IUPANGUI: .... a decir que se desaten
las fieras.
TUCAPEL: Ya no es tan buena...
las fi... ¿qué?
IUPANGUI: Las fieras, digo;
pues sabiendo donde queda,
con huir tú hacia aquella parte
darán con el monstruo ellas.
TUCAPEL: Y ellas y el monstruo conmigo,
que será una diligencia
muy saludable.
IUAPANGUI: Oye y calla,
que aun hay más terror que piensas.
TUCAPEL: Mucho será.
IUPANGUI: ¿No reparas
en que él en el mar se queda,
y que de su vientre arroja
otro menor?
TUCAPEL: Voy apriesa
a traer las fieras.
IUPANGUI: Aguarda,
que aunque éste a la orilla llega,
tampoco sale a la orilla
donde de su seno echa
un hombre, al parecer.
TUCAPEL: ¡Cielos!
¿Qué generación es ésta
que una bestia grande pare
otra pequeñita bestia,
y esta bestia pequeñita
un hombre?
IUPANGUI: Y de raras señas
así en el blanco color
del rostro como en la greña
del cabello y de la barba,
cuya admiración aumentan
el traje y modo de armas
que trae.
TUCAPEL: Voy a que prevengan
las fieras contra él.
IUPANGUI: Detente,
que es de mi valor flaqueza
el pensar que para un hombre
he menester yo defensas,
mayormente cuando entrando
voy en no sé qué sospecha
tal que aunque puedo tirarle
desde aquí, será bajeza
matarle sin apurar
que maravillas son éstas.
Saldréle al paso.
TUCAPEL: Yo no,
ni aun huir podré ya. Esta quiebra
me ha de esconder.
Escóndese ,y sale CANDIA armado con una cruz
de dos troncos bastos
CANDIA: Cuando digan
las edades venideras
que don Francisco Pizarro
quebró del mar las primeras
ondas del sur en demanda
del descubrimiento de estas
nuevas Indias de occidente,
digan también que fue en ella
Pedro de Candia, el primero
que puso el pie en sus arenas.
IUPANGUI: Hombre aborto de la espuma
que esa marítima bestia
sorbió, son duda, en el mar
para escupirle en la tierra,
¿quién eres? ¿De dónde vienes
y dónde vas?
CANDIA: (De su lengua Aparte
el frase no entiendo, pero
de su acción es bien que entienda
que debe de ser cacique
de valor y de nobleza,
pues cuando desamparada
toda la marina dejan,
sólo él queda en la marina.)
IUPANGUI: ¿Cómo no me das respuesta?
¿Quién eres? ¿De dónde vienes?
¿Y dónde vas?
CANDIA: Si te alteras
de ver mi nave en tus mares
y mi persona en tus selvas,
óyeme y sabrás la causa
IUPANGUI: (Como yo, habla sin que infiera Aparte
lo que me dice.)
TUCAPEL: (Que se hablen Aparte
dos que uno ni otro sepan
lo que se dicen no es nuevo.)
IUPANGUI: Si eres humano y deseas
hallarte en los sacrificios
que al sol hacemos, y en prueba
de que al dios de rayos buscas
forjando sus truenos, llega;
de paz te recibiremos.
Dinos pues, ¿qué es lo que intentas?
CANDIA: Noble cacique, que bien
tu valor lo manifiesta,
no de tus minas de oro,
no la plata de sus venas
me trae en su busca. El celo,
sí; la religión suprema
de un sólo Dios, y sacarte
de idolatría tan ciega
como padeces, a cuyo
efecto ésta es la bandera
Levanta la cruz
de su cristiana milicia
la más estimada prenda.
IUPANGUI: Sin saber lo que me dices
sé lo que decirme intentas,
pues arbolando ese tronco
contra mí bien claro muestras
que me llamas a batalla;
y así, en el arco la flecha
te responderá.
Flecha el arco
CANDIA: Aunque ignoro
qué es lo que decirme intentas,
no ignoro que a lid me llamas,
pues embebida la cuerda
me aguardas. Dispara pues,
mas mira que si me yerras,
has de morir a este acero.
IUPANGUI: De la ventaja que lleva
el ser mi arma arrojadiza,
y no la tuya me pesa,
porque más quisiera a brazos
rendirte, que no que mueras...
Mas ¿qué es esto ¿Quién me pasma
la mano que helada tiembla,
el corazón que no late
y el suspiro que no alienta?
Pero ¿qué mucho, qué mucho
que todo--¡ay de mí!--fallezca,
si el resplandor que me abrasa
carámbano es que me hiela?
Caésele el arco
Tronco que despide rayos
y a puras luces me ciega,
más es que tronco. No huyo
de ti, quien quiera que seas,
sino de tan ventajosas
armas que a hechizos me venzan.
Soltad las fieras, porque
Yéndose
cebe su veneno en ellas
este tósigo de luces
que a mí me asombra y me ahuyenta.
¡Y, a la selva, al valle, al monte,
peruanos, que hoy son tierra
y mar abismos de abismos
contra nosotros!
Vase, y al ir tras él, CANDIA da con
TUCAPEL
CANDIA: Espera;
tras él... Mas ¿quién está aquí?
TUCAPEL: (¡O, quién decirle supiera Aparte
que soy tonto, y que de un tonto
es más tonto el que hace cuenta!
Yo sí, cuando...)
CANDIA: Aguarda; no huyas.
Dentro voces
VOCES: ¡Al monte, al valle, a la selva,
que las fieras se desatan!
TUCAPEL: (...más que el primero que encuentran
soy yo.)
CANDIA: ¡Ay, infeliz! ¿Qué miro?
De las profundas cabernas
de estas montes bostezando
nuevos horrores sus quiebras,
mil feroces animales
toda la marina pueblan,
Salen un león y un tigre haciendo lo que
dizen los versos
y de ellos un león y un tigre,
garras aguzando y presas
a mí se vienen. Aunque es
imposible la defensa,
moriré matando. Pero
por más furiosos que llegan,
en viéndome se reparan
y en vez de embestirme, tiemblan.
Con que el león, arrastrando
la desgreñada melena
de sus coronados rizos,
y el tigre, pecho por tierra,
vienen postrando a mis plantas
las nunca domadas testas.
Justo es que yo corresponda
a tan cortesana deuda.
Alágalos
TUCAPEL: ¡Oigan cómo los regala,
y cómo ellos le festejan!
¿Quién tigre de falda vio,
y león de brazos, que juegan
con su dueño y él con ellos
haciéndose muchas fiestas?
CANDIA: Señor, pues este fauor
tan anticipado premia
el deseo de arbolar
vuestra militar bandera
entre estos bárbaros, donde
vuestra fe plantada crezca,
en vuestro nombre, subiendo
a este risco, en su eminencia
la fijaré.
Sube a lo alto del monte
TUCAPEL: ¡Ay de mí! ¡Que entre
el león y el tigre me deja!
Mas yendo tras él seguro
iré. Pero en su defensa
se vuelven contra mí.
CANDIA: Ahora
que ya tremolado queda,
de este bruto valuarte
en la más rústica almena,
vuestro estandarte, Señor,
Dexa la cruz y baja, cortando ramas
volveré al mar con las señas
de estas ramas y estos frutos,
y este indio de quien la lengua
aprendamos para que
la entendamos a la vuelta.
Ven tú conmigo; ya vosotros
amigos,...
TUCAPEL: ¡Ay, que se acercan!
CANDIA: ...quedad en paz. Que me vaya
yo en paz, que me dicen, muestran
volviendo al monte. Ven tú.
TUCAPEL: Glauca, pues ves que me llevan
a ser de una bestia pasto,
no seas pasta de otras bestias
tú en mi ausencia.
CANDIA: ¡Nuevos mundos,
cielos, sol, luna y estrellas,
aves, peces, fieras, troncos,
montes, mares, riscos, selvas,
buena prenda os dejo en fe
de que si hoy la gente vuestra
adora al sol que amanece
hijo de la aurora bella,
vendrá tan felize día
que sobre estas mismas peñas
con mejor sol en sus brazos,
mejor aurora amanezca!
