This file was last updated on February 22, 2000


 
IRENE:           Mira, señor, que sin mí
                 esa nueva ley promulgas
                 y, en vez de librarme, a más
                 estrecha prisión me mudas.
                 ¿Yo la mano...?
REY:                              Esto ha de ser.

Vase
AURELIO: Pues si eso ha de ser, escucha; que yo que pensar no tengo. Perdóneme una hermosura, porque no ha de ser mi amor árbitro de mi fortuna.
Vase
AMINTA: Dante, en la elección que hicieres, mira bien lo que aventuras, que pierdes al rey y pierdes... pero prosíganlo mudas penas, que dichas son pocas y calladas serán muchas.
Vase
IRENE: Dante, porque no por mí desperdicies tu ventura; la gracia del rey conserva, en ella tu aumento funda; que yo, que no he de pagarte rendidas finezas nunca con amor, con desengaños intento que uno a otro supla; porque desde el día que fuiste de mi tragedia importuna el principal instrumento, te aborrecí con tan suma aversión que, si me hicieses reina del mundo absoluta, antes de darte mi mano ni que llegara a ser tuya, volviera, no digo sólo a aquesa prisión inculta, pero a vivir desde luego las entrañas de una gruta, donde a este vivo cadáver sirviese de sepultura o la pira de ese monte o de ese risco la tumba.
Vase
DANTE: ¡Ay, infelice! ¿Quién vio atropellarse tan juntas en dos iguales bellezas los favores y las furias, las finezas y las iras, las sañas y las blanduras, las lágrimas y las penas, las quejas y las injurias?
Sale MALANDRÍN
MALANDRÍN: ¿Era hora, señor, de hallarte? ¿Dónde están los que te buscan? Que hasta uno o dos yo haré que no te ofendan; y es sin duda, pues, huyendo yo, tras mí irán, con que te aseguras de ellos, para que se vea que no hay pendencia ninguna donde no sirva de algo un camarada, aunque huya. ¿Qué pendencia ha sido ésta? ¡Ah, señor!
DANTE, divertido, da un golpe a MALANDRÍN al decir las siguientes palabras
DANTE: ¡Oh suerte dura! MALANDRÍN: ¡Y cómo que lo es, y está tu suerte en la mano tuya! ¡Oigan, qué sesgo se queda! ¿Quién vio suspensión tan muda? Vamos por estotra mano, por si es más quieta la zurda. ¡Ah, señor!
DANTE, divertido, le da otro golpe
DANTE: ¡Válgame el cielo, y qué crueldad tan injusta! MALANDRÍN: Por muy injusta que es, bastantemente se ajusta a cuánto es pedir de boca.
DANTE repara en MALADRÍN
DANTE: ¿Quién está aquí? MALANDRÍN: ¿Ahora lo dudas? Pues ¿no lo dudaras antes de las dos manifacturas? DANTE: ¿Qué manifacturas? MALANDRÍN: ¡Bueno! ¿Por tan liberal te juzgas que de lo que das te olvidas? DANTE: Deja, Malandrín, locuras; que no estoy de burlas. MALANDRÍN: Pues ¿quién está, señor, de burlas si ya no es que sean de manos, tan pesadas como tuyas? Pero ¿qué es esto? ¿Qué tienes? ¿Qué suspiras? ¿Qué murmuras entre ti? Dime tus penas. DANTE: ¡Ay, infeliz, que son muchas! MALANDRÍN: Pues no me las digas todas; que hartas habrá con algunas. DANTE: Aurelio, como a su amigo, fiándome la pena suya, me dijo que a Irene adora. MALANDRÍN: Pues ¿qué importa? DANTE: ¿Hay tal locura? MALANDRÍN: La locura es importar entre amigos. ¿Que se pudra un hombre de que otro quiera lo que él quiere? DANTE: Si no escuchas, no diré que de este acaso en nuevo duelo resulta reñir los dos, y que el rey a partido nos reduzca de que el que case con ella pierda... MALANDRÍN: ¿Qué? DANTE: ...la gracia suya. MALANDRÍN: Pues ¿hay más de no casarse? ¿Vale tanto una hermosura, señor, como una privanza? DANTE: Y aun es de tantas fortunas no la menor... MALANDRÍN: ¿Qué? DANTE: ... que Aminta generosamente acuda a vengar sus sentimientos. MALANDRÍN: Por cierto que tú te asustas de una cosa que no sé en qué discreción la fundas; pues cuando está más celosa es cuando está más segura una dama. ¿Por qué piensas que en este tiempo es cordura tener un hombre dos damas, sino porque, si la una falta, quede la otra que la cátedra sustituya? Y así soy de parecer que a Irene dejes y suplas a la una con la otra, y a la otra con la una. DANTE: Calla, loco, no prosigas; que el oírte me disgusta, cuando, al ver que una me obliga al paso que otra me injuria, temo que desesperado al mar me arrojen mis furias, donde en el último aliento digan lástimas tan justas...
Dentro
LIDORO: ¡Ay infelice de mí, contra cuya suerte dura todo el poder de los hados tiranamente se aúna! DANTE: Aguarda. ¿Qué voz es ésta? MALANDRÍN: Pues ¿a quién se lo preguntas? ¿Sélo yo? DANTE: A lo que se deja ver, entre ruinas caducas que el mar a la tierra arroja, de las ondas, con quien lucha, parece que un hombre escapa la vida casi difunta. LIDORO: ¡Si aun no estás vengada, Venus, de tu cólera sañuda, no me des puerto en la tierra, pero dame sepultura! MALANDRÍN: Lo de "morir a la orilla" se dijo por él sin duda.
Sale LIDORO como arrojado y desnudo
DANTE: Infelice peregrino del mar, si de tu fortuna la última línea no tocas, el perdido aliento ayuda, que otro infelice en sus brazos te recibe, porque acuda a quien fluctúa en el mar quien en la tierra fluctúa. LIDORO: Si vuestra piedad... No puedo proseguir; que la voz muda, dentro del pecho anegada, todos mis sentidos turba. ¡Ay infelice de mí! ¡Muerto soy!
Desmáyase
DANTE: ¡Qué desventura! ¿Si ha espirado? MALANDRÍN: No, señor, que aun agonizando pulsa. DANTE: Llévale a aquesa cercana población. MALANDRÍN: ¿Quién? DANTE: Tú; y procura que con algún beneficio los alientos restituya. MALANDRÍN: Juro a Baco que es el dios por quien los pícaros juran, que tal no lleve. ¡Por cierto, linda comisión! DANTE: ¿Qué dudas? MALANDRÍN: Andar con un muerto a cuestas por aquestas espesuras. DANTE: Llévale; que yo no puedo. MALANDRÍN: Ni yo tampoco. Sin duda, que a lo que infiero era... DANTE: ¿Qué? MALANDRÍN: Amante de sola una, porque es necio tan pesado que las costillas me abruma.
Vase MALANDRÍN, llevándolo a cuestas a LIDORO
DANTE: En efecto no hay desdicha de quien no es otra mayor consuelo.
Salen el REY, AURELIO, AMINTA e IRENE
REY: ¡Dante! DANTE: ¿Señor? REY: ¿Has consultado, por dicha, la respuesta que has de dar? Que ya la de Aurelio sé. DANTE: Óigala yo, para que a ella responda. AURELIO: Que estar contra Irene conjurado el poder de las estrellas y que su destino en ellas infausto nos diga el hado no acobarda mi amor la resolución gallarda, porque sólo la acobarda perder la gracia y favor del rey, a quien, dando indicio de mis lealtades, rendida pongo a sus plantas mi vida en humano sacrificio que de ella hago a Irene bella; pues, muriendo de dolor, habrá cumplido mi amor con él, conmigo y con ella. DANTE: Pues yo, señor... AMINTA: (¡Ay de mí! Aparte ¡Con qué de temores lucho!) IRENE: (Dos veces muero, si escucho Aparte desaires de un no y un sí.) DANTE: Pues yo, señor, asentado que esto no toca en lealtad, supuesto que es voluntad tuya, digo que del hado las amenazas no temo; pues cuando precisas fueran, y no contingentes, vieran mis desdichas el extremo, con que el miedo les perdía; pues no es posible, señor, que haya desdicha mayor que no ser Irene mía. Y siendo así, me prefiero, tras el temor de los hados, a perder puestos y estados; porque, si hoy sin ella muero, todo se pierde al perdella; y quiero de aqueste modo, perdiéndolo en ella todo, perderlo todo y no a ella. Y así, a tus plantas rendido, la doy la mano. REY: Detente, loco, bárbaro, imprudente, necio y desagradecido; que, aunque licencia te di para que elección hicieras, viendo que preferir quieras tu amor a mi gracia así, tanto el desdén he sentido, puesto que no sea traición, que, en castigo de esa acción, no has de ser tú su marido; sin todo te has de quedar.--
A AURELIO
Y en premio de que tú fueses quien más mi favor quisieses que no adquirir y lograr una hermosura, has de ser quien la merezca; de modo que venga a perderlo todo quien nada quiso perder.--
A DANTE
De mi corte desterrado al punto, Dante, saldrás, sin más honores, sin más hacienda ni más estado que la vida.-- Y para que sea el dolor más tirano,
A AURELIO
dale tú a Irene la mano delante de él; que yo haré ser tan dichoso con ella que desmienta mi favor el ceño de su rigor y el influjo de su estrella. Dale la mano. AURELIO: Hoy verás, Irene, que no temía tu suerte, sino la mía. IRENE: Espera; que aun falta más.--
Al REY
Señor, aunque el hado impío a ti me tiene rendida, eres dueño de mi vida, pero no de mi albedrío. Y cuando su dueño fueras, que es lo que en ninguna acción aun los dioses no lo son, obligarme no pudieras a que le diera la mano a quien, sabiendo que es mía, lograrla no anteponía al mayor favor humano. A Dante no se la diera tampoco, aunque lo mandaras; porque cuantas luces claras contiene del sol la esfera no pudieran hacer, no, habiendo --¡ay infeliz!-- sido el que a tus pies me ha traído, que no le aborrezca yo. Con que hoy a morir me ofrezco, antes que darme al partido ni de uno que me ha ofendido, ni de otro a quien aborrezco. Y así, de ninguno yo he de ser; que, a ti rendida, podrás quitarme la vida, mas forzarme el alma no. Pues cuando no baste estar segunda vez sepultada, me has de ver desesperada echar de esa torre al mar.
Vase
REY: ¡Oye, aguarda! --Ven conmigo, Aurelio; que hoy has de ser su esposo.-- Y tú agradecer puedes que templo el castigo de tu ingratitud villana. Y así, sin puesto ni estado, de mi vista desterrado parte al instante.
Vase
AURELIO: ¡Qué ufana la Fortuna me previene dichas, pues por justa ley gozo la gracia del rey y la hermosura de Irene!
Vase
AMINTA: ¡Dante! DANTE: (¡Sólo hoy a mi vida faltaba, desesperada, tras desprecios de una amada, quejas de una aborrecida!) AMINTA: Bien pensarás que quejosa me tiene tu libertad, Dante; pues sea o no verdad, no me he de vengar celosa de ti, ni de tus desvelos; que soy quien soy, para que mi sentimiento se dé al partido de los celos. Sin la gracia del rey vas de su corte desterrado, sin dama, hacienda ni estado. No sé quién lo sienta más. La dama no podré dalla, que no es mía; mas podré hacienda y estado, en fe de que tan noble se halla mi voluntad que ofendida aun sabrá volver por sí. Espérame, Dante, aquí; que para que de tu vida repares la ruina, es bien que yo --corrida lo digo-- parta mis joyas contigo. Llévete el cielo con bien, y dondequiera que fueres, sepa yo, Dante, de ti.
Vase
DANTE: ¡Qué bien te vengas de mí! Mas eres al fin quien eres, y no te puedes negar la estimación que te debes. ¡Que digan que no hay aleves influjos para forzar un albedrío! Es quimera; porque ¿cómo puede ser que quiera yo no querer, y que quiera aunque no quiera, sin que aquel desdén mitigue este amor, y sin poder que éste me obligue a querer, ni aquél a olvidar me obligue?

Miente el astro que ha influido tan varios efectos hoy que me hace, entre amor y olvido, feliz e infeliz, pues soy amado y aborrecido.

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

Amado y aborrecido part 4

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu