DEMONIO: Y lleno de temores y recelos...
MEDUSA: También sé lo rabioso de tus celos.
DEMONIO: ...sentí al instante el fuego que en mí lidia.
MEDUSA: Ya conozco el veneno de tu envidia.
DEMONIO: Y en fin, perdí la acción en lid tan dura,...
MEDUSA: El bien, la luz, la gracia y la hermosura...
DEMONIO: ...quedando de mi patria desterrado...
MEDUSA: ...a perpetuas tinieblas condenado.
Hasta aquí sé de tus desdichas graves.
DEMONIO: Pues oye desde aquí lo que no sabes.
Ese bellísimo encanto,
ese bellísimo asombro
de la hermosura --a quien yo,
por no adorarla, la adoro,
usando en mí de los dos
afectos más poderosos,
más encontrados y opuestos,
pues son el amor y el odio--,
tan postrado, tan rendido,
tan sujeto, tan penoso
me tiene que, hasta que pueda
llamarla mía, dispongo
no perdonar al deseo
medio ninguno de todos
cuantos discurre un amante
y cuantos piensa un celoso.
Andrómeda la ha llamado
la voz de no sé qué tono
que hoy, en la tranquilidad
de su paz, compuso el ocio.
Con esta causa, porque,
viéndome marino monstruo,
su disfraz y mi disfraz
convengan el uno al otro,
embrión de las espumas
y de las ondas aborto,
salí a aqueste sitio, envuelto
en ovas, fuego, humo y polvo,
donde, siguiendo la línea
que tan a dos luces corro,
por empresa he de llevar
en el escudo del rostro
esculpido "Finis-Ero,"
pues de sus dichas y gozos
he de ser fin; cuya letra
nombre me ha de dar famoso
de Fineo, pues Fineo
o "Finis-Ero" es lo proprio.
Ésta, pues, deidad humana,
hija de amasado lodo
en el Centro de la Tierra
--padre suyo-- en un hermoso
jardín asistida vive
del siempre sagrado coro
de Ninfas Virtudes, que,
jurada reina de todo,
hacen que los elementos
la tributen, por despojos,
el Agua, claros cristales;
el Fuego, reflejos rojos;
la Tierra, sabrosos frutos;
y el Aire, blandos favonios.
Y, aún no contenta con esto,
sobre estado tan dichoso
de gracia y naturaleza,
aspira a ocupar el solio
que perdí. No sé, no sé,
cuando estas razones formo,
para qué salí del agua,
si con el aire me ahogo.
Mas sí sé; pues fue a valerme
de ti; que, si al numeroso
ejército de mis ansias
le entra el auxiliar socorro
de tus encantos, no dudo
que he de salir victorioso.
Compónme un hechizo; pues,
si como a culpa te invoco,
de ser la culpa hechicera
David me dará el apoyo,
diciendo que por la culpa
es bruto el hombre; si, como
muerte, mágica te llamo,
Samuel hablará en mi abono,
dándole voz al cadáver;
y si, en retóricos tropos
de alegórico concepto,
como a Medusa te nombro
es por convenir en ti
alusiones de uno y otro,
pues, muerte o culpa, hacer sabes
bruto al hombre, piedra o tronco.
Y así, compónme un hechizo,
otra vez a decir torno,
en su tósigo tan fuerte
o en su conjuro tan prompto,
que a mi amor la incline o que
quede incapaz para otro.
Tenga logro el rencor, ya
que no tenga el amor logro;
que si tú de aqueste monte
sales, y yo de este escollo,
tú a atraerla con tu hechizo,
y yo a llevarla en mi robo,
no dudes que el Centro quede
de la Tierra tan dudoso,
que caduque, titubeando,
al desquiciar de sus polos,
si se cai o no se cai,
todo ese pendiente globo
que borra la luna a giros
y el sol ilumina a tornos.
MEDUSA: No sé de qué especie o qué
género son tus ahogos,
que los oigo como ajenos
y los siento como proprios.
