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Salen marchando SOLDADOS, y uno trae una bandera con las letras que han dicho los versos, y detrás SABINIO y ASTREA con espada y bengala
SABINIO: En la cumbre eminente del esquilino monte que, atalaya de todo el horizonte, empina al orbe de zafir la frente, alto haga nuestra gente hasta reconocer si tiene acaso Roma ocupada de su estrecho paso la entrada que, otra vez padrastro mío, favoreció la vecindad del río; y así, hasta que los batidores vuelvan, e informados resuelvan por dónde menos fuerte sendas abra, alto haced. UNOS: Alto, y pase la palabra.
Repítenlo OTROS
SABINIO: Ya, soberana Astrea, pisas la raya en que la luz febea del sol entre Sabinia y Roma parte jurisdicciones, pues que no sin arte interpuso por valla el bastión desa rústica muralla, que a una y otra divida, bien que en vano una y otra defendida, el día que hacerlas enemigas quiso su trato infiel. ASTREA: Ya desde aquí diviso, aunque no bien, aquélla que, ayer vil choza y hoy fábrica bella, tan elevada sube que empieza en muro y se remata en nube. ¡Oh tú de la fortuna trasmutado teatro, cuya escena, no sé si diga de piedades llena o llena de crueldades, que tal vez son crüeles las piedades, en yerto albergue dio primera cuna a aquéllos que, arrojados de ignoradas entrañas, hambrienta loba halló, que en sus montañas recién nacidos, ya que no abortados, eran espurios hijos de los hados! ¡Oh tú que, en lo voraz de su fiereza, mudando especie la naturaleza, viste, en vez de ser ellos de su hambriento furor destrozo, en cándido alimento trocar la saña, haciendo que ellos fuesen los que della al revés se mantuviesen! Si a sus pechos criados, si a su calor dormidos, si de roncos anhélitos gorgeados crecieron, arrullados a gemidos, ¿qué mucho que, bandidos, sañudamente fieros, se juntaran con otros bandoleros para vivir, sin Dios, sin fe, sin culto, del homicidio, el robo y el insulto? Desta, pues, compañía Rómulo capitán, temiendo el día de tu mudanza, a fin de resguardarse, trató fortificarse, para cuyo seguro el surco de un arado lineó muro, con ley tan inviolable que, su extremo asaltarle costó la vida a Remo. Éste fue --¡oh tú, otra vez, varia fortuna, condicional imagen de la luna!-- el origen que altiva te conserva crecida, a imitación de mala yerba. Pero ya tu castigo llega, pues llega mi valor conmigo; y así, antes que sus armas se prevengan --vengan los batidores o no vengan--, entremos en sus lindes desde luego, publicando la guerra a sangre y fuego. SABINIO: La espera, Astrea, en muchas ocasiones consiguió altos blasones. ASTREA: También la espera la perdió otras tantas, y quizá más.
Sale EMILIO
EMILIO: Dame, señor, tus plantas. SABINIO: ¿Qué hay, Emilio, de nuevo? EMILIO: Apenas a contártelo me atrevo. Por no decirte que apenas de aquestos riscos soberbios con una avanzada escuadra vencí el arrugado ceño, cuando desde la eminencia vi todo el valle cubierto de romanos escuadrones, que en buena marcha dispuestos, como iban llegando, iban tomando, unos los estrechos pasos, otros desmontando los troncos, para con ellos atrincherarse; y los otros doblándose, porque a tiempos, donde importe, el retén pueda ir reclutando los puestos. ASTREA: ¿Eso excusabas decirnos? Pues toma en albricias deso esta sortija, que yo a tener que vencer vengo.-- Manda, Sabinio, que al arma toque el ejército nuestro, antes que se fortifiquen. SABINIO: Con ese español aliento, ¿quién no ha de animarse? Vayan por los costados cubriendo en las quiebras y surtidas coseletes y flecheros a la caballería, y ella, des[f]ilada en buen concierto, procure cobrar el llano, donde, trocados los riesgos, cubra ella a la infantería, dándose las manos, puesto que las dos son los dos brazos de todo el militar cuerpo. Toca a embestir, y un caballo me dad. ASTREA: Y a mí otro; que tengo de ser la primera yo que, complacido mi esfuerzo, vea la cara al enemigo, la caballería rigiendo. SABINIO: Pues porque la infantería no vaya en el desconsuelo de ir sin ti y sin mí, seré yo quien gobierne sus tercios. ASTREA: Pues, ¡al arma! SABINIO: Pues, ¡al arma! SOLDADOS: ¿Quién no ha de seguir su ejemplo? TODOS: ¡Vivan Sabinio y Astrea!
Suenan las cajas y éntranse. Salen CORIOLANO, LELIO, ENIO, y dos SOLDADOS, con dos banderas, una roja y otra blanca, con las mismas letras
CORIOLANO: Pues el sabino resuelto, para no darnos lugar a que nos fortifiquemos, baja avanzando sus tropas, fuerza es salirle al encuentro, para no darle nosotros lugar a él a que, viniendo como viene, desfilado, pueda, vencido lo estrecho, doblarse en lo llano. Ea, generoso invicto Lelio, pues, cabo de la nobleza, la vanguardia en el derecho costado te toca, ocupa tu lugar. LELIO: En él ofrezco morir --que una cosa es callar yo mis sentimientos y otra que mi honor no diga que es mío--. Tremole el viento la siempre roja bandera del Senado, con el nuevo jeroglífico, a quien sigan todos mis parciales.
Vase
CORIOLANO: Enio, tú en el siniestro costado tu lugar toma; que en medio del cuerpo de la batalla quedo yo, distribuyendo los órdenes, porque acuda donde convenga el refuerzo. ENIO: Despliegue también al aire su blanca bandera el pueblo, que no es el que menos sabe dar victorias a sus reinos.
Vase. Suenan cajas, y dentro ruido de armas [y voces]
UNOS: ¡Arma, arma! OTROS: ¡Guerra, guerra! UNOS: ¡Fuertes sabinos, a ellos! OTROS: ¡A ellos, valientes romanos! CORIOLANO: Ya los unos descendiendo, y ya subiendo los otros, en el más fragoso seno del monte, a medir las armas llegan entrambos encuentros. Disputada la batalla crece, conque al sol cubriendo nubes de plumas las flechas, tempestad parece, siendo del eclipse de sus rayos cajas y trompetas truenos, de quien relámpagos son las chispas de los aceros. Todo es horror, todo es grima, todo asombro, todo incendio. UNOS: ¡Avanza, caballería, antes que en nuestro terreno llegue a doblarse la suya. OTROS: ¡A ellos, sabinos! TODOS: ¡A ellos!
Suena la caja
CORIOLANO: ¿Qué es aquello? ¡Ay infelice!. que a lo que desde aquí veo, parece que, recargados vuelven a perder los nuestros los puestos que habían ganado. ¡Ea, fortuna, ya es tiempo de que todo lo perdamos o que todo lo ganemos! Síganme todas las tropas en batallones y tercios, pues no hay más órdenes ya que dar, que morir resueltos. ¡Volved, soldados, volved!, que ya voy a socorreros. Piérdase la vida, y no la fama.
Vase. Suenan las cajas y ruido, y sale como despeñada ASTREA
ASTREA: ¡Valedme, cielos! Que, desbocado el caballo, con no matarme, me ha muerto, si hay quien piense que el salir de la batalla fue huyendo; y no fue, sino que el hado o tarde o nunca el contento cumplido dio, bien que en vano hoy de su rigor me quejo, pues tampoco dio cumplida la desdicha el día que, habiendo vencido la cumbre al monte, al descender de su centro, corriendo por intrincados riscos el bruto soberbio, no me echó de sí, hasta que trocó de un tronco el tropiezo al golpe de la caída la amenaza del despeño. Con que, aunque rendida, aunque fatigada, en un desierto triste y sola me halle, a causa de que los que me siguieron y no alcanzaron, perdida de vista, sin mí habrán vuelto; con todo eso el quedar viva es tan natural consuelo que, siendo el vivir lo más, todo lo demás es menos.
Suenan las cajas
Y así, a pesar del cansancio, pues para elegir no hay medios, procure hallar senda que me vuelva a mi gente, puesto que, para servir de norte, me basta el confuso estruendo que, sin decirme en qué estado la batalla está, a lo lejos me está diciendo que dura, en mal pronunciados ecos. Por esta parte parece que el enmarañado seno da menos fragoso paso; seguir la vereda quiero, no en vano, pues a lo inculto quitado el impedimento, ya descubro la campaña y en ella, o miente el deseo o son nuestras las banderas que miro. Sin duda, cielos, la victoria consiguió Sabinio, puesto que veo en su rotulado enigma tremolar el blasón nuestro destotra parte del monte. Pues ¿qué aguardo? Pues ¿qué espero? ¡Oh si fuera verdad que tiene alas el pensamiento, para llegar a los brazos de Sabinio, y darle en ellos de mi vida y su victoria dos parabienes a un tiempo!
Vase. Salen CORIOLANO, LELIO, ENIO y SOLDADOS con las banderas
TODOS: ¡Victoria por el invicto heroico caudillo nuestro! LELIO: No sé qué gracias te deba dar nuestro agradecimiento; pues cuando, casi perdidos nos hallábamos, tu esfuerzo bastó a que el sabino vuelva desbaratado y deshecho. ENIO: ¿Qué gracias podemos dar que sean bastante aprecio a quien supo disponer el socorro a tan buen tiempo que, derrotado el contrario, quedase el campo por nuestro? CORIOLANO: Vuestro fue el valor y mía la dicha de llegar presto. Y por partirla contigo, a llevar las nuevas, Lelio, desta victoria al Senado ve, en tanto que yo prevengo que las fortificaciones, para que antes no hubo tiempo, prosigan, por si otra vez, reforzándose de nuevo, vuelve, no desprevenidos nos halle. LELIO: Tus manos beso por ese honor, y no tanto por las albricias le acepto, cuanto porque se prevenga el aparatoso obsequio del triunfo que debe hacer Roma a tu recibimiento.
Vase
TODOS: ¡Victoria por el invicto heroico caudillo nuestro!
Sale ASTREA
ASTREA: ¿Victoria por el invicto heroico caudillo nuestro? ¿Quién duda que por mi esposo es la aclamación, supuesto que son suyas las banderas que ya de más cerca veo? Pues ¿qué aguardo?-- Generosos sabinos, a cuyos hechos faltan a la fama bronces, faltan láminas al tiempo, mil veces enhorabuena sea el alto vencimiento desos aleves romanos, y guïadme donde dellos victorioso vea a mi esposo. CORIOLANO: Hermoso prodigio bello, cuyo revesado enigma ni le alcanzo ni le entiendo, ¿cómo a los romanos llamas sabinos? Y ¿cómo, luego, dando a quien no te oye el lauro, das a quien te oye el desprecio? ASTREA: Luego ¿estos timbres no son de Sabinio? CORIOLANO: No; que, huyendo, segunda vez derrotado a Roma la espalda ha vuelto. ASTREA: Luego ¿esas banderas son ganadas? CORIOLANO: Tampoco es eso, sino que, pues preguntaron las suyas que "quién al pueblo sabino resistiría?" con sus caracteres mesmos "Senado y pueblo romano" las nuestras le respondieron. ASTREA: ¡Ay infelice de mí! Que el equívoco me ha muerto. CORIOLANO: Quizá te ha dado la vida, puesto que has llegado a puerto donde las mujeres tienen, con franca escala el respeto, cortesanos pasaportes de inviolables privilegios. ¿Quién eres, pues, y qué causa engañada te trae? ASTREA: (¡Cielos, Aparte perdida estoy si se sabe quién soy! ¡Válgame el ingenio!) Astrea, española Palas, añadiendo al sentimiento del robo de sus matronas el de levantar el cerco que puso a Roma en venganza suya su esposo, hizo extremos tales que, hasta persuadirle a que volviese de nuevo a sitiarla, no dejó de instarle, valida a tiempos de la maña del cariño o de la fuerza del ceño. No en esto solo paró su generoso ardimiento, sino que en persona había ella de venir, a efecto de que agravio de mujeres a mujer le toca el duelo. Entre las damas que trajo en su servicio... CORIOLANO: El acento suspende, detén la voz. ASTREA: Pues ¿por qué? CORIOLANO: Porque no quiero saber más de que eres dama de Astrea. ASTREA: (Sin duda hoy muero, Aparte vengándose della en mí.) CORIOLANO: ¡Enio! ENIO: ¿Señor? CORIOLANO: Al momento manda poner el caballo mejor que en mi estala tengo; monta en otro, y nombra una escolta de hasta otros ciento, con un trompeta, que vaya contigo.
Vase ENIO
ASTREA: (¡Ay de mí, que esto Aparte mira a enviarme prisionera a Roma!) SOLDADO 1: Por si entre ellos nos nombra, vamos tras él. SOLDADO 2: Vamos, y sea diciendo... TODOS: ¡Victoria por el invicto heroico caudillo nuestro! ASTREA: (¡Ay, Sabinio, si esto vieras, Aparte cuál fuera tu sentimiento!) CORIOLANO: (¡Ay, Veturia, cuál sería tu gozo si vieras esto!) ASTREA: (Mas no me dé por vencida; Aparte prosiga, hasta ver si puedo moverle a lástima.) Astrea, en quien vasallaje y deudo en mi fortuna afianzaron repetido el valimiento, entre las demás que trajo, vuelvo a decir... CORIOLANO: También vuelvo a decir yo que suspendas acento y voz. ASTREA: Pues ¿no tengo de decir....? CORIOLANO: Nada hay que digas. ASTREA: ¿...que entrando ella...? CORIOLANO: Es vano intento. ASTREA: ¿...en la lid...? CORIOLANO: Porfías en balde. ASTREA: ¿...yo...? CORIOLANO: No más. ASTREA: ...en seguimiento suyo... CORIOLANO: Basta. ASTREA: ...mi caballo, roto el alacrán del freno... CORIOLANO: No te canses. ASTREA: ...me arrojó adonde...? CORIOLANO: ¿De qué provecho es que quieras tú decirlo, si yo no quiero saberlo? ASTREA: (¡Oh qué clara mi desdicha Aparte dice su desabrimiento!)

Las armas de la hermosura part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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