This file was last updated on February 14, 1998

LIDORO:        Aunque de esta novedad
               tan grande el extremo sea,
               oye, señor, que no menos
               extraña es la que me lleva                 
               al templo también a mí
               de Júpiter con la mesma
               acción, si bien es la causa
               en sus principios opuesta.
               (¡Ay, Danae, no sé si al verte   Aparte                                                    
               palabras tendrá la lengua!)
               Yace a la falda de aquel
               monte africano que ostenta
               sobre su cerviz el cielo,
               bien que ya alguna experiencia                    
               mostró que sólo un cuidado     
               aun más que sus rumbos pesa,
               yace pues, digo, a su falda
               una fábrica pequeña,
               casa de camnpo a una parte                        
               y a otra una intricada selva,
               cuya varïado país
               tiene siempre en competencia
               de primores, aquí el arte,
               y allí la naturaleza.                      
               Ésta, pues, noble alquería
               nativa cuna primera
               fue de Medusa, beldad
               tan sin ejemplar que apenas
               le vendrán las alabanzas                   
               que otro de Andrómeda cuenta,
               bien que no tan venturosa,
               cuya infelice experiencia
               dice que es más su hermosura
               cuanto es más triste su estrella.          
               Entre cuantas perfecciones
               doró el cielo su belleza.
               En la que más se esmeró
               fue el cabello, cuyas hebras
               hiló el sol entre sus rayos,               
               siendo su frente una esfera
               que trenzada anochecía
               porque amaneciese suelta.
               Dígalo el efecto, pues
               un día que a la ribera                     
               [d]el mar a peinar salió
               el rubio Ofir de sus trenzas,
               envidioso al ver Neptuno
               que el aire en su espacio tenga
               más bello golfo de ondas,                  
               cuyos piélagos navegan
               en bajeles de marfil
               conchas de nácar y perlas,
               pasó la envidia a deseo
               si ya no a codicia necia                          
               de presumir que podía
               enriquecer su soberbia
               con el oro de otras Indias,
               más ricas cuanto más cerca.
               Amante pues, suyo no,                             
               se valió de las finezas
               de rendido; que el amor
               de un poderoso no ruega
               cuando puede la caricia
               valerse de la violencia.                          
               Y ansí, un día que la vio
               en el templo de Minerva,
               que a las orillas del mar
               sobre sus rizos se asienta,
               desatando de sus ondas                            
               toda la saña violenta
               para sus tranquilidades
               se valió de sus tormentas.
               El templo inundó y entre
               el susto que a todos cerca,                       
               el miedo que a todos turba,
               el pavor que todos ciega,
               reservando de Medusa
               la soberana belleza,
               por fuerza logró su amor.                  
               Mas miente, miente mi lengua;
               que aunque consigue, no logra
               el que consigue por fuerza.
               Minerva, ofendida al ver
               los dos sacrílegas muestras                
               que a su templo y su decoro
               hizo la ruina y la ofensa,
               no pudiendo de él vengarse,
               dispuso vengarse en ella;
               que un rencor que en el culpado                   
               no se satisface queda
               siempre rencor hasta que 
               en el que puede se venga.
               Y viendo que fue el cabello
               causa de su amor primera,                         
               las hebras que fueron de oro
               trocó en rizadas culebras
               cuyo veneno en los ojos
               se comunica y se ceba,
               tanto que a ninguno miran                         
               que en tronco no le conviertan.
               Rabiosa vive en los montes,
               tan sañuda bandolera
               de las vidas que no pasa
               peregrino que no muera                            
               a su vista, racional
               basilisco de la selva.
               Nadie se atreve a matarla
               porque nadie que a ver llega
               su rostro vive. Y porque                          
               darla la muerte no puedan
               dormida, sus dos hermanas
               están en su guarda puestas
               de suerte que cuando una
               descansa la otra está en vela.             
               Con que es posible que
               remedio este asombro tenga
               si ya Júpiter sagrado
               a quien yo traigo otra ofrenda
               como príncipe que soy                      
               de aquella Africana tierra
               --bien que príncipe infelice
               dado a fortunas adversas
               tanto que si hablara de otras
               no fuera la mayor ésta--                   
               con su piedad no socorre,
               con su poder no remedia,
               este escándalo, esta ruina, 
               este estrago, esta violencia,
               en sus oráculos dando                      
               a mis preguntas respuesta
               de cómo desenojar
               a la deidad de Minerva
               cuando libre mi patria
               de desdichas y miseras,                           
               ansias y calamidades,
               iras, muertes y tragedias.
POLÍDITES:     De vuestros raros sucesos
               tanto me admiran las nuevas
               que tengo de acompañaros                   
               al templo por ver qué llega
               Júpiter a responderos.
               (Mas miento --¡Ay zagala bella!--   Aparte
               por verte este rato más
               no doy a la corte vuelta.)                        

