IUPANGUI: Dos culpas, Guacolda bella,
resultan hoy contra mí:
que con vista te elegí,
y que te elegí sin ella.
Pero ni de ésta ni aquélla
feliz e infeliz mi suerte
se ha de disculpar si advierte
que una fue para adorarte,
otra para sublimarte,
y entrambas para perderte.
GUACOLDA: De una y otra--¡ay de mí!--fuera
cualquiera disculpa error,
y voy dejando al amor
en aquella edad primera,
a que no sé si sintiera
más que eligieras tú, y no
fuera la elegida yo.
Y así, que errases te niego
ciego, que no estuvo ciego
quien lo que hubo de ver vio.
IUPANGUI: Ahora es mayor mi aflicción,
viendo que en mi ceguedad
resignes tu voluntad.
GUACOLDO: Quizá no es resignación.
IUPANGUI: Pues ¿qué?
GUACOLDA: Desesperación
de que mi padre su esquiva
enemistad vengue altiva
en los dos, pues porque fuiste
tú quien a Guáscar seguiste
cuando él siguió a Atabaliba,
por no darme a ti, forzada
me trajo al templo. Y no sé
si conformarme podré
a morir sacrificada,
pues cuando no hubiera nada
de aquel violento rigor
ni de este infelice amor
ni cuanto da que temer,
pasar del ser al no ser
tuviera el mismo dolor.
Por no sé qué natural
luz que repugna infinito
a que en mí no haya delito,
y haya en un dios celestial
sed de humana sangre tal,
que obligue fiero y crüel
sin odio de fe, a que un fiel
mate a otro fiel, ¿es ley, di,
que un dios no muera por mí
y que yo muera por él?
IUPANGUI: No sé; mas sé que admirada
mi razón con tu razón
me ha puesto en tal confusión,
que... mas no te digo nada
sino sólo que si entrada
pudiera hallar para que
sin argüir en la fe
del sol antes que rendida
tu vida, viera mi vida...
GUACOLDA: No, no prosigas, que aunque
tiene a la laguna puerta
este templo, y ella tiene
balsas en que a tiempo viene
bastimento, y puedo, abierta
de noche, irme a una desierta
isla a ocultarme oportuna,
temiendo al sol tu fortuna,
en vano mi dolor cae
en que hay noche, hay templo y hay
puerta, balsa, isla y laguna.
Vase
IUPANGUI: ¿Qué más claro ha de decir
su abandonado despecho,
que fue cómplice mi amor
del estado en que la ha puesto
su suerte? ¿Ni qué más claro
me pudo su sentimiento,
para que salve su vida,
facilitarme los medios?
Mas ¿cómo podré--¡ay de mí!--
arrojarme a atrevimiento
tan grave, como quitarle
al sol tal víctima? Pero
¿qué dudo ni qué reparo?
Que si no hubiera preceptos
que romper, no hubiera culpas,
y quedaron sin aprecio
finezas de amor que de ellas
alimentan sus afectos.
Iré donde si ella sale,
a ver si temo o no temo
al sol, vea que...
Sale el INCA
INCA: Iupangui.
IUPANGUI: ¿Señor?
INCA: A buscarte vuelvo
con una pena que sólo
la fiara de ti.
IUPANGUI: ¿En qué puedo
servirte, que ya tú sabes
mi amor, mi lealtad y mi celo?
INCA: De uno y otro asegurado,
sabrás que desde aquel mesmo
instante que vi la rara
hermosura sin ejemplo
de aquella sacerdotisa,
que entre el asombro y el miedo,
por vencer con menos armas,
venció sin color ni aliento,
ni vivo ni sé de mí;
y más después que añadiendo
fuerza a fuerza, rayo a rayo,
llama a llama, incendio a incendio,
la lástima de su suerte
aumentó el dolor. No quiero
tenerme en cuán poderosos
son dos contrarios afectos
que para embestir aúnan
lástima y cariño a un tiempo,
porque no muriera, diera
la vida. No, no suspenso,
no turbado, no confuso
me escuches, como diciendo
entre ti que ¿cómo al Sol
a quien tantas glorias debo,
me atrevo contra su culto,
ni aun a imaginarlo? Pero
antes que tú lo pronuncies
saldrá mi voz al encuentro
con decirte que, a un amor
que no tiene más remedio
que morir de ver morir,
no dudo dore sus yerros
a rayos del mismo sol,
mayormente cuando puedo
desenojarle con otras
dádivas. Y remitiendo
a que sea lo que fuere,
o su perdón o su ceño,
ella ha de vivir, y tú
has der ser el instrumento.