Vase, lleuando a TUCAPEL, y sale la IDOLATRÍA
vestida de negro con estrellas, espada y bengala
IDOLATRÍA: Primero que ese día
llegue a ver yo, que soy la Idolatría
de esta bárbara gente
que en los trémulos campos de occidente,
sin saber de otro sol ni de otra aurora,
por adorar la luz, la sombra adora.
Primero, otra vez digo, que ese día
contra la inmemorial posesión mía
el Perú llegue a ver en su campaña
las invasiones de la Nueva España,
verá si Dios la acción no me limita
y los poderes que me dio me quita;
que mis ansias, mis penas y temores
con el mágico horror de mis horrores
perturban de manera
de tierra y mar, hoy una y otra esfera,
que el mar, antes que de esta hallada playa
a aquel bajel con las noticias vaya,
le embata, le zozobre y le persiga,
por más que ahora viento en popa diga
en mi oprobio y mi ultraje...
Dentro
PIZARRO: Vira al mar.
TODOS: Buen viaje, buen pasaje.
IDOLATRÍA: Y la tierra también verá en sus daños
revalidar error de tantos años,
no tan sólo volviendo al ejercicio
de él que dejó suspenso sacrificio,
pero aun con más terror, pues si antes era
víctima bruta esta o aquella fiera,
ahora he de hacer que víctima sea humana,
porque siendo como es Copacabana
templo del sol, y su ara aquella peña
contra quien puso el español por seña
el cruzado madero,
a cuya vista pasmo, gimo y muero;
en ella es bien--sin que atreverme pueda
a sus ultrages, porque no suceda
lo que en la Nueva España,
que arbolando otra cruz otra montaña,
hice ponerla fuego,
y ardiendo sin quemarse, lo que el ciego
insulto consiguió, en vez de abrasarla
fue temerla, admitirla y venerarla.--
Y así digo otra vez, sin que me atreva
a que este vulgo en su baldón se mueva,
es bien satisfacer mi desvarío,
con que a su vista el sacrificio mío,
con sacrílego intento
trascienda desde bárbaro a cruento;
a cuyo efecto, ya en suaves voces,
ya en voces tristes sonarán veloces
en todo el monte oráculos diciendo...
Dentro
TODOS: ¡Albricias, que ya el monstruo se va huyendo!
IDOLATRÍA: Pero no, no prosiga;
dígalo el tiempo sin que yo lo diga,
pues vuelven a juntarse, repitiendo...
ELLA y TODOS: ¡Albricias, que ya el monstruo se va huyendo!
Vase, y salen INCA, GUACOLDA y las cuatro damas SACERDOTISAS,
el SACERDOTE, GLAUCA, la MÚSICA y todos los indios e indias
que puedan, con arco y flechas
GUACOLDA: ¿Qué mucho, si en hileras
el armado escuadrón vio de las fieras
contra él tan prevenido
¿Quién duda que haya sido
quien irse sin salirse a tierra le hace?
Sale IUPANGUI
IUPANGUI: No, señor; de más alta causa nace
su vuelta y su venida;
maravlla mayor hay escondida.
INCA: ¿Cómo?
IUPANGUI: Como volviendo a la ribera
en dejándote a ti, por si pudiera
averiguar quien tanto horror nos daba,
pequeña embarcación vi que arrojaba
al mar bien como algunas
balsas en que surcamos las lagunas.
Aquí empecé a formar primera idea
de que más que animal, fábrica sea.
Confirmólo después ver cuánto asombre
que esta balsa arrojase a tierra un hombre
de extraño aspecto. Referir no quiero
que le hablé y que me habló, si considero
que no nos entendimos,
y no puedo decir qué nos dijimos.
Baste saber que en duelo tan prolijo
dijo la acción lo que la voz no dijo.
Un tronco que traía
arboló contra mí; la aljaba mía
un harpón contra él, pero al instante
que le quise flechar, una radiante
luz me cegó, y el brazo entumecido
tras el arco y harpón, perdí el sentido
Culparás mi pavor, pues no le culpes
hasta que con las fieras disculpes.
Yo vi a lo lejos que un león le hacía
brutos alhagos cuya acción seguía
un tigre, y que de ambos amparado,
subió a ese risco en que dejó fijado
sobre su pardo ceño
del basto tronco el no labrado leño;
con que volviendo al mar, llevó consigo
a Tucapel, crïado que conmigo
estaba en la marina.
GLAUCA: ¿Cómo dices no ser cosa divina
la que daño no ha hecho
a nadie y me ha hecho a mí tanto provecho?
SACERDOTE: Calla, necia.
IUPANGUI: De suerte
que si en la razón advierte,
en la que naturalmente me fundo
sin que el discurso deba nada al arte,
es que debe de haber de esotra parte
del mar otra república, otro mundo,
otra lengua, otro traje y otra gente;
y aquésta tan mañosa o tan valiente
que se ha sabido hacer con singulares
fábricas, vivideros esos mares;
y para más desmayos,
se ha sabido forjar truenos y rayos
con relámpagos tales
que deslumbran a hombres y animales.
¿Y pensar que han movido tanto empeño
como venirse a playas estranjeras
y para sólo colocar un leño,
vivir ondas, traer rayos, domar fieras?
No, señor, no es posible;
aquí hay misterio más incomprehensible.
Y así es bien discurramos
qué hemos de hacer, y que nos prevengamos
por si otra vez volviere,
y prevenidos, sea lo que fuere.
INCA: A tu suceso atento,
menos le alcanzo, cuanto más le siento;
y así, no sé, no sé lo que debamos
hacer.
SACERDOTE: Yo sí.
INCA: ¿Qué es?
SACERDOTE: Que prosigamos,
dejándonos plantado ahí ese bruto
leño hasta ver qué flor nos da o qué fruto,
el sacrificio, y todos invoquemos
hasta su templo al sol, por si podemos
alcanzar que nos diga
qué hemos de hacer.
IUPANGUI: Y es justo.
GUACOLDA: Pues prosiga
la invocación, mas con tan otro acento,
que lo que fue armonía sea lamento.
INCA: Hermoso padre del día,
¿de tanta confusión, di,
querrás restaurarnos?
Dentro IDOLATRÍA cantado
IDOLATRÍA: Sí.
INCA: Ya respondió a la voz mía.
GUACOLDA: Pues ¿qué debemos hacer,
si a mí te mueves a darme
también respuesta?
IDOLATRÍA: Obligarme.
SACERDOTE: Si obligándote ha de ser,
¿con qué te podrá obligar
mérito que aunque se crea,
obrar no sabe?
IDOLATRÍA: Desea.
SACERDOTISA 1: Ya que es mérito desear,
yo deseo saber ¿qué
naturaleza tirana
fue la que aquí llegó?
IDOLATRÍA: Humana.
IUPANGUI: Si humana, cual dices, fue,
¿cómo asombra con horrores,
y deja tan confundida
la razón, la alma y la...?
IDOLATRÍA: Vida.
SACERDOTISA 2: Porque de él todo mejores
nuestra ciega confusión,
¿cuál será el mejor indicio
de nuestra fe?
IDOLATRÍA: El sacrificio.
SACERDOTISA 3: Si los sacrificios son
el mejor ruego, a ellos vamos.
SACERDOTISA 4: Haz que aquéste en que hoy se emplea
tu pueblo, sea acepto.
IDOLATRÍA: Sea.
INCA: De todo cuanto escuchamos,
nada inferimos.
SACERDOTE: Sí, hacemos,
si de lo que ha respondido
componemos el sentido.
IUPANGUI: ¿Y cómo le compondremos?
SACERDOTE: Diciendo cada uno, ya
que a todos nos respondió,
lo que a él dijo.
INCA: ¿Empiezo yo?
GUACOLDA: Sí, y mi voz te seguirá.
INCA: Si...
IDOLATRÍA: Si...
GUACOLDA: Obligarme...