Vase [POLÍDITES]
FINEO: Guárdete el cielo.
Vase [FINEO]
LIDORO: Tus plantas beso. (¡Ay, Danae, quién pudiera Aparte hablarte!)
Vase [LIDORO]
DANAE: (¡Quien por no verte, Aparte Lidoro, ni que supieras de mí, se hubiera anegado en el mar!) CARDENIO: Ven, Diana bella, a ver Júpiter qué dice en maravillas como éstas. DANAE: Ven, Perseo.
Vase NISEA
PERSEO: Ya yo voy. GILOTE: Ven, Bato. BATO: Id vos norabuena que yo no pienso ir allá. ERGASTO: ¿Por qué? BATO: Porque no quijera ver nada que me acordase de que hay monstruos y culebras en el mundo; pues me basta saber que hay suegros y suegras, que hay cuñados y cuñadas, que hay tíos, tías y viejas, y viejos, y finalmente que ay... GILOTE: Di, ¿qué? BATO: Dueños y dueñas.
Vanse [los villanos]
PERSEO: ¿Loco pensamiento mío, que cuando ignoras quién eres pasar temerarios quieres de la duda al desvarío adonde te lleva el brío presumiendo, altivo y vano, que uno y otro horror tirano tú solo vencer podrás? ¿Si oyendo a un villano estás que aun no eres un villano? ¿Quién de Trinacia venciera el monstruo? Y de África, ¿quién venciera el pasmo también? ¿Para qué nadie pudiera decir que más que yo era? Pues a quien se hace por sí la fortuna es a quien vi dar mayor estimación que hijos de sus obras son los hombres; mas...
Dentro [ANDRÓMEDA]
ANDRÓMEDA: ¡Ay de mí! PERSEO: El "ay de mí" aquella roca antes que yo pronunció. No sin causa me quitó el suspiro de la boca pues es mi suerte tan poca que ni aun suspirar merece por el alivio que ofrece el "ay" de un triste; y assí no digo yo el...
Dentro [ANDRÓMEDA]
ANDRÓMEDA: ¡Ay de mí! PERSEO: Oírse más cerca parece. Mal haré si osado no descubro cúya es la ira que anticipada suspira porque no suspire yo.
Sale ANDRÓMEDA de cazadora
ANDRÓMEDA: Si el cielo, oh joven, te dio valor que desmienta el traje, siendo de tu vida ultraje, verse de sayal vestida, procura amparar mi vida de una fiera, antes que baje de ese risco donde --¡ay cielos! andando a caza la vi. PERSEO: Cobra el aliento y de mí fía, oh beldad, tus recelos que no esos azules velos en vano a mí te han traído. ANDRÓMEDA: Que no me siga, te pido, mientras yo escapo. PERSEO: Eso no; que mal podré vencer yo dejándome tú vencido. Si, mientras te dejo ir, ella de esos montes baja y en otra parte te ataja, ¿de qué te podré servir? Y ansí, pues he de morir en tu defensa, será bien que no te deje ya pues el riesgo de que huir quieres está donde tu estuvieres no donde la fiera está. ANDRÓMEDA: Eso es querer que yo hoy dé en un riesgo por huir, de otro. Ni me has de seguir, joven, ni saber quién soy. Y ansí, mientras yo me voy, buscar la fiera procura. PERSEO: ¿No ves que será locura de vario amor por hallar a una fiera aventurar el perder una hermosura? Contigo he de ir pues contigo va tu peligro. ANDRÓMEDA: ¡Eso no! Quédate. PERSEO: Mal podré yo acabarlo ya conmigo. ANDRÓMEDA: Pues, sígueme.
