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DEMONIO:       ...quedando de mi patria desterrado...
MUERTE:        ...a perpetuas tinieblas condenado.
               Hasta aquí sé de tus fortunas graves. 
DEMONIO:       Pues oye desde aquí lo que no sabes.

Ese dulcísimo encanto, ese bellísimo asombro de la hermosura --a quien yo hoy por no adorar adoro, usando en mí de los dos afectos más poderosos, más encontrados y opuestos, que son el amor y el odio--, tan postrado, tan rendido, tan sujeto y tan absorto me tiene que, hasta que pueda llamarla mía, dispongo no perdonar al deseo medio ninguno de todos cuantos discurre un amante y cuantos piensa un celoso. Andrómeda la ha llamado la voz de no sé qué tono que hoy, en la tranquilidad de su paz, compuso el ocio. En esta causa, porque, viéndome marino monstruo, su disfraz y mi disfraz convengan el uno al otro, embrión de las escamas y de las ondas aborto salí [a] aqueste sitio, envuelto en agua, fuego, humo y polvo, donde, siguiendo la impresa que tan a mi cargo tomo, por ladrón he de llevar en el escudo del rostro esculpido "Finis-Ero," pues de sus dichas y gozos he de ser fin; cuya letra nombre me ha de dar famoso de Fineo, pues Fineo o "Finis-Ero" es lo propio. Este nombre y otro traje han de hacer que tenga en poco su felicidad, trazando mis engaños ingeniosos que su Ciencia Natural, creyendo que será como Dios, aspire a ser divina; haciendo después su loco Albedrío, a la Ignociencia, malicia al instante propio; y, a la original justicia, culpa original; de modo que, por aqueste delito, mande el verdadero Apolo que la entreguen a la bestia del mar, atada al escollo de la muerte, a cuyo grande fin, a cuyo empeño heroico, te he invocado, porque juntos muerte y pecado no ignoro que darán pavor al cielo, que darán al mundo asombro, confundiendo y alterando la máquina de esos polos, que parte la luna a giros y el sol ilumina a tornos. MUERTE: Capaz, ¡oh, Fineo valiente! --que ya como a tal te nombro, concurriendo a tus intentos del engaño generoso que te anime a tanta empresa--, a ayudarte me dispongo; que también me importa a mí introducirme; si noto que ha de ser por el pecado --como dirá el vaso docto de elección--, de tus victorias no la menor parte logro. Andrómeda, según dices, se ha llamado; pues sea en todo Andrómeda. DEMONIO: ¿De qué suerte? MUERTE: Haciendo ahora nosotros que sea cómplice su madre en su delito penoso. DEMONIO: ¿Qué conseguimos? MUERTE: Dos cosas. Una, cumplir con el docto; y otra, que conozca el mundo que el hijo, en su patrimonio, de la culpa de sus padres es heredero forzoso. DEMONIO: ¿No fue su madre la tierra? MUERTE: Sí. DEMONIO: Pues ella, ¿de qué modo ha de ser cómplice? MUERTE: Dando ella misma el riguroso veneno que a tu afición la atraiga; y puesto que somos áspides, la ficionemos sus aguas, frutos y troncos. DEMONIO: Dices bien; y así el nocivo veneno que dentro formo del pecho, con mis alientos en aqueste fuente pongo; mas ¡ay de mí! MUERTE: ¿Tiemblas? DEMONIO: Sí. Con mil suspiros me ahogo y con mi fuego me abraso. MUERTE: ¿Por qué? DEMONIO: Porque reconozco que antes ha de ser el agua el antídocto piadoso deste veneno. MUERTE: En las bellas flores le arroja. DEMONIO: Tampoco, que en todas ellas no hay flor que con feliz adorno otra flor no signifique, que esenta al cierzo y al noto no han de poder marchitarla de mis suspiros los soplos. MUERTE: Empozoña estas vides. DEMONIO: El mismo daño conozco. MUERTE: Tala estas mieses. DEMONIO: No puedo. MUERTE: Pues, ¿por qué? DEMONIO: Porque en el oro de ambos granos, encubierto, están divinos tesoros de pan y vino, a quien yo, aun visto en sombras, me postro. MUERTE: ¿Estas olivas? DEMONIO: También han de ser materia de otro sacramento, a quien sirva la piadosa unción de otro. MUERTE: De algún árbol inficiona la fruta. DEMONIO: Eso sí; éste escojo.

Tócale con la mano
MUERTE: Y yo el Árbol de la Muerte desde este instante le nombro. DEMONIO: ¿Qué haremos para [a]traer por aqueste sitio umbroso a Andrómeda? MUERTE: Su Albedrío, discurriendo como loco, viene hacia aquí. Si los dos le cogemos, cauteloso, ella se vendrá tras él y entonces dará en nosotros. DEMONIO: Escóndete entre las ramas.
Sale el ALBEDRÍO
ALBEDRÍO: ¿Si se habrá ya el señor monstruo za[m]bullido en las espumas; o si se habrá --estoy medroso--, por su galante capricho, salido a pasear un poco a tierra? Paso no doy que no pienso que le topo. ¡Ay, culebras por aquí andan! Mas no; ahora conozco que es corto de vista el miedo, pues que siempre trae antojos. MUNDO: ¿Llegas? DEMONIO: Ya llego.
Cógele del brazo; él no vuelve a ver quién es
ALBEDRÍO: ¡Ay de mí! Cogióme el señor demonio. DEMONIO: No des voces. ALBEDRÍO: ¿Cómo no? Si me come más, un poco de aquese brazo ha de ser; que éste en el cielo le pongo. MUNDO: ¡Calla!
Cógele el otro brazo
ALBEDRÍO: En tiple habla y en bajo; y aún no suena bien el tono con estar cabal el duo. Ya come un brazo, ya otro. ¡Ah, nadie tan liberal- mente saleado como yo! Ya no medraré en mi vida, por bien que sirva, si noto que nadie medra sin brazos. DEMONIO: ¡Calla, necio! MUNDO: ¡Calla, loco! ALBEDRÍO: Calle quien come; que yo no he de callar, pues no como. ¡Piedad, cielos! DEMONIO: No los llames. ALBEDRÍO: ¡Sí quiero! Cielos piadosos, ¿no hay quien me socorra?
Dentro PERSEO, y sale luego con la espada desnuda y un escudo con un espejo y una banda en el rostro
PERSEO: Sí, que por ellos yo respondo en favor del afligido. ALBEDRÍO: Pues yo lo estoy; y no poco. PERSEO: ¡Soltad la presa, villanos! DEMONIO: ¿Quién eres? Que no conozco las señas de tu semblante, con saber que lo sé todo. PERSEO: Soy quien no has de conocer hasta tiempo más forzoso. MUERTE: Yo tampoco sé quién eres, con el disfrazado embozo de aquesta banda que es tupida nube del rostro. PERSEO: Basta que sepas que soy quien puede vencerte solo. ALBEDRÍO: ¡Miren los que me agarraban! A no pensar que eran otros, a fe que los hubiera temido del mesmo modo. PERSEO: ¡Huid, cobardes! DEMONIO: A tu voz, mudo he quedado y rabioso. MUERTE: Yo, tan rendida a tu vista, que aliento y razón no formo. DEMONIO: Sepa yo, sepa quién es de quien mi valor heroico rendido va. MUERTE: Sepa yo quién le da asombro al asombro. PERSEO: Mi ser, hasta otra ocasión, no es penetrable a vosotros; y así basta que sepáis que soy quien puede animoso hacer libre al Albedrío, con que a los tres os informo
Pásale a su lado
de mi valor y poder; pues con un amago sólo, pongo a los dos en huida y a él en libertad pongo. DEMONIO: Ten el acero que esgrimes, que es rayo que me da enojos.
Vase [el DEMONIO]
MUERTE: Tapa el escudo que a visos me está ligando los ojos.
Vase [la MUERTE]
ALBEDRÍO: Rebozado caballero, sepa que yo soy un tonto; y los tontos no sabemos agradecer.
Salen ANDRÓMEDA, y CIENCIA, INOCIENCIA y GRACIA
ANDRÓMEDA: ¿Qué alboroto ha sido éste? ALBEDRÍO: A muy buen tiempo venís a darme socorro. Si antes no hubiera venido este joven valeroso, de dos culebras hubiera sido sangriento despojo. ANDRÓMEDA: El favor que a mi Albedrío habéis hecho, reconozco. PERSEO: (¡Qué peregrina belleza! Aparte ¡Qué sujeto tan hermoso!) ANDRÓMEDA: Y así, para agradeceros la ación, quitad el embozo. Sepa quién sois. PERSEO: Cuanto puedo de mí decir yo. ANDRÓMEDA: Ya os oigo. PERSEO: En alta patria nací, príncipe heredero solo del mayor de los imperios que contiene ese azul globo. Mi valor, siempre invencible; mi espíritu, siempre heroico, a grandes cosas me llaman; con tan noble, tan piadoso y tan desinteresado fin en mis hechos, que sólo el asumpto de mis obras es el hacer bien a todos; a cuyo efecto, encubierto, buscando venturas corro el mun[d]o, porque aún no es tiempo de andar de otro modo; y así, hasta hoy, si no en sombra, ninguno me ha visto el rostro, [salvo] de Moisés la zarza, y de Isaías el trono, de Gedeón el rocío y de Elías el favonio. Mi nombre es Perseo, no tanto porque en el griego no ignoro que significa la guerra, y yo en hebreo me nombro Sabanot, dios de batallas, y viene a ser uno propio, como porque en el latino idioma examino y noto que es el que obra per se quien no depende de otro; y así yo, que independiente y absoluto por mí obro, en griego, hebreo y latino Perseo por nombre tomo. De mis más altas empresas, de mis hechos más famosos, fue que el atlante, que quiso tener el cielo en sus hombros y aun levantarse con él, le venzo, derribo y postro. Luego a Medusa --que era su misma soberbia asombro del mundo, pues convertía hombres en fieras y troncos, porque la culpa los hace irracionales, bien como David lo siente--, sabiendo que su veneno dañoso en la vista le tenía --que el ver es daño de todos--, este escudo de cristal prevengo, con que dispongo que, viéndose en mis verdades, muriese a su ponzoñoso veneno, que es el pecado basilisco tan rabioso que, si a sí solo se mira, se dará muerte a sí propio, al tósigo de su vista inmóvil. Llego y la corto el cuello, cuya cabeza crinada, piélago undoso de culebras por cabellos, fue de mi valor despojo; de cuya ruina, corriendo mil desatados arroyos, nació aquel caballo en quien me vio Ezequiel victorioso, con alas en vez de espuelas, navegar del viento el golfo hasta llegar a la cumbre de aquel monte misterioso, cuya cristalina fuente tiene por gracia hacer doctos. Y pues ha sido el pretexto de mis alientos brïosos hacer bien, no es el menor, ¡oh bello prodigio hermoso!, avisarte que las frutas destos jardines y sotos inficionadas están. Si agradecida al socorro de tu Albedrío --a quien libre y a tu servicio otorgo--, tem[i]eras su libertad, me paga Andrómeda sólo con no gustar esa fruta; advirtiéndote que todos tus riesgos son esos mares, este árbol y aquél escollo.
Vase [PERSEO]

Las fortunas de Andrómeda y Perseo (auto-refundición) part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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