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JORNADA TERCERA


Dentro cajas y voces, y salen en tropa hombres, VETURIA y mujeres, por una parte, y [AURELIO] y LELIO por otra, como deteniéndoles
TODOS: Entréguese la ciudad, y, como nos aseguren capituladas las vidas, sabinos de Roma triunfen. AURELIO: Invicto romano pueblo, ya que de heroico presumes, cuando tu fama inmortal a par de los astros luce, no a la fortuna te rindas, por más que opuesta te injurie; que es fácil deidad, y es fuerza que por instantes se mude.
Tocan cajas, sale ENIO
ENIO: En vano es, Aurelio, en vano, el que remitir procures nuestra ruina a la esperanza; que ya en nosotros inútil su consuelo es. AURELIO: ¿Cómo? ENIO: Como dejo aparte que rehuse --puesto que nadie lo ignora-- Sabinio vencer la cumbre del monte, y embista el puente; dejo ignorar quién descubre dónde la flaqueza estaba de sus estribos, e influye en él, que apenas su gente la espalda del plan ocupe, cuando, empezando a picarlos, eche voz de que se hunde; dejo que los nuestros, viendo cuánto es fuerza que fluctúen, y los suyos cuánto es fuerza que, ya empeñados, presumen tener retirada en vano, unos y otros se confunden, con que, por salvar las vidas, unos lidian y otros huyen; dejo que, ganado el puente, cortándole, nos desune de los vecinos comercios que el bastimiento conducen; y voy a que la esperanza de que el valor nos ayude a resistir sus asaltos es preciso que se frustre al nuevo, al extraño modo de sitiar, pues se reduce, sin militar disciplina, a victoria tan sin lustre como vencer no peleando. Dígalo el que, cuando cubren nuestras campañas sus huestes, en vez de que nos asusten en los muros sus escalas, no sólo al asalto acuden, pero a lo largo disponen sus prontas solicitudes que, a oposición de la plaza, otra población se funde, fortificándose contra la ciudad, sin que procuren hacer más hostilidad que el hambre que nos consume. Yo, por hacer la civil muerte del asedio ilustre, de sitiado a sitiador pasando, salir dispuse con la mejor gente que nombrar por entonces pude, a romperle en sus cuarteles, cuando las sombras lúgubres por las exequias del sol hacen que el aire se enlute. Apenas las centinelas nos sintieron cuando acuden a las fortificaciones, para que en ellas se oculten, más que a quitarnos las vidas, a guardárnoslas. ¿Quién sufre gozar la vida a merced del mismo que la destruye? ¿Quién sufre que a un mismo tiempo de tan nuevas armas use que procure deshacernos y conservarnos procure? De suerte que, hasta que el alba en sus primeras vislumbres fue recogiendo las sombras y desplegando las luces, retándolos de cobardes en esa campaña estuve, sin obligarlos a más que a que encerrados se burle su ardid de nuestro valor; que, aunque embestirlos propuse, en vano fue; pues tan altas sus nuevas trincheras suben que a poco espacio han de ser sus obras muertas las nubes. Grande oráculo, sin duda, les inspira, les instruye, en que Roma ser no puede rendida a la servidumbre de otras armas que no sean las propensiones comunes de humanos fueros, que no hay ruina que no disculpen; mayormente no teniendo, como ellos pelear repugnen, ni socorro que nos venga, ni auxiliar que nos ayude, ni enemigo que nos mate, ni campo que nos sepulte; y así ¿qué mucho que el pueblo una y otra vez pronuncie...? TODOS: ¡Entréguese la ciudad, y como nos aseguren capituladas las vidas, sabinos de Roma triunfen! AURELIO: ¡Oh cielos, pues sois piadosos, haced que un rayo apresure los términos de mi vida, porque estas voces no escuche, obligándome a que sea forzoso que capitule el pedírsela a quien sé que la aborrece! ¿Más útil no es perderla, sin pedirla, que no, cuando me aventure, pedirla para perderla? VETURIA: No, Aurelio, ni es bien que dudes cuán hija de la nobleza es la piedad, ni te asuste el ver que soy la que ayer a mi voz en arma puse a Roma, y que hoy a mi voz en paz ponerla procure; que no hay víbora, por más que en flores se disimule, que no escupa la triaca contra el veneno que escupe; ni [en] las mismas flores hay que no den, rojas o azules, tósigo a la araña amargo y miel a la abeja dulce. Y pues virtudes y vicios de una causa se producen, ¿qué mucho que de una misma voz ser la lengua resulte víbora para los vicios y flor para las virtudes? No es desaire del valor, ni es bien que por tal se juzgue, ceder a mayor violencia fortunas que el hado influye. Y pues ya nuestras desdichas claramente nos arguyen que, donde la industria crece, el valor se disminuye, a la piedad apelemos. Sabinio es rey tan ilustre, Astrea tan generosa reina, la gran muchedumbre de su ejército tan noble que no dudo que se ajuste a que las vengue el amago, antes que el golpe ejecuten. Sabina soy de nación, experiencia dellos tuve, que jamás con los rendidos usaron de ingratitudes. Y cuando no sea ¿qué vamos a perder en que nos dure la esperanza lo que tarden los contratos del ajuste? Y vamos a ganar, que, oyéndome, no te [acuse] la malicia, cuando diga que daño y remedio truje, y persuadir pude el daño y que el remedio no pude. TODOS: A precio de que vivamos, Sabinia de Roma triunfe.
Vanse los de la tropa
LELIO: Dicen bien; trance forzoso es de guerra que se excusen las muertes de tantas vidas. AURELIO: Pues para que no me culpen que no me rendí a consejo tan de todos, desarruguen blancas banderas de paz los más altos balaústres; que yo mismo, pues no es bien que ningún riesgo rehuse, de parte iré del Senado a ver si a paz se reduce el sabino.
Vase
LELIO: Yo entretanto el tumulto que confunde a voces el aire haré que aguarde lo que resulte.
Vase
VETURIA: Enio, ¿has tenido noticia? ENIO: Antes que me lo preguntes, porque el mío y tu cuidado en el camino se junten, te digo que, desde el día de aquella gran pesadumbre de su infelice destierro, de Coriolano no supe. VETURIA: Ni yo; más de que mi llanto no es posible que se enjugue, hasta que sepa que vive, y que constante le busque en el más remoto clima. ENIO: Forzoso es que disimules, y que también con el pueblo tu voz y la mía divulguen... VETURIA, ENIO y TODOS: ¡Entréguese la ciudad, y como nos aseguren capituladas las vidas, Sabinia de Roma triunfe!
Vanse. Córrese la mutación de murallas, y sale CORIOLANO de soldado
CORIOLANO: Ingrata patria mía, llegó el fatal, llegó el infausto día que ha sido en mi esperanza línea de tu castigo y mi venganza. Hoy, hidra material de siete montes, en quien el sol doró siete horizontes, de tus siete gargantas siete cervices postraré a mis plantas. Un hijo aborrecido, de su paterno amor destituido, es hoy el que te aflige, siendo su agravio quien su espada rige. Y puesto que, rendida, último parasismo de la vida es ya cualquier instante, a instantes esperando que, arrogante, intrépido y severo el embotado acero de la sed y la hambre corte de tantos hilos el estambre, piedad de mí no esperes; sepa mi ofensa que a mi ofensa mueres.
Salen SABINIO y ASTREA
SABINIO: Invicto Coriolano, noble sabino ya, que no romano, ¿qué novedad la desta noche ha sido, cuyo callado ruido me desveló en mi tienda? CORIOLANO: Nada, señor, que tu opinión ofenda. ASTREA: Dinos qué ha sido, y lo que fuere sea. CORIOLANO: Sabinio Marte y celestial Astrea, una salida hicieron de la ciudad algunos que quisieron, ya las vidas perdidas, a precio del valor vender las vidas. Mas nosotros, entonces, retirados a los muros, que fuera están labrados, burlamos sus deseos, pues sin lograr el fin de sus trofeos, como solos se hallaron, a la plaza otra vez se retiraron. SABINIO: Pues ¿embestirlos, di, mejor no fuera, y adelgazando fuera el número la muerte de los contrarios? CORIOLANO: No. La causa advierte. Si tú, señor, vinieras a hacer guerra sin mí a Roma, que sé lo que en sí encierra, ya el paso de los montes trascendido por el puente, y el puente demolido, en tu copioso ejército fiado, hubieras a sus muros arrimado los castillos que errantes se mueven sobre espaldas de elefantes, los armados copetes, ya los fuertes arietes hubieras a sus puertas dado, y luego diluvios de metal, orbes de fuego hubieras, nuevo Júpiter, llovido, en cuya ardiente lid hubiera sido árbitro la fortuna, llena y menguante imagen de la luna; y cuando los vencieras --que no hicieras--, a gran costa de sangre los vencieras. Mas viniendo conmigo, que soy, en fin, doméstico enemigo, vencer, señor, a menos costa espero. Lídielos la paciencia, y no el acero. A Roma en ésta, que es su edad primera, sin propios bastimentos considera, pues dentro no los tienen, si de los comarcanos no les vienen; luego pueden peleando vencernos, y no pueden esperando, el día que, sintiendo tus castigos, dan menos que temer mis enemigos. Y así no los maté; que esta victoria sin sangre ha de escribirla la memoria; y sin dar parte alguna a la neutralidad de la fortuna. SABINIO: Bien de tu ingenio y de tu esfuerzo fío mi imperio, mi corona y mi albedrío. Dame, dame los brazos, cuyos estrechos nudos, cuyos lazos podrá con golpe fuerte romperlos, desatarlos no, la muerte. ASTREA: Y yo, sabino nuevo, darte con más razón mis brazos debo; que ya he sabido que infelice eres, por valer el honor de las mujeres. CORIOLANO: Ese informe mi dicha contradice, pues por ellas he sido tan felice como a tus pies, vencido de mi estrella, el ceño dice. (¡Oh quién, Veturia bella, Aparte contigo la fortuna en que me veo partir pudiera! O ya que este deseo no es posible, pudiera hacer que la severa parte que deste general castigo te alcanza, la partieras tú conmigo! Gozáramos, sintiéramos iguales el bien que tengo y el pesar que tienes; con que males y bienes en dos fortunas tales no vinieran a ser bienes ni males.)
Tocan dentro un clarín
SABINIO: ¿Qué llamada será ésta que de la ciudad han hecho? ASTREA: Bandera de paz sospecho que, en el homenaje puesta, tremola. SABINIO: No deis respuesta. CORIOLANO: Antes sí, señor, te digo; que el oír al enemigo nunca inconveniente fue. SABINIO: Responded, pues; sepan que siempre tus órdenes sigo.
Vuelven a tocar, y sale PASQUÍN
PASQUÍN: Sobre ese muro romano la seña de paz, y abierta a tu respuesta la puerta, salió un venerable anciano. (Que es su padre callo en vano.) Aparte SABINIO: ¿Qué será aquesto? CORIOLANO: Embajada en que la ciudad postrada se quiere dar a partido. SABINIO: Llegue.
Vase PASQUÍN
CORIOLANO: Licencia te pido, porque no me mueva a nada de piedad oírle. SABINIO: Eso no; tu honor mi poder desea, y quiero que Roma vea que, más que ella te quitó, he sabido darte yo. ASTREA: Eso es pagarle por mí la vida que le debí. SABINIO: A mi tienda y solio ven; que en ella te vean es bien y el aprecio que de ti hago. Tú constante y fiel con los dos cumple este día; y pues causa es tuya y mía, sé piadoso y sé cruel. Estoque, cetro y laurel harán al cielo testigo y a Roma de que contigo parto mi imperio y mi trono, que a quien perdonas perdono, y a quien castigas castigo.
Con estos versos se entra en la tienda, sin abrirla
CORIOLANO: Menos consuelo así arguya Roma, pues antes podía remitir la ofensa mía, y ya no podré la tuya; que no es bien que me concluya el que [usé] mal de honras tantas.
Éntrase. Por otro lado salen PASQUÍN, AURELIO y EMILIO. Córrese la cortina de la tienda y se ve sentado en el trono CORIOLANO, con laurel, cetro y estoque, y SABINIO y ASTREA retirados
PASQUÍN: Allí está; llega a sus plantas. AURELIO: Invicto rey... (Mas ¿qué miro?) CORIOLANO: (Disimule lo que admiro.) AURELIO: Yo...cuando... si... CORIOLANO: ¿Qué te espantas y turbas? Romano, di, ¿a qué has venido? AURELIO: No sé; porque todo lo olvidé en el punto que te vi. CORIOLANO: Pues ¿qué es lo que has visto en mí? AURELIO: He visto en real teatro una farsa alegre e importuna, adonde el discurso advierte que hizo los versos la suerte y la traza la fortuna. CORIOLANO: Pues a admirarte te obligue, pero a enmudecerte no. AURELIO: Por eso me admiro yo. CORIOLANO: ¿A qué has venido? Prosigue. AURELIO: No mi intento se castigue en ti; que al rey vengo a hablar. CORIOLANO: Pues yo estoy en su lugar y con su poder estoy, que general suyo soy. AURELIO: Pues escucha a mi pesar. Roma, que su heroica frente corona la azul esfera, en su juventud primera imagen es de una fuente, cuya apacible corriente junto al mar empezó a ver la luz, sin llegar a ser espejo de su zafir, pues acabó de vivir adonde empezó a nacer, salud, Sabinio, te envía y dice que, pues mayor aplauso en un vencedor es usar de bizarría, que de tus piedades fía la libertad suya, cuando vencedor te está aclamando; pues en el marcial estruendo, más que un ejército hiriendo, vence un héroe perdonando. Y ya que la deidad varia de la gran fortuna está tan de tu parte, será desde hoy tu tributaria. Su república contraria, unida desde hoy contigo, dos glorias te da; dos, digo, pues dos serán soberanas, si a un tiempo un amigo ganas y pierdes un enemigo. CORIOLANO: Romano, aunque siempre ha sido perdonar acción gloriosa, también acción generosa es vengarse el ofendido. Di a Roma que yo he venido a destruirla, y que así no espere piedad de mí; porque no la he de tener hasta verla perecer. AURELIO: ¿Eso me respondes? CORIOLANO: Sí.

Las armas de la hermosura part 8

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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