Vase [ANDRÓMEDA]
PERSEO: Ya te sigo.
Vase [PERSEO, y hablan dentro dos versos]
ANDRÓMEDA: Si a volar te atreves, mas... PERSEO: El viento se deja atrás.
Sale [ANDRÓMEDA]
ANDRÓMEDA: ¿Aún seguirme intentas?
Sale [PERSEO]
PERSEO: Sí. ANDRÓMEDA: ¡Ay, infelice de ti; que no sabes dónde vas!
Vase [ANDRÓMEDA]
PERSEO: Como vaya donde fueres no temo infelicidad.
Dentro [ANDRÓMEDA]
ANDRÓMEDA: Ya que mi velocidad, mísero joven, prefieres,
Sale [ANDRÓMEDA] y da vuelta
búscame si hallarme quieres en esta gruta. PERSEO: Aunque veo que en la gruta de Morfeo se ha entrado, tras ella voy.
Dentro [ANDRÓMEDA]
ANDRÓMEDA: Aquí me hallarás, pues soy la sombra de tu deseo.
Vase [PERSEO] y salen en lo alto luchando PALAS y la DISCORDIA
DISCORDIA: No hallará, porque primero le diré yo cuanto pasa a Juno. PALAS: "Calla, Discordia." DISCORDIA: ¿Cuándo la Discordia calla? ¡Sagrada deidad de Juno! PALAS: "No prosigas." DISCORDIA: Suelta. PALAS: "Aparta. No has de hablar." DISCORDIA: No he de callar. Mira que en el cielo Palas y que Mercurio en la tierra... PALAS: "Suspende la voz." DISCORDIA: Aguarda. Por declarar el bastardo hijo de Júpiter, andan en oprobio de tus celos; pues, si una vez le declaran sabrá el mundo que no estima tu mérito el que te agravia. PALAS: "Suspende la aleve lengua, mentida deidad, pues basta que el acento de tu voz sonando sin consonancia diga quién eres sin que lo diga también la saña de tu siempre escandalosa condición." DISCORDIA: En vano tratas que calle; y si, para esto de Juno agora me apartas, yo sabré volverme a ella. PALAS: "No harás; porque hasta que haya Mercurio el fin conseguido que pretende, a cuya causa con la bellísima imagen de Andrómeda llevar traza a la gruta de Morfeo a Perseo, mi esperanza te tendrá aquí." DISCORDIA: Mal podrás. PALAS: "Mira." DISCORDIA: Suelta. PALAS: "Escucha." DISCORDIA: Aparta o desde aquí daré voces. PALAS: "Pues mira; que, si no callas, te haré callar de otra suerte." DISCORDIA: ¡Qué soberbia con las armas que te dio Marte, rendido a tu hermosura y tu gracia, estás! Pero contra mí ni escudos ni arneses bastan porque, ¿qué puedes tú hacerme? PALAS: "Arrojarte de este alcázar." DISCORDIA: ¿Tú a mí? PALAS: "¡Yo a ti!" DISCORDIA: Pues si Juno en él me conserva y guarda, ¿de qué suerte podrás tú obligarme a que de él salga? PALAS: "¡De esta suerte! Recibid, montes, en vuestras entrañas esta mentida deidad que arroja del cielo Palas." DISCORDIA: ¡Ay infelice de mí! PALAS: "Sigue, Mercurio, la instancia sin temor que la Discordia ya de entre nosotros falta."

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

Las fortunas de Andrómeda y Perseo part 4

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu