padeciendo destemplado todo el clima, hambre, peste y mortandad, no por eso desconfían, atribuyendo a que sean sus dioses quien los castiga, pues antes atribuyendo a Cristo y su madre pía, que sus pasados errores trata con blanda justicia, para aplacarla trataron hacerla una cofradía, porque, al fin, en voz de muchos suenan más las rogativas. Mas como el demonio obstinadamente lidia en estorbar devociones, bandos introdujo y riñas entre dos nobles linages, sobre qué patron elijan. Los Vrisayas, de quien cabeza es Andrés Jayra, anciano cacique noble, sabiendo cuanto domina sobre las pestes su santa intercesión, solicita que sea San Sebastian titular de la obra pía. Otro, de los Anasayas cabeza, que hoy se apellida, por ser de aquella real sangre, Francisco Iupangui Inca, en que María ha de ser la patrona, y no otro, insta. Estas pues dos opiniones, excusando que a rencillas pasasen, convine en que a los votos reducidas, la mayor parte venciese. Pero la noche del día en que habían de juntarse a resolver la porfía, con estar las heredades de unos y otros tan vecinas, que en todos aquellos pagos unos con otros alindan. Amanecieron las mieses de aquellos que defendían que María había de ser la patrona, tan flóridas con el riego de una nube celestial, que daba grima, dando consuelo mirar tan juntos triúnfos y ruinas, y que en un espacio mismo hubiese unión tan distinta, como ser todo esto flores, siendo todo aquello aristas. Por algunos días duró la admiración, repetida la lluvia desde al noche al alba, y desde su risa hasta otra noche tan claro sol, que brotaban opimas, a vista de sequedades, mustias, yertas y marchitas, las mazorcas del maíz y del trigo las espigas. Con este prodigio, ¿quién dudara que reducidas las opiniones, quedase por su patrona divina la siempre llena de gracia, siempre intacta y siempre limpia? ¿Ni quién dudara tampoco que ya una vez elegida, fuese todo frutos, todo salud, abundancia y dicha? Pero entre tantos favores no faltan penas que aflijan, bien que tales penas ellas se padecen y se alivian, siendo ellas mismas remedio del achaque de sí mismas. Es, pues, el gran desconsuelo de los que más solicitan su culto, no tener para colocar en la capilla que labra la esclauitud, una imagen de María. Mil diligencias se han hecho, pero como a estas provincias aún no han pasado los nobles artes de España, es precisa cosa que supla la fe lo que no alcanza la vista. Dirá la objección que cómo no había arte donde había estatuas de tantos dioses? Y hallárase respondida con saber que eran estatuas tan toscas, tan mal pulidas, tan informes y tan feas, como una experiencia diga. Pues el cristiano cacique, que dije que defendía de María el patrocinio, viendo la gente afligida y ansiosa por una imagen, se ofreció a que él le daría como la tenía en la mente, hecha por sus manos mismas. Bien creímos todos, viendo entrar con tanta osadía en su fábrica gloriosa, que por lo menos sería una que supliese, ya que no primorosa y linda. Pero con ser la materia con que intentó construirla tan dócil como es el barro, pues no hay, sin que se resista, cincel a quien no obedezca, buril a quien no se rinda, muy pagado de su hechura, la trajo tan deslucida, tan tosca y tan mal labrada, que irreverente movía, más que a adoración, a escarnio, más que a devoción, a risa; de que se infiere cuan brutos sus simulacros serían, pues éste juzgó bastar hechura tan poco digna. Tan corrido de baldones se vio, de vayas y gritas, que desde allí no ha salido de un aposento en que habita, donde apenas deja verse de su esposa y su familia, con qué intento no sé; pero sé que durando en la villa el desconsuelo de verse las esperanzas perdidas de hallar imagen, dilatan el formar la cofradía, a que pienso que hago falta si mi fe no los anima. Y así, que me déis licencia mi rendimiento os suplica, por pensar que en esto más a Dios, al rey y a vos sirva. CONDE: De vuestras noticias quedo, por más que excuséis decirlas, bastantemente informado; y pues no es justo que impida mi detención vuestro celo, id, donde de parte mía, a la esclavitud diréis que la ruego que me admita por su hermano, y en mi nombre la ofreceréis para el día que haya imagen, las coronas de Hijo y madre, y sea precisa ley que me hayáis de avisar de cuanto logre y consiga tan piadosa afecto. GOBERNADOR: En eso y en todo, es justo que os sirva mi obediencia. CONDE: El cielo os lleve con bien.Vanse el CONDE y el acompañamiento GOBERNADOR: Guarde él vuestra vida. Vamos, deseos; no haga falta la persona mía, porque primeros fervores que la necesidad dicta, en viéndola remediada, con poca causa se entibian.Vase. Córrese una cortina y véase a IUPANGUI en traje humilde de español, con taller, herramientas y demás instrumentos de escultor, como labrando una estatua tosca de madera, cuya estatura ha de ser de una vara, poco más o menos, y mientras dice los versos, esté siempre haciendo que trabaja en ella IUPANGUI: Ya, purísima María, que mejorando de suerte, te adoró sin conocerte la ciega ignorancia mía, y ya que el felice día de conocerte llegó, llegue el de que logre yo esta aprehensión que vehemente insta en que copiarte intente, y en que lo consiga no. Bien sé que nunca aprendí esta arte, pero no sé qué interior carácter fue el que en el alma imprimí desde el punto que te vi, que aunque tan ruda se halla al desbastar de esta talla la agilidad de mi estrella, siendo imposible el tenella, es imposible el dejalla. Si cuando al barro fié el primer diseño mío te hallaste de mi albedrío no bien servida porque masa quebradiza fue del primer Adán, en cuyo daño original arguyo no comprehendida, cuan mal pudiera en su original copiarse retrato tuyo. Ya en mejor materia fundo este segundo diseño, pues te fabrico de un leño, a honor del Adán segundo. Permite, pues, que vea el mundo que en esta fábrica mía, pues a un madero se fía, aúnen a mejor luz la materia de la cruz y el retrato de María. Y vos, Niño Dios, que aquí gozando los tiernos lazos de sus amorosos brazos, significar pretendí, pues no hay facultad en mí ni para dejar la acción ni para su perfeción, usad de vuestra piedad, o dadme la habilidad o quitadme la aprehensión.Sale GUACOLDA vestida a la española GUACOLDA: Aunque te enojes, Francisco, de que entre donde deseas tanto estar solo, no puedo excusarlo. IUPANGUI: María bella, dulce amada esposa mía, ¿contigo enojarme? Ofensa haces a mi amor. GUACOLDA: Si veo que a todos, señor, ordenas que no entren aquí, ¿qué mucho que yo disgustarte sienta? IUPANGUI: La ley de todos, María, no es bien contigo se entienda; fuera de que tú no haces compañía, con que es fuerza que la soledad tampoco estorbes. GUACOLDA: De qué manera ni estorbar la soledad yo, ni hacer compañía pueda, no sé, que al parecer son proposiciones opuestas. IUPANGUI: No son; que el que ama y lo amado son sólo una cosa mesma; y así, viviendo yo en ti y tú en mí, la consecuencia es fácil de que no añades nuevo número a la cuenta; con que alma del alma, y vida de la vida, cosa es cierta que ni acompañas ni estorbas, pues de la misma manera que en presencia estás conmigo, estás conmigo en ausencia. GUACOLDA: Sólo puedo responder a tan hidalga fineza, que el no entrar a todas horas aquí, no es en consecuencia de que otros no entren, sino que nada te divierta la ocupación; pues por mucho que te desveles en ella, más la debemos a quien hacer el obsequio intentas. Pues debemos a María, después de tantas tragedias como pasamos huyendo de Guáscar, tantas miserias como después padecimos, acosados de la guerra, hasta venir a tomar puerto en nuestra misma tierra, la suma felicidad de llegar a conocerla, y admitir la ley de un dios de tan divina clemencia y tan humana piedad, que primero que yo muera por él, ha muerto por mí, que fue el dictamen de aquella natural luz que a no verme sacrificada hizo fuerza. Y así, dándole las gracias, libres de tantas tormentas, pasemos a la disculpa de que a embarazarte venga. Los Vrisayas, movidos de Andrés Jayra, su cabeza, la ocasión aprovechando de su retiro y la ausencia del gobernador, han hecho hoy junta, y resuelto en ella que no se haga cofradía pues no hay para quien hacerla, el día que no hay imagen. Los Anasayas, con esta novedad, viendo que tú en el empeño los dejas y no pareces, se han dado por vencidos; de manera que a estas horas están todas tus pretenciones deshechas, tus diligencias frustradas y tus esperanzas muertas. IUPANGUI: No están, y pues tan a un tiempo de unos la acción, y la queja de otros llega, que podré a entrambas satisfacerlas; a los unos, con que tienen imagen, pues ya está hecha, y a los otros, con que no me ausento menor tarea que la de estarla labrando, no dudes que se convenzan. Cierra este taller, y nadie entre en él hasta que vuelva.Vase
La aurora en Copacabana part 8
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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