This file last updated December 18, 1997

DEMONIO:       Y lleno de temores y recelos...
MEDUSA:        También sé lo rabioso de tus celos.
DEMONIO:       ...sentí al instante el fuego que en mí lidia.  
MEDUSA:        Ya conozco el veneno de tu envidia.
DEMONIO:       Y en fin, perdí la acción en lid tan dura,...
MEDUSA:        El bien, la luz, la gracia y la hermosura... 
DEMONIO:       ...quedando de mi patria desterrado...
MEDUSA:        ...a perpetuas tinieblas condenado.     
               Hasta aquí sé de tus desdichas graves.
DEMONIO:       Pues oye desde aquí lo que no sabes.

                  Ese bellísimo encanto,   
               ese bellísimo asombro
               de la hermosura --a quien yo, 
               por no adorarla, la adoro,
               usando en mí de los dos
               afectos más poderosos, 
               más encontrados y opuestos,
               pues son el amor y el odio--, 
               tan postrado, tan rendido,
               tan sujeto, tan penoso
               me tiene que, hasta que pueda 
               llamarla mía, dispongo
               no perdonar al deseo     
               medio ninguno de todos
               cuantos discurre un amante
               y cuantos piensa un celoso.   
               Andrómeda la ha llamado
               la voz de no sé qué tono  
               que hoy, en la tranquilidad
               de su paz, compuso el ocio.
               Con esta causa, porque,  
               viéndome marino monstruo,
               su disfraz y mi disfraz  
               convengan el uno al otro,
               embrión de las espumas
               y de las ondas aborto,   
               salí a aqueste sitio, envuelto
               en ovas, fuego, humo y polvo,      
               donde, siguiendo la línea
               que tan a dos luces corro, 
               por empresa he de llevar 
               en el escudo del rostro 
               esculpido "Finis-Ero,"   
               pues de sus dichas y gozos
               he de ser fin; cuya letra
               nombre me ha de dar famoso    
               de Fineo, pues Fineo
               o "Finis-Ero" es lo proprio.  
               Ésta, pues, deidad humana,
               hija de amasado lodo
               en el Centro de la Tierra     
               --padre suyo-- en un hermoso
               jardín asistida vive   
               del siempre sagrado coro
               de Ninfas Virtudes, que, 
               jurada reina de todo,    
               hacen que los elementos
               la tributen, por despojos,    
               el Agua, claros cristales;
               el Fuego, reflejos rojos;
               la Tierra, sabrosos frutos;   
               y el Aire, blandos favonios. 
               Y, aún no contenta con esto,     
               sobre estado tan dichoso
               de gracia y naturaleza,
               aspira a ocupar el solio 
               que perdí. No sé, no sé, 
               cuando estas razones formo,   
               para qué salí del agua,
               si con el aire me ahogo.
               Mas sí sé; pues fue a valerme  
               de ti; que, si al numeroso
               ejército de mis ansias 
               le entra el auxiliar socorro
               de tus encantos, no dudo
               que he de salir victorioso.   
               Compónme un hechizo; pues,
               si como a culpa te invoco,    
               de ser la culpa hechicera
               David me dará el apoyo, 
               diciendo que por la culpa     
               es bruto el hombre; si, como
               muerte, mágica te llamo,    
               Samuel hablará en mi abono, 
               dándole voz al cadáver;
               y si, en retóricos tropos   
               de alegórico concepto,
               como a Medusa te nombro  
               es por convenir en ti
               alusiones de uno y otro,
               pues, muerte o culpa, hacer sabes  
               bruto al hombre, piedra o tronco.
               Y así, compónme un hechizo,    
               otra vez a decir torno,
               en su tósigo tan fuerte
               o en su conjuro tan prompto,  
               que a mi amor la incline o que
               quede incapaz para otro. 
               Tenga logro el rencor, ya
               que no tenga el amor logro;
               que si tú de aqueste monte  
               sales, y yo de este escollo,
               tú a atraerla con tu hechizo,    
               y yo a llevarla en mi robo,
               no dudes que el Centro quede
               de la Tierra tan dudoso, 
               que caduque, titubeando, 
               al desquiciar de sus polos,   
               si se cai o no se cai,
               todo ese pendiente globo 
               que borra la luna a giros     
               y el sol ilumina a tornos.
MEDUSA:        No sé de qué especie o qué   
               género son tus ahogos, 
               que los oigo como ajenos
               y los siento como proprios.   
               Júpiter, dios de los dioses,
               si a la metáfora torno      
               --pues ya de otros empezada
               fuerza es seguirla nosotros--;
               Júpiter, dios de los dioses,     
               desde su supremo trono,
               anteviendo que yo había,    
               si me introducía en los cotos
               de sus vedados jardines,
               de ser en ellos destrozo      
               de sus frutas, siendo en ellos
               el ábrego, el cierzo, el noto    
               que los encendiese a rayos 
               o los apagase a soplos,
               allá en su divina idea,     
               por que de mí huyesen todos
               --al ver mi semblante, ciegos;     
               al oír mis voces, sordos--,
               previno desfigurar
               las facciones de mi rostro    
               tanto que nadie me viese
               que no figurase absorto  
               el ser áspides la crencha
               que cai de la frente al hombro,
               con tal horror de mí misma, 
               que, por no verme, no oso
               --con miedos de basilisco,    
               que al verse se mata él proprio--
               en un arroyo aun a verme, 
               sin enturbiar el arroyo. 
               Conque, huyendo de mí, habito,
               sin más ser, este horroroso      
               monte, entre el mar y la tierra,
               medio risco y medio escollo,
               hasta tener ocasión    
               en que vengar mis oprobios.
               Y así, valiente Fineo  
               --que ya como a tal te nombro--,
               puesto que a buscarme vienes
               y que, a tu sombra, el arrojo 
               de manifestarme al mundo,
               cómplice de tus enojos,     
               en tu valor me asegura, 
               a seguirte me dispongo,
               que también me importa a mí    
               ir a ser; y más si noto
               que aquesa Naturaleza,   
               que hoy goza tantos adornos,
               es quien ha de introducir
               la culpa por el demonio, 
               y por la culpa la muerte;
               y así, atropellando estorbos,    
               lleguemos a su jardín, 
               asaltemos su frondoso
               sitio y de nuestra secreta    
               mina, sus baluartes rotos,
               desmantelados sus muros, 
               desembocados sus fosos, 
               entremos a sangre y fuego;
               que si una vez en él pongo  
               la planta y de mi tocado
               desprendo un cabello solo,    
               él derramará el veneno
               que dentro del pecho escondo
               en las causas naturales,      
               que mejor que ella conozco.
               Ven, que si a ella el nombre dio   
               de Andrómeda un blando tono,
               por ser juventud florida,
               simulacro o mauseolo,    
               por agricultura, a mí, 
               menos blando y más ruidoso, 
               otro me dio el de Medusa,
               que significa lo proprio. 
DEMONIO:       Pues ya que, de nuestra sorda 
               pólvora, el callado plomo 
               brecha nos ha abierto al bello     
               recinto de sus contornos,
               ¿qué esperas? Ese cristal
               enturbie tu venenoso     
               tósigo, pues es ponerte 
               tú misma a ti misma en cobro.    
MEDUSA:        Dices bien; en esta fuente
               el primer hechizo pongo;
               mas, ¡ay de mí!
DEMONIO:                       ¿Tiemblas?    
MEDUSA:                                    Sí.
DEMONIO:       ¿De qué?
MEDUSA:                 De que reconozco 
               que antes ha de ser el Agua   
               el antídoto piadoso
               que, de la Gracia auxiliado,
               lave la mancha del lodo  
               con que enturbiarla pretendo;
               y más cuando en ella formo  
               un espejo no manchado 
               en que me quiebre los ojos.
DEMONIO:       Pues ponle en aquestas flores.     
MEDUSA:        Sí haré; mas, ¡ay!, que tampoco
               en ellas puedo.
DEMONIO:                       ¿Por qué?   
MEDUSA:        Porque el cándido pimpollo
               de una azucena, que aún no
               el virgen botón ha roto     
               --símbolo de la ignociencia
               en lo puro y en lo hermoso--,      
               en granos de oro contiene
               un escondido tesoro;
               que no hay ponzoña que pueda     
               inficionar granos de oro.
DEMONIO:       Pues inficiona a estas vides.      
MEDUSA:        El mismo daño conozco.
DEMONIO:       Tala estas mieses.
MEDUSA:                           No puedo.
DEMONIO:       ¿Cómo de ellas huyes?
MEDUSA:                              Como    
               la Ciencia, que está de guarda, 
               me amenaza, si las toco, 
               no sé en qué forma, a quien yo, 
               aun vista en sombras, me postro. 
DEMONIO:       Pues ya que en vides, en mieses,   
               en flores y en fuentes topo
               defendidos los objectos  
               que en singular te propongo,
               apesta el aire, que es
               común aliento de todo:      
               perezca todo.
MEDUSA:                      Sí haré,
               ya al aire el veneno arrojo;  
               mas no, que a un ave, que llena 
               de gracia sulca sus golfos,
               tan alta la Voluntad     
               la lleva, que de los rojos
               rayos del sol coronada,  
               me ha deslumbrado.
DEMONIO:                          ¿De modo
               que, en agua, tierra, aire y fuego, 
               si tus temores recorro,  
               cristal, flor, ambiente y luz,
               diciendo está lo imperioso  
               de ignociencia, gracia, y ciencia
               y voluntad...
MEDUSA:                      ¿Qué?
DEMONIO:                           ...que todos
               los frutos que al hombre da   
               el cielo tienen su logro
               en que las Virtudes sean 
               quien solicite[n] sus colmos?  
MEDUSA:        ¿Eso dudas?
DEMONIO:                    No lo dudo,
               que a mi pesar lo conozco,    
               pues no nos queda resquicio
               por donde entremos nosotros.  
MEDUSA:        Sí queda.
DEMONIO:                ¿Cuál?
MEDUSA:                        Este árbol,
               en cuyo vedado tronco,
               supuesto que no es ni ave,    
               ni flor, ni aliento, ni arroyo,
               atrevidamente osada 
               mi mortal hechizo pongo.
DEMONIO:       Y yo el Árbol de la Muerte 
               desde este instante le nombro.     
MEDUSA:        ¿Qué haremos para atraer
               por aqueste sitio umbroso     
               a Andrómeda?
DEMONIO:                    Su Albedrío,
               poco de mí temeroso,
               hacia aquí viene; y si yo   
               entre mis brazos le cojo,
               ella se vendrá tras él;   
               y podrá ser que su hermoso
               fruto... 
MEDUSA:                 Ya llega a ocultarte
               tú, mientras yo en él me escondo,   
               a engañarla con la voz,
               sin ver su muerte en mi rostro,    
               hasta que pierda la Gracia.

Sale el ALBEDRÍO
ALBEDRÍO: Nunca yo fuera curioso, pues no me atreviera --antes de saber si el señor monstruo se habrá vuelto a la marina calesa en que cabe él solo-- a volver aquí, traído del apetecido antojo de las manzanas de un árbol, que por aquí... DEMONIO: ¡Date, loco, a prisión! ALBEDRÍO: ¿Cómo he de darme, si soy libre? ¿No es un tonto quien tal piensa? DEMONIO: ¡No des voces! ALBEDRÍO A darlas mil veces torno. ¡Cielos! ¿No hay quien me socorra?
[Dice PERSEO dentro]
PERSEO: Sí, que por ellas respondo yo, pues para sólo dar al afligido socorro, en alada exhalación la esfera del aire rompo.
Sale ahora
¡Suelta la presa, tirano! DEMONIO: ¿Quién eres, que tan brïoso osas competir conmigo? PERSEO: Soy quien soy. DEMONIO: No te conozco; quita la banda, que es tupida nube, del rostro. Sepa con quién lidio. PERSEO: No ha llegado el tiempo forzoso en que has de saberlo. Baste que ahora sepas que es mi heroico valor el que está diciendo, librándoles de ti a todos, que sobre el albedrío no tiene dominio el demonio. DEMONIO: Ni en el acero que esgrimes, que es rayo tan poderoso que dando horror al horror, que dando asombro al asombro, ha de obligarme a que, huyendo sus abrasados enojos segunda vez, en aquel escamado Bucentoro, de cuyo buque la ira me hizo náutico piloto, perturbe en bandido rumbo, infeste en pirata corso, los mares con mis tormentas, los montes con mis abordos, hasta inundar todo el orbe en venganza de este oprobio; si ya no es que antes le vengue algún áspid ponzoñoso de los muchos que enroscados quedan al pie de esos troncos.
Vase
PERSEO: Ahora y entonces tú y él seréis mi triunfal despojo. ALBEDRÍO: Sepa usted, seor rebozado, que yo soy un loquitonto, que es peor que loco a secas, y que, aunque el favor conozco, no sé agradecer, y así quiero le agradezcan otros. ¡Bella Andrómeda, Virtudes y Elementos! ¡Venid todos, venid; veréis a quién debo la libertad, y vosotros la libertad y la vida!
Salen todos
Las VIRTUDES: Albedrío, ¿qué alboroto es éste? Los ELEMENTOS: ¿De qué das voces? ANDRÓMEDA: ¿Cómo aquí, sin temor, solo te quedaste? ALBEDRÍO: No quedé, que después vine curioso, motivado de una fruta de quien aún dura el antojo. Con el señor monstruo di, y con el señor no monstruo; y, librándome, le hizo volverse al mar, temeroso. ANDRÓMEDA: El favor que a mi Albedrío habéis dado, reconozco; y así, para agradecerle sabiendo a quién, el embozo os suplico que corráis. PERSEO: Perdonad, prodigio hermoso, que hasta el prefinido tiempo que una belleza, a quien rondo en los disfraces de amante para las dichas de esposo, merezca llamarla mía, nadie me ha de ver el rostro; en cuyo intermedio, a causa de que nunca pude ocioso estar, quise que mis hechos --para llegar más airoso, cuando a declararme llegue--, mi fama hiciese notorios a todo el orbe. Y así, con los azules rebozos, que a imitación son de nubes cortinas de sacro solio, mi valor, siempre invencible, mi espíritu, siempre heroico, de otra patria en que nací me sacó, con tan piadoso, noble y desinteresado fin, que su pretexto es sólo buscar aventuras que sean venturas para otros; con que viendo ser mi empeño sabio a un viso, altivo a otro, Minerva, que de las Ciencias deidad apellida el ocio, me dio el cristalino escudo; Mercurio, en los artes docto, el templado acero; bien pudiera decir que a logro, que, más que dados, parece que a victorias se los compro. Dígalo vuestro Albedrío, pues apenas su voz oigo, cuando de la sugestión acudí a darle socorro. Y así, pues la gratitud que me ofrece el generoso afecto vuestro os estimo --porque para mí no hay gozo más que ver agradecidos--, no atribuyáis a desdoro no verme ahora; y ya que con mis señas os informo en humanas letras, haga en las divinas lo proprio. Las humanas dicen --bien que en sentido fabuloso, como sin luz de la fe que Júpiter, poderoso dios de dioses, me engendró concebido en lluvia de oro; las divinas, que en rocío, que cándido, puro, hermoso vellón sin mancha cuajó, hilada la nieve a copos. Y así, mi nombre es en ambas, con seguro de que, como conmigo mismo y en mí mismo por mí mismo obro, y per se, en latino frase, es el que obra por sí solo, bien puedo asentar que, en fe del per se, Perseo me nombro. Y pues es el alto asumpto de mis alientos brïosos hacer bien --a cuyo efecto, a oposición de aquel monstruo que undosos campos navega, yo, en el blanco, generoso caballo que vio Ezequiel, azules campañas corro--, no será el menor deciros, ¡oh bello prodigio hermoso!, que si, de todos los frutos de este jardín, monte y soto, de alguno, que de mortal cicuta, beleño y opio inficionado está, no os guardáis, será forzoso morir muriendo; con que, si agradecida al socorro de ver libre al Albedrío estáis, pagádmele en sólo no comer de aquella fruta; advirtiéndoos que son todos vuestros riesgos esos mares, ese árbol y ese escollo.
Vase

Andrómeda y Perseo (auto), part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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