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VETURIA: (¡Ay, Libia, bien temí yo Aparte
ser mi dicha devaneo.)
CORIOLANO: (¡Ay, fortuna! Bien temí Aparte
que era mi ventura sueño.)
AURELIO: Yo, aborrecido hijo... (Mal
dije; que en deshonor puesto,
no debe llamarte hijo
ni aun el aborrecimiento)
yo, Coriolano, te puse
el laurel, que en otro riesgo
te quité, por darte vida,
y ahora a quitártele vuelvo
porque me mate el dolor;
Quítasele
que para mi sentimiento
más que verte degradado
dél, verte quisiera muerto.
LELIO: Mi padre te dio el estoque
que osado contra su pecho
esgrimiste; y aunque a mí
quitártele toca, quiero
trocarle al bastón, porque
no se piense que es a afecto
de dejarte desarmado
para mi venganza, puesto
que, dondequiera que fueres,
seguirte y matarte tengo.
Quítasele
ENIO: Yo, Coriolano, la espada,
por la obligación del puesto,
te quito;
Quítasela
pero entendido
ten que con ella me quedo
para emplearla en tu favor,
siempre que se ofrezca hacerlo.
CORIOLANO: ¡Cielos! ¿Qué dolor que iguale
a mi dolor habrá?
VETURIA: ¡Cielos!
¿Qué tormento habrá que pueda
medirse con mi tormento?
RELATOR: Ahora, escuadras, que nombradas
estáis para el cumplimiento
de la justicia, pues yo,
como fiscal, os le entrego
desposeído del trono
y las insignias depuesto...
Tocan cajas destempladas y sordinas
... al son, como antes os dije,
de fúnebres instrumentos,
llevadle, hasta quedar fuera
de todos los lindes nuestros.
Y para seguridad
de que no conmueva al pueblo,
sobre afianzadas prisiones,
llevadle el rostro cubierto;
que, para saber quién es,
basta que vais repitiendo:
RELATOR
y TODOS: ¡Viva Senado que sabe
unir castigos y premios.
Cajas
MUJER 1: ¡Qué lástima!
Vase
MUJER 2: ¡Qué desdicha!
Vase
MUJER 3: ¡Qué pena!
Vase
MUJER 4: ¡Qué desconsuelo!
Vase
LELIO: Retírome; no se entienda
que en su castigo me vengo.
Vase
ENIO: ¡Quién, por no oírlo, ensordeciera!
AURELIO: ¡Quién cegara, por no verlo!
Vanse los senadores
SOLDADO: Ven, y a lo que ejecutamos
disculpe el que obedecemos.
Vuelven a tocar las sordinas y cajas
CORIOLANO: En fin, hijo aborrecido,
patria, ¿me arroja tu centro,
como bruto, a las montañas,
como fiera, a los desiertos?
Pues teme que, como fiera
rabiosa, que, como fiero
bruto irritado, algún día
me vuelva contra mi dueño.
Cúbrenle el rostro y llévanle
TODOS: ¡Viva Senado que sabe
unir castigos y premios!
Vanse
VETURIA: ¡Oíd, esperad!
LIBIA: No, señora,
des con segundo despeño
a toda Roma segundo
escándalo.
VETURIA: ¿Cómo puedo
dejar de darle, cumplido
el número al sufrimiento?
Déjame, Libia, que vaya
a morir con él.
LIBIA: Todo eso
es querer que contra ti
vuelva el rigor.
VETURIA: ¿Qué más vuelto,
si, perdido Coriolano,
esposo, alma y vida pierdo?
¡Oh Júpiter! ¿Para cuándo,
ya que me asustan los truenos
desas cajas y esas trompas,
guardan tus rayos su incendio?
O ¿para cuándo, fortuna,
es el igualar los tiempos?
¿Siempre a más la edad del llanto?
¿Siempre la del gozo a menos?
Dígalo yo, pues apenas
vi brujuleado el contento,
cuando vi patente el daño,
uno instante y otro eterno;
pues siempre durará en mí
de su ausencia el desconsuelo,
de su desdoro el dolor
y de su patria el desprecio;
si ya no es que, cuando sepa
dónde haya tomado puerto
su derrotada fortuna,
mi amor en su seguimiento
vaya a quebrarla los ojos,
porque, aunque sé que son ciegos,
si no sintiere su falta,
sentirá mi sentimiento,
cuando, a pesar de su ira
y a oposición de su ceño,
oiga que sin ella pude
labrarme mi dicha, siendo
mi suma felicidad
sólo el ver que a verle vuelvo.
Y hasta entonces, altos dioses,
sol, luna, estrellas, luceros,
planetas, signos y nubes,
aire, agua, tierra y fuego,
aves, peces, brutos, fieras,
montes, troncos, golfos, puertos,
con lástima suya y mía,
repetid con mis lamentos:
¡Cielos, o dadle venganza,
o dadme paciencia, cielos!
Vase
LIBIA: Oye, aguarda, escucha, espera.
Tras ella iré, por si puedo
excusar su precipicio.
Vase. Múdase el teatro en bosque, y salen
ASTREA y SABIN[I]O
SABINIO: ¿Dónde, Astrea, vas?
ASTREA: Siguiendo
tus huellas voy.
SABINIO: Pues aquí
me espera; que al punto vuelvo.
ASTREA: Detente, que no has de dar
paso sin mí; que no quiero
que me suceda otra vez
el accidente o el riesgo
de hallarme sin ti en poder
de los que apenas me vieron
ir precipitada, cuando
desesperados volvieron
a que pasase la voz
de dejarme en un desierto,
perdida de vista. Y pues,
a no permitir el cielo
que hubiera dado en las manos
del romano caballero
que te conté, prisionera,
no hubiera a tus ojos vuelto,
no será justo que tanto
de la fortuna fïemos
que otra vez nos dividamos,
sino que en cualquier suceso
corramos una los dos.
Y así, donde fueres, tengo
de ir contigo.
SABINIO: Ese fracaso
que tantas veces habemos
conferido, y cada vez
se vuelve a quedar entero,
fue el desmán que ocasionó
caer tan pavoroso hielo
en todos los corazones
que, desmayados, volvieron
a abandonar lo ganado,
descaecidos los alientos;
y, siendo así que, cobrados
hoy, alojados los tengo
por todos esos villajes,
hasta incorporar con ellos
las nuevas reclutas que
de toda Sabinia espero,
para acabar de una vez,
o bien victorioso o muerto,
con aquese Coriolano
que, de la estrella heredero
de Rómulo, sobre mí
tiene dominante imperio;
¿qué mucho que, arrebatado,
Astrea, en este pensamiento,
espía yo de mí mismo,
mandase a los que vinieron
conmigo que me dejasen
solo, porque entre lo espeso
más disimulado pueda
reconocer el terreno,
por donde logre mejor
cobrar el perdido encuentro?
ASTREA: Sí; mas haberte avanzado
hasta tocar los extremos
que dividen vasallaje
entre el romano y el nuestro
no deja de ser arrojo
más temerario que cuerdo.
Yo no he de dejarte en él;
y así elige, porque tengo
de llevarte o ir contigo.
SABINIO: En rara duda me has puesto;
que irte conmigo es peligro,
e ir yo contigo es recelo.
Y así no sé qué te diga,
sino es que en decir resuelvo...
Dentro
VOZ: Ya que fuera de la raya,
que es el orden que traemos,
queda, ¡a retirar, soldados!
Que estamos en mucho riesgo,
si en su término nos sienten
los sabinos.
Ruido de cadenas
CORIOLANO: ¡Piedad, cielos!
UNO: Ellos te amparen, pues ves
que nosotros no podemos.
SABINIO: ¿Has oído unas lejanas
voces que la mía impidieron?
ASTREA: No tan sólo las he oído,
mal pronunciadas del eco,
mas del ruido acompañadas
como de arrastrados hierros
de prisión.
SABINIO: Vuelve a escuchar,
por si algo entender podemos.
CORIOLANO: ¡Ay de quien nace a ser trágico ejemplo
que a la fortuna representa el tiempo!
SABINIO: Quédate aquí, por tu vida,
mientras voy a ver qué es esto.
ASTREA: No soy tan poco curiosa
que también no quiera verlo.
SABINIO: Un hombre, mejor dijera
un horror, hacia allí veo
que, mal esforzado, ya
tropezando y ya cayendo,
cubierto el rostro, ligadas
las manos y los pies presos,
baja torpe.
Sale CORIOLANO
ASTREA: ¿Qué esperamos,
que no le reconocemos?
Hombre infelice, ¿quién eres?
CORIOLANO: Soy el aborrecimiento,
la ira, la saña, el rencor,
la ojeriza, el odio, el ceño
de aquel réprobo destino
que hizo verdad el concepto
que "teatro del hombre" al hombre
llamó, pues en m[i] supuesto
midió las distancias que hay
de lo próspero a lo adverso.
¡Ay de quien nace a ser trágico ejemplo,
que a la fortuna representa el tiempo!
ASTREA: ¿Qué aguardo a quitarle al rostro
la venda? ¡Cielos, qué veo!
CORIOLANO: ¡Cielos, qué miro!
ASTREA: ¿Si es
ilusión?
CORIOLANO: ¿Si es devaneo?
SABINIO: ¿Quién eres, hombre, me di,
sin retóricos rodeos?
CORIOLANO: ¿Cómo he de decir quién soy,
si aun de quién fui no me acuerdo?
ASTREA: (O es él o naturaleza Aparte
dél lo copió.)
CORIOLANO: (Sí, ella es.) Aparte
ASTREA: (Pero Aparte
¿cómo es posible ser él,
de tal fausto en tal desprecio?)
CORIOLANO: (Mas no haberme conocido, Aparte
según estoy, será cierto.)
SABINIO: En vano te excusas. Di,
¿quién eres?
Salen EMILIO y PASQUÍN
EMILIO: Llega.
SABINIO: ¿Qué es eso?
PASQUÍN: Estarme moliendo a coces.
EMILIO: Que hallado en el monte habemos
desmandado del camino
este hombre, y te le traemos,
por si es espía.
PASQUÍN: Te engañan
en que desmandado vengo,
porque antes vengo mandado.
Y es el caso...
SABINIO: Di.
PASQUÍN: ...que habiendo
dejado aquí a Coriolano...
SABINIO: (¡Qué oigo!) Aparte
ASTREA: (¡Qué escucho!) Aparte
PASQUÍN: ...temiendo,
como vendado quedó,
que no dé en algún despeño,
me mandaron que volviese
yo a desviarle, hasta que puesto
en real camino o segura
senda quede. Si esto es cierto,
dígalo él; que, al verle ya
entre gente y descubierto,
sin riesgo de despeñarse,
paso entre paso me vuelvo.
EMILIO: Tente; que no te has de ir.
PASQUÍN: A mí me estará bien eso,
si, apóstata de soldado
sin nota de tornillero,
entre vustedes, mogrollo
de Corïolano quedo.
SABINIO: ¿Tú eres Coriolano?
CORIOLANO: Sí;
que uno es que calle el silencio
y otro que mienta la voz.
ASTREA: ¿Qué dudo? Pierda el recelo
de si es o no; que bien cabe
en los humanos sucesos
el dejarle allá triunfando
y hallarle aquí padeciendo.
SABINIO: (Aquí hay traición.) Aparte
¿Quién, si eres
Coriolano, di, te ha puesto
en tal desdicha?
CORIOLANO: Es tan noble
mi delito que no quiero
dejar a la presunción
la sospecha de no serlo.
Una dama fue mi ruina;
que el verla con sentimiento
bastó para que en favor
suyo hiciese tal empeño
que dio ocasión a que dél,
unos a otros sucediendo,
tantos resultasen como
mirarme por ella preso,
por ella desposeído
de mis insignias, depuesto
de mis honores, echado
de mi patria y, como ajeno
hijo emancipado suyo,
negado a sus privilegios,
enviándome desterrado,
con viles señas de reo,
hasta sacarme de todos
sus distritos.
ASTREA: (¿Qué oigo, cielos? Aparte
¿Por una dama? Sin duda,
que, quién era yo sabiendo,
no haberme hecho prisionera
son los cargos que le han hecho.)
SABINIO: Bien pensarás que yo he estado
escuchándote suspenso,
en orden a que me habrán
compadecido sucesos
tan extraños. Pues no; que antes
me han ofendido, creyendo
que todo aquesto es traición.
(Válgome deste pretexto Aparte
para acabar con él, pues
no tiene otro eficaz medio
vencer una opuesta estrella
que destruirla el objeto.)
Y así, antes que la logres,
si introducirte es a intento
de darme muerte, a mis manos
morirás.
ASTREA: ¡Tente!
SABINIO: ¿Qué es esto?
¿Tú a mi enemigo defiendes,
Astrea?
ASTREA: Yo le defiendo,
Sabinio, porque es a quien
libertad y vida debo.
Sea Coriolano o no,
el romano caballero
es que a mi nombre le tuvo
tan decoroso respeto
que a mí misma me envió
a mí misma. Y si por esto
padece, como lo muestra
claro su castigo, puesto
que donde él me envió a mí libre,
es donde a él me le envían preso,
mira si en obligación
de defenderle estoy.
SABINIO: Siendo
tuyo el respeto, mal puede
ser ya mío el sentimiento.--
¿Qué esperáis? Llegad, quitadle
las prisiones.
CORIOLANO: (Ya no debo Aparte
quejarme de ti, fortuna;
pues si una mujer me ha muerto,
otra me ha dado la vida.)
A tus pies...
SABINIO: Alza del suelo,
y ofrécele a Astrea, pues es
suyo el agradecimiento.
CORIOLANO: Si al nombre de la deidad
postrado rendí el obsequio,
¿qué haré a la deidad, el día
que obra milagro tan nuevo
como hacer de un desdichado
un dichoso, si no puedo
hacer más que haber traído
las cadenas a su templo?
ASTREA: Que el tiempo me diría el tuyo
también dije yo, añadiendo
que fíes de mí; y pues ya
cumplió su palabra el tiempo,
también sabré yo cumplir
la mía, restituyendo
los puestos y los honores
de que ingrata te ha depuesto
tu patria.
CORIOLANO: Con sólo uno,
señora, si le merezco,
no habré menester tener
más honores ni más puestos.
ASTREA: ¿Qué es? Que yo, en fe de su amor,
por Sabinio te lo ofrezco.
SABINIO: Yo por ti. ¿Qué es?
CORIOLANO: Que me admitas
por tu soldado a tu sueldo;
y esto por pensar que es más
servicio tuyo que premio
mío; pues si yo una vez,
a mi venganza resuelto,
tomo, Sabinio, las armas
contra Roma, me prometo
--bien como ladrón de casa,
que sé lo que incluye dentro--
ponerla a tus plantas, sólo
con que sepas que es intento
vano querer por aproche
rendir sus muros soberbios,
pues sólo pueden rendirla
más, domado el ardimiento,
que las iras del asalto
las paciencias del asedio.
Contra ti defendí el puente,
que es llave de su comercio,
el día que a tus soldados
les fue undoso monumento
el ciego esguace del Tíber;
y si hoy, al contrario, intento
invadirle en tu favor,
cortados los bastimientos,
es fuerza darse a partidos.
SABINIO: Si es admitido proverbio
que el bueno para enemigo
será para amigo bueno,
no dudo con tu valor
el verme de Roma dueño.
CORIOLANO: Pues ¡al arma!
SABINIO: Pues ¡al arma!
CORIOLANO: Vea el mundo...
SABINIO: Admire el cielo...
CORIOLANO: ...y llore Roma en sus ruinas
mi injusto aborrecimiento,
cuando de un instante a otro,
si antes dije en mis lamentos:
"¡Ay de quien nace para ser ejemplo
que la fortuna representa al tiempo..."
SABINIO: Todos contigo diremos...
TODOS: "¡Feliz quien vino a ser glorioso empleo
de su venganza y del aplauso nuestro!"
FIN DE LA JORNADA SEGUNDA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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