Los cuatro legales días
en que sus padres y deudos
la celebran, engañando
el dolor con el obsequio,
te doy de plazo a que pienses
cómo ha de ser, ya tu ingenio
de la noche, la laguna,
balsas y puertas del templo
se valga, o ya tu valor,
a todo trance resuelto,
de disfraces para el robo
o de armas para el estruendo.
Tú, en fin, me la has de poner
en salvo, y después el tiempo
en desagravios del sol
nos dirá.
Dentro
IDOLATRÍA: ¡Guáscar!
El viento
mi nombre pronuncia; gente
será que en mi seguimiento
viene. Para que no vean
que hablamos solos, haciendo
la plática sospechosa,
mientras salirles intento
yo por esta parte al paso,
quédate tú aquí, advirtiendo
que en tu ingenio o tu valor,
honor, alma y vida dejo.
Viva esta beldad, y viva
tu rey, o ambos mueran.
Vase
IUPANGUI: ¡Cielos!
¿Quién en el mundo se ha visto
embestido tan a un tiempo
de celos, lealtad y amor?
¿Celos dije? Bien por ellos
empecé que son un mal
tan descortés y grosero,
que en concurso de otros males,
siempre se toma el primero
lugar. De celos--¡ay triste!--
vuelvo a decir, pues que veo
de otro adorada a Guacolda;
de lealtad, pues es sujeto
con quien yo ni declararme
ni satisfacerme puedo;
y de amor, pues cuando estoy,
contra los divinos fueros
que amenazaron su vida,
a restaurarla, resuelto,
aun los mesmos medios míos
se vuelven contra mí mesmo.
Pues o los consigo o no;
si no los consigo, dejo
que muera, y si los consigo,
es para otro. Con que en medio
de la argüída cuestión,
vengo a estar de cuál es menos
dolor ¿morir para mí,
o vivir para otro dueño?
En cuya confusión...
Dentro
IDOLATRÍA: ¡Guáscar!
¡Guáscar Inca!
Dentro
INCA: Veloz eco,
ya que me vienes buscando,
¿para qué te vas huyendo?
IUPANGUI: Otra vez la voz le llama,
tras cuyo sonido el centro
del monte penetra. Quede
aquí mi dolor suspenso,
supuesto que ni es ni ha sido
para terminado presto,
y vaya a ver qué será,
ya que todo es misterios
de Copacabana el valle:
voz, que sin dar con el dueño,
a lo más fragoso, más
enmarañado y desierto,
diciendo le lleva.
Vase, y salen INCA y la IDOLATRÍA
INCA: Dime,
pues te sigo y no te encuentro
siquiera, quién eres.
IDOLATRÍA: Yo.
INCA: Al verte más, lo sé menos,
y así, a preguntar quién eres,
aun después de verte, vuelvo.
IDOLATRÍA: Soy la deidad a quien tocan
los cultos del sol, y vengo
a lidiar por él contigo,
y pues ha de ser el duelo,
para más vitoria mía,
cara a cara y cuerpo a cuerpo,
¿qué esperas? Llega a mis brazos.
INCA: Si rendido me confieso
yo a tus sombras o tus luces,
¿para qué es la lid?
IDOLATRÍA: ¡Qué efecto
tan propio es de los ingratos
darse por vencidos presto!
¿Cómo es posible que quien
debe al sol tantos imperios,
impida sus sacrificios?
INCA: Como yo no se los debo
al sol. Si él los dio a su hijo,
y yo de su hijo desciendo,
ya no es dádiva la mía,
sino herencia. Y fuera de esto,
cuando se los deba al sol
como a padre, si hoy le ofendo,
¿qué hará en perdonar mañana
tan bien disculpado yerro
como amar una hermosura
que él crió?
IDOLATRÍA: Más que piensas.
INCA: Eso
es amenazar, y amor
no teme amenazas.
IDOLATRÍA: (¡Cielos! Aparte
Durar él en su pasión
sin darle pavor mi aspecto
bien me da a entender que el día
que entra el sagrado madero
de la cruz en el Perú,
es para que lo sangriento
cese de mis sacrificios.
Mas ¿qué lo extraño, si advierto
que en el ara de la cruz
cesó todo lo cruento,
pues desde allí fueron todas
hostias pacíficas? Pero
no, no me dé por vencida,
que aunque revele secreto
que ha tantos años que guardo,
con él le pondré tal miedo
que no se atreva a impedir
que a vista del sacro leño
sean víctimas humanas
triunfos míos.)
Al INCA
En efeto,
¿te fundas en que es herencia
y no dádivas este reino,
y en que es perdonar un padre
fácil?
INCA: Sí.
IDOLATRÍA: Pues porque en eso
no te fíes, ni el sol fue
tu padre ni pudo serlo,
ni este imperio, sin mí, pudo
ser tuyo.
INCA: ¿Cómo?
IDOLATRÍA: Oye atento.
Manco Capac, rico y noble
cacique, fue a quien el cielo...
Pero antes que yo a decirlo
quiero que llegues tú a verlo,
que no he de hacer sospechosa
mi verdad. Y así, pretendo
que su crédito afiance
un portento a otro portento.
¿Qué ves en aquesta gruta?
Ábrese un peñasco, y se ve un JOVEN
vestido de pieles, recostado en una peña
INCA: Un hermoso joven bello
que sobre una piedra yace
de toscas pieles cubierto.
IDOLATRÍA: Pues escucha lo que dice.
INCA: Ya a sus razones atiendo.
JOVEN: ¿Cuándo, padre, será el día
que de aqueste obscuro centro
me saques a ver la luz?
Si ya bien sabidas tengo
tus liciones; si ya cuanto
me has instruído lo aprendo
tan a satisfacción tuya,
que te has admirado viendo
que el entendimiento tuyo
trasladé a mi entendimiento,
¿qué aguardas para que llegue
a verme en el trono excelso
que me has prometido? Mira
que un bien esperado es menos
todo aquello que le quita
de estimación el deseo,
que aunque la dicha es gran joya,
esperarla es mucho precio.
Ven pues, ven a que segunda
vez nazca del duro seno
de aquesta roca, si no
quieres que a mis sentimientos
lleguen tarde tus alivios,
llegando mi muerte presto.
Ciérrase la gruta
INCA: Aunque entiendo sus razones,
el propósito no entiendo.
IDOLATRÍA: ¿Qué mucho, si ha de decirlo
otro prodigio primero
Ya has visto el centro del monte,
pues pasa de extremo a extremo
y mira ahora la cumbre.
Va saliendo por lo alto del peñasco un sol,
y tras él un trono dorado con rayos, y en su araceli el
JOVEN ricamente vestido, con corona y cetro
¿Qué ves en ella?
INCA: No puedo
decirlo, que me deslumbra
un sol que va amaneciendo
en su horizonte.
IDOLATRÍA: Porfía
a mirarle, que lo mesmo
hacen cuantas gentes ves
concurrir a ese desierto.
INCA: Es verdad: todo poblado
de gentes está, y ya intento
verlo.
IDOLATRÍA: Y ¿qué ves?
INCA: Entre varios
tornasoles y reflejos,
que como sin ver al sol
no se ven, ciegan al verlos,
miro que como pedazo
suyo, va otro sol saliendo
en su luciente un hermoso
trono en quien, como en espejo,
parece que él mismo está
retratándose a sí mesmo.
IDOLATRÍA: ¿Quién viene en él colocado?
INCA: Si de sus señas me acuerdo,
aquel afligido joven
que vi entre pieles envuelto,
ricamente ataviado
de ropas, corona y cetro,
me parece.
IDOLATRÍA: Oye sus triunfos,
pues oíste sus lamentos.
JOVEN: Generosos peruanos
cuya fe, piedad y celo
en la adoración del sol
logra hoy sus merecimientos,
¡albricias, que ya ha llegado
el felice cumplimiento
de aquellas ya confundidas
noticias que dejó un tiempo
en la primitiva edad
de vuestros padres y abuelos,
un Tomé o Tomás, sembradas
en todo el Perú, diciendo
que en los brazos de la aurora
más pura, el hijo heredero
del gran dios había venido
luz de luz al uniuerso!
Pero aunque dijo que había
venido, habéis de entenderlo
como invisible criador
de todos los elementos,
hombres, fieras, peces y aves,
pero no en alma y en cuerpo
como hoy mi padre me envía
a ser monarca vuestro.
Si me recibís, veréis
que de este monte desciendo
a vivir con vosotros,
regiros y manteneros
en ley, en paz y en justicia;
y si no, a su trono excelso
con él me volveré, donde
ofendido en mi desprecio,
os amenazan sus rayos,
sus relámpagos y truenos.
Dentro
VOCES: Desciende, señor, desciende,
pues te aclamamos, diciendo...
Dentro
MÚSICA: "Sea bien venido en joven tan bello,
el hijo del sol a ser el rey nuestro."
JOVEN: Ya voy a vosotros, pues que voy oyendo...
Dentro
MÚSICA y TODOS: "Sea bien venido en joven tan bello,
el hijo del sol a ser el rey nuestro."
Desaparecen el sol por lo alto y, por lo bajo, el
trono
INCA: Aún nada he entendido.
IDOLATRÍA: Ahora
lo entenderás. Oye atento.
Manco Capac, rico y noble
cacique, fue a quien el cielo
dotó, entre otras naturales
prendas, de sutil ingenio.
Éste, maquinando, el día
que su bella esposa un tierno
infante dio a luz, como
lograría verle dueño
del imperio del Perú,
me consultó su deseo,
como a deidad a quien toca,
ya te lo dije primero,
la adoración del sol. Yo,
hallando el camino abierto
para que creciese el culto,
con el agradecimiento
le dije que, publicando
que el infante se había muerto,
con secreto le crïase;
y él lo hizo con tal secreto
que aun la nutriz que encerró
con él, yace muerta ahí dentro.
Mientras el joven crecía,
también le di por consejo
que publicase que el sol
le había revelado en sueños,
que presto le enviaría a su hijo
a dominar sus imperios.
Y como esta voz corría,
sobre aquellos fundamentos
que arruinados del olvido,
los fabricaba el acuerdo,
equivocando verdades
a sombra de fingimientos,
andaba el vulgo, ni bien
dudando ni bien creyendo,
hasta que a determinado
día convocó los pueblos
para que ocurriesen todos
a recibirle; y habiendo
con mi arte y su industria,
como has visto, en lo supremo
del monte, fingido rayos,
pudo hacer que sus reflejos,
desmintiendo lo distante,
acreditasen lo excelso.
De suerte que de este engaño
desciendes, y aunque en quinientos
años de la inmemorial
posesión, ya es tuyo el reino,
pues no hay ninguno que no
se introdujese violento;
con todo eso, el día que impidas,
u otro por ti, los decretos
que en nombre del sol disponen
sus oráculos, es cierto
que no habiendo conseguido
yo el que vayas en aumento,
me he de vengar. Y así, teme
mis sañas, pues ves que puedo,
en desagravios del sol,
desvanecer tus trofeos,
pompa y majestad, bien como
ves que yo me desvanezco.
Desaparécese
INCA: Oye, aguarda, escucha, espera.
Dentro
TODOS: Allí se oye; llegad presto.
INCA: ¿Qué es lo que por mi ha pasado?
Salen unos INDIOS e IUPANGUI
TODOS: ¿Qué es esto, señor, qué es esto?
INCA: No sé, no sé. Cinco siglos
he vivido en un momento,
retrocediendo los años,
y lo que he sacado de ellos
es que el sol por mí no pierda
sus cultos.
Aparte a IUPANGUI
Y así, el precepto
que te di, Iupangui, no, no
le ejecutes ni por pienso.
Muera esa beldad y viva
tu rey.
Vanse INCA y los INDIOS
IUPANGUI: ¿Quién creerá que al tiempo
que siento el mandar que viva,
el mandar que muera siento?
Pero nada me acobarde;
en que viva me resuelvo,
y enójese o no se enoje
el sol, pues es tan severo
dios, que en su culto manda,
contra el natural derecho,
que mueran otros por él,
no habiendo él por otros muerto.
Vase
FIN DE LA PRIMERA JORNADA
La aurora en Copacabana part 4
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu