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LA AURORA EN COPACABANA


Personas que hablan en ella:


JORNADA PRIMERA


Dentro instrumentos y voces, y salen en tropa todos los que puedan vestidos de indios, cantando y bailando; IUPANGUI, indio galán, un SACERDOTE, GLAUCA, y TUCAPEL y, detrás de todos, Guáscar INCA, rey. Todos con arcos y flechas
IUPANGUI: En el venturoso día que Guáscar Inca celebra edades del sol, que fueron gloria suya y dicha nuestra, ¡prosiga la fiesta! MÚSICA: Prosiga la fiesta, y aclamando a entrambas deidades, del sol en el cielo, y del Inca en la tierra, al son de las voces repitan los ecos que viva, que reine, que triunfe y que venza. INCA: ¡Cuánto estimo ver que a honor de la consagrada peña, que desde Copacabana sobre las nubes se asienta en hacimiento de gracias de haber sido la primera cuna del hijo del sol, de cuya clara ascendencia mi origen viene, os mostréis tan alegres! IUPANGUI: Mal pudiera nuestra obligación faltar a tanta heredada deuda. Cinco siglos, gran señor, de dádiva tan excelsa como darnos a su hijo para que tú de él desciendas se cumplen, y hoy otros cinco ha que cada año renuevan la memoria de aquel día todas tus gentes, en muestra de cuánto a su luz debimos. Y así, no nos agradezcas festejos que de dos causas nacen hoy: una, que seas tú nuestro monarco, y otra, que al culto en persona vengas, a cuyo efecto hasta Tumbez donde el sol su templo ostenta, a recibirte venimos diciendo en voces diuersas... ÉL y MÚSICA: Que vivas, que reines, que triunfes y que venzas. INCA: De una y otra causa, a ti no poca parte te empeña, Iupangui, pues que no ignoras desciendes también de aquella primera luz, por quien de inca ya que no la real grandeza, la real estirpe te toca. IUPANGUI: Mi mayor fortuna es ésa. (Bien que mi mayor fortuna, Aparte si he de consultar mis penas, no es sino ser el felice día en que a Guacolda, bella sacerdotisa del sol, llegué a ver. ¡Ay de fineza, que al cabo del año, y día está con mirar contenta!) SACERDOTE: Pues en tanto que llegamos a la falda de la sierra donde las sacerdotisas de este templo es bien que vengan, puesto que allá ha de ser hoy la inmolación de las fieras que llevamos encerradas para sus aras sangrientas, prosiga el canto. GLAUCA: Bien dice. El baile, Tucapel, vuelva. TUCAPEL: Es por mostrar, Glauca, cuanto de hacer mudanzas te precias. IUPANGUI: ¡Que siempre habéis de reñir! LOS DOS: ¿Pues quién sin reñir se huelga? IUPANGUI: ¿Ni quién, sino yo, tendrá para sufriros paciencia? MÚSICA: Prosiga la fiesta, y aclamando a entrambas deidades, del sol en el cielo, y del Inca en la tierra, al son de las voces repitan los ecos, que viva, que...
Dentro a lo lejos
VOCES: ¡Tierra, tierra! INCA: ¡Oid! ¿Qué extrañas voces son las que articuladas suenan como humanas, sin saber lo que nos dicen en ellas? IUPANGUI: No extrañéis que en estos montes voces se escuchan tan nuevas, pues tantos ídolos tienen como peñascos sus selvas. Desde aquí a Copacabana no hay flor, hoja, arista o piedra en quien algún inferior dios no dé al sol obediencia. Y así, no sólo se oyen aquí equívocas respuestas de idiomas que no entendemos, pero se ven varias fieras que por los ojos y bocas fuego exhalan y humo alientan. Y ¿qué mayor que haber visto una escamada culebra, tal vez, que todo el contorno enroscadamente cerca hasta morderse la cola dando a su círculo vuelta, como que da a entender cuánto es misteriosa la selva a quien hacen guarda tales prodigios? INCA: Que ésta lo sea no será razón que a mí me turbe ni me suspenda. ¡Prosiga la fiesta! MÚSICA: Prosiga la fiesta.
Bailan
Y aclamando a entrambas deidades, del sol en el cielo, y del Inca en la tierra, al son de las voces repitan los ecos que viva, que reine, que triunfe y que venza.
Dentro PIZARRO y los ESPAÑOLES a lo lejos
PIZARRO: Pues ya vemos tierra, ea, para arribar a su orilla, amaina. TODOS: Amaina la vela.
Dejan los INDIOS de bailar
INCA: Callad, pues vuelven las voces, por si podéis entenderlas. UNO: ¡Silencio! OTRO: ¡Silencio!
Dentro
GUACOLDA: ¡Ay triste! INCA: ¿Qué nuevo eco se lamenta ya en nuestro idioma? TUCAPEL: El de una mujer y, según las señas, sacerdotisa. IUPANGUI: (Guacolda Aparte es la que diciendo llega.)
Sale GUACOLDA como asustada
GUACOLDA: Valientes hijos del sol, cuya clara descendencia hasta hoy lográis en el grande Inca que en vosotros reina, suspended los sacrificios que a su alta deidad suprema preuenís, y acudid todos a mi voz y a la ribera del mar a ver el prodigio que a nuestros montes se acerca. INCA: Hermosa sacerdotisa cuya divina belleza te acredita superior a cuantas el claustro encierra a su deidad consagradas, ¿qué es esto? (Hablar puedo apenas, Aparte admirado en hermosura tan rara.) Cuando te espera tanto concurso a que tú sus ricos dones ofrezcas, ¡en vez de venir festiva y acompañada de bellas ninfas del sol, sola, triste, confusa, absorta y suspensa a turbarlos vienes! GUACOLDA: No me culpes hasta que sepas, generoso Guáscar Inca, la causa. INCA: ¿Qué causa es? GUACOLDA: Ésta... IUPANGUI: (¿Quién creerá que muero yo Aparte por saberla y no saberla?) GUACOLDA: De ese templo que a la orilla del mar brilla en competencia del que a la orilla también de la laguna que cerca de Copacabana el valle yace, a vista de la peña en cuya eminente cumbre el sol na aurora bella amaneció para darnos a su hijo, porque fuera no menos noble el cacique que domine las setenta y dos naciones que hoy, después de partir herencias con tu hermano Atabaliba, mandas, riges y gobiernas. De ese templo, otra vez digo, salí con todas aquéllas que al sol dedicadas, hasta que por su muerte merezcan ser su víctima algún día, viven a su culto atentas, con deseo de llegar tan rendida a tu presencia, que fuesen mi alma y mi vida el primer don de la ofrenda, cuando volviendo los ojos al mar vimos en su esfera un raro asombro, de quien no sabré darte las señas. Porque si digo que es un escollo que navega, diré mal, pues para escollo le desmiente la violencia; si digo preñada nube que a beber al mar sedienta se abate, diré peor, porque viene sin tormenta; si digo marino pez, preciso es que me desmientan las alas con que volando viene; si digo velera ave el que nadando viene, también desmentirme es fuerza; de suerte que a cuanto viso monstruo es de tal extrañeza que es escollo en la estatura, que es nube en la ligereza y aborto de mar y viento, pues con especies diversas, pez parece cuando nada y pájaro cuando vuela. Los gemidos que pronuncia voces son de extraña lengua que hasta hoy no oímos. Al verle todas huyeron ligeras a salvar la vida, viendo que si a tierra una vez llega, será en vano que la huída las ampare ni defienda, pues quien corre tan veloz por el mar ¿qué hará por tierra? Sola yo, no al valor tanto como al desmayo sujeta, absorta me quedé; y viendo que habían cerrado las puertas del templo a mi retirada, ni bien viva ni bien muerta hasta este sitio he llegado, donde para que no creas más a mi voz que a tus ojos, te pido que al mar los vuelvas. Mírale, pues cuán horrible ya a las orillas se acerca. Sálvete, señor, la fuga, pues no puede la defensa. INCA: ¿La fuga salvarme a mí, contra quien en vano engendran portentos ni tierra ni agua ni aire ni fuego? Las flechas que contra otros animales, bien que no de igual fiereza, emponzoñadas usamos de mil venenosas yerbas contra éste, flechad; que yo seré el primero que emprenda lograr el tiro. IUPANGUI: A tu vida mi pecho el escundo sea. (¡Ay Guacolda, si entendieses Aparte tan equívoca fineza que es lealtad cuando me obliga, y es amor cuando me fuerza!) GUACOLDA: (¡O, si tú, Iupangui, vieses Aparte los pesares que que me cuestas!) TODOS: Todos haremos lo mismo. TUCAPEL: Sino yo. Glauca... GLAUCA: ¿Qué intentas? TUCAPEL: ...que tú te pongas delante, con que a todos nos remedias. GLAUCA: ¿Yo a todos? TUCAPEL: Sí. GLAUCA: ¿Como? TUCAPEL: Como si te coge la primera a tí, de tí quedará tan ahíto, que no tenga hambre para los demás. INCA: Pues ya que la lealtad vuestra en mi defensa se ponga no venga a ser en mi ofensa. Igual con todos haremos ala, y de nuestras saetas, tan espesa sea la nube que sobre su escama llueva los congelados granizos de piedra y pluma, que muera en las ondas desangrada.
Dentro
PIZARRO: Echa el áncora y aferra, haciendo a esos montes salva. GUACOLDA: ¿Qué esperáis cuando ya expuesta al tiro está?
Al disparar ellos al vestuario, disparan dentro una pieza, y todos los indios se espantan. Dentro voces
VOCES: Dale fuego. UNOS: ¡Qué asombro! OTROS: ¡Qué horror! TODOS: ¡Qué pena! TUCAPEL: ¡Qué bravo metal de voz tiene la señora bestia! INCA: Monstruo que con tal bramido al verse herido se queja, de los abismos, sin duda, aborto es. GUACOLDA: Pues no aprovechan contra él las flechadas iras de nuestros arcos y cuerdas, defiéndanos de los montes la espesura. TODOS: Entre sus breñas nos amparemos.
Vanse los INDIOS, y quedan solos INCA e IUPANGUI
INCA: ¡Cobardes, así a vuestro rey se deja! Pero ¿qué importa si quedo yo conmigo? IUPANGUI: Considera que cuando de conocido la vida, señor, se arriesga, todos dicen que es valor, mas ninguno que es prudencia. En ventajosos peligros donde no alcanza la fuerza, alcanze la industria. INCA: ¿Cómo? IUPANGUI: Manda desatar las fieras que están para el sacrificio en diversas grutas presas; y fieras a fieras lidien, cebándose antes en ellas, que no en las gentes, aquese asombro. INCA: Bien me aconsejas; ceda el brío a la razón una vez. (Mejor dijera Aparte ceda al gusto, pues por sólo salvar la vida de aquella hermosa sacerdotisa lo acepto.) IUPANGUI: (Guacolda bella Aparte ya cumplí con la lealtad, cumpla ahora con la fineza. ¿Dónde el temor te ha llevado?)
Vanse. Dentro voces
VOCES: ¡Al monte, al monte!
Descúbrese la nave, y en ella PIZARRO, ALMAGRO, CANDIA y MARINEROS
PIZARRO: La tierra que desde aquí se descubre no es, como las otras, yerma que atrás dejamos, pues toda coronando de sus tierras las más eminentes cimas, se ve de gentes cubierta. ALMAGRO: ¡Gracias a Dios, gran Pizarro, que después de tantas deshechas fortunas, naufragios, calmas, hambres, sedes y tormentas como habemos padecido desde que abriendo las sendas del mar del norte al del sur, atravesamos la Nueva España, y en Panamá nos hicimos a la vela. Gracias a Dios otra vez y otras mil a decir vuelva, que después de tantos riesgos, ansias, sustos y tragedias, hemos llegado a lograr el descubrimiento de estas Indias que hasta hoy ignoradas, solamente supo de ellas la estudiosa geografía de quien halló por su ciencia el ser preciso, que siendo el orbe circunferencia, hubiese, mientras no daba una nave al mundo vuelta, aquella remota parte que no constaba encubierta. PIZARRO: Ya que a sólo descubrirla venimos, bástenos verla el día que no tenemos para su conquista fuerzas. Y así, pues estas noticias son el fin de nuestra empresa, volvamos, ya que tenemos de estos mares experiencia, donde mejor prevenidos de más pertrechos de guerra, más navios y más gente, víveres, pólvora y cuerda, volvamos a su conquista en nombre del quinto César Carlos que felize viva. CANDIA: Fuerza será, pues no quedan de los treinta que salimos, más que trece hombres que sepan de armas tomar, y la gente de mar, poca, y ésa, enferma. Pero antes que nuevos rumbos tomemos para la vuelta, será bien, ya que llegamos aquí, que llevemos de estas remotas partes--porque podrá ser cuando nos vean, que si lo creen los valientes los cobardes no lo crean-- algunas señas bien como frutas, árboles o yerbas que allá no haya; y fuera de esto será también acción cuerda, por si el mar que siempre ha sido teatro de contingencias acabare con nosotros, y otros al mismo fin vengan, dejar señas de que aquí llegamos, y no se adquieran la gloria de que ellos fueron los primeros en empresa tan ardua y dificultosa. PIZARRO: ¿Qué señas han de ser ésas que aquí podamos dejarlas? CANDIA: ¿Qué más declaradas señas, pues es la propagación de la fe causa primera, que una cruz en esos montes, pues nadie habrá que la vea, que no diga, "Aqui llegaron españoles, que ésta es muestra del celo que los anima y la fe que los alienta"? PIZARRO: No sólo es heroica, pero es religiosa propuesta. ALMAGRO: Pues ya que es de otro el consejo, porque alguna parte tenga en acción tan generosa, mía la ejecución sea. Yo iré a tierra en el esquife. CANDIA: Eso no; ni es bien se entienda, señor don Diego de Almagro, que en aquesta conferencia, siendo la propuesta mía, sea la ejecución vuestra. Mío fue el voto, y el riesgo mío ha de ser. ALMAGRO: Por la mesma razón es bien que partamos en dos la diferencia. Contentaos, Pedro de Candia, con que vuestro el voto sea, y dejadme a mí la acción. CANDIA: Primero que yo consienta... ALMAGRO: Primero que yo... PIZARRO: ¿Qué es esto? Ved que la amistad nuestra a todos nos hizo iguales. En llegando a competencias, del puesto, usaré con que el rey mis servicios premia, pues vengo por General; y al que no mire, no atienda que estoy aquí... LOS DOS: Pues da el orden a quien a tí te parezca. PIZARRO: Sí haré. Perdonad, Almagro, que hace esta razón más fuerza. Id, Pedro de Candia, vos. CANDIA: Piloto, el esquife echa al agua, mientras que yo mis armas tome y prevenga el cruzado leño.
Vase
PIZARRO: En tanto, para que de la ribera la gente huya amedrentada, y el mayor espacio tenga, da fuego a otra pieza.
Disparan, y cúbrese la nave. Dentro voces
VOCES: ¡Cielos, clemencia! ¡Cielos, clemencia!
Saca IUPANGUI a TUCAPEL arrastrando
TUCAPEL: ¿Cómo quieres que los cielos de ti--¡ay, infeliz!--la tengan si tú de mí no la tienes, arrastrándome por fuerza a vista de aquese horrible parapeto que bosteza truenos y estornuda rayos? IUPANGUI: Si en la confusión primera que escuchamos su bramido huyó Guacolda, y por ella preguntando, me dijste que había venido por esta parte, ¿qué extrañas traerte y que en salvo el Inca queda, y ella no parece--¡ay, triste!-- a que me digas la senda por donde echó? TUCAPEL: No es muy fácil el saber por donde echa una niña que encerrada está, el día que se suelta. Por aquí vino, mas no sé por dónde escapó. IUPANGUI: Estrella siempre a mi elección afable y siempre a mi dicha opuesta, dime de Guacolda. Pero si es mi empeño defenderla de aquel asombro, con que yo de vista no le pierda, sabré el rato, que a él le veo y a ella no, que él no la ofenda y que ella está asegurada, consolando la tristeza de no verla yo, con ver que él tampoco puede verla. Y así yo solo en la playa, desvelada centinela he de ser de sus acciones. TUCAPEL: Si has de ser tú solo, deja que yo me vaya. IUPANGUI: Eso no. TUCAPEL: Pues ¿como, di, se concuerda solo y conmigo? IUPANGUI: Muy bien, pues en el punto que él venga acercándose a la orilla, te irás... TUCAPEL: ¡Linda cosa es ésa!

La aurora en Copacabana part 2

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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