JORNADA SEGUNDA
Dentro cajas, trompetas, VOCES UNOS: ¡Arma, arma! OTROS: ¡Guerra, guerra! UNOS: ¡Caciques, a la muralla! OTROS: ¡A la muralla, españoles! UNOS: ¡Guerra, guerra! OTROS: ¡Al arma, al arma!Sale TUCAPEL huyendo TUCAPEL: Si no hubiera un coronista que huyera de las batallas, no hubiera como saberlas, no habiendo como contarlas. Y pues es éste el papel que me toca; mientras andan allá como suelen, yo, escondido entre estas ramas, también como suelo, tengo de estar a ver en qué para el trance de hoy, que hasta ahora sólo dicen en voces altas... UNOS: ¡Arma, arma!Dentro las cajas OTROS: ¡Guerra, guerra! UNOS: ¡Viva el Perú! OTROS: ¡Viva España! TUCAPEL: ¡O, si el señor sol quisiera que sus paisanos lograran la victoria, y yo el deseo de poder irme a casa, no tanto porque en la propia ningún marido descansa, cuanto por hacerme el gusto de hacer el disgusto a Glauca! Pues desde que el español, cautivándome en mi patria, conmigo, sin saber cómo, dio en unas tierras extrañas donde su lenguaje y mío hicieron tal mezcolanza, que ya ni es mío ni es suyo, bien que hasta entendernos basta, y desde que pertrechados de gentes, bajeles y armas volvieron él y los suyos a navegar estas playas, de donde, tomando tierra, han talado las campañas que hay desde el Callao al Cuzco, cuya gran corte hoy asaltan,Dentro las cajas nunca me han dado lugar de escaparme, por dos causas: una, servirles de guía para ir salvando sus marchas de pantanos y lagunas, y otra, que a decir no vaya cuán faltos de municiones y de víveres se hallan. Y así, por ambos pretextos, con tal cuidado me guardan, que al que desmandarme viere, que me dé la muerte, mandan; con que me es fuerza esperar día en que huyendo les hagan volverse al mar. Mas no creoDentro las cajas que hoy sea el de esta esperanza, pues entre las confusiones, que sólo repiten varias... TODOS: ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! TUCAPEL: Lo que desde aquí se alcanza es que aunque las eminencias de la ciudad coronadas de indios están, no por eso los españoles desmayan, por más que de sus almenas no solamente disparan diluvios de flechas, pero de los peñascos que arrancan despedazados los montes, rodando sobre ellos bajan. Alguno lo diga, pues cae de la escala más alta, diciendo...Dentro mucho ruido y caxas, sale PIZARRO cayendo con espada y rodela PIZARRO: ¡Virgen María, vuestra gran piedad me valga!Dentro ALMAGRO Acudid a retirarle; no consigan la alabanza estos bárbaros de que ni aun muerto pudo su saña triunfar de él.Salen CANDIA y ALMAGRO, y SOLDADOS, y PIZARRO se levanta muy en sí LOS DOS: ¡Pizarro! PIZARRO: ¡Amigos! LOS DOS: ¿Qué desdicha es ésta? PIZARRO: Nada. TUCAPEL: (Pues [que] no enterréis al mozo Aparte [junto con] Luís Quijada, ésta fue una bagatela. Volvamos a la importancia.) CANDIA: ¡Cómo es posible que el golpe de la peña y la distancia del precipicio te deje con la vida? PIZARRO: ¿Qué os espanta si quien invoca a María, aun de más riesgos se salva, mostrando su piedad, puesto que en Perú nos ampara, repetidos los favores que nos hizo en Nueva España, cuánto de aquestas conquistas se da por servida, a causa de que mejor sol se adore en brazos de mejor alba? Y pues conserva mi vida para que vuelva a emplearla en su servicio, ea, amigos, volvamos a las escalas, que hoy en la corte del Cuzco hemos de entrar si esa valla primero rompemos, antes que a socorrerla mañana, según dicen las espías, en persona llegue el Guáscar con inmensas gentes. ALMAGRO: ¿Quién lo duda, si en esperanza de propagación de fe y honor de María se ensalzan la invocación de su nombre en ti, y en Pedro de Candia, la exaltación de la cruz, pues vemos que en las montañas, como a árbol prodigioso que vence fieras, la exaltan ya infinintos indios? PIZARRO: Pues, con esas dos confianzas, ¡qué hay que temer? ¡Ea, españoles, al arma otra vez!Vanse los tres y soldados, y tocan las cajas. Hablan dentro LOS INDIOS: ¡Al arma, otra vez, fuertes caciques! UNOS: ¡Viva el Perú! OTROS: ¡Viva España! TODOS: ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! TUCAPEL: Pues nunca en estas andanzas están bien los coronistas donde las flechas alcanzan, ¿qué haré yo de mí, y más, viendo que embisten con furia tanta, que habré de llorar mi ruina si ellos su vitoria cantan, pues en venciendo me quedo en mi patria sin mi patria, y si quiero irme, a peligro es la vida? ¡O, mal haya aquella sacerdotisa, pues por volver a buscarla con Iupangui, a mi me toca todo el daño, y pues de nada ella se duele! ¡O, que no haya, de cuantos demonios, dicen los españoles, que hablan en nuestros ídolos, uno, que a costa de vida y alma me diga lo que he de hacer!Sale la IDOLATRÍA invisible para TUCAPEL IDOLATRÍA: Sí habrá; pues que tú le llamas, que ésa es la razón con que Dios la cadena te alarga, vente, Tucapel, conmigo, que yo te pondré en tu casa; (por lo que me importas Aparte para que vuelva a sus aras la hurtada víctima del sol.) TUCAPEL: ¿Quién eres tú que me agarras sin que te vea? IDOLATRÍA: Quien puede, abreviando las distancias que hay desde el Cuzco a tu patria, valle de Copacabana, llevarte sin que te vean las más vigilantes guardas, sólo a precio de que tú por mí en el camino hagas primero la diligencia que te dictaren mis ansias. TUCAPEL: Si tienes tanto poder, ¿cómo no la haces tú, y tratas de que un hombre la haga? IDOLATRÍA: Como no puedo y cara a cara oponerme a quien me opongo. Y así, es fuerza que me valga del hombre, que él, poseído de mí, dándome él la entrada, baste a cometer delitos a que el demonio no basta. TUCAPEL: ¿Y cómo ha de ser el irme? IDOLATRÍA: Prestándote yo mis alas. TUCAPEL: ¿De qué suerte? IDOLATRÍA: De esta suerte. ¡Ministros, en quien entabla su imperio la Idolatría, dad al viento mi esperanza! TUCAPEL: ¿Pues soy tu esperanza yo? IDOLATRÍA: Eres quien ha de lograrla,En un pescante desaparece TUCAPEL pues revestido en ti el fiero espíritu de mi rabia, tuyas han de ser las voces pero mías las palabras cuando diciendo su afecto el trance de esta batalla, digan el suyo mis iras; y hasta entonces, en dos varias partes suene el eco, aquí diciendo unos...Dentro las cajas a rebato y hablan dentro UNOS: ¡Arma, arma! IDOLATRÍA: Y allí repitiendo otros...Otra caja a lo lejos a marchar OTROS: ¡Alto, y pase la palabra! IDOLATRÍA: Con que a un mismo tiempo, yo entre horrores y venganzas, entre escándolos y estruendos, diré influyendo en entrambas... UNOS: ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! OTROS: ¡Alto, y pase la palabra!Con esta repetición, sonando a una parte el rebato y en otra la marcha, desaparece la IDOLATRÍA, y sale INCA con los INDIOS que puedan armados a su modo, y el SACERDOTE INCA: Supuesto que ya la noche cubierta de sombras pardas nos va retirando el día, de aqueste monte en la falda podrá restaurar la gente las fatigas de la marcha, para que con nuevo aliento, al amanecer mañana, demos vista a la ciudad, llamando a campal batalla a sus sitiadores, ya que el socorrerla y librarla a que yo en persona venga me obliga.Sale IUPANGUI IUPANGUI: Dame tus plantas. INCA: ¡O, Iupangui, bien venido seas! IUPANGUI: Quien llega a besarlas, es serlo. INCA: ¿Qué responde Atabaliba? IUPANGUI: La fama le tenía ya informado de esta prodigiosa entrada que han hecho los españoles, y antes de oír tu embajada dijo que él mismo vendría a darte auxiliares armas. INCA: ¡Con qué vergüenza lo escucho, ofendido de que hayan cuatro desnudos, descalzos y hambrientos hombres, en tanta confusión puestos mis gentes, que sea fuerza que me valga de mi hermano y mi enemigo, sólo en fe de la ventaja que artificiales sus rayos llevan a nuestras aljabas! En llegando a ponderar que en una y otra campaña, si se contara la gente, más de mil indios se hallaran para cada español, pierdo el juicio, la vida, el alma y no sé... Dejadme solo, idos todos; que se arranca el corazón, y no quiero que nadie me vea en la cara el semblante de la ira, sin ver él de la venganza. IUPANGUI: ¿Qué extraño furor es éste que su sentido arrebata? SACERDOTE: No sé más de que estos días le aflige...Vanse los SOLDADOS indios y el SACERDOTE INCA: Tú no te vayas, Iupangui. IUPANGUI: Siempre yo estoy atento a ver qué me mandas. INCA: Oye, pues sólo contigo pueden descansar mis ansias. Desde el día--¡ay infelice!-- que te mandé que libraras a aquella sacerdotisa, todo es para mí desgracias, sin que el mandarte después que en su suerte la dejaras, baste a que el sol me remita de aquella primera instancia la culpa, pues en castigo trae contra mí tan extrañas gentes, como si el faltar después fuese por mi causa. IUPANGUI: Ya que el querer impedir un sacrificio le agravia, ¿por qué no mandas que otro igual a aquél satisfaga sus sentimientos? INCA: Porque cuando lo intento, declaran los sacerdotes del sol que sus sacros ritos mandan que en echándose una vez la suerte, porque no haya favor o pasión que excuse a aquella sobre quien caiga, no pueda, hasta que ella mesma sea la sacrificada, echarse otra suerte. Y esto dejando a sus observancias, ¿cómo pudo una mujer intentar fuga tan ardua? IUPANGUI: Si es fácil amar, señor, dos a una hermosura rara, y fácil dar en un mismo pensamiento dos que aman, ¿qué admiras que otro intentase lo mismo, y que...? INCA: Calla, calla; que son mucho mal los celos, para que en el desdén les hagas de acuadrillarlos con otros cuando ellos a matar bastan, mas no a mí, que en mí no hay celos. IUPANGUI: ¿Por qué? INCA: Por la confianza de que aquí no hubo segundo amante. IUPANGUI: ¿De qué lo sacas? INCA: Si soberana deidad tanto mi vida amenaza, que no menos que de siglos alimento mi mudanza, ¿cómo había de dejar, siendo deidad soberana, sin temor a otro? IUPANGUI: Bien dices. (Quédese con su ignorancia, Aparte que a mí me está bien que nunca en que hubo otro amante caiga. Es sin duda que ella, o mal conforme o desesperada, del templo se huyó.) INCA: El asombro no es ése, sino que haya ocultádose de suerte que diligencias tan varias no la hayan hallado. ¿Cuál será el centro que la guarda? IUPANGUI: (Eso es la que yo no puedo Aparte decir. ¡Ay, Guacolda amada, y como que es verdad, pues no puede decir quien te ama ni el villaje que te esconde, ni el traje que te disfraza!) INCA: Supuesto que en que parezca estrivan las esperanzas de que el sol se desenoje, para que venzan mis armas, ya que todos por vencidos se dan de que no la hallan, haz tú por mí la fineza de ser quien ponga en buscarla desde hoy nuevos medios. IUPANGUI: Yo te doy, señor, la palabra, en habiéndote asistido en la facción de mañana, que no es bien desparecerme víspera de una batalla, de ir a buscarla con tal deseo, cuidado y ansia, que ni descanse ni duerma ni sosiegue hasta encontrarla. Y así, si me echares menos, no preguntes por mí, a causa de que en busca de Guacolda estoy. INCA: Otra vez me abraza, que bien de ti esa fineza fío. IUPANGUI: Cree que yo he de hallarla, aunque sus recatos digan...Dentro VOCES: ¡Sepúltennos las entrañas de los montes, pues nos echa de las suyas nuestra patria! INCA: ¿Qué confusas voces son las que parece que hablan en nombre suyo, pues dicen...? VOCES: ¡Sean tumbas las montañas, que antes nos entierren vivos, que esclavos! INCA: ¡Ah de la guardia! ¿Qué voces aquésas son?Sale el SACERDOTE SACERDOTE: De tropas que desmandadas, con sus mujeres e hijos y ancianos, en mil escuadras huyendo a ampararse vienen de los montes. INCA: Pues ¿qué causa puede obligarles a tanto desorden?Sale TUCAPEL TUCAPEL: Oye, y sabrásla. INCA: Sin duda traes malas nuevas, pues a todos te adelantas. ¿Quién eres? TUCAPEL: El indio soy que cautivó en esa playa aquel primero español que en ella puso las plantas. Con él fui y volví con él sin poderme librar, hasta que la confusión de hoy me ha dado la puerta franca, pues habiendo la ciudad entrado a fuerza de armas los españoles, en tanto que hidrópicamente apagan en su saco las dos sedes de riquezas y viandas, en tanto que para salvar las vidas, la desamparan sus naturales, dejando bienes, familias y casas, sin poder en más la mira, que en el celo con que sacan los ídolos de los templos, a fin de que sus estatuas sin ultraje se retiren en la custodia y guarda del mayor adoratorio del sol, que es Copacabana. En fin, en la confusión de hoy logrando mi esperanza, vengo, sin que lo veloz sea en fe de traer las malas nuevas, que quizá podrá hacer buenas una traza, con que pérdida tan grande se trueque en mayor ganancia. Los más principales cabos de esa española canalla, con los más soldados suyos, se alojan en el alcázar de los Incas. Éste tiene al reparo de las aguas que suelen de la ciudad inundar calles y plazas, entre otras muchas surtidas, una mina que desagua cerca de aquí, cuya boca es preciso que ignorada de hombres tan recién venidos, esté a estas horas sin guarda. Y si por ella, eligiendo al cabo de mayor fama, hicieses que con la gente, también de más importancia, la mina entrase, llevando seca fajina a la espalda y oculto fuego, no dudes que si por el pie la llama prende una vez, vuele todo, pues su arquitectura rara toda es preciosas maderas. Y más si a este tiempo mandas que se inficionen las flechas, en vez de nócivas plantas, de embreadas cuerdas que entre piedra y pluma, al asta pendientes, el aire corten, y medida la distancia por elevación, hicieses darlas fuego al dispararlas, siendo como son los techos bitúmenes de enea y paja, será fuerza que volando en cada saeta una ascua, sean también rayos nuestros adonde quiera que caigan. Y pues a darte este aviso y este arbitrio me adelanta quizá alto espíritu que la voz mueve, el pecho inflama, no le desdeñes, creyendo que no te habla quien te habla, pues aunque son mías las voces, no son mías las palabras.Vase
La aurora en Copacabana part 5
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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