IDOLATRÍA: Obligarme...
SACERDOTE: Desea...
IDOLATRÍA: Desea...
SACERDOTISA 1: Humana...
IDOLATRÍA: Humana...
IUPANGUI: Vida...
IDOLATRÍA: Vida...
SACERDOTISA 2: El sacrificio...
IDOLATRÍA: El sacrificio...
SACERDOTISA 4: Sea...
IDOLATRÍA: Sea.
Cantan la MÚSICA y TODOS
TODOS: "Si obligarme desea,
humana vida el sacrificio sea."
SACERDOTE: Sin duda, el sol, ofendido
de que en tu presencia fuera
bruta víctima una fiera,
hoy elevarla ha querido
a que sea racional,
dando de su enojo indicio
no ser real el sacrificio
que asiste persona real.
INCA: Si eso es lo que nos advierte,
¿Cómo qué vida es no avisa?
SACERDOTE: Como es la sacerdotisa
a quien le toque la suerte.
Las más nobles, dedicadas
para eso en el templo están,
deseando él cuándo serán
a su dios sacrificadas.
TODAS: A eso obligadas vivimos
las que al sol nos consagramos.
GLAUCA: Y de esto nos excusamos
las que patanas nacimos.
INCA: (Si a aquélla toca--¡ay de mí!) Aparte
IUPANGUI: (¡Qué pena sería tan fuerte Aparte
si a ella tocase!)
INCA: Y la suerte,
¿cómo suele echarse?
SACERDOTE: Así,
cada una, una flecha dé,
y en mi mano y en su mano
el más noble o más anciano
se ha de nombrar, para que
vendados los ojos llegue,
porque en señas no repare,
y de aquélla que él tomare,
el dueño al ara se entregue
cuando cumplidos estén
los cuatro legales días
en que de sus alegrías
padres y deudos se den
la norabuena.
SACERDOTISAS: Obedientes
ya aquí las flechas están.
Toma el SACERDOTE las flechas juntas, y cada una
tiene la suya
GLAUCA: Luego que es malo, dirán
el no ser ninfas, las gentes.
INCA: Nombra ya el que ha de llegar.
SACERDOTE: Hallándote tú aquí, no
es bien que le nombre yo.
Tú, señor, le has de nombrar.
INCA: Iupangui.
IUPANGUI: ¿Señor?
INCA: A ti,
pues el más noble ha de ser,
te nombro.
IUPANGUI: El obedecer
es fuerza.
SACERDOTE: Y fuerza que aquí
los ojos te venden.
IUPANGUI: (Bien Aparte
se pudo excusar, pues llego,
aunque no los venden, ciego.
Véndanle los ojos
¿Quién, cielos, creyera, quién,
que donde Guacolda está,
estimara no ser ella
la que eligiese mi estrella?)
SACERDOTE: Llega hacia esta parte.
IUPANGUI: Ya
con todas las flechas di.
SACERDOTE: Una has de tomar, no más.
Llega IUPANGUI, y toma la flecha de
GUACOLDA
Ya descubrirte podrás.
¿A quién he elegido?
GUACOLDA: ¡A mí!
IUPANGUI: (¡Grave pena!) Aparte
GUACOLDA: (¡Dolor fuerte!) Aparte
Retíranse los dos a las dos esquinas del
tablado
INCA: Pues no es justo que me vea,
aunque feliz muerte sea,
nadie condenado a muerte,
no sin lástima me ausento,
hermosa beldad, de ti.
(No es sino excusar que aquí Aparte
reviente mi sentimiento.)
Vase
SACERDOTE: Dichosa tú, que crisol
hoy de nuestra fe serás.
Vase
SACERDOTISAS: Venturosa tú, que vas
a ser esposa del sol.
Vanse
GLAUCA: Buen parabién, pero de él
no gusta. Mas ¿cómo estoy
tan fiera, que a hacer no voy
que lloro por Tucapel?
Vanse GLAUCA y todos menos IUPANGUI y
GUACOLDA
La aurora en Copacabana part 3
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu