This file last updated October 17, 2000

IUPANGUI:         Dos culpas, Guacolda bella,
               resultan hoy contra mí:
               que con vista te elegí,
               y que te elegí sin ella.
               Pero ni de ésta ni aquélla
               feliz e infeliz mi suerte
               se ha de disculpar si advierte
               que una fue para adorarte,
               otra para sublimarte,
               y entrambas para perderte.
GUACOLDA:         De una y otra--¡ay de mí!--fuera
               cualquiera disculpa error,
               y voy dejando al amor
               en aquella edad primera,
               a que no sé si sintiera
               más que eligieras tú, y no
               fuera la elegida yo.
               Y así, que errases te niego
               ciego, que no estuvo ciego
               quien lo que hubo de ver vio.
IUPANGUI:         Ahora es mayor mi aflicción,
               viendo que en mi ceguedad
               resignes tu voluntad.
GUACOLDO:      Quizá no es resignación.
IUPANGUI:      Pues ¿qué?
GUACOLDA:                   Desesperación
               de que mi padre su esquiva
               enemistad vengue altiva
               en los dos, pues porque fuiste
               tú quien a Guáscar seguiste
               cuando él siguió a Atabaliba,
                  por no darme a ti, forzada
               me trajo al templo. Y no sé
               si conformarme podré
               a morir sacrificada,
               pues cuando no hubiera nada
               de aquel violento rigor
               ni de este infelice amor
               ni cuanto da que temer,
               pasar del ser al no ser
               tuviera el mismo dolor.
                  Por no sé qué natural
               luz que repugna infinito
               a que en mí no haya delito,
               y haya en un dios celestial   
               sed de humana sangre tal,
               que obligue fiero y crüel
               sin odio de fe, a que un fiel
               mate a otro fiel, ¿es ley, di,
               que un dios no muera por mí
               y que yo muera por él?
IUPANGUI:         No sé; mas sé que admirada
               mi razón con tu razón
               me ha puesto en tal confusión,
               que... mas no te digo nada
               sino sólo que si entrada
               pudiera hallar para que
               sin argüir en la fe
               del sol antes que rendida
               tu vida, viera mi vida...
GUACOLDA:      No, no prosigas, que aunque
                  tiene a la laguna puerta
               este templo, y ella tiene
               balsas en que a tiempo viene
               bastimento, y puedo, abierta
               de noche, irme a una desierta
               isla a ocultarme oportuna,
               temiendo al sol tu fortuna,
               en vano mi dolor cae          
               en que hay noche, hay templo y hay
               puerta, balsa, isla y laguna.

Vase
IUPANGUI: ¿Qué más claro ha de decir su abandonado despecho, que fue cómplice mi amor del estado en que la ha puesto su suerte? ¿Ni qué más claro me pudo su sentimiento, para que salve su vida, facilitarme los medios? Mas ¿cómo podré--¡ay de mí!-- arrojarme a atrevimiento tan grave, como quitarle al sol tal víctima? Pero ¿qué dudo ni qué reparo? Que si no hubiera preceptos que romper, no hubiera culpas, y quedaron sin aprecio finezas de amor que de ellas alimentan sus afectos. Iré donde si ella sale, a ver si temo o no temo al sol, vea que...
Sale el INCA
INCA: Iupangui. IUPANGUI: ¿Señor? INCA: A buscarte vuelvo con una pena que sólo la fiara de ti. IUPANGUI: ¿En qué puedo servirte, que ya tú sabes mi amor, mi lealtad y mi celo? INCA: De uno y otro asegurado, sabrás que desde aquel mesmo instante que vi la rara hermosura sin ejemplo de aquella sacerdotisa, que entre el asombro y el miedo, por vencer con menos armas, venció sin color ni aliento, ni vivo ni sé de mí; y más después que añadiendo fuerza a fuerza, rayo a rayo, llama a llama, incendio a incendio, la lástima de su suerte aumentó el dolor. No quiero tenerme en cuán poderosos son dos contrarios afectos que para embestir aúnan lástima y cariño a un tiempo, porque no muriera, diera la vida. No, no suspenso, no turbado, no confuso me escuches, como diciendo entre ti que ¿cómo al Sol a quien tantas glorias debo, me atrevo contra su culto, ni aun a imaginarlo? Pero antes que tú lo pronuncies saldrá mi voz al encuentro con decirte que, a un amor que no tiene más remedio que morir de ver morir, no dudo dore sus yerros a rayos del mismo sol, mayormente cuando puedo desenojarle con otras dádivas. Y remitiendo a que sea lo que fuere, o su perdón o su ceño, ella ha de vivir, y tú has der ser el instrumento. Los cuatro legales días en que sus padres y deudos la celebran, engañando el dolor con el obsequio, te doy de plazo a que pienses cómo ha de ser, ya tu ingenio de la noche, la laguna, balsas y puertas del templo se valga, o ya tu valor, a todo trance resuelto, de disfraces para el robo o de armas para el estruendo. Tú, en fin, me la has de poner en salvo, y después el tiempo en desagravios del sol nos dirá.
Dentro
IDOLATRÍA: ¡Guáscar! El viento mi nombre pronuncia; gente será que en mi seguimiento viene. Para que no vean que hablamos solos, haciendo la plática sospechosa, mientras salirles intento yo por esta parte al paso, quédate tú aquí, advirtiendo que en tu ingenio o tu valor, honor, alma y vida dejo. Viva esta beldad, y viva tu rey, o ambos mueran.
Vase
IUPANGUI: ¡Cielos! ¿Quién en el mundo se ha visto embestido tan a un tiempo de celos, lealtad y amor? ¿Celos dije? Bien por ellos empecé que son un mal tan descortés y grosero, que en concurso de otros males, siempre se toma el primero lugar. De celos--¡ay triste!-- vuelvo a decir, pues que veo de otro adorada a Guacolda; de lealtad, pues es sujeto con quien yo ni declararme ni satisfacerme puedo; y de amor, pues cuando estoy, contra los divinos fueros que amenazaron su vida, a restaurarla, resuelto, aun los mesmos medios míos se vuelven contra mí mesmo. Pues o los consigo o no; si no los consigo, dejo que muera, y si los consigo, es para otro. Con que en medio de la argüída cuestión, vengo a estar de cuál es menos dolor ¿morir para mí, o vivir para otro dueño? En cuya confusión...
Dentro
IDOLATRÍA: ¡Guáscar! ¡Guáscar Inca!
Dentro
INCA: Veloz eco, ya que me vienes buscando, ¿para qué te vas huyendo? IUPANGUI: Otra vez la voz le llama, tras cuyo sonido el centro del monte penetra. Quede aquí mi dolor suspenso, supuesto que ni es ni ha sido para terminado presto, y vaya a ver qué será, ya que todo es misterios de Copacabana el valle: voz, que sin dar con el dueño, a lo más fragoso, más enmarañado y desierto, diciendo le lleva.
Vase, y salen INCA y la IDOLATRÍA
INCA: Dime, pues te sigo y no te encuentro siquiera, quién eres. IDOLATRÍA: Yo. INCA: Al verte más, lo sé menos, y así, a preguntar quién eres, aun después de verte, vuelvo. IDOLATRÍA: Soy la deidad a quien tocan los cultos del sol, y vengo a lidiar por él contigo, y pues ha de ser el duelo, para más vitoria mía, cara a cara y cuerpo a cuerpo, ¿qué esperas? Llega a mis brazos. INCA: Si rendido me confieso yo a tus sombras o tus luces, ¿para qué es la lid? IDOLATRÍA: ¡Qué efecto tan propio es de los ingratos darse por vencidos presto! ¿Cómo es posible que quien debe al sol tantos imperios, impida sus sacrificios? INCA: Como yo no se los debo al sol. Si él los dio a su hijo, y yo de su hijo desciendo, ya no es dádiva la mía, sino herencia. Y fuera de esto, cuando se los deba al sol como a padre, si hoy le ofendo, ¿qué hará en perdonar mañana tan bien disculpado yerro como amar una hermosura que él crió? IDOLATRÍA: Más que piensas. INCA: Eso es amenazar, y amor no teme amenazas. IDOLATRÍA: (¡Cielos! Aparte Durar él en su pasión sin darle pavor mi aspecto bien me da a entender que el día que entra el sagrado madero de la cruz en el Perú, es para que lo sangriento cese de mis sacrificios. Mas ¿qué lo extraño, si advierto que en el ara de la cruz cesó todo lo cruento, pues desde allí fueron todas hostias pacíficas? Pero no, no me dé por vencida, que aunque revele secreto que ha tantos años que guardo, con él le pondré tal miedo que no se atreva a impedir que a vista del sacro leño sean víctimas humanas triunfos míos.)
Al INCA
En efeto, ¿te fundas en que es herencia y no dádivas este reino, y en que es perdonar un padre fácil? INCA: Sí. IDOLATRÍA: Pues porque en eso no te fíes, ni el sol fue tu padre ni pudo serlo, ni este imperio, sin mí, pudo ser tuyo. INCA: ¿Cómo? IDOLATRÍA: Oye atento. Manco Capac, rico y noble cacique, fue a quien el cielo... Pero antes que yo a decirlo quiero que llegues tú a verlo, que no he de hacer sospechosa mi verdad. Y así, pretendo que su crédito afiance un portento a otro portento. ¿Qué ves en aquesta gruta?
Ábrese un peñasco, y se ve un JOVEN vestido de pieles, recostado en una peña
INCA: Un hermoso joven bello que sobre una piedra yace de toscas pieles cubierto. IDOLATRÍA: Pues escucha lo que dice. INCA: Ya a sus razones atiendo. JOVEN: ¿Cuándo, padre, será el día que de aqueste obscuro centro me saques a ver la luz? Si ya bien sabidas tengo tus liciones; si ya cuanto me has instruído lo aprendo tan a satisfacción tuya, que te has admirado viendo que el entendimiento tuyo trasladé a mi entendimiento, ¿qué aguardas para que llegue a verme en el trono excelso que me has prometido? Mira que un bien esperado es menos todo aquello que le quita de estimación el deseo, que aunque la dicha es gran joya, esperarla es mucho precio. Ven pues, ven a que segunda vez nazca del duro seno de aquesta roca, si no quieres que a mis sentimientos lleguen tarde tus alivios, llegando mi muerte presto.
Ciérrase la gruta
INCA: Aunque entiendo sus razones, el propósito no entiendo. IDOLATRÍA: ¿Qué mucho, si ha de decirlo otro prodigio primero Ya has visto el centro del monte, pues pasa de extremo a extremo y mira ahora la cumbre.
Va saliendo por lo alto del peñasco un sol, y tras él un trono dorado con rayos, y en su araceli el JOVEN ricamente vestido, con corona y cetro
¿Qué ves en ella? INCA: No puedo decirlo, que me deslumbra un sol que va amaneciendo en su horizonte. IDOLATRÍA: Porfía a mirarle, que lo mesmo hacen cuantas gentes ves concurrir a ese desierto. INCA: Es verdad: todo poblado de gentes está, y ya intento verlo. IDOLATRÍA: Y ¿qué ves? INCA: Entre varios tornasoles y reflejos, que como sin ver al sol no se ven, ciegan al verlos, miro que como pedazo suyo, va otro sol saliendo en su luciente un hermoso trono en quien, como en espejo, parece que él mismo está retratándose a sí mesmo. IDOLATRÍA: ¿Quién viene en él colocado? INCA: Si de sus señas me acuerdo, aquel afligido joven que vi entre pieles envuelto, ricamente ataviado de ropas, corona y cetro, me parece. IDOLATRÍA: Oye sus triunfos, pues oíste sus lamentos. JOVEN: Generosos peruanos cuya fe, piedad y celo en la adoración del sol logra hoy sus merecimientos, ¡albricias, que ya ha llegado el felice cumplimiento de aquellas ya confundidas noticias que dejó un tiempo en la primitiva edad de vuestros padres y abuelos, un Tomé o Tomás, sembradas en todo el Perú, diciendo que en los brazos de la aurora más pura, el hijo heredero del gran dios había venido luz de luz al uniuerso! Pero aunque dijo que había venido, habéis de entenderlo como invisible criador de todos los elementos, hombres, fieras, peces y aves, pero no en alma y en cuerpo como hoy mi padre me envía a ser monarca vuestro. Si me recibís, veréis que de este monte desciendo a vivir con vosotros, regiros y manteneros en ley, en paz y en justicia; y si no, a su trono excelso con él me volveré, donde ofendido en mi desprecio, os amenazan sus rayos, sus relámpagos y truenos.
Dentro
VOCES: Desciende, señor, desciende, pues te aclamamos, diciendo...
Dentro
MÚSICA: "Sea bien venido en joven tan bello, el hijo del sol a ser el rey nuestro." JOVEN: Ya voy a vosotros, pues que voy oyendo...
Dentro
MÚSICA y TODOS: "Sea bien venido en joven tan bello, el hijo del sol a ser el rey nuestro."
Desaparecen el sol por lo alto y, por lo bajo, el trono
INCA: Aún nada he entendido. IDOLATRÍA: Ahora lo entenderás. Oye atento. Manco Capac, rico y noble cacique, fue a quien el cielo dotó, entre otras naturales prendas, de sutil ingenio. Éste, maquinando, el día que su bella esposa un tierno infante dio a luz, como lograría verle dueño del imperio del Perú, me consultó su deseo, como a deidad a quien toca, ya te lo dije primero, la adoración del sol. Yo, hallando el camino abierto para que creciese el culto, con el agradecimiento le dije que, publicando que el infante se había muerto, con secreto le crïase; y él lo hizo con tal secreto que aun la nutriz que encerró con él, yace muerta ahí dentro. Mientras el joven crecía, también le di por consejo que publicase que el sol le había revelado en sueños, que presto le enviaría a su hijo a dominar sus imperios. Y como esta voz corría, sobre aquellos fundamentos que arruinados del olvido, los fabricaba el acuerdo, equivocando verdades a sombra de fingimientos, andaba el vulgo, ni bien dudando ni bien creyendo, hasta que a determinado día convocó los pueblos para que ocurriesen todos a recibirle; y habiendo con mi arte y su industria, como has visto, en lo supremo del monte, fingido rayos, pudo hacer que sus reflejos, desmintiendo lo distante, acreditasen lo excelso. De suerte que de este engaño desciendes, y aunque en quinientos años de la inmemorial posesión, ya es tuyo el reino, pues no hay ninguno que no se introdujese violento; con todo eso, el día que impidas, u otro por ti, los decretos que en nombre del sol disponen sus oráculos, es cierto que no habiendo conseguido yo el que vayas en aumento, me he de vengar. Y así, teme mis sañas, pues ves que puedo, en desagravios del sol, desvanecer tus trofeos, pompa y majestad, bien como ves que yo me desvanezco.
Desaparécese
INCA: Oye, aguarda, escucha, espera.
Dentro
TODOS: Allí se oye; llegad presto. INCA: ¿Qué es lo que por mi ha pasado?
Salen unos INDIOS e IUPANGUI
TODOS: ¿Qué es esto, señor, qué es esto? INCA: No sé, no sé. Cinco siglos he vivido en un momento, retrocediendo los años, y lo que he sacado de ellos es que el sol por mí no pierda sus cultos.
Aparte a IUPANGUI
Y así, el precepto que te di, Iupangui, no, no le ejecutes ni por pienso. Muera esa beldad y viva tu rey.
Vanse INCA y los INDIOS
IUPANGUI: ¿Quién creerá que al tiempo que siento el mandar que viva, el mandar que muera siento? Pero nada me acobarde; en que viva me resuelvo, y enójese o no se enoje el sol, pues es tan severo dios, que en su culto manda, contra el natural derecho, que mueran otros por él, no habiendo él por otros muerto.
Vase

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

La aurora en Copacabana part 4

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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