This file was last updated on June 13, 1999


LAS FORTUNAS DE ANDRÓMEDA Y PERSEO


Personas que hablan en ella:


JORNADA PRIMERA


Descúbrese el teatro de las caserías nevadas, dicen dentro y salen después BATO, GILOTE, ERGASTO y RISELO, villanos, [y tras ellos, sale PERSEO]

RISELO: ¡Huye, Gilote! GILOTE: ¡Huye, Bato! BATO: ¡Huye, Ergasto! ERGASTO: ¡Huye, Riselo! PERSEO: ¡Vive Júpiter, villanos, que habéis morir!

Sale RISELO
RISELO: Los fresnos me amparen.
Sale ERGASTO
ERGASTO: A mí los chopos.
Sale GILOTE
GILOTE: A mí los álamos negros.
Sale BATO
BATO: A mí las cepas y parras, los pampanos y sarmientos, árboles santos, pues siempre por ermitas los encuentro. GILOTE: El diabro mos trujo acá este mochacho soberbio para que mos mande a todos. ERGASTO: Cuando los montes cubiertos de nieve, tiene ateridos la ancianidad del invierno, es quando más solicita llevarmos por juerza a ellos, para que a sus caserías le sirvamos los ogeos. RISELO: Un lobo, que diz que anda en la sierra, es el intento con que hoy pretende llevarnos. ERGASTO: ¿Lobo? GILOTE: Sí. BATO: No es lo peor eso. RISELO: ¿Qué es? BATO: Que el lobo es un perdido, jugador, y mojeriego; que a ser un lobo apricado de estos que llaman caseros, el primero huera yo que huera donde él primero se metiera en mis entrañas GILOTE: Yo nieve ni lobo temo, sino es que tan atrevido, tan osado y tan resuelto que un día me quixo entrar en eso lóbrego seno, funesta gruta sagrada a la deidad de Morfeo, donde siempre andan visiones. ERGASTO: Nosotros mismos tenemos la culpa de que mos trate un rapaz con tanto imperio; que, si hubiera entre nosotros, aunque pesara a Cardenio que por nieto le ha crïado, uno que, osado y resuelto, le diera a entender quién es, a fe que tuviera menos soberbia. GILOTE: Muchos hubiera; que si les dijeran eso, quizá abajaran los bríos. BATO: Decidme, para saberlo, ¿es cierto que si supiera quién es, desde aquel momento no diera los mojicones que suele dar? ERGASTO: Y tan cierto que viviera desde allí más humilde y más modesto, sin atreverse a mirarnos a las caras. BATO: ¡Vive el cielo, que lo ha de saber de mí muy bien sabido! Pues puedo decirlo mijor que todos como testigo del cuento. Una sola enfecultad se me ofrece. He aquí que empiezo la historia. ¿Basta empezarla para que él se me esté quedo y no se atreva a mirarme a la cara? GILOTE: No, por cierto, porque la ha de saber toda. BATO: Pues entre otro, que no quiero; que, al principio de la hestoria, vea donde va el intento y, antes que ella llegue al fin, llegue yo al fin. ERGASTO: Para eso habrá una traza. BATO: ¿Qué traza? GILOTE: Nosotros te le tendremos de suerte que, aunque no quiera, todo te lo escuche. BATO: ¿Y luego? LOS TRES: Luego seguro estás. BATO: Manos a la labor; que reviento por decírselo en su cara dónde y cómo y cuándo, a trueco de que él no mire la mía
Sale PERSEO, vestido de villano
PERSEO: Villanos, ¿qué atrevimiento es llamaros yo y hüir? GILOTE: Como hacía tan mal tiempo, rehusábamos ir al monte. PERSEO: ¿Hácele para mí bueno? Pues el que pasare yo, bárbaros, viles, groseros, no le pasaréis vosotros? Venid conmigo. BATO: ¡Qué presto ha de bajar estos bríos! PERSEO: Que seguir la fiera quiero que escandaliza estos valles con tantos robos sangrientos de pastores y ganados. Hoy se la he ofrecido al templo de Júpiter que en las altas cumbres del monte es opuesto rebellín contra los rayos, los relámpagos y truenos que Acaya padece, a quien yo no sé por qué secreto aún más que todos adoro, más que todos reverencio. Siendo así, que no hay remota provincia, apartado reino que no envíe a consultarle los arduos casos; y, puesto que se la tengo ofrecida, hoy su armada testa tengo de clavar a sus umbrales. Ven, Ergasto. ERGASTO: Ya obedezco. PERSEO: Ven, Gilote. GILOTE: Ya voy yo. PERSEO: No te escondas tú, Riselo. RISELO: Ya voy tras ti. PERSEO: Ven tú, Bato. BATO: Déjame a mí, porque quiero estodiar toda la hestoria. PERSEO: ¿Qué historia? BATO: Una que te tengo de contar. PERSEO: ¿A mí? BATO: Sí. PERSEO: Pues, ¿qué historia es?
Abrázanse los tres con él, [PERSEO]
LOS TRES: Agora es tiempo. PERSEO: ¿Qué es esto? Pues, ¿cómo ansí a mí os atrevéis. GILOTE: Queremos que sepas que no hay razón de tratarnos con desprecio no siendo mijor que todos. ERGASTO: ¿Cómo mijor? ¡Ni aun tan bueno! PERSEO: ¡Viven los cielos, villanos! GILOTE: Bato, dile sus sucesos. BATO: ¿Está bien tenido? LOS TRES: Sí. BATO: ¿Bien, bien? GILOTE: Tan bien que no creo que se escape de mis brazos. ERGASTO: Yo aquesta mano le tengo. RISELO: Yo, estotra. BATO: Pues, finalmente como digo de mi cuento: PERSEO: ¡Que esto Júpiter permita! BATO: Desvanecido mozuelo, pisaverde de estos prados, pisapardo de estos cerros, ¿quién te imaginas y piensas que eres, para no tenernos mochísima estimación y mochísimo respeto? ¿Qué cosa es que cada día mos trates como a tus negros siendo tus brancos? ¿De qué nace el desvanecimiento? Si presumes que eres hijo de la hija de Cardenio nueso mayoral, te engañas; ni ella es hija, ni tú nieto. ¿Va bien? LOS TRES: Lindamente va. PERSEO: ¡Que esto consientan los cielos! BATO: Pues tenedle lindamente, no se deslinde el intento. Porque has de saber que un día, alterado el mar, corriendo fortuna, trujo un bajel a la vista de este puerto donde, encallando en los bajos, que son Escilas del griego piélago, del Negroponto, fue escollo de algas cubierto. Ni árbol, ni jarcia, ni vela traía el buque y, presumiendo que del deshecho del agua era ojeriza del viento, no causó más novedad que la lástima de verlo; hasta que unos pescadores que, de la cólera huyendo de Neptuno, a estas orillas volvían a vela y remo contaron que, al pasar cerca de aquel derrotado leño, habían escuchado humana voz que en mísero lamento favor pedía a los Dioses. ¿Va bien? LOS DOS: Muy bien. BATO: Pues, tenedlo hasta la postrer palabra. PERSEO: Ya no hay para qué, supuesto que más que esta fuerza atado me tiene esa voz suspenso. BATO: Aplacó su saña el mar y, en mirándole sereno, la curiosidad llevó a conocer si era cierto que había gente, pescadores y villanos. Uno de estos fui yo y, abordando al vaso, vimos una mujer dentro con un infante en los brazos que abrigándole en el pecho sin tenerle ella, le daba el calor y el alimento. Ni otra persona ni señas de haberla tenido vieron nuestros ojos. La piedad la sacó a la tierra...¡Tenedlo, que parece que se escurre y ya falta poco al cuento! PERSEO: No temas que, aunque decirlo no quieras, querré saberlo. BATO: Entre cuanta gente, pues a tierra sacó el suceso, fue uno Cardenio y, movido de ver el semblante bello de la mujer que aún estaba diciendo el delito honesto, si ya no de la inocente culpa, del infante tierno, en su casa la albergó, dándola el anciano viejo, obrigado a su hermosura, a su vertud y a su ingenio, nombre de hija. Ésta es tu madre y el infante tú. Y sopuesto que nunca por buena fue entregada al mar violento con tan grande desamparo, desabrigo y desconsuelo, ¿qué te persuade a pensar que eres más que un extranjero advenedizo pastor, hijo vil de un adulterio u de otra traición? Y así trata desde hoy de no vermos las caras, siendo desde hoy más humilde y más modesto. LOS TRES: ¿Tienes más que decir? BATO: No. GILOTE: Pues, cuidado; que le suelto. ERGASTO: Y yo también. RISEO: Y yo, y todo. PERSEO: ¿Esto sufro? ¿Esto consiento sin haceros mil pedazos? LOS TRES: Vamos de su furia huyendo.
Vanse los tres
BATO: ¿Para qué si se ha de estar quedito? PERSEO: ¡Bárbaro, necio, infame, loco, villano, qué has tenido atrevimiento para decirme en mi cara mi desdicha! BATO: ¡Estése quedo, y trate de no mirarme a la mía! PERSEO: ¡Vive el cielo que has de morir a mi mano! BATO: Algo se me olvidó al cuento; pues aún pega todavía. ¡Ay, que me mata!
Sale DANAE vestida de villana
DANAE: ¿Qué es esto? PERSEO: Esto es vengar en quien no tiene la culpa, tus yerros. BATO: Tenle, señora, que está más loco que antes y, habiendo oídolo todo, aún no quiere modesto ser. ¡Y es molesto!
Vase [BATO]
DANAE: ¿Siempre te tengo de hallar altivo, sañudo y fiero? PERSEO: ¿Razón tienes de reñirme, cuando no sólo no serlo mas ni aún atreverme a ver al sol debiera, sabiendo ya en tu fortuna mi agravio, y en tu traición mi desprecio? DANAE: ¿Qué dices? ¡Ay, infelice! PERSEO: Que, ¿por qué el nativo seno que a infame ser disponía mi infelice nacimiento no le hiciste mi sepulcro abortándome primero que darme a la luz del sol? O, ¿por qué, ya que pariendo víbora no reventaste, [a] aquel derrotado leño que fue mi primera cuna no hiciste mi monumento? ¿Por qué, antes que abrigaran las piedades de tus pechos, no me arrojaste a las ondas? Fuera mi desdicha menos, muerto en el primer umbral de la vida que no muerto al baldón de unos villanos que con todos tus sucesos me han dado en rostro, notado de advenedizo extranjero pastor, hijo de un delito, merecedor de aquel riesgo. DANAE: ¡Ah, Perseo! Tu soberbia en este trance te ha puesto; que no fueran ellos libres si tú no fueras soberbio. Pocas veces el humilde escucha baldones. PERSEO: Luego, ¿razón tienen? DANAE: Razón tienen. PERSEO: ¿No lo niegas? DANAE: No lo niego porque contra la razón no hay más razón que el silencio. PERSEO: En fin, ¿que la tienen? DANAE: Sí. PERSEO: Pues ya que la tienen ellos, tengámosla todos. Dime quién soy y quién eres, puesto que el presumir que soy más hará tu delito menos. Consuélame con que sepa si lo que alguna vez pienso, al mirar que no me viene el corazón el el pecho, es verdad; pues no hay latido que dé que no sea diciendo que no nació para verse de tosco sayal cubierto. Del extremo de una infamia pasemos a otro; que a precio de no ser villano vil te perdono cualquier yerro. Y, supuesto que no eres humilde hija de Cardenio, ¿qué puedes ser que no sea mejor? Dime, pues te ruego, ¿quién eres? DANAE: No sé quién soy. PERSEO: Pues, ¿quién fuiste? DANAE: Eso sé menos. PERSEO: ¿Quién fue mi padre? DANAE: No sé. PERSEO: ¿Por qué te echó airado y fiero al mar? DANAE: No lo sé tampoco. PERSEO: ¿Soy noble? DANAE: No sé. PERSEO: ¿Qué es esto? ¿Nada sabes? DANAE: No sé nada y no me apures; que, puesto que es secreto y soy mujer y no lo digo, no debo de poder decirlo. Y baste ver un prodigio tan nuevo como que en un pecho vivan juntos mujer y secreto. Pregúntaselo a los dioses. Quizá, enternecidos ellos, te responderán; que yo sólo con el llanto puedo decirte que hay soberano poder que me obligue a esto. PERSEO: ¿Por qué? DANAE: Por guardar tu vida. PERSEO: Yo desde aquí se la ofrezco y, pues me mata el dudarlo, haz que me mate el saberlo. Háblame claro. DANAE: Es en vano. PERSEO: ¿Cómo? DANAE: Como no me atrevo ni aún a respirar. PERSEO: ¿Quién cerra tus labios? DANAE: Poder supremo. PERSEO: ¿De quién? DANAE: De injusta deidad. PERSEO: ¿Qué pudo obligarla? DANAE: Celos. PERSEO: ¿Celos? DANAE: Sí. PERSEO: ¡Ay de mí! DANAE: ¿De qué suspiras? PERSEO: De que no tengo ya apelación a no ser hijo de delito, puesto que no hay celos sin delito. DANAE: Bien puede sin él haberlos. (O ingrata deidad de Juno, Aparte ¿en qué confusión me has puesto?) PERSEO: ¿Cómo? DANAE: No sé. PERSEO: ¿Al "no sé" vuelves? DANAE: Tampoco sé dónde vuelvo. Y déjame, no me aflijas; que no puedo, que no puedo decir más ni callar más. (Grande Júpiter supremo, Aparte ya que ocasionaste el daño, acude con el remedio.)
Vase [DANAE]
PERSEO: ¡Oye, aguarda! Mas, ¡ay triste! Que aunque seguirla pretendo, no sé qué oculto poder en viva estatua de hielo me ha transformado quedando sin alma, vida, ni aliento. ¡Oh, gran Júpiter, oh padre de los hados! Mas, ¿qué es esto? Al decir padre, no sé qué no usado, qué violento impulso me alborotó el corazón acá dentro como que le dan las llaves de las cárceles del pecho. Mas, si padre y hados dije ¿por qué juzgo, por qué pienso que fue una voz y no otra la que dio el latido, puesto que de él no puedo ser hijo ni de ellos dejar de serlo. ¡Oh, gran Júpiter, oh padre de los hados y los tiempos! Digo otra vez si a piedad te ha movido algún lamento, sirva de ejemplar al mío; que yo a tus aras ofrezco en víctima cuantas fieras el monte contiene. Al ruego te compadece de un triste que náufrago de los vientos navega a saber quién es en alas de un devaneo; que le persuade a que es más cuando le dicen que es menos. Y, pues mi madre lo calla, dime tú si habrá consuelo tal vez a mi duda.
Dentro la MÚSICA
MÚSICA: "Sí." PERSEO: ¿Qué armonïosos acentos oigo? ¿Si fue ilusión? MÚ:SICA: "No." PERSEO: Pues que ya en süaves ecos oigo las voces que suelen tener al aire suspenso cuando alguna deidad pisa la tierra, porque su acento métricamente sonoro suena más dulce que el nuestro, con él he de hablar. ¡Oh tú, deidad que escucho y no veo! Si eres mi oráculo, dime, ¿quién soy? MÚSICA: "Tú lo sabrás presto." PERSEO: ¿Quién me lo ha de decir? MÚSICA: "Nadie." PERSEO: Pues, ¿cómo puede ser eso? ¿Decirlo, y nadie? MÚSICA: "Llegando..." PERSEO: Prosigue; que no te entiendo. MÚSICA: "A decirlo sin decirlo, y a saberlo sin saberlo."

Las fortunas de Andrómeda y Perseo part 2

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu