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REY: ¿Qué nueva lid de elementos
confunde los horizontes
y, estremeciendo los montes,
va desatando los vientos?
AURELIO: De un instante a otro se mueve
tan violenta que el mar sube
a inquirir si es onda o nube
la que brama o la que llueve.
REY: Con mil pálidos desmayos,
de asombros los aires llenos,
nos están diciendo a truenos
que presto vendrán los rayos.
AURELIO: Dicha fue que de la quinta
estemos tan cerca ya.
REY: Y fuerza también será,
pues he de esperar a Aminta,
el pasar la noche en ella.
AURELIO: Dices bien; pues no imagino
que dé señas del camino
la menos brillante estrella,
según pálida la luna,
que entre sombras se obscurece,
de algún eclipse parece
que está corriendo fortuna.
REY: Qué arguya de esto no sé;
y ¿sabes lo que he pensado
de estas cóleras? Que el hado
que influjo de Irene fue
se ofende de que yo quiera
sacarla de la prisión;
y estas las premisas son
de la ruina que me espera.
AURELIO: No estos excesos, que son
causa de naturaleza,
hagan con tanta tristeza
caso en tu imaginación.
REY: No siempre lo que adivina
humana ciencia es verdad,
y no siempre una deidad
lo infalible vaticina.
AURELIO: Tú has hecho bien en sacalla
de la prisión, pues así
más lugar das; y si a mí,
ya que en esto no se halla
la majestad ofendida,
me haces de su vida dueño,
yo quiero oponerme al ceño
que ha amenazado su vida.
REY: Yo, Aurelio, no he de forzar
las leyes de un albedrío,
porque ese empeño no es mío.
Lo más que te puedo dar
es la esperanza de que
solicite que sea tuya,
antes que Dante me arguya,
con que de mí le aparté
ofendido, que un amor
valga más que una privanza.
AURELIO: ¡Vuelva a vivir mi esperanza
otra vez!
Dentro
UNO: ¡Para!
Salen AMINTA, IRENE y todos los demás
AMINTA: ¡Señor!
REY: Seas, Aminta, bien venida.
Con cuidado me ha tenido
la tempestad.
AMINTA: Aun no ha sido
ése el riesgo de mi vida;
que otro me dio que sentir
más, pues...
REY: Aguarda. ¿Quién viene,
Aminta, contigo?
AMINTA: Irene.
REY: ¿Cómo, sin que yo a decir
llegara que la trajeses?
AMINTA: Como fío de tu amor
que perdonarme, señor,
mi atrevimiento pudieses.
De su tristeza movida,
de su hermosura obligada,
de su...
REY: No me digas nada.
Pero ya que de su vida
hacerte cargo has querido,
considera, Aminta bella,
que me has de dar cuenta de ella.
A IRENE
Y tú mira cuál ha sido
de tu presagio el rigor,
y no me culpes a mí,
pues cuando a tu prisión vi
romper el margen, de horror
vestida la soberana
antorcha de Diana está.
¡Mira Venus lo que hará,
si aun lo ha sentido Diana!
Vase
IRENE: Ya veo que el infelice
la culpa de todo tiene,
aunque no la tenga.
AMINTA: Irene,
no, pues tu aflicción lo dice,
llores siempre; que el llorar
son armas de la belleza.
IRENE: Si llorara la terneza,
me pudieras consolar;
mas cuando llora la ira,
está de más el consuelo;
que, aunque airado todo el cielo
contra mi suerte se mira,
no aquestas lágrimas son
causadas de sus enojos,
sino rayos que los ojos
arrancan del corazón.
AMINTA: Ya por lo menos vencida
la primer dificultad,
será paso a la piedad.
IRENE: Tarde la espera mi vida,
y si la verdad te digo,
lo más que me aflige es...
AMINTA: ¿Qué?
IRENE: Que, en aquel riesgo en que fue
cómplice el monte y testigo,
no me arrojase a morir
antes que a Dante llamase
a que mi vida guardase.
¿Yo a Dante pude pedir
amparo? ¿Yo a Dante que
a socorrerme viniera?
¿Yo que me favoreciera?
AMINTA: Contrario mi afecto fue;
que, si en mi mano estuviera,
de mi parte le pagara
aquella fineza rara.
(¡Oh si algún color hubiera Aparte
de pedir al rey que atento...!
Mas no sé cómo prosiga.)
IRENE: Por mucho que tu voz diga,
más dice tu sentimiento.
Sale LIDORO
LIDORO: Hermosísima deidad
de Chipre, aunque nunca fue
el repetir beneficios
de constante pecho, bien
tal vez se puede suplir
esta culpa, si tal vez
no es para darlos en cara
y para lograrlas es.
Y así, con este pretexto,
me atrevo a echar a tus pies,
pidíendote, hermosa Aminta,
que intercedas con el rey,
que de la palabra suya
me cumpla aquella merced
que me ofreció en la primera
gracia que le pedí.
AMINTA: ¿Qué es?
LIDORO: Una libertad, señora.
IRENE: (¿Qué es esto que llegué a ver? Aparte
¿Lidoro viene a pedir,
con razones que no sé,
al rey una libertad?
La mía debe de ser.)
LIDORO: Y tú aquesta pretensión
hoy has de favorecer
por quien eres, no por mí.
AMINTA: Yo lo haré. Prosigue, pues.
¿Qué he de pedirle?
LIDORO: El perdón
es del destierro...
AMINTA: ¿De quién?
LIDORO: De Dante.
AMINTA: ¿De Dante?
LIDORO: Sí.
IRENE: (¡Oh aleve, fiero y crüel! Aparte
¿El perdón de tu enemigo
solicitas tú?)
AMINTA: (Eso es Aparte
pretender que yo te deba
la vida segunda vez.)
Esperad aquí; que yo
vuestra pretensión diré
a mi hermano, y plegue al cielo
que la despache tan bien
como deseo. (¡Ay, amor, Aparte
sólo tú pudiste hacer
que con tan buena ocasión
pueda yo pedir por él.)
Vase
IRENE: Cobarde, loco, atrevido,
infiel a tu patria, infiel
a tu sangre y a tu honor,
a tu fama y a tu ley,
¿qué es lo que puede obligarte
a ser tan traidor, a ser
tan vil que de tu enemigo
procedas amigo fiel?
Cuando pensé que venías
en el disfraz que te ves
sólo a darle muerte y darme
a mí libertad, ¿te ven
mis ojos con tan trocados
afectos que venga a ser
su libertad la que pides
y a mí la muerte me des?
Pero si fue quien te puso
en fuga aquel día cruel,
tan infausto para mí
y tan fausto para él,
¿qué mucho --¡ay de mí!--, qué mucho
que el temor te dure y que
le pagues ahora aquella
puente de plata?
LIDORO: Detén
la voz, Irene; que ignoras
muchas cosas, y no es
justo que a cerrados ojos
quieras penetrar y ver
lo íntimo de un corazón,
sin desplegarle el doblez.
Y respondiendo al primero
baldón, ¿quién ignora, quién,
que no en manos del valor
vinculado está el vencer?
Que es muy dama la fortuna,
y ha de suplirse el desdén.
Vencióme, pero no huyendo,
y quizá el no morir fue
porque igual pesar no quiso
que tuviera igual placer.
A librarte disfrazado
vine y a matarle a él,
con una industria que el tiempo
quizá te dirá después.
A vista del puerto --¡ay triste!--
fortuna corrió el bajel,
dando entre aquesos peñascos,
cascado el pino, al través.
La vida le debí a Dante,
pues Dante en la playa fue
quien me acogió y albergó,
y pagarle ahora es bien
un beneficio con otro
por ponerme en paz con él,
para que al primer rencor
airoso pueda volver
y darle la muerte.
IRENE: Aguarda;
que ahora me resta saber
qué introducción con Aminta
tienes hoy, para poder
por medio suyo pedir
aquese perdón al rey?
LIDORO: Haberla dado la vida.
IRENE: ¿Tú fuiste...?
LIDORO: Sí; aunque no sé
si se la di o la perdí;
porque en llegándola a ver...
Pero esto ahora no es del caso.
IRENE: Oye, oye, que sí es.
LIDORO: ¿Cómo así?
IRENE: Como hidra nuestra
fortuna debe de ser,
que de una cerviz cortada
nacen dos.
LIDORO: ¿Por qué?
IRENE: Porqué,
cuando haces una hidalguía,
Lidoro, a tu parecer,
haces dos ruindades.
LIDORO: ¿Cómo?
IRENE: Como a ninguna está bien
que a vista mía y de Aminta
vuelva un alevoso a quien...
LIDORO: Prosigue.
IRENE: ...yo quiero mal
y Aminta...
LIDORO: Di.
IRENE: ...quiere bien.
Vase
LIDORO: Antes de nacer, amor,
ya eres infeliz. Mas ¿qué
me admiro, si todo tiene
su estrella antes de nacer?
¡Oh nunca --ay de mí-- llegara,
piadosamente cruel,
a tomar tierra en los brazos
de Dante, a tomar después
cielo en los brazos de Aminta,
pues sólo ha venido a ser
el vivir para morir
y para cegar el ver!
Sale AMINTA
AMINTA: Dame, marinero, albricias.
LIDORO: ¿De qué, señora?
AMINTA: De que
el rey la gracia te ha hecho
para que pueda volver
Dante a palacio.
LIDORO: (Desgracia Aparte
hubieras dicho más bien.)
AMINTA: Yo encarecí de mi parte,
cuanto pude encarecer,
tu pretensión como mía.
LIDORO: Ya yo, señora, lo sé,
pues me lo dice el efecto
tan claro.
AMINTA: Búscale, pues,
y dile de parte mía
que venga al punto...
LIDORO: Sí haré.
AMINTA: ... a ti y a mí agradecido,
a besar la mano al rey.
Mas no le digas que a mí,
pues basta que a ti lo esté;
que yo por ti y por mí solo
lo hice, pero no por él.
Vase
LIDORO: ¿Quién creerá que me haga mi tristeza
hoy del agravio cargo de fineza,
y que, cuando de amor rendido muero,
de mi enemigo venga a ser tercero?
Pero ¿qué temo, si enemigo digo?
Pues todo cesa, siendo mi enemigo,
supuesto que, en habiendo ya pagado
el favor que le doy al que me ha dado,
con él en paz en esta parte quedo,
con que volver a mis rencores puedo.
¿Quién, cielos, para darle
el aviso, supiera dónde hallarle,
pues ha de resultar dar de una suerte
esta mano el favor y ésta la muerte.
Salen DANTE y MALADRÍN
DANTE: Esto ha de ser y, pues la noche obscura,
vestida del color de mi ventura,
tan triste, tan medrosa,
tan lóbrega, confusa y temerosa
baja que solamente
la luz de los relámpagos consiente,
bien puedo a sombra de ella,
aunque estrella no hay, seguir mi estrella.
Y así, mezclando el ánimo y el iedo,
de aquesta quinta en el umbral me quedo,
mientras tú entras a ver qué cuarto tiene
en los acasos de esta noche Irene,
por si yo puedo vella
y despedirme con la vista de ella.
MALANDRÍN: ¡Oh tú que criado fuiste a ser criado,
Dios te libre de un amo enamorado!
Yo entraré, pues tu amor a eso me obliga;
pero mal haya yo, si se lo diga,
aunque la vea patente.
De aquella breve antorcha que arde enfrente
entrar puedo guïado,
tan alumbrado como deslumbrado.
Mas por cumplir con él, a aquéste quiero
preguntar. (¡Vive el sol, que el marinero Aparte
es! Mejor que mejor.) Oídme, os ruego,
ya que a tiempo de veros aquí llego,
¿qué cuarto es el de Irene?
LIDORO: No sé, aunque a tiempo vuestra duda viene,
que con otra pagárosla prevengo.
¿Dónde está vuestro amo, porque tengo
que darle aviso de una
dicha?
MALANDRÍN: No será poco en su fortuna;
y, aunque tema enojarle, si lo digo,
lo he de decir, que en fin vos sois su amigo.
Aquél es.
Va LIDORO hacia DANTE
LIDORO: (¡Qué mal finge mi cuidado!) Aparte
Aunque el embozo os tenga recatado,
perdonad; que una nueva
de gusto da licencia a quien la lleva
para entrarse (¡oh qué mal de fingir trato!) Aparte
sin llamar por las puertas de un recato.
Sabed que el perdón vuestro le he pedido
al rey, que me le ha dado, habiendo sido
de esta merced Aminta la tercera.
Adiós; que el rey os llama, y ella espera.
DANTE: ¡Oíd, escuchad!
LIDORO: No puedo.
DANTE: Ved que ofendido y obligado quedo.
LIDORO: Pues hacedme merced, sólo esto os pido,
de no estarme obligado ni ofendido,
sabiendo, por si importa en algún día,
que os pagué el beneficio que os debía.
Vase
DANTE: ¿Has visto extremo igual? Siempre asustado,
siempre confuso, siempre embelesado
este hombre está.
MALANDRÍN: Yo pienso que sería
que aquel susto incapaz le dejaría,
como suele el perdón al casi ahorcado.
DANTE: No es la hidalguía que conmigo ha usado
de hombre incapaz.
MALANDRÍN: Luego ¿haslo tú creído?
DANTE: Yo sí.
MALANDRÍN: Yo no; y si ha sido
engañosa quimera,
vamos tras él.
DANTE: En confusión tan fiera
no sé lo que te diga;
mucho a pensar y discurrir me obliga.
MALANDRÍN: Pues ¿qué has de hacer?
DANTE: No sé.--Deidades bellas,
que el uso gobernáis de las estrellas,
¿qué queréis de una vida
que, de tantos contrarios combatida,
toda es delirios, toda es ilusiones,
toda fantasma, toda confusiones?
Suenan truenos y terremoto
Mas ¡cielos! ¿qué ruido es éste?
MALANDRÍN: ¿Qué ha de ser? ¡Pese a mi alma,
que el cielo se viene abajo!
DANTE: ¡Gran terremoto!
MALANDRÍN: Ya escampa.
Dentro
UNOS: ¡Fuego, fuego!
OTROS: ¡Agua, agua!
MALANDRÍN: ¡Vino
para el susto!
DANTE: Espera, aguarda;
que de tantos rayos uno
en esa torre más alta
ha dado, y entre humo y polvo
de su fábrica gallarda
la trabazón viene al suelo,
con dos acciones tan varias
que, al tiempo que cae con ruinas,
en volcanes se levanta,
siendo de un instante a otro
pirámide el que fue alcázar.
Dentro IRENE y AMINTA
IRENE: ¡Que me abraso!
AMINTA: ¡Que me ahogo!
MALANDRÍN: Si se ahogan y se abrasan,
mas que se abrasen y ahoguen.
Suena la tempestad
DANTE: Irene y Aminta llaman
tan a un tiempo que no dejan
ni aun aquella duda al alma
de elegir. Pero ¿qué tiene
que dudar por dónde vaya
quien, con ir por donde pueda,
habrá cumplido con ambas?
Vase. Sale el REY, y AURELIO como deteniéndole
AURELIO: Lo primero es, gran señor,
guardar tu vida.
REY: ¿Si llama
Aminta, y está en el riesgo?
AURELIO: Yo basto solo a librarla;
no me estorbes. Mas ¿qué veo?
A pesar de tantas llamas,
un hombre al cuarto de Aminta
entra despechado.
Dentro
DANTE: ¡Caigan
sobre mí montes de fuego,
que todos ellos no bastan
a que no saque, a pesar
de la ruina y de la llama,
en mis brazos mi fortuna.
Sale DANTE con IRENE y AMINTA en brazos
REY: Hombre, ¿quién es a quien sacas?
DANTE: A Irene, señor, y a Aminta;
que entre las dos, cosa es clara,
que no sacara a ninguna,
si no las sacara a entrambas.
Desmayadas las hallé,
racionales salamandras
de aquel fuego, y a despecho
suyo, he podido librarlas.
REY: ¡Dante!
DANTE: ¿Gran señor?
REY: Los brazos
me da.
DANTE: Y dame a mí las plantas;
que, viniendo perdonado
de ti...
REY: No prosigas; basta
que sepa que sólo tú
hicieras acción tan alta.
Ya libres las dos, a menos
riesgo, mientras que restauran
los alientos, acudamos
al riesgo todos.
Vase
AURELIO: (¡Contraria Aparte
Fortuna, ¿siempre ha de ser
mi competidor quien haga
lo mejor?)
Vase
MALANDRÍN: ¿No me dirás,
señor, mientras que descansas,
las músicas que se hicieron?
DANTE: Como de lejos cantaban,
porque sonasen mejor,
huyeron, porque a su cuadra
no llegó el fuego.
MALANDRÍN: Me alegro
de saberlo, y que no haya
curioso que lo pregunte.
Pero yo te doy palabra,
si fuere algún día poeta,
--¡no me dé Dios tal desgracia!--
hacer de ti una comedia,
y tengo de intitularla
"El leonicida de amor"
y "El Eneas de su dama".
Vase
DANTE: Desmayadas hermosuras,
no le quitéis a mi fama
el haber dado dos vidas.
Volved a cobrar el alma.
¡Aminta! ¡Irene! ¡Señoras!
Vuelven en sí AMINTA e IRENE
AMINTA: ¡Ay de mí!
IRENE: ¡El cielo me valga!
AMINTA: ¿Dónde estoy?
IRENE: ¿Quién está aquí?
DANTE: Estáis donde aseguradas
vivís del pasado riesgo.
Y está aquí quien dél os guarda.
IRENE: Luego ¿tú eres quien me libra?
AMINTA: Luego ¿tú eres quien me ampara?
DANTE: Sí; que si otra vez airoso
estuve, dejando a entrambas,
hoy, a entrambas acudiendo,
lo estoy también, porque haya
en iguales experiencias
dos acciones tan contrarias
como socorrer dos vidas
del fin que las amenaza,
con dejarlas una vez
y otra vez con no dejarlas.
IRENE: ¡Oh nunca yo te debiera
fineza, Dante, tan rara!
AMINTA: ¡Oh siempre estuviera yo
debiéndote acción tan alta!
IRENE: Yo lo digo porque sé
que no tengo de pagarla.
Vase
AMINTA: Yo, porque sé que la tengo
de pagar con vida y alma.
Vase
DANTE: ¡Oh nunca y oh siempre yo
viva mezclando en mis ansias
de amado y aborrecido
las dos pasiones contrarias,
hasta que declare el cielo
quién mayor victoria alcanza:
quien ama a quien le aborrece
o aborrece a quien le ama!
FIN DE LA SEGUNDA JORNADA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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