Júpiter, dios de los dioses,
si a la metáfora torno
--pues ya de otros empezada
fuerza es seguirla nosotros--;
Júpiter, dios de los dioses,
desde su supremo trono,
anteviendo que yo había,
si me introducía en los cotos
de sus vedados jardines,
de ser en ellos destrozo
de sus frutas, siendo en ellos
el ábrego, el cierzo, el noto
que los encendiese a rayos
o los apagase a soplos,
allá en su divina idea,
por que de mí huyesen todos
--al ver mi semblante, ciegos;
al oír mis voces, sordos--,
previno desfigurar
las facciones de mi rostro
tanto que nadie me viese
que no figurase absorto
el ser áspides la crencha
que cai de la frente al hombro,
con tal horror de mí misma,
que, por no verme, no oso
--con miedos de basilisco,
que al verse se mata él proprio--
en un arroyo aun a verme,
sin enturbiar el arroyo.
Conque, huyendo de mí, habito,
sin más ser, este horroroso
monte, entre el mar y la tierra,
medio risco y medio escollo,
hasta tener ocasión
en que vengar mis oprobios.
Y así, valiente Fineo
--que ya como a tal te nombro--,
puesto que a buscarme vienes
y que, a tu sombra, el arrojo
de manifestarme al mundo,
cómplice de tus enojos,
en tu valor me asegura,
a seguirte me dispongo,
que también me importa a mí
ir a ser; y más si noto
que aquesa Naturaleza,
que hoy goza tantos adornos,
es quien ha de introducir
la culpa por el demonio,
y por la culpa la muerte;
y así, atropellando estorbos,
lleguemos a su jardín,
asaltemos su frondoso
sitio y de nuestra secreta
mina, sus baluartes rotos,
desmantelados sus muros,
desembocados sus fosos,
entremos a sangre y fuego;
que si una vez en él pongo
la planta y de mi tocado
desprendo un cabello solo,
él derramará el veneno
que dentro del pecho escondo
en las causas naturales,
que mejor que ella conozco.
Ven, que si a ella el nombre dio
de Andrómeda un blando tono,
por ser juventud florida,
simulacro o mauseolo,
por agricultura, a mí,
menos blando y más ruidoso,
otro me dio el de Medusa,
que significa lo proprio.
DEMONIO: Pues ya que, de nuestra sorda
pólvora, el callado plomo
brecha nos ha abierto al bello
recinto de sus contornos,
¿qué esperas? Ese cristal
enturbie tu venenoso
tósigo, pues es ponerte
tú misma a ti misma en cobro.
MEDUSA: Dices bien; en esta fuente
el primer hechizo pongo;
mas, ¡ay de mí!
DEMONIO: ¿Tiemblas?
MEDUSA: Sí.
DEMONIO: ¿De qué?
MEDUSA: De que reconozco
que antes ha de ser el Agua
el antídoto piadoso
que, de la Gracia auxiliado,
lave la mancha del lodo
con que enturbiarla pretendo;
y más cuando en ella formo
un espejo no manchado
en que me quiebre los ojos.
DEMONIO: Pues ponle en aquestas flores.
MEDUSA: Sí haré; mas, ¡ay!, que tampoco
en ellas puedo.
DEMONIO: ¿Por qué?
MEDUSA: Porque el cándido pimpollo
de una azucena, que aún no
el virgen botón ha roto
--símbolo de la ignociencia
en lo puro y en lo hermoso--,
en granos de oro contiene
un escondido tesoro;
que no hay ponzoña que pueda
inficionar granos de oro.
DEMONIO: Pues inficiona a estas vides.
MEDUSA: El mismo daño conozco.
DEMONIO: Tala estas mieses.
MEDUSA: No puedo.
DEMONIO: ¿Cómo de ellas huyes?
MEDUSA: Como
la Ciencia, que está de guarda,
me amenaza, si las toco,
no sé en qué forma, a quien yo,
aun vista en sombras, me postro.
DEMONIO: Pues ya que en vides, en mieses,
en flores y en fuentes topo
defendidos los objectos
que en singular te propongo,
apesta el aire, que es
común aliento de todo:
perezca todo.
MEDUSA: Sí haré,
ya al aire el veneno arrojo;
mas no, que a un ave, que llena
de gracia sulca sus golfos,
tan alta la Voluntad
la lleva, que de los rojos
rayos del sol coronada,
me ha deslumbrado.
DEMONIO: ¿De modo
que, en agua, tierra, aire y fuego,
si tus temores recorro,
cristal, flor, ambiente y luz,
diciendo está lo imperioso
de ignociencia, gracia, y ciencia
y voluntad...
MEDUSA: ¿Qué?
DEMONIO: ...que todos
los frutos que al hombre da
el cielo tienen su logro
en que las Virtudes sean
quien solicite[n] sus colmos?
MEDUSA: ¿Eso dudas?
DEMONIO: No lo dudo,
que a mi pesar lo conozco,
pues no nos queda resquicio
por donde entremos nosotros.
MEDUSA: Sí queda.
DEMONIO: ¿Cuál?
MEDUSA: Este árbol,
en cuyo vedado tronco,
supuesto que no es ni ave,
ni flor, ni aliento, ni arroyo,
atrevidamente osada
mi mortal hechizo pongo.
DEMONIO: Y yo el Árbol de la Muerte
desde este instante le nombro.
MEDUSA: ¿Qué haremos para atraer
por aqueste sitio umbroso
a Andrómeda?
DEMONIO: Su Albedrío,
poco de mí temeroso,
hacia aquí viene; y si yo
entre mis brazos le cojo,
ella se vendrá tras él;
y podrá ser que su hermoso
fruto...
MEDUSA: Ya llega a ocultarte
tú, mientras yo en él me escondo,
a engañarla con la voz,
sin ver su muerte en mi rostro,
hasta que pierda la Gracia.
Sale el ALBEDRÍO
ALBEDRÍO: Nunca yo fuera curioso,
pues no me atreviera --antes
de saber si el señor monstruo
se habrá vuelto a la marina
calesa en que cabe él solo--
a volver aquí, traído
del apetecido antojo
de las manzanas de un árbol,
que por aquí...
DEMONIO: ¡Date, loco,
a prisión!
ALBEDRÍO: ¿Cómo he de darme,
si soy libre? ¿No es un tonto
quien tal piensa?
DEMONIO: ¡No des voces!
ALBEDRÍO A darlas mil veces torno.
¡Cielos! ¿No hay quien me socorra?
[Dice PERSEO dentro]
PERSEO: Sí, que por ellas respondo
yo, pues para sólo dar
al afligido socorro,
en alada exhalación
la esfera del aire rompo.
Sale ahora
¡Suelta la presa, tirano!
DEMONIO: ¿Quién eres, que tan brïoso
osas competir conmigo?
PERSEO: Soy quien soy.
DEMONIO: No te conozco;
quita la banda, que es
tupida nube, del rostro.
Sepa con quién lidio.
PERSEO: No ha
llegado el tiempo forzoso
en que has de saberlo. Baste
que ahora sepas que es mi heroico
valor el que está diciendo,
librándoles de ti a todos,
que sobre el albedrío no
tiene dominio el demonio.
DEMONIO: Ni en el acero que esgrimes,
que es rayo tan poderoso
que dando horror al horror,
que dando asombro al asombro,
ha de obligarme a que, huyendo
sus abrasados enojos
segunda vez, en aquel
escamado Bucentoro,
de cuyo buque la ira
me hizo náutico piloto,
perturbe en bandido rumbo,
infeste en pirata corso,
los mares con mis tormentas,
los montes con mis abordos,
hasta inundar todo el orbe
en venganza de este oprobio;
si ya no es que antes le vengue
algún áspid ponzoñoso
de los muchos que enroscados
quedan al pie de esos troncos.
Vase
PERSEO: Ahora y entonces tú y él
seréis mi triunfal despojo.
ALBEDRÍO: Sepa usted, seor rebozado,
que yo soy un loquitonto,
que es peor que loco a secas,
y que, aunque el favor conozco,
no sé agradecer, y así
quiero le agradezcan otros.
¡Bella Andrómeda, Virtudes
y Elementos! ¡Venid todos,
venid; veréis a quién debo
la libertad, y vosotros
la libertad y la vida!
Salen todos
Las VIRTUDES: Albedrío, ¿qué alboroto
es éste?
Los ELEMENTOS: ¿De qué das voces?
ANDRÓMEDA: ¿Cómo aquí, sin temor, solo
te quedaste?
ALBEDRÍO: No quedé,
que después vine curioso,
motivado de una fruta
de quien aún dura el antojo.
Con el señor monstruo di,
y con el señor no monstruo;
y, librándome, le hizo
volverse al mar, temeroso.
ANDRÓMEDA: El favor que a mi Albedrío
habéis dado, reconozco;
y así, para agradecerle
sabiendo a quién, el embozo
os suplico que corráis.
PERSEO: Perdonad, prodigio hermoso,
que hasta el prefinido tiempo
que una belleza, a quien rondo
en los disfraces de amante
para las dichas de esposo,
merezca llamarla mía,
nadie me ha de ver el rostro;
en cuyo intermedio, a causa
de que nunca pude ocioso
estar, quise que mis hechos
--para llegar más airoso,
cuando a declararme llegue--,
mi fama hiciese notorios
a todo el orbe. Y así,
con los azules rebozos,
que a imitación son de nubes
cortinas de sacro solio,
mi valor, siempre invencible,
mi espíritu, siempre heroico,
de otra patria en que nací
me sacó, con tan piadoso,
noble y desinteresado
fin, que su pretexto es sólo
buscar aventuras que
sean venturas para otros;
con que viendo ser mi empeño
sabio a un viso, altivo a otro,
Minerva, que de las Ciencias
deidad apellida el ocio,
me dio el cristalino escudo;
Mercurio, en los artes docto,
el templado acero; bien
pudiera decir que a logro,
que, más que dados, parece
que a victorias se los compro.
Dígalo vuestro Albedrío,
pues apenas su voz oigo,
cuando de la sugestión
acudí a darle socorro.
Y así, pues la gratitud
que me ofrece el generoso
afecto vuestro os estimo
--porque para mí no hay gozo
más que ver agradecidos--,
no atribuyáis a desdoro
no verme ahora; y ya que
con mis señas os informo
en humanas letras, haga
en las divinas lo proprio.
Las humanas dicen --bien
que en sentido fabuloso,
como sin luz de la fe
que Júpiter, poderoso
dios de dioses, me engendró
concebido en lluvia de oro;
las divinas, que en rocío,
que cándido, puro, hermoso
vellón sin mancha cuajó,
hilada la nieve a copos.
Y así, mi nombre es en ambas,
con seguro de que, como
conmigo mismo y en mí
mismo por mí mismo obro,
y per se, en latino frase,
es el que obra por sí solo,
bien puedo asentar que, en fe
del per se, Perseo me nombro.
Y pues es el alto asumpto
de mis alientos brïosos
hacer bien --a cuyo efecto,
a oposición de aquel monstruo
que undosos campos navega,
yo, en el blanco, generoso
caballo que vio Ezequiel,
azules campañas corro--,
no será el menor deciros,
¡oh bello prodigio hermoso!,
que si, de todos los frutos
de este jardín, monte y soto,
de alguno, que de mortal
cicuta, beleño y opio
inficionado está, no
os guardáis, será forzoso
morir muriendo; con que,
si agradecida al socorro
de ver libre al Albedrío
estáis, pagádmele en sólo
no comer de aquella fruta;
advirtiéndoos que son todos
vuestros riesgos esos mares,
ese árbol y ese escollo.
Vase
Andrómeda y Perseo (auto), part 3
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu