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MALANDRÍN: Decid a aquesa señora,
Celio, tan desvanecida,
que eso se merece quien
en el bosque y en la quinta
no la dejó en fiera y fuego
ser vianda o ser ceniza.
Vase
LIDORO: Grande dicha ha sido, Irene,
que los cielos me permitan
lugar de hablarte.
IRENE: Mía es,
si es que es de alguno, la dicha,
para que pueda también
en ti aprovechar mis iras.
LIDORO: ¿Iras?
IRENE: Sí.
LIDORO: Pues ¿con qué causa
conmigo también te indignas?
IRENE: Dijísteme que a este puerto
hecho mercader venías
de joyas y de pinturas,
unas bellas, si otras ricas,
a fin de reconocer,
siendo tú propio tu espía,
el modo de mi prisión,
para ver cómo podrías,
con el valor o la industria,
o conquistarla o abrirla.
Añadiste a esto que a Dante,
autor de nuestras desdichas,
venías a dar la muerte.
Dejo aparte aquella ruina
del bajel, dejo que fuese
él quien te ampare y te asista,
dejo que le hayas pagado
el favor con más altiva
fineza, cuanto va a ser
generosa una, otra pía;
y voy a que, si ya en paz
te han puesto sus hidalguías
con él, y queda el rencor
airoso, ¿cómo no aspiras
a vengarte, cómo, en vez
de darle muerte, te humillas
a recibir beneficios?
¿Tú alcaide suyo?
LIDORO: Oye, mira;
que si el poco tiempo que hay
en quejas le desperdicias,
hará falta a lo que importa.
Sabe, Irene, sabe, prima,
que ese bajel que ha llegado
es tu padre el que le envía.
Por cabo dél viene Libio,
con aquella intención misma
que traje yo; que sabiendo
mi pérdida, solicita
el rey, que me juzga muerto,
que otro en mi lugar te asista.
Preñado caballo griego
de máquinas exquisitas
de fuego, es Etna del mar
que, afectado por encima
de la nieve del contrato,
encubre dentro la mina
que ha de reventar en Chipre
pasmo, horror, asombro y grima,
si ya no vence la industria
antes que las armas. Mira
ahora si te está mal
que yo las llaves admita
del puerto, y...
AMINTA dentro
AMINTA: Dejadme todos;
no me siga nadie.
LIDORO: Aminta
viene allí.
IRENE: No poder siento
responder agradecida
a la nueva y, pues el mar
con los jardines confina
del palacio, y tú en él tienes
dominio, a que no resistan
las guardas, aquesta noche
en un esquife a su orilla
ven; que yo te esperaré,
como acaso divertida
en ellos, donde tratemos,
antes que de la conquista,
de la fuga. Y sea la seña
que te doy, porque podría
ser que otras damas estén
en los jardines...
LIDORO: ¿Qué? Dila.
IRENE: Porque sea más callada,
y de la noche más vista,
tener un lienzo en la mano;
y así, la que a la marina
más se acercare con él
soy yo.
Sale AMINTA al paño
LIDORO: Ya llega.
IRENE: Imagina,
atrevido forastero,
que el no quitarte la vida
por mis manos es porque
no es tu bárbara osadía
capaz de tan gran castigo,
de tan noble muerte digna.
AMINTA: ¿Qué es esto?
IRENE: Nada, señora.
AMINTA: Yo he de saber qué te obliga
a dar esas voces.
IRENE: Oye,
si saberlo solicitas.
Dile a quien tan atrevido
ese recado me envía
que procure su intención
lograrla, mas no decirla;
porque no la logrará,
habiendo de ella noticia.
Vase
AMINTA: Menos lo he entendido ahora.
LIDORO: Pues no está obscura la cifra.
Crïado de Dante soy,
con sus favores me obliga
a que de su parte a Irene
--no sé dónde voy-- la diga
que intención es al rey
para su esposa pedirla,
si ella da licencia. A que
me respondió enfurecida
que procure su intención
lograrla, mas no decirla;
porque no la logrará,
habiendo de ella noticia.
AMINTA: Dice bien, porque soy yo
fiadora de que ofendida
no ha de ser de esa violencia,
cuando mi hermano la admita.
Así lo decid a Dante,
y añadid de parte mía
que hace bien en pretender
con otros medios, si mira
cuán poco los rendimientos
a un ingrato pecho obligan.
LIDORO: Yo lo diré, aunque no sé,
señora, cómo lo diga.
AMINTA: ¿Por qué?
LIDORO: Tampoco lo sé.
AMINTA: Pues ¿vos me habláis con enigma?
LIDORO: Si lo es mi vida, ¿qué mucho
que de lo que es mío me sirva?
AMINTA: No os entiendo.
LIDORO: Yo tampoco.
AMINTA: Hablad más claro.
LIDORO: Otro día.
AMINTA: ¿Por qué no ahora?
LIDORO: Porque
soy extraño en estas islas.
AMINTA: ¿Para hablar importa?
LIDORO: Sí.
AMINTA: ¿Cómo?
LIDORO: Como el fin peligra
de quien ignorado habla;
que la razón más bien dicha,
por entendida que sea,
se halla sin ser entendida.
Vase
AMINTA: ¡Extraño estilo! No sé
qué presume, qué imagina
el corazón, que parece
que con recelos me avisa
que aqueste extranjero es,
si atiendo a la bizarría
de su acción primera, y luego
a la de amistad tan fina,
más de lo que dice. Pero
que lo sea o no, ¿qué quita
ni qué pone a mi dolor?
Sale DANTE
DANTE: (Fuése Irene y quedó Aminta. Aparte
Mas si ambas son mis estrellas,
¿qué me espanta, qué me admira
que la feliz sea la errante
y la no feliz la fija?)
AMINTA: Dante, ¿cómo a este jardín,
cuando ya la sombra pisa
la falda a la luz, entráis?
DANTE: Como la luz de tu vista
desmiente tanto la noche
que aun pienso que todo es día.
AMINTA: Del academia debió
de sobrar esa poesía,
y como cosa sobrada
la gastáis conmigo.
DANTE: Indigna
presunción de un rendimiento...
AMINTA: ...que casarse solicita
todavía con Irene,
a cuyo efecto la envía
a tomar de ella licencia,
para que el rey se la pida.
DANTE: Hartas causas de quejaros
os han dado mis desdichas.
¿Para qué, si las hay ciertas,
os valéis de las fingidas?
Tal licencia no he pedido.
AMINTA: Luego ¿causa hay que la finja
entre Irene y Celio?
DANTE: No
os entiendo.
AMINTA: No me admira;
que yo tampoco me entiendo.
Mas para cuando él os diga
lo que yo le dije a él,
ved que en confïanza mía
está Irene, y que palabra
la he dado de que yo impida
que el rey sin gusto la case;
y no juzguéis, por mi vida,
--¡mal juramento!-- que son
mis celos los que me obligan,
sino la estimación vuestra;
que es mi voluntad tan fina,
tan hidalgo mi dolor,
tan noble la pena mía,
que, porque ella no os desprecie
tan cara a cara a mi vista,
quiero yo que de mejor
aire su desdén se vista,
y no obligue una violencia
a lo que un amor no obliga.
Vase
DANTE: Sin duda que convino
a la gran providencia
de los dioses hacer en mí experiencia
de cuánto el alto Júpiter previno
extender los imperios del destino,
pues con aqueste amor presagios tales
me hizo objeto de bienes y de males;
sin que puedan jamás males ni bienes
lograr favores ni decir desdenes.
¡Oh tú, estrella divina,
oh tú, sagrada estrella,
primavera que en campos del sol huella
la esfera cristalina,
en cuyo influjo Venus predomina!
¡Oh tú, trémula hermana
del sol, oh imagen ya de la fortuna,
que en el cóncavo espacio de tu luna
incluyes soberana
el no pisado alcázar de Dïana!
Hoy con vuestras centellas,
en quien el sol parece que ha quedado
a pedazos quebrado,
pues vuestras lumbres bellas
nunca son más que un sol quebrado a estrellas;
decidme cada una,
o todas me decid, si a todas toca,
¿cuál es aquella --¡ay triste!-- que provoca,
siempre infiel, siempre vil, siempre importuna,
el ceño contra mí de mi fortuna?
No quiero que enemiga
deje de ser; no quiero
que favorable contra el hado fiero
se muestre; sólo quiero que me diga
por qué un amor a aborrecer me obliga.
¿Por qué un desdén me obliga a que le adore?
Mas ¡ay! que aun ella es fuerza que lo ignore;
que aun a amantes querellas
nunca razón han dado las estrellas.
Salir del jardín quiero.
¿Qué es lo que miro? En otra duda muero,
si no tan rigurosa,
no ya menos penosa,
si el riesgo en que me miro considero.
¡Ay de mí! El jardinero
la puerta me ha cerrado;
que, creyendo que nadie sin el día
aquí estar osaría,
su misma confianza le ha engañado;
igual es el escándalo al cuidado.
Si a propósito un hombre dispusiera
esta ocasión, ¿pudiera
llegar nunca a logralla?
No; que sólo se halla
lo más dificultoso a cada paso
dispuesto en los descuidos de un acaso.
Si llamo, inconveniente
es; si no llamo...Pero allí anda gente,
aun para discurrir tiempo me falta,
y mi sombra --¡ay de mí!-- me sobresalta.
Fuerza es que recatado
espere a ver lo que dispuso el hado.
Salen IRENE, AMINTA, CLORI, FLORA, NISE y LAURA
IRENE: ¿A estas horas al jardín
vuelves, Aminta?
AMINTA: El silencio
de la noche me convida,
de las hojas y los vientos,
a cuyo compás el mar,
tranquilamente sereno,
responde en blandos embates
la media razón del eco.
Parece que divertida
a las lisonjas del fresco
entre las flores y el agua
me tienen mis sentimientos.
IRENE: (¡Oh, plegue a Dios que Lidoro Aparte
no venga --¡ay de mí!-- tan presto!)
DANTE: (Aminta, Irene y las damas Aparte
son. Recáteme el recelo
de ser sentido, y que piensen
que ha sido el acaso intento.)
FLORA: Pues ya que de aqueste sitio
te agrada el divertimiento,
quieres que cantemos?
AMINTA: No;
que en la música no tengo
alivio alguno; antes, Flora,
de mi tristeza el extremo
se aumenta con la dulzura
de sus cláusulas.
IRENE: Lo mesmo
de las cláusulas del agua
dicen los que ese secreto
observaron; y así harás
bien en retirarte presto,
pues la experiencia es la misma.
AMINTA: Yo por contraria la tengo,
pues aquélla me entristece,
y ésta me divierte.
IRENE: (¡Cielos, Aparte
sola esta noche la han dado
el mar y el jardín contento!)
NISE: Pues ya que aquí de la noche
aliviada estás, ¿qué haremos
para divertirte?
AMINTA: Una
cosa no más apetezco.
FLORA: Di, ¿qué es?
AMINTA: Que me dejéis sola;
porque si llorar pretendo
y suspirar, para el llanto
y para el suspiro es cierto
que el mar y el viento me bastan,
pues son de mis sentimientos
el mejor amigo el mar,
la mejor lisonja el viento.
IRENE: No quedas bien aquí sola.
AMINTA: Nunca yo sola me quedo;
mis penas quedan conmigo.
IRENE: Yo a dejarte no me atrevo;
(y es verdad, por no dejarte Aparte
en las manos de mi riesgo)
que sola, triste y de noche,
es dar al dolor esfuerzo.
AMINTA: Pues quédate tú conmigo.
LAURA: Nosotras nos retiremos,
ya que gusta de eso Aminta.
Vanse CLORI, FLORA, LAURA y NISE
DANTE: (Aminta e Irene --¡cielos!-- Aparte
solas han quedado, y yo
testigo de sus afectos.)
AMINTA: Ya que has gustado quedarte
conmigo, darte pretendo
cuenta de mi mal; que, aunque
tú no lo ignoras, sospecho
que comunicado pueda
aliviar mi sentimiento.
Saca AMINTA un lienzo, como llorosa
IRENE: ¿Lloras?
AMINTA: Sí, por que lo digan,
Irene mía, primero
mis lágrimas que mis voces.
IRENE: Quita, por Dios, quita el lienzo
de los ojos, ni en la mano
le tengas por instrumento
de esa flaqueza. (¡Ay de mí! Aparte
Que si viniera a este tiempo
Lidoro, y viera la seña,
todo estaba descubierto.)
AMINTA: No hay cosa, Irene, que más
alivie a un rendido pecho
que el llanto; y, pues has quedado
a servirme de consuelo,
no del consuelo me prives.
Pero bien haces, si advierto
que eres tú de mis pesares
la causa...
IRENE: Mucho lo siento;
pero no sé en qué, porque,
si es Dante acaso el objeto
de tus tristezas, segura
puedes de mí estar, supuesto
que sabes que no le estimo.
AMINTA: Y aun ése es mi sentimiento,
ver que lo que estimo yo
nadie trate con desprecio.
¿Hay quien merezca tu amor
mejor que él?
IRENE: Nunca vi celos
que se abatiesen a ser...
AMINTA: Irás a decir "terceros
de su agravio." No lo digas;
porque no lo son, supuesto
que el sentir yo su desaire
es nobleza de mi afecto.
IRENE: Pues habrás de perdonarme,
que, aunque lo sientas, no puedo
dejar de decir que a Dante
con vida y alma aborrezco.
DANTE: (¿Que digan que mi albedrío Aparte
es mío y usar dél puedo,
cuando no puedo pagar
este amor ni aquel desprecio?)
AMINTA: No digo yo que le quieras,
pero --¡ay de mí!-- que no tengo
aliento para decirlo.
Pónese el lienzo en los ojos
IRENE: ¿Otra vez al llanto has vuelto?
AMINTA: No, que nunca le he dejado.
Salen LIDORO y LIBIO
LIDORO: ¡Silencio, Libio!
LIBIO: Al silencio
de la noche se lo di;
que yo piso con tal tiento
que los pasos del valor
parece que los da el miedo.
LIDORO: Con el esquife a la orilla
solo te queda, y los remos
fuera del agua, porque
no hagamos ruido con ellos,
en tanto que yo por esta
playa en los jardines entro,
a ver qué dispone Irene,
de quien ya la seña tengo.
LIBIO: En la orilla, dado cabo
a mi misma mano, espero,
porque no pueda el esquife
apartarse.
LIDORO: Hacia allí veo
dos bultos y, si diviso
a los trémulos reflejos
de la escasa luz la seña,
Irene es, pues con el lienzo
parece que está llamando.
IRENE: (Que venga Lidoro temo, Aparte
y con la seña se engañe.)
LIDORO: ¿Qué, para llegar, recelo?
Que el estar acompañada,
puesto que la seña ha hecho,
será de alguien que se fía.--
No dirás que tarde vengo;
pero ¿qué mucho...
AMINTA: ¡Ay de mí!
IRENE: ¡Y de mí también!
LIDORO: ...si el viento
me trajo de mis suspiros?
AMINTA: (¡Apenas a hablar acierto!) Aparte
¿Qué es esto, Irene?
IRENE: Pues yo,
señora, ¿qué sé?
AMINTA: (¡El aliento Aparte
me falta!)
DANTE: (Un hombre salir Aparte
del mar a la playa veo.)
AMINTA: Hombre, ¿quién eres? ¿O cómo
aquí has entrado? ¿Qué es esto?
IRENE: (No sé cómo --¡ay de mí!-- pueda Aparte
poner a este mal remedio.)
LIDORO: ¿De qué, Irene, tan turbada
me recibes, cuando llego
llamado de ti?
AMINTA: No soy
Irene y, pues que ya advierto
que hay aquí más intención,
cobre mi desdicha aliento.
Hombre, ¿quién eres?
LIDORO: No sé.
(¡Aminta es, viven los cielos, Aparte
la que con la seña estaba!)
DANTE: (A salir no me resuelvo, Aparte
hasta averiguar mejor
de todo el lance el empeño.)
AMINTA: ¡Traición, traición! ¡Flora, Nise,
Laura, Clori!
IRENE: A tus acentos
pon silencio, si no quieres
perder la vida a este acero. --
Lidoro, ya declarados
estamos y descubiertos.
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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