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ENIO:             Ya está todo prevenido.
CORIOLANO:     Ahora verás que no tengo
               más que saber que saber
               que vienes, bello portento,
               en el servicio de Astrea.
               Ponte a caballo.--  Y tú, Enio,
               de convoy la retaguardia
               de su ejército siguiendo
               ve, hasta que haga, recobrado,
               alto, o tome alojamiento;
               y en dándole vista, haz
               alto tú también, haciendo
               seña de paz y llamada.
               Con que es fuerza que, viniendo
               algún cabo principal
               a parlamentar, tu intento
               sepa, que es ir convoyando
               a esta dama.  Con que, en viendo
               que ella conoce a su gente
               y que quedando con ellos,
               queda a su satisfacción,
               en seguro salvamento,
               sin más esperar, la rienda
               vuelve.  Y mira que te advierto
               que ni a ella ni a ellos les digas
               quién soy.
ASTREA:                  ¿Qué es lo que oigo, cielos?
               ¿A mi patria me envías?
CORIOLANO:                              Sí;
               que los generosos pechos
               lidiamos porque lidiamos,
               mas no nos aborrecemos
               para las cortesanías.
ASTREA:        Deja que a tus pies...
CORIOLANO:                             No extremos
               hagas; que no hay que estimarme
               lo que hago yo por mí mesmo.
               Parte, pues, y dile a Astrea
               que un romano caballero
               apenas oyó su nombre
               en tus labios cuando, atento
               a la estimación, al culto,
               al decoro y al respeto
               que debe a la majestad
               de tan generoso dueño,
               te estimó por prenda suya,
               principalmente sabiendo
               que vienes en su servicio;
               y porque un punto, un momento
               no faltes dél, te remite
               a excusar el sentimiento
               de echarte menos, que eres    
               tú muy para echada menos.
               Y perdóname no ser
               yo el que te vaya sirviendo,
               porque no puedo faltar
               de aquí.
ASTREA:                  Ya que te merezco
               tan gran fineza, merezca
               saber a quién se la debo.
CORIOLANO:     Eso no; que has de ir deudora
               aun del agradecimiento.
ASTREA:        Ya que tú no me lo digas,
               quizá me lo dirá el tiempo.
CORIOLANO:     Pues no le pierdas ahora,
               si le habrás menester luego.
               Parte, pues.
ENIO:                       Ya allí el caballo
               te espera.
ASTREA:                         Sí haré, supuesto
               que el don del liberal, cuando
               le recibo, le agradezco.
CORIOLANO:     Pues, adiós, hermosa dama.
ASTREA:        Adiós, cortés caballero.
               Y cree de mí...
CORIOLANO:                    Y cree de mí...
               Vete en paz.
ASTREA:                     Guárdete el cielo.

Vanse. Salen LELIO y PASQUÍN
LELIO: Pasquín, pues que ya al Senado cuenta di de la victoria y, atento a tan alta gloria, a Coriolano ha enviado orden de que al punto venga para, liberal con él, ceñirle el sacro laurel, que es bien que por premio tenga, dime, ya que tú no fuiste al campo, ¿qué novedad en mi ausencia en la ciudad ha habido, y en qué consiste que a ninguna mujer veo en calle, puerta o ventana? PASQUÍN: Consiste en no tener gana de ser vistas sin aseo. LELIO: ¿Sin aseo? Eso no entiendo. PASQUÍN: Pues fácil es de entender que no quiera una mujer parecer, no pareciendo. LELIO: ¿Enigmas hablas conmigo? PASQUÍN: ¡Pluguiera a Dios que lo fueran! Que ellas te lo agradecieran, y a mí el que no te las digo. LELIO: Pues hásmelo de decir. PASQUÍN: Sí haré, mas con calidad de que creas que es verdad cuanto te he de referir, y no ficción. LELIO: Sí creeré. PASQUÍN: Pues con eso va de historia. Aquí, apuntador, memoria tu anacardina me dé.

Viendo el Senado que había el siempre absoluto imperio de las mujeres ganado tanto en Roma los afectos que dio causa al enemigo para olvidarse soberbio, con nuestro presente ocio, de su pasado escarmiento, y que no sólo era el daño, divertidos en festejos, estragar de la milicia el antiguo valor nuestro, mas también de los haberes el caudal, por los excesos de sus galas, de que ellas usaban tan sin acuerdo que, de bizarros, sus trajes se pasaban a no honestos; y viendo cuán principal parte es, en fe del aseo, para ser imán del alma, el artificio del cuerpo, pues la no hermosa con él disimula sus defectos y la hermosa con aliño da a su perfección aumento, una ley ha publicado en que manda, lo primero, que no sean admitidas a los militares puestos ni políticos, negadas a cuanto es valor e ingenio; que ninguna mujer pueda del hábito que hoy trae puesto mudar la forma, inventando por instantes usos nuevos; y que, para renovarlos, haya de ser con precepto de que sean propias telas, sin géneros extranjeros, oropel del gusto, mucho brillante y poco provecho, y éstas sin oro y sin plata; ni usar tampoco de pelo que propio no sea, de afeites, baños, perfumes ni ungüentos; y que, pues hidalgas son, no sólo no nos den pechos, pero ni pechos ni espaldas; y en fin lo que más sintieron fue que no salgan en coches a los públicos paseos, ni permitan en sus casas banquetes, bailes ni juegos; con que no quedó mujer que no confesase luego al potro del desengaño las culpas del embeleco: las flacas, que a pura enagua sacaban para sus huesos cuanta carne ellas querían de en casa de los roperos, volvían a ser büidas; las gordas, que atribuyeron a sobras de lo abrigado las faltas de lo cenceño, se volvieron a ser cubas; y sin tinte en los cabellos las viejas a ser palomas, las morenas a ser cuervos. Ya todas la verdad dicen, ya son todas las que vemos, porque la gala, "afufón," el artificio lo mesmo, el arrebol, ni por lumbre, el solimán, ni por pienso, los islanes, "abrenuncio," los sacristanes, "arredro," los alcanfores son chanza, las blandurillas son cuento, la clara de huevo, "tate," el resplandor quedo, quedo, el albayalde, "exi foras," la neguilla, "vade retro." Y, en fin, para no cansarte, paso entre paso se fueron los escotados al rollo y los jaques al infierno, con que, para no ser vistas, unas y otras se escondieron, desengañadas de que para más no las habemos menester que para hilar, coser y echar un remiendo. LELIO: No sé, Pasquín, qué te diga de cuanto...

Dentro tocan cajas y atabalillos
Mas ¿qué es aquello? TODOS: ¡Victoria por el invicto heroico caudillo nuestro!

PASQUÍN: Es que el Senado ha salido de la ciudad a las puertas, para Coriolano abiertas, donde esperarle ha querido, para que en ostentación del aplauso que han ganado las insignias que el Senado le dio por aclamación, con ellas quieren llevarle de Roma al gran Capitolio, en cuyo eminente solio el sacro lauro han de darle que a la victoria campal pertenece. LELIO: Fuerza es acompañarle yo, pues, aunque otra lid desigual lucha en mí, no es tiempo ya de ella, pues contrapesó el socorro que me dio a la envidia que me da. Con que en uno y otro muestro que ni uno ni otro permito. TODOS: ¡Victoria por el invicto heroico caudillo nuestro!

Tocan las chirimías y atabalillos, y salen por un lado CORIOLANO y SOLDADOS, y por otro el ACOMPAÑAMIENTO que pueda con las banderas, uno con un laurel en una fuente, otro con bastoncillo en otra, otro con un estoque en medio desnudo al hombro, y detrás AURELIO y FLAVIO
AURELIO: En hora dichosa vean (¡ay hijo del alma mía!) mis canas el fausto día de tu aplauso, y en él sean del fénix mis regocijos, de hoy en su edad desengaños, pues la hoguera de los años es la virtud de los hijos. FLAVIO: En hora dichosa vengas, valeroso Coriolano, donde del pueblo romano el merecido don tengas que tal victoria merece. CORIOLANO: A uno y otro doy los brazos, por ser prisiones sus lazos que mi humildad os ofrece.-- (En fin, no has de dar, Fortuna, cumplido ningún deseo, pues a Veturia no veo, ni aun otra mujer alguna, por calles y plazas.) AURELIO: Ven donde honrado entre nosotros el pueblo te vea. FLAVIO: Vosotros repetid el parabién.

TODOS: ¡Victoria...

Sale VETURIA
VETURIA: No prosigáis en decir "por el invicto heroico caudillo nuestro;" que no es de ese nombre digno. TODOS: ¿Qué es esto, Veturia? VETURIA: Es que en público el valor mío se atreve a hablar, pues habló en público vuestro edicto. Que no es digno de ese honor Coriolano, otra vez digo, ni en vosotros para dado, ni en él para recibido; porque siendo las mujeres el espejo cristalino del honor del hombre, ¿cómo puede, estando a un tiempo mismo en nosotras empañado, estar en vosotros limpio? No blasonéis, pues, soldados, en la rota del sabino, de que venís con honor; que si valientes y altivos allá le dejáis ganado, acá le hallaréis perdido. Inútil os fue el valor, poco provechoso el brío, la resolución sin logro y sin efecto el peligro, pues [nada lográis quedando] ya de nosotras mal vistos; que si, en fe de apetecidas, vuestro agasajo nos hizo que descansase la queja a la sombra del cariño, ¿qué mucho que, despreciadas, al contrario, el albedrío, que fue dócil al halago, sea rebelde al desvío? Como esposas nos tratasteis, nobles, corteses y finos; pues ¿cómo ya como esclavas nos tratáis, con tal dominio que en mujeriles adornos aun no nos dejáis arbitrio? No lo sentimos por ellos; que por lo que lo sentimos es la desestimación, el desdén, el descariño, el ultraje, el ajamiento; que si el mundo en su principio nos privó (quizá de miedo) del uso de armas y libros, no del uso nos privó de aquel aplicado aliño con que la naturaleza se vale del artificio. Pues ¿cómo, siendo heredados, contra el natural estilo canceláis de las mujeres los privilegios antiguos? ¿Qué bruta nación, adonde nunca llegar han podido ni la política en leyes, ni la república en juicios; ¿qué adusto bárbaro, a quien tostó ardiente, erizó esquivo el sol la tez en ardores y el aire la greña en rizos, les negó la adoración del humano sacrificio de ser ellas las rogadas y ser ellos los rendidos, cuanto más la urbanidad de los comercios que, dignos, sin deslizarse a indecentes, se mantienen en festivos? Las mujeres, a quien deben primer albergue nativo los hombres y a quien los hombres en dos maneras han sido tan costosos al nacer, y al criarse tan prolijos, ¿han de vivir abatidas a vista de quien las quiso o lo dijo, por lo menos, pues basta ver que lo dijo para ver cuán desairados estar todos es preciso, vosotros con vuestras damas, y Coriolano conmigo? Y así yo, en nombre de todas, en ira envuelta el sentido, la lengua anegada en quejas, la voz ardiendo en suspiros, brotado el aliento en rayos, destilado el llanto en hilos, sin puntualidad la gala, sin preceptos el aliño, sin ley vagando el cabello, sin orden puesto el vestido, vuelvo a que, en nombre de todas, digo a todos lo que a él digo. Por noble, pues, Coriolano, por galán, por entendido, por cortesano en la paz, en la guerra por invicto, o por hombre solamente (que harto con esto te obligo), si como dama, te ruego y como esclava, te pido que aquesta infamia derogues, haciendo que su designio se borre de la memoria y se escriba en el olvido. Y si acaso a esta fineza, de cobarde o de remiso, no te dispone lo amante, no te resuelve lo fino, yo de mi parte a ti solo y a todos os lo repito de parte de las demás; protesto, juro y afirmo (por esa antorcha del día que con afán repetido se apaga al morir en ondas, se enciende al nacer en visos) que ha de ser siempre en nosotras, si no hacéis lo que os pedimos, el agasajo forzado, poco seguro el cariño, el favor poco constante, el desabrimiento fijo, triste y escabroso el lecho, el gusto forzado y tibio, con melindres la fineza, el halago con retiros, siempre el enojo rebelde, nunca seguro el alivio. Y cuando aquesto no baste, monstruos somos vengativos. Temed, pues, temed que el odio quizá se pase a peligro; que en manos de las mujeres también, con violentos bríos, saben herir los puñales, saben cortar los cuchillos. Y cuando no, ser sus ojos, viendo el adagio cumplido, de que las mujeres somos milagros y basiliscos.
Vase
CORIOLANO: Oye, espera. FLAVIO y AURELIO: ¿Dónde vas? CORIOLANO: Tras el imán que, atractivo móvil del alma, arrastrados lleva todos mis sentidos. AURELIO: Si a efecto es de castigar los oprobios que te ha dicho, eso al Senado le toca. CORIOLANO: Tan contrario es el motivo, que es a poner en sus sienes el laurel que he merecido, porque en ella, presentados como propios mis servicios, en fe dellos, se derogue tan escandaloso edicto. FLAVIO: Nunca el Senado deroga la ley que ya una vez hizo. CORIOLANO: Pues derogaréla yo, publicando en otra a gritos que obedecida no sea. AURELIO: Hijo, mira... CORIOLANO: Nada miro. AURELIO: Que eso es perderte. CORIOLANO: Perdida Veturia, ¿qué más perdido?-- Quien fuere de mi sentir, en que no se vea ofendido el honor de las mujeres, me siga.
Vase
UNOS: Ya te seguimos a ti por caudillo nuestro, y a ellas por nosotros mismos. FLAVIO: Ciudadanos, a impedir su arrojo, venid conmigo.
Vase
LELIO: (No es mala ocasión, envidia, de acriminar su delito.) ¡Romanos, viva el Senado!
Repítenlo UNOS
LELIO: ¡Y muera quien a su edicto se opone!
Repítenlo OTROS. [Habla dentro CORIOLANO]
CORIOLANO: ¡De las mujeres vivan los fueros antiguos! AURELIO: Dividida en bandos toda Roma está. ¿Quién en conflicto igual se vio, de una parte mi cargo, de otra mi hijo? ¡Oh apetecidos venenos! ¡Oh familiares hechizos! ¡Oh dulce encanto! ¡Oh mujeres, nunca acá hubierais venido!

FIN DE LA JORNADA PRIMERA

Las armas de la hermosura part 4

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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