INCA: Oye, espera. Detenedle.
SACERDOTE: Si aun el viento no le alcanza,
no es posible.
INCA: Iupangui,
bien este aviso declara,
pues por sendas nos le envía
tan nuevas y tan extrañas,
que ya el sol se desenoja.
Y pues empresa tan alta
parece que para ti
la tuvo el cielo guardada,
pues esperó a que vinieses
para haber de ejecutarla,
de toda esa gente escoge
la de mayor confïanza,
y a ejecutar la sopresa
parte, que en tu retaguardia,
porque en todo trance tengas
segura la retirada,
con todo el grueso iré yo
guardándote las espaldas.
IUPANGUI: Por tanto honor tus pies beso,
que en la guerra, cosa es clara
que no sirve el que obedece
tanto como honra el que manda.
(A obedecerte voy; bien Aparte
que con temor de que vaya
Tucapel donde Guacolda
está, en la choza de Glauca.
¡O, quiera amor que sin verla
se oculte!)
Vase
INCA: Sin tocar arma,
marche el ejército en mudo
silencio. (No, deidad sacra, Aparte
pues proseguí en mi afecto,
prosigas tú en tu venganza,
que cuando me desengañen
ilusiones y fantasmas
no ser mi natural padre,
al fin no me desengañan
no ser mi natural dios,
y de un dios ser hijo, basta
adoptivo, para ser
del mundo el mayor monarca.)
Marche el campo en tal silencio
que aun la sordina bastarda
no dé el orden.
Vanse todos, y salen PIZARRO, ALMAGRO, CANDIA y
SOLDADOS
ALMAGRO: Pues ya quedan
las centinelas dobladas,
bien puedes, lo que a la noche
resta, dormir.
PIZARRO: Vigilancias
de un heroico pecho, mientras
menos duermen, más descansan.
No sólo al sueño he de dar
el tributo de esa humana
propensión, pero escribiendo,
lo que de la noche falta,
he de estar, porque es forzoso
que de tan gloriosa hazaña
como hoy hemos conseguido
lleguen las nuevas a España,
y sepan dos magestades,
Carlos, que en Yuste descansa,
y Felipe, que en su nombre
reina, que ya es bien que añadan
a los coronados timbres
de sus católicas armas
las colunas del Perú,
que fijas sobre las aguas,
con el plus ultra al non ultra
las de Hércules aventajan.
CANDIA: En tanto que desvelado
tú en eso la noche pasas,
Almagro y yo rondaremos
con divididas escuadras
el palacio.
ALMAGRO: Y no será
fineza, que su dorada
riqueza y sumas grandezas
aun más deleitan que cansan.
Vase cada uno por su puerta
PIZARRO: Traedme aquí la escribanía
y el bufete. Esté la carta
escrita, porque con ella
Fernando mi hermano parta
al punto que...
Dentro
VOCES: ¡Fuego, fuego!
PIZARRO: Mas ¿quién en confusión tanta
ciudad y palacio pone?
Iré a ver de que se causa.
Sale CANDIA
CANDIA: ¿De qué ha de causarse, si es
un volcán todo el alcázar,
que del centro de la tierra
humo aborta y fuego exhala?
De sus bóvedas empieza,
y es que sin duda minadas
los bárbaros las tenían.
PIZARRO: Acudamos a atajarlas.
CANDIA: Por aquí será imposible,
porque el incendio tomadas
tiene estas puertas.
PIZARRO: Pues vamos
por estotra parte.
Sale ALMAGRO
ALMAGRO: Aguarda,
que no sólo...
Dentro
VOCES: ¡Fuego, fuego!
ALMAGRO: ...la salida el fuego ataja,
pero de un incendio en otro
irás a dar cuando salgas.
Encendidas flechas tanto
del aire la esfera abrasan,
que en vagas exhalaciones,
puntas haciendo en su estancia,
neblíes de fuego suben,
y sacras de fuego bajan
a hacer la presa.
CANDIA: Perdidos
somos, pues no hay quien nos valga
cuando en toda la ciudad
común el incendio clama.
Dentro los ESPAÑOLES
UNOS: ¡Que me abraso!
OTROS: ¡Que me quemo!
UNOS: ¡Virgen pura,...
OTROS: Madre intacta,...
UNOS: Inmaculada María,...
OTROS: María, llena de gracia,...
TODOS: Favor, piedad!
PIZARRO: ¡O, españoles,
qué bien vuestra fe declara
que ella es sóla en las tormentas
cabo de buena esperanza!
A morir iré con todos,
porque con todos añadan
mis voces la aclamación.
CANDIA: Ya que la muerte nos halla,
sea con su dulce nombre
en los labios.
Yéndose, hablan los tres y dentro
todos
TODOS: ¡Madre intacta,
Inmaculada María,
favor, piedad!
Vanse, y salen INCA, IUPANGUI y todos los
INDIOS
INCA: Pues lograda
tan felizmente la acción
dejas, para que no haya
tan generosa osadía
que española salamandra
se atreva a salir del fuego,
toda la ciudad sitiada
tened, y dé en nuestras flechas
quien saliere de sus llamas.
IUPANGUI: ¿Quién ha de salir, no habiendo
átomo que no se abrasa,
y ya los gemidos suenan
en voces tan desmayadas
que apenas se oyen o escuchan?
Dentro a lo lejos y bajas todas estas
voces
PIZARRO: ¿Hija elegida sin mancha,
del Padre,..
CANDIA: Madre del Hijo,
doncella y fecunda,...
ALMAGRO: Casta
virgen, esposa del Santo
Espíritu,...
PIZARRO: Tú nos salva.
CANDIA
y ALMAGRO: Tú nos favorece.
TODOS: Tú
nos socorre y nos ampara.
INCA: ¿Quién será ésta a quien invocan?
IUPANGUI: Quien no les responde.
INCA: Calla,
y volvamos a escuchar,
pues tan bien suenan sus ansias.
La MÚSICA en lo alto
MÚSICA: "El que pone en María las esperanzas,
de mayores incendios no sólo salva
riesgos de la vida, pero del alma."
IUPANGUI: ¿Qué es esto? ¿Tristes lamentos
de un instante en otro pasan
a ser dulces armonías
de sonoras voces blandas?
Tocan las chirimías, y baja de lo alto, donde estará la MÚSICA
una nube hecha trono pintada de serafines, y en ella dos ÁNGELES
que hincados de rodillas traerán la imagen de Nuestra Señora de
Copacabana, con el Niño Jesús en las manos. Y al
tiempo que empieza a descubrirse, y todo lo que dura el paso, hasta desaparecerse,
estará nevando la nube y todo lo alto del
tablado
INCA: No es eso, no es eso sólo
lo que admira y lo que pasma,
pues del oído a la vista
el prodigio se adelanta.
¿No ves, no ves que los cielos
sus azules velos rasgan,
y de ellos luciente nube
sobre todo el fuego baja
lloviendo copos de nieve
y rocío, con que apaga
su actividad?
IUPANGUI: Y aun más veo,
pues veo que la nube baja,
guarnecida a listas de oro
y tornasoles de nácar,
es de una hermosa mujer
que de estrellas coronada,
trae el sol sobre sus hombros
y trae la luna a sus plantas;
hermoso niño en sus brazos
trae también. ¿Quién vio que nazca
mejor sol a media noche,
a quien con luces más claras,
hijo de mejor aurora,
mejores pájaros cantan?
MÚSICA: "El que pone en María las esperanzas
de mayores incendios no sólo salva
riesgos de la vida, pero del alma."
INCA: Verla intento, pero apenas
a ella los ojos levanta
la vista, cuando un rocío
me ciega.
SACERDOTE: A todos nos pasa
lo mismo, que un suave polvo
de menuda arena blanda
ciego nos deja.
UNOS: ¡Qué asombro!
OTROS: ¡Que maravilla!
Tropiezan unos con otros, como
ciegos
INCA: ¡Qué magia,
diréis major! Y pues no
hay contra ella fuerza humana,
acudid a la divina.
SACERDOTE: Pues todas nuestras estatuas
ya en Copacabana están,
todos a Copacabana
vamos, a pedir en todas
clemencia.
INCA: Fuerza es buscarla
contra quien apaga un fuego,
y con otro nos abrasa.
Vanse todos menos IUPANGUI
IUPANGUI: Con todos huiré, mas no
por el temor que me causa,
sino porque en mí conozco
que no merezco mirarla.
Pero aunque yo no la mire,
tan fija llevo su estampa
en mi idea, que ha de ser
vivo carácter del alma.
Vase. Ahora va pasando, y salen los españoles
oyendo como elevados las voces
ÁNGEL 1: Católicos españoles,
ya María el fuego aplaca,
porque perdió su violencia
en ella desde la zarza.
ÁNGEL 2: Vivid y venced, pues ya
es tiempo que a estas montañas
amanezca mejor sol
en brazos de mejor alba.
LOS DOS Y América sepa en la fe de España.
MÚSICA: "Que el que pone en María las esperanzas,
de mayores incendios no sólo salva
riesgos de la vida, pero del alma."
Desaparece el paso
PIZARRO: Pues tan milagrosamente
vemos que el fuego se apaga,
debiendo a la invocación
de María dicha tanta,
en nombre suyo, pues va
de su vista huyendo Guáscar,
sigamos su alcance, y diga
el hacimiento de gracias,
"Si María es con nosotros,
¿quién contra nosotros basta?"
TODOS: ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
UNOS: ¡Vea América!
OTROS: ¡Y vea España!
MÚSICA y
TODOS: "Que el que pone en María las esperanzas,
de mayores incendios no sólo salva
riesgos de la vida, pero del alma."
TODOS: ¡Guerra, guerra! ¡Arma, arma!
Con esta repetición han de sonar a un tiempo
las cajas y trompetas, la MÚSICA y la representación. Se van
todos y sale la IDOLATRÍA como oyendo a lo lejos y repitiendo con todas las
voces
IDOLATRÍA: "Que el que pone en María las esperanzas,
de mayores incendios no sólo salva
riesgos de la vida, pero del alma."
Bien se deja conocer,
pues cuando pensé que había
logrado la industría mía
en ver la ciudad arder,
no sólo para acabar
con los españoles fue,
mas para aumentar su fe,
y destrüir y turbar
la de los indios, pues ciegos,
en ellos crece el temor,
y en los otros el valor,
viendo aceptados sus ruegos;
con que ya mi monarquía
se va estrechando tirana,
pues sólo hoy Copacabana
corte es de la Idolatría.
En ella me han retirado
con mis ídolos; mas no
por eso he de darme yo
por vencida, que obstinado
mi espíritu que no ha sido
capáz nunca de enmendarse,
vencido puede mirarse,
mas no darse por vencido.
A cuyo efecto, pues cuantas
estatuas culto me dan
ya en Copacabana están,
en ellas influirán tantas
sañas, iras y venganzas
mis respuestas, que me atrevo
a hacer que vuelvan de nuevo
a vivir mis esperanzas.
Y así, siguiendo el intento
de que una amante pasión
no quite a mi adoración
lo horroroso y lo sangriento
de mis sacrificios, hoy
el Guáscar ha de saber
de Guacolda, para hacer,
si al sol este obsequio doy,
mayor la victoria mía;
que si fue odio de la cruz,
ya lo es de ella y de la luz
que trajo tras si María.
Salen GUACOLDA, de villana, y GLAUCA como hablando
entre sí
Esté Guacolda segura
en el oculto villaje
que la veo, y fíe del traje
rústico y vil la ventura
de verse libre de mí;
que aunque la desdicha no
ha menester medios, yo
sabré hacer que la halle allí.
Vase
GLAUCA: Notable melancolía
es la tuya.
GUACOLDA: ¿Cómo puedo
perder, Glauca amiga, el miedo
a la triste suerte mía?
GLAUCA: Viendo cuán segura estás
de villana disfrazada,
y demás de eso, encerrada
donde no ha entrado jamás
nadie que a buscarme viene
y no dejándote ver,
ni pudiendo otro saber
quién eres ni quién te tiene
aquí sino yo, parece
que es desconfïar de mí.
GUACOLDA: No lo creas, que ya vi
cuánto tu lealtad merece.
Si sé que en casa naciste
hija de antiguos crïados
de Iupangui, y que en tus hados
primeros con él creciste;
si sé que con Tucapel,
criado también, te casó
y que esta alquería te dio
para pasarlo con él,
si no rica, acomodada;
si sé que el día que hubo
de fiarse de alguien, no tuvo
satisfación más fundada
que en ti, por tu obligación
y porque sola vivías,
pues tan ausente tenías
a tu esposo, ¿qué razón
pudo haber para pensar
que desconfíe de ti?
Y porque creas que aquí
no me aflige ese pesar,
sabe que mi desconsuelo
no es, sino que un bien que hubiera
sólo para mí, en que viera
a Iupangui, aun ése el cielo
le niega a mi suerte esquiva,
pues apenas me dejó
aquí, cuando le envió
el Guáscar a Atabaliba.
De él no he sabido, y con ser
la ausencia ruina de amor,
aun no es ése mi mayor
cuidado, sino temer
no haya muerto en tanto estruendo,
como noticias nos dan
cuantos desde el Cuzco van
a Copacabana huyendo
por todo aqueste distrito,
donde en fe estoy solamente
de que nadie al delinquente
busca donde hizo el delito.
GLAUCA: De dos extremos no sé
cuál venga a ser mayor,
tu temor o mi temor.
GUACOLDA: ¿Cómo?
GLAUCA: Como en ambas fue
una la pena crüel
y contraria, pues si no
sabes de Iupangui, yo
tampoco de Tucapel;
y en tormento tan esquivo,
que el mío es mayor es cierto,
pues tú temes que esté muerto,
y yo temo que esté vivo.
GUACOLDA: ¿Eso dices?
GLAUCA: Si supieras
tú lo que un marido ha sido
a todas horas marido,
eso y mucho más dijeras;
que es verle entrar muy hinchado
diciendo...
Sale TUCAPEL
TUCAPEL: Glauca, la mesa,
y trae la comida apriesa;
que aunque no vengo cansado,
porque en diablos de alquiler
es gran cosa caminar,
con todo, ya que el no andar
canse, cansa el no comer.
GLAUCA: ¿Qué miro?
GUACOLDA: (¡Desdichas mías, Aparte
que han de descubrirme, pues
posible esconderme no es!)
GLAUCA: Al cabo de tantos días,
¿es ése modo de entrar
en tu casa?
TUCAPEL: Dices bien.
Abrázame en parabién,
mas no sirva de ejemplar;
que abrazo recién venido
no es abrazo propietario,
sino supernumerario
con gajes de entretenido.
GLAUCA: De cualquier suerte que sea,
agradece mi deseo
el verte vivo.
TUCAPEL: ¿Qué veo?
Vuelva a inflamarse mi idea.
Hermosa sacerdotisa,
que por más que te disfraces,
no pueden obstar al sol
nubes de villano traje,
ahora veo que eres
la deidad cuyas piedades,
compadecidas de ver
que por volver a buscarte
con Iupangui a la marina,
ocasionaron mis males,
me han buscado y me han librado
del cautivo vasallaje
en que estaba. Y pues, a precio
de ejecutar el dictamen
que en mí inspiraron tus voces,
favor a favor añades;
pues no contenta con que
libre en mi casa me halle,
también la palabra cumples
de que cuando a ella llegase,
había de saber quién eras.
Ya que lo sé, y sé que sabes,
favorecida del sol,
obrar prodigios tan grandes,
permite que a tus pies, puesto
que tanta deuda no pague,
la reconozco a lo menos.
GUACOLDA: Hombre, ¿qué dices? ¿Qué haces?
GLAUCA: Él fue simple y vuelve loco.
GUACOLDA: ¿Cuándo yo he podido hablarte?
¿Cuándo dictar en tus voces
que nada en mi nombre entables,
ni cuándo darte palabra
de que en tu casa me hallases?
TUCAPEL: No disimules conmigo
que ya sé que las deidades
hacen el bien y no quieren
blasonar de que le hacen.
Glauca, este hermoso milagro,
que sin querer desdeñarse
de pisar nuestro albergue
los siempre humildes umbrales,
se desdeña de que cuente
yo sus liberalidades,
es a quien debo la vida.
Llega pues, llega a postrarte
a sus pies, agradecida
de que a tus ojos me trae.
La aurora en Copacabana part 6
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu