This file last updated October 19, 2000

INCA:          Oye, espera. Detenedle.
SACERDOTE:     Si aun el viento no le alcanza,
               no es posible.
INCA:                         Iupangui,
               bien este aviso declara,
               pues por sendas nos le envía
               tan nuevas y tan extrañas,
               que ya el sol se desenoja.
               Y pues empresa tan alta
               parece que para ti
               la tuvo el cielo guardada,
               pues esperó a que vinieses
               para haber de ejecutarla,
               de toda esa gente escoge
               la de mayor confïanza,
               y a ejecutar la sopresa
               parte, que en tu retaguardia,
               porque en todo trance tengas
               segura la retirada,
               con todo el grueso iré yo
               guardándote las espaldas.
IUPANGUI:      Por tanto honor tus pies beso,
               que en la guerra, cosa es clara
               que no sirve el que obedece
               tanto como honra el que manda.
               (A obedecerte voy; bien            Aparte
               que con temor de que vaya
               Tucapel donde Guacolda
               está, en la choza de Glauca.
               ¡O, quiera amor que sin verla 
               se oculte!)

Vase
INCA: Sin tocar arma, marche el ejército en mudo silencio. (No, deidad sacra, Aparte pues proseguí en mi afecto, prosigas tú en tu venganza, que cuando me desengañen ilusiones y fantasmas no ser mi natural padre, al fin no me desengañan no ser mi natural dios, y de un dios ser hijo, basta adoptivo, para ser del mundo el mayor monarca.) Marche el campo en tal silencio que aun la sordina bastarda no dé el orden.
Vanse todos, y salen PIZARRO, ALMAGRO, CANDIA y SOLDADOS
ALMAGRO: Pues ya quedan las centinelas dobladas, bien puedes, lo que a la noche resta, dormir. PIZARRO: Vigilancias de un heroico pecho, mientras menos duermen, más descansan. No sólo al sueño he de dar el tributo de esa humana propensión, pero escribiendo, lo que de la noche falta, he de estar, porque es forzoso que de tan gloriosa hazaña como hoy hemos conseguido lleguen las nuevas a España, y sepan dos magestades, Carlos, que en Yuste descansa, y Felipe, que en su nombre reina, que ya es bien que añadan a los coronados timbres de sus católicas armas las colunas del Perú, que fijas sobre las aguas, con el plus ultra al non ultra las de Hércules aventajan. CANDIA: En tanto que desvelado tú en eso la noche pasas, Almagro y yo rondaremos con divididas escuadras el palacio. ALMAGRO: Y no será fineza, que su dorada riqueza y sumas grandezas aun más deleitan que cansan.
Vase cada uno por su puerta
PIZARRO: Traedme aquí la escribanía y el bufete. Esté la carta escrita, porque con ella Fernando mi hermano parta al punto que...
Dentro
VOCES: ¡Fuego, fuego! PIZARRO: Mas ¿quién en confusión tanta ciudad y palacio pone? Iré a ver de que se causa.
Sale CANDIA
CANDIA: ¿De qué ha de causarse, si es un volcán todo el alcázar, que del centro de la tierra humo aborta y fuego exhala? De sus bóvedas empieza, y es que sin duda minadas los bárbaros las tenían. PIZARRO: Acudamos a atajarlas. CANDIA: Por aquí será imposible, porque el incendio tomadas tiene estas puertas. PIZARRO: Pues vamos por estotra parte.
Sale ALMAGRO
ALMAGRO: Aguarda, que no sólo...
Dentro
VOCES: ¡Fuego, fuego! ALMAGRO: ...la salida el fuego ataja, pero de un incendio en otro irás a dar cuando salgas. Encendidas flechas tanto del aire la esfera abrasan, que en vagas exhalaciones, puntas haciendo en su estancia, neblíes de fuego suben, y sacras de fuego bajan a hacer la presa. CANDIA: Perdidos somos, pues no hay quien nos valga cuando en toda la ciudad común el incendio clama.
Dentro los ESPAÑOLES
UNOS: ¡Que me abraso! OTROS: ¡Que me quemo! UNOS: ¡Virgen pura,... OTROS: Madre intacta,... UNOS: Inmaculada María,... OTROS: María, llena de gracia,... TODOS: Favor, piedad! PIZARRO: ¡O, españoles, qué bien vuestra fe declara que ella es sóla en las tormentas cabo de buena esperanza! A morir iré con todos, porque con todos añadan mis voces la aclamación. CANDIA: Ya que la muerte nos halla, sea con su dulce nombre en los labios.
Yéndose, hablan los tres y dentro todos
TODOS: ¡Madre intacta, Inmaculada María, favor, piedad!
Vanse, y salen INCA, IUPANGUI y todos los INDIOS
INCA: Pues lograda tan felizmente la acción dejas, para que no haya tan generosa osadía que española salamandra se atreva a salir del fuego, toda la ciudad sitiada tened, y dé en nuestras flechas quien saliere de sus llamas. IUPANGUI: ¿Quién ha de salir, no habiendo átomo que no se abrasa, y ya los gemidos suenan en voces tan desmayadas que apenas se oyen o escuchan?
Dentro a lo lejos y bajas todas estas voces
PIZARRO: ¿Hija elegida sin mancha, del Padre,.. CANDIA: Madre del Hijo, doncella y fecunda,... ALMAGRO: Casta virgen, esposa del Santo Espíritu,... PIZARRO: Tú nos salva. CANDIA y ALMAGRO: Tú nos favorece. TODOS: Tú nos socorre y nos ampara. INCA: ¿Quién será ésta a quien invocan? IUPANGUI: Quien no les responde. INCA: Calla, y volvamos a escuchar, pues tan bien suenan sus ansias.
La MÚSICA en lo alto
MÚSICA: "El que pone en María las esperanzas, de mayores incendios no sólo salva riesgos de la vida, pero del alma." IUPANGUI: ¿Qué es esto? ¿Tristes lamentos de un instante en otro pasan a ser dulces armonías de sonoras voces blandas?
Tocan las chirimías, y baja de lo alto, donde estará la MÚSICA una nube hecha trono pintada de serafines, y en ella dos ÁNGELES que hincados de rodillas traerán la imagen de Nuestra Señora de Copacabana, con el Niño Jesús en las manos. Y al tiempo que empieza a descubrirse, y todo lo que dura el paso, hasta desaparecerse, estará nevando la nube y todo lo alto del tablado
INCA: No es eso, no es eso sólo lo que admira y lo que pasma, pues del oído a la vista el prodigio se adelanta. ¿No ves, no ves que los cielos sus azules velos rasgan, y de ellos luciente nube sobre todo el fuego baja lloviendo copos de nieve y rocío, con que apaga su actividad? IUPANGUI: Y aun más veo, pues veo que la nube baja, guarnecida a listas de oro y tornasoles de nácar, es de una hermosa mujer que de estrellas coronada, trae el sol sobre sus hombros y trae la luna a sus plantas; hermoso niño en sus brazos trae también. ¿Quién vio que nazca mejor sol a media noche, a quien con luces más claras, hijo de mejor aurora, mejores pájaros cantan? MÚSICA: "El que pone en María las esperanzas de mayores incendios no sólo salva riesgos de la vida, pero del alma." INCA: Verla intento, pero apenas a ella los ojos levanta la vista, cuando un rocío me ciega. SACERDOTE: A todos nos pasa lo mismo, que un suave polvo de menuda arena blanda ciego nos deja. UNOS: ¡Qué asombro! OTROS: ¡Que maravilla!
Tropiezan unos con otros, como ciegos
INCA: ¡Qué magia, diréis major! Y pues no hay contra ella fuerza humana, acudid a la divina. SACERDOTE: Pues todas nuestras estatuas ya en Copacabana están, todos a Copacabana vamos, a pedir en todas clemencia. INCA: Fuerza es buscarla contra quien apaga un fuego, y con otro nos abrasa.
Vanse todos menos IUPANGUI
IUPANGUI: Con todos huiré, mas no por el temor que me causa, sino porque en mí conozco que no merezco mirarla. Pero aunque yo no la mire, tan fija llevo su estampa en mi idea, que ha de ser vivo carácter del alma.
Vase. Ahora va pasando, y salen los españoles oyendo como elevados las voces
ÁNGEL 1: Católicos españoles, ya María el fuego aplaca, porque perdió su violencia en ella desde la zarza. ÁNGEL 2: Vivid y venced, pues ya es tiempo que a estas montañas amanezca mejor sol en brazos de mejor alba. LOS DOS Y América sepa en la fe de España. MÚSICA: "Que el que pone en María las esperanzas, de mayores incendios no sólo salva riesgos de la vida, pero del alma."
Desaparece el paso
PIZARRO: Pues tan milagrosamente vemos que el fuego se apaga, debiendo a la invocación de María dicha tanta, en nombre suyo, pues va de su vista huyendo Guáscar, sigamos su alcance, y diga el hacimiento de gracias, "Si María es con nosotros, ¿quién contra nosotros basta?" TODOS: ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! UNOS: ¡Vea América! OTROS: ¡Y vea España! MÚSICA y TODOS: "Que el que pone en María las esperanzas, de mayores incendios no sólo salva riesgos de la vida, pero del alma." TODOS: ¡Guerra, guerra! ¡Arma, arma!
Con esta repetición han de sonar a un tiempo las cajas y trompetas, la MÚSICA y la representación. Se van todos y sale la IDOLATRÍA como oyendo a lo lejos y repitiendo con todas las voces
IDOLATRÍA: "Que el que pone en María las esperanzas, de mayores incendios no sólo salva riesgos de la vida, pero del alma." Bien se deja conocer, pues cuando pensé que había logrado la industría mía en ver la ciudad arder, no sólo para acabar con los españoles fue, mas para aumentar su fe, y destrüir y turbar la de los indios, pues ciegos, en ellos crece el temor, y en los otros el valor, viendo aceptados sus ruegos; con que ya mi monarquía se va estrechando tirana, pues sólo hoy Copacabana corte es de la Idolatría. En ella me han retirado con mis ídolos; mas no por eso he de darme yo por vencida, que obstinado mi espíritu que no ha sido capáz nunca de enmendarse, vencido puede mirarse, mas no darse por vencido. A cuyo efecto, pues cuantas estatuas culto me dan ya en Copacabana están, en ellas influirán tantas sañas, iras y venganzas mis respuestas, que me atrevo a hacer que vuelvan de nuevo a vivir mis esperanzas. Y así, siguiendo el intento de que una amante pasión no quite a mi adoración lo horroroso y lo sangriento de mis sacrificios, hoy el Guáscar ha de saber de Guacolda, para hacer, si al sol este obsequio doy, mayor la victoria mía; que si fue odio de la cruz, ya lo es de ella y de la luz que trajo tras si María.
Salen GUACOLDA, de villana, y GLAUCA como hablando entre sí
Esté Guacolda segura en el oculto villaje que la veo, y fíe del traje rústico y vil la ventura de verse libre de mí; que aunque la desdicha no ha menester medios, yo sabré hacer que la halle allí.
Vase
GLAUCA: Notable melancolía es la tuya. GUACOLDA: ¿Cómo puedo perder, Glauca amiga, el miedo a la triste suerte mía? GLAUCA: Viendo cuán segura estás de villana disfrazada, y demás de eso, encerrada donde no ha entrado jamás nadie que a buscarme viene y no dejándote ver, ni pudiendo otro saber quién eres ni quién te tiene aquí sino yo, parece que es desconfïar de mí. GUACOLDA: No lo creas, que ya vi cuánto tu lealtad merece. Si sé que en casa naciste hija de antiguos crïados de Iupangui, y que en tus hados primeros con él creciste; si sé que con Tucapel, criado también, te casó y que esta alquería te dio para pasarlo con él, si no rica, acomodada; si sé que el día que hubo de fiarse de alguien, no tuvo satisfación más fundada que en ti, por tu obligación y porque sola vivías, pues tan ausente tenías a tu esposo, ¿qué razón pudo haber para pensar que desconfíe de ti? Y porque creas que aquí no me aflige ese pesar, sabe que mi desconsuelo no es, sino que un bien que hubiera sólo para mí, en que viera a Iupangui, aun ése el cielo le niega a mi suerte esquiva, pues apenas me dejó aquí, cuando le envió el Guáscar a Atabaliba. De él no he sabido, y con ser la ausencia ruina de amor, aun no es ése mi mayor cuidado, sino temer no haya muerto en tanto estruendo, como noticias nos dan cuantos desde el Cuzco van a Copacabana huyendo por todo aqueste distrito, donde en fe estoy solamente de que nadie al delinquente busca donde hizo el delito. GLAUCA: De dos extremos no sé cuál venga a ser mayor, tu temor o mi temor. GUACOLDA: ¿Cómo? GLAUCA: Como en ambas fue una la pena crüel y contraria, pues si no sabes de Iupangui, yo tampoco de Tucapel; y en tormento tan esquivo, que el mío es mayor es cierto, pues tú temes que esté muerto, y yo temo que esté vivo. GUACOLDA: ¿Eso dices? GLAUCA: Si supieras tú lo que un marido ha sido a todas horas marido, eso y mucho más dijeras; que es verle entrar muy hinchado diciendo...
Sale TUCAPEL
TUCAPEL: Glauca, la mesa, y trae la comida apriesa; que aunque no vengo cansado, porque en diablos de alquiler es gran cosa caminar, con todo, ya que el no andar canse, cansa el no comer. GLAUCA: ¿Qué miro? GUACOLDA: (¡Desdichas mías, Aparte que han de descubrirme, pues posible esconderme no es!) GLAUCA: Al cabo de tantos días, ¿es ése modo de entrar en tu casa? TUCAPEL: Dices bien. Abrázame en parabién, mas no sirva de ejemplar; que abrazo recién venido no es abrazo propietario, sino supernumerario con gajes de entretenido. GLAUCA: De cualquier suerte que sea, agradece mi deseo el verte vivo. TUCAPEL: ¿Qué veo? Vuelva a inflamarse mi idea.

Hermosa sacerdotisa, que por más que te disfraces, no pueden obstar al sol nubes de villano traje, ahora veo que eres la deidad cuyas piedades, compadecidas de ver que por volver a buscarte con Iupangui a la marina, ocasionaron mis males, me han buscado y me han librado del cautivo vasallaje en que estaba. Y pues, a precio de ejecutar el dictamen que en mí inspiraron tus voces, favor a favor añades; pues no contenta con que libre en mi casa me halle, también la palabra cumples de que cuando a ella llegase, había de saber quién eras. Ya que lo sé, y sé que sabes, favorecida del sol, obrar prodigios tan grandes, permite que a tus pies, puesto que tanta deuda no pague, la reconozco a lo menos. GUACOLDA: Hombre, ¿qué dices? ¿Qué haces? GLAUCA: Él fue simple y vuelve loco. GUACOLDA: ¿Cuándo yo he podido hablarte? ¿Cuándo dictar en tus voces que nada en mi nombre entables, ni cuándo darte palabra de que en tu casa me hallases? TUCAPEL: No disimules conmigo que ya sé que las deidades hacen el bien y no quieren blasonar de que le hacen. Glauca, este hermoso milagro, que sin querer desdeñarse de pisar nuestro albergue los siempre humildes umbrales, se desdeña de que cuente yo sus liberalidades, es a quien debo la vida. Llega pues, llega a postrarte a sus pies, agradecida de que a tus ojos me trae.

La aurora en Copacabana part 6

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu