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ENIO: ¿Yo?
CORIOLANO: Sí.
ENIO: ¿Qué razón?
CORIOLANO: Si, cuando
Roma en sus últimos trances
a Veturia contenía,
no otorgué el perdón a nadie,
hoy que en mi poder la tengo
--pues conmigo ha de quedarse--,
¿cómo quieres que le otorgue
ni aun a ti, que es la más grande
exageración que puede
darse en nuestras amistades?
ENIO: Que ni a Veturia perdonen
ni a mí tus temeridades,
es elección de tu arbitrio
a que no puedo obligarte;
pero que contigo quede,
aunque ella quiera quedarse,
no es elección, sino fuerza
de mi honor. ¿Ha de pensarse
de mí que, sólo a traerte
tu dama moví tan grave
alboroto como que
todo el pueblo me acompañe?
Él a la mira esperando
está hasta que yo le llame;
que, porque hablaseis los dos,
no quise que aquí llegase.
Mira tú si será bien
que ahora vuelva a retirarle,
sin perdón y sin Veturia,
para que se desengañe
que, tercero de tu amor,
no vine más que a dejarte
libre a tu dama y volverle
tan sitiado como antes.
CORIOLANO: Para eso hay medio.
ENIO: ¿Qué medio
hay ni puede haber?
CORIOLANO: Quedarte
tú también, Enio, conmigo.
ENIO: Ésa es plática intratable
y aborrecible a mi oído.
¿El desaire no es bastante
de no volver perdonado,
sin que quieras que el quedarme
o el ir sin Veturia sea
desaire sobre desaire,
que es lo mismo que poner
un áspid sobre otro áspid?
Y así persuádete a que
sin ella o sin...
VETURIA: No, no trates
empeñarte, Enio; que yo
trataré desempeñarte.--
A CORIOLANO
Por anticipar el verte,
Coriolano, cuanto antes,
pedí a Enio en nombre tuyo
que el pueblo consigo saque.
Con que, honestado el pretexto
de salir yo, a mi dictamen
reduje a algunas matronas
que a vueltas de todos clamen.
Ellas a mi persuasión
vienen. Mira si es tratable,
volviendo ellas a miserias,
quedar yo a felicidades?
Y así, asentado el principio
de que yo no he de quedarme,
sino ir a morir con ellas,
como tú el rigor no aplaques,
pasemos del duelo al ruego.
¿Es posible, cuando yace
--aquí quedasteis los dos--
Roma en el último trance,
o por instantes muriendo
o viviendo por instantes,
no te conmuevas, al ver
que esa fábrica admirable,
ese Cáucaso de bronce,
ese obelisco de jaspe,
ese penacho de acero,
ese muro de diamante
que hizo estremecer la tierra,
que hizo embarazar al aire,
atemorizado a ruinas
está titubeando frágil,
como que, ya panteón
de tanto vivo cadáver,
sólo falta resolver
si se cae o no se cae?
Si estás quejoso, si estás,
después de deshonras tales,
de su Senado ofendido
y de su nobleza, paguen
su Senado y su nobleza
los agravios que ellos hacen.
Pero el pueblo, que a tu lado
siguió tus parcialidades,
lloró tus desdichas preso
y desterrado tus males,
hasta que le enmudecieron
las mordazas de lo infame,
¿por qué ha de morir, por qué?
¿No es justicia intolerable
ser el todo en el castigo,
sin ser en el todo parte?
Y, supuesto que lo fuese,
¿no es, Coriolano, bastante
satisfacción que te da,
venir conmigo a postrarse
a tus pies? ¿Cómo es posible
que el rencor la línea pase
del sagrado rendimiento
los nunca hollados umbrales?
El desagravio del noble
más escrupuloso y grave
no estriba en que se vengó
sino en que pudo vengarse.
Tú puedes; y también puedes
dar tan precioso realce
al acrisolado oro
del perdón, que en el semblante
del rendido luce más,
con el primor de su esmalte,
lo rojo de la vergüenza
que lo rojo de la sangre.
CORIOLANO: Veturia, saben los cielos
que te adoro y también saben
que, aunque Sabinio me fía
de su voluntad las llaves,
no es para que yo use dellas
absoluto, sino antes
para que más detenido
la confïanza le pague,
no haciendo lo que él no hiciera.
Yo sé que desea vengarse,
sé que vengarme deseo;
y es mucho querer que arrastre,
contra nuestras dos pasiones,
tu ruego ambas voluntades;
mayormente cuando pueden
una y otra conformarse.
VETURIA: ¿Cómo?
CORIOLANO: La razón lo diga.
Yo te persuado a quedarte,
convaleciendo fortunas,
adonde todo sea paces,
todo consuelos, y todo
placeres. Tú me persuades
a que, sin venganza, quede
corrido de no vengarme,
donde todo sea rencores,
todo iras, todo pesares.
Mira ahora tú quién tiene
mayor razón de su parte,
yo, que te persuado a dichas,
o tú a mí a penalidades.
VETURIA: El valor está obligado
tanto a bienes como a males.
CORIOLANO: No está, si males y bienes
le embisten a un tiempo iguales.
VETURIA: ¿Cuándo lo más riguroso
no fue su mejor examen?
CORIOLANO: Cuando estuvo en mi elección
el serlo lo más süave.
VETURIA: No te canses en razones
que nada conmigo valen.
Yo he de volver con quien vine;
y así, mira...
CORIOLANO: No te canses
tú tampoco; que si has de irte
con quien vienes, yo he de estarme
con quien me estoy.
VETURIA: Vamos, Enio,
pues, sin que piedad aguarde,
me envía a morir Coriolano.
CORIOLANO: No ese delito me achaques.
Tú te vas, yo no te envío.
ENIO: Vamos, pues nada hay que ganen
mi amistad y tu amor.
VETURIA: Ya
que a no más verte voy, dame,
mi bien, mi señor, mi dueño,
en aqueste último "vale,"
siquiera, por despedida,
los brazos con que agradable
me será la muerte, al ver
que, si con ella complaces
a Sabinio, de quien gozas
tan altas felicidades
como a ti te den la vida,
¿qué importa que a mí me maten?
Llora
CORIOLANO: (¡Cielos, que Veturia llora! Aparte
Quitadme el sentido o dadme
valor para resistir
tan nuevas contariedades
como que, siendo las perlas
antídoto en otros males,
sean tósigo en los míos.)
VETURIA: Adiós otra vez, que guarde
tu vida.
CORIOLANO: Espera.
VETURIA: ¿Qué quieres?
CORIOLANO: No sé. Mas sí sé: rogarte
que no llores; mi dolor
me basta sin el que añaden
tus lágrimas.
VETURIA: ¿Que no llore?
Adiós otra vez, que guarde
tu vida.
CORIOLANO: Espera.
VETURIA: ¿Qué quieres?
CORIOLANO: No sé; mas sí sé; rogarte
que no llores; que tu llanto
dolor a dolor añade.
VETURIA: Que no llore y detenerme
son dos precisas señales
de que, porque no me vaya
a tu pesar, donde gane
eterna fama mi muerte,
prenderme intentas.
CORIOLANO: No saques
consecuencia tan ajena
que no la conceda nadie.
¿Yo a prenderte, esposa y dueño?
¿De qué pudo tu dictamen
persuadirte que es prisión?
VETURIA: De dos indicios tan grandes
como, al quitarme las armas,
ver que del brazo me ases.
CORIOLANO: Pues ¿qué armas te quito?
VETURIA: ¿Qué
más armas quieres quitarme
que quitarme que no llore,
si contra enemigo amante
la mujer no tiene otras
que la venguen o la amparen
que las lágrimas, que son
sus socorros auxiliares?
CORIOLANO: Si con ellas ventajosa
tu hermosura me combate,
¿qué mucho que por vencidas
se den mis penalidades?
¿Qué quieres de mí, Veturia?
VETURIA: Que viva Roma triunfante.
CORIOLANO: Viva, pues, triunfante Roma,
ya que han podido postrarme
a sus siempre victoriosas
municiones de cristales
las armas de la hermosura.
VETURIA: Enio, estas voces esparce
al pueblo que nos espera,
para que del pueblo pasen
a Roma, y concurran todos
agradecidos a darle
las gracias a Coriolano.
Éntrase ENIO repitiendo [dentro]
ENIO: ¡Viva, amigos, Roma, y pase
la palabra!
TODOS: ¡Roma viva!
Salen SABINIO y ASTREA
SABINIO: ¿Qué confusas novedades
en el ejército, Astrea,
habrá habido, que a que cante
Roma la victoria mueven?
ASTREA: No sé, mas fuerza es que espanten.
SABINIO y
ASTREA: ¿Qué ha sido esto, Coriolano?
CORIOLANO: Nada, señor, que te agravie;
mucho, soberana Astrea,
que a ti te ilustre y te ensalce.
SABINIO y
ASTREA: Di, pues, lo que ha sucedido.
CORIOLANO: Que, usando de los poderes
que, como sabinos astros,
vuestras piedades me ofrecen,
me he movido a que sus rayos
hoy alumbren y no quemen;
y así, en vuestro nombre a Roma
he perdonado.
SABINIO: Suspende
la voz. Pues ¿no me dijiste
que habías, vengativo y fuerte,
por mi ofensa, cuando no
por la tuya, airado siempre,
negado la libertad
a su nobleza y su plebe,
en tu padre, en tu enemigo
y en tu más amigo?
CORIOLANO: Advierte
que nunca dije que había
negádosela rebelde
a mi dama; que el más noble
puede negar justamente
lo que le pide a su patria,
a su padre, a sus parientes,
a su amigo y su enemigo,
pero a su dama no puede.
Y más cuando su hermosura
con armas del llanto vence.
Veturia es, señor, mi esposa;
si ser con ella, te ofende,
liberal, pague mi vida
lo que mi vida te debe;
que yo moriré contento
con que vencedor te deje,
pues el que pude vengarte
me basta, aunque no te vengue.
Esto en cuanto a ti; y en cuanto
a Astrea, mi yerro enmienden
los privilegios con que
han de quedar las mujeres
en las capitulaciones
con que a tu piedad se ofrecen,
diciendo con toda Roma,
que humilde a tus plantas viene...
Salen TODOS, hombres y mujeres
TODOS: ¡Viva quien vence;
que es vencer perdonando
vencer dos veces!
AURELIO: A vuestras reales plantas
Roma...
CORIOLANO: Voz y acción suspende;
que hasta saber con qué pactos
y hasta ver que los acepte,
no está perdonada Roma.
TODOS: Dilos, pues.
CORIOLANO: Primeramente,
que las mujeres que hoy
tiranizadas contiene
se pongan en libertad,
y las que volver quisieren
A Sabinia no se impidan
ni sus personas ni bienes;
que las que quieran quedarse
restitüidas se queden
en sus primeros adornos
de galas, joyas y afeites;
que la que se aplique a estudios
o armas, ninguno las niegue
ni el manejo de los libros
ni el uso de los arneses,
sino que sean capaces,
o ya lidien o ya aleguen,
en los estrados de togas,
y en las lides de laureles;
que el hombre que a una mujer,
dondequiera que la viere,
no la hiciere cortesía,
por no bien nacido quede;
y por mayor privilegio,
más grave y más eminente,
pues por las mujeres yo
sin honra me vi, se entregue
todo el honor de los hombres
a arbitrio de las mujeres.
AURELIO: Todas esas condiciones
es preciso que yo acepte
en nombre de Roma.
TODOS: Y todos,
diciendo ufanos y alegres:
¡Viva quien vence;
que es vencer perdonando
vencer dos veces!
SABINIO: Pues, yo vuelvo victorioso
con que Roma se sujete.
ASTREA: Yo airosa, con que vengadas
todas sus matronas queden.
ENIO: Yo gozoso de haber sido
tercero en sus intereses.
AURELIO: Yo vano, con que a mi hijo
es a quien la vida debe.
LELIO: Yo amigo de quien ya sé
que no dio a mi padre muerte.
VETURIA: Yo dichosa con saber
que Coriolano me quiere.
CORIOLANO: Y yo, con que nuestras bodas
hoy contigo se celebren,
restitüido a mis triunfos,
más honores y laureles
que tuve, pues sola tú
mi honor, triunfo y laurel eres.
PASQUÍN: Y yo contento, con que
sepan todos Vuesarcedes
que las armas de hermosura
con las feas no se entienden.
Digamos todos, pues todos
trocamos males a bienes,
a las plantas de Sabinio,
Astrea y Coriolano, alegres:
TODOS: ¡Viva quien vence;
que es vencer perdonando
vencer dos veces!
FIN DE LA COMEDIA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu