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DANTE: Lidógenes, rey de Egnido,
tributario del imperio
de Chipre, que largos años
te deje gozar el cielo,
en campaña contra ti
puso sus armas, diciendo
que no había de pagarte
aquel heredado feudo
que a tu corona tributan
los avasallados reinos
que el Archipiélago baña,
porque el de Egnido era esento
a causa de no sé qué
mal honestados pretextos,
que no me toca argüirlos,
aunque me tocó vencerlos.
Tú indignado preveniste
tus armadas huestes, siendo
yo su general, a quien
honraron con este puesto
siempre, señor, tus favores
más que mis merecimientos.
Con ellas, pues, salí en busca
de tu enemigo; y, supuesto
que sabes que le vencí,
sólo en esta parte quiero,
por lo que al suceso toca,
eslabonar el suceso.
Y así diré solamente
que aquel día en que vi puesto
de la fortuna al arbitrio
todo el poder de tu imperio,
fauto para mí e infausto
fue, pues me vi a un mismo tiempo
ser vencedor y vencido,
cuando, en fuga el campo puesto
de Lidógenes, que iba
desbaratado y deshecho,
entre el bélico aparato
de tanto marcial estruendo,
tanto militar asombro
reconocí un caballero
que a todos sobresalía
por ser su arnés un espejo
en quien se miraba el sol,
que, blandiendo herrado el fresno,
la sobrevista calada,
en un bruto tan ligero
que pareció que volaba
con las plumas de su dueño,
de las desmandadas tropas
que iban por el campo huyendo
el desorden reducía,
valiente, animoso y diestro,
solicitando rehacerlas
para empeñarlas de nuevo,
por ver si así mejoraba
de fortuna en el reencuentro.
Puse en él los ojos y él,
adivinando mi intento,
que a veces el corazón
habla de parte de adentro,
saliéndome al paso, hizo
elección de mejor puesto,
ocupando de un ribazo
la loma, cuyo terreno,
algo pendiente, le hacía
ventajoso, donde habiendo
proporcionado a su juicio
la distancia del encuentro,
pasó de la cuja al ristre
la lanza con tal denuedo
que, hecho a la mano el caballo,
sin esperar el acuerdo
de la espuela, para mí
partió tan galán, tan diestro
que diera miedo a cualquiera
que hubiera de tener miedo.
Yo, que sobre el mismo aviso
estaba, habiendo primero
reparado mi caballo,
por ganarle algún aliento,
al verle partir, partí
tan igual con él que entiendo
que, a haber medio entre los dos,
el choque dijera el medio.
Entre baberol y gola
el asta me rompió, a tiempo
que yo de la gola arriba
la mía rompí, subiendo
en átomos, no en astillas,
tal altos entrambos fresnos
que, de la región del aire
pasándose a la del fuego,
por encenderse, tardaron
en caer o no cayeron.
Mal afirmado en la silla
quedó un rato porque, haciendo
en las grabazones presa
el trozo último del cuento
se llevó con el penacho,
falseando el tornillo al yelmo,
la sobrevista tras sí,
de manera que, volviendo
a recobrarse en el torno,
empuñanado el blanco acero,
a buscarme y a buscarle,
le vi el rostro descubierto,
en cuya rara hermosura,
en cuyo semblante bello
suspendido y admirado,
juzgué que, Adonis con celos
de Marte, pretendía dar
satisfacciones a Venus
de que lo hermoso no sólo
es en las cortes soberbio.
Embistióme, pues, segunda
vez, en cuyo trance creo
que quedara victorioso,
según yo estaba suspenso,
si, tropezando el caballo
--quizá fue en mi pensamiento,
pues yo se le eché delante--,
con él no diera en el suelo,
de cuyo acaso gozando,
me hallé vencedor en duelo
tan dudoso que quedamos
uno de otro prisionero,
él de mi esfuerzo, mas yo
de su hermosura y su esfuerzo.
Retiráronle a mi tienda,
y fui el alcance siguiendo
hasta que, ya coronado
de despojos y trofeos,
canté la victoria, y más
cuan[d]o, a mis reales volviendo,
supe al entrar en mi tienda
que el hermoso prisionero
que en ella estaba era..
Salen IRENE, CLORI y LAURA
IRENE: Yo,
que llegar, señor, no temo
a tus pies, gozando de esta
ocasión que hoy me da el cielo,
porque sé que en tus enojos
nada aventuro, supuesto
que no aventuro la vida,
porque es la que yo no tengo.
Y así, pues he de morir
sepultada en mi silencio,
muera anegada en mi llanto,
y débate por lo menos,
en albricias de mi muerte,
el estarme un rato atento.
Hija soy de Lidógenes de Egnido
isla del Archipiélago que, ufana,
como ésta a Venus consagrada ha sido,
aquélla consagrada fue a Dïana,
de cuyo opuesto rito ha procedido
entre las dos la enemistad tirana
que las mantiene en iras y rencores,
hija de olvidos una, otra de amores.
A aquesta causa aborrecidos creo
que siempre unos isleños de otros fuimos;
y así no hay que buscarle nuevo empleo
a nuestra enemistad, pues siempre vimos
que, opuesto el culto, opuesto está el deseo;
con que unos y otros al nacer hicimos
callados homenajes en la cuna
de aborrecer nuestra mejor fortuna.
Este, pues, heredado horror, que vario
el tiempo no borró de la memoria,
engendró en nuestra gente el temerario
pretexto de negarte aquella gloria
de que su rey te fuese tributario;
y aunque declare el cielo la victoria
en tu favor, nos queda por consuelo
creer que tuvo otro motivo el cielo.
Pues no siempre sus orbes celestiales,
no siempre sus luceros, sus estrellas,
árbitros de los bienes y los males,
lo mejor distribuyen que hay en ellas,
porque importa tal vez que desiguales
los dioses oigan mal nuestras querellas
y, siendo su instrumento el enemigo,
injusticia parezca el que es castigo.
Y así, dejando aparte que tuviese
otra razón mi padre, pues ninguna
es mayor que pensar cuánto le pese
ver mejorada en algo tu fortuna,
voy --o ya fuese justa o no lo fuese
la guerra-- a si hay alguna ley, alguna
razón para que, siendo prisionera,
en una torre emparedada muera.
Si yo en los ejercicios de Diana,
por ser a su deidad más parecida,
tan altiva nací, viví tan vana
que, siendo de las fieras homicida,
quise llegar con ambición ufana,
quise pasar con fama esclarecida
a serlo de los hombres, porque vieras
cuánto son para mí los hombres fieras
--a cuyo efecto vine gobernando
del ejército el trozo que postrero
se puso en fuga, ¡ay infelice!, cuando
contra mí el hado articuló severo
la infausta voz que el enemigo bando
victoria apellidó, y por eso infiero
que rigor a rigor añadir miras,
crüeldad a crüeldad, iras a iras--,
¿de cuándo acá en los reyes ha durado
desde un día rencor para otro día?
¿De cuándo acá la indignación del hado,
fiera al vencer, no es en venciendo pía?
Si mi valor te puso en tal cuidado,
mi valor es también el que debía
ponerte en el de honrarme, pues ha sido
gloria del vencedor la del vencido.
Y ya que esta razón en ti no alcanza
piedad, por tantas causas merecida,
acaba de una vez con tu venganza;
de una vez, no de tantas se despida,
porque de aquestos pies, sin esperanza
de mi muerte, no digo de mi vida,
no me he de levantar, donde en despojos
las lágrimas consagro de mis ojos.
Y porque afable esa deidad humana
responda al sacrificio que la adora,
no soy de armadas huestes capitana,
no infanta soy de Egnido vencedora,
no soy sacerdotisa de Dïana,
pues sólo soy una mujer que llora,
tan modesta en pedir que aun de esta suerte
no pido más de que me des la muerte.
REY: Levanta, Irene, del suelo;
y pues en público acusas
mi majestad de tirana,
para que serlo no arguyan,
ni tú, ni cuantos oyeron
las hermosas quejas tuyas,
aunque lo sienta, he de darte
en público la disculpa.
El día que tuve aviso
de aquella batalla, en cuya
victoria estribó el honor
de mi majestad augusta,
hice sacrificio a Venus,
cuya hermosa deidad suma,
tutelar de Chipre, siempre
velando está en guarda suya.
Ella, al tiempo que sus aras
religioso fuego ahuma,
a mi culto agradecida,
por su oráculo articula
que vencerían mis armas,
pero tan a costa suya
que el mejor despojo de ellas
sería...
Dentro ruido grande
LIDORO: Asombros y furias
nos combaten.
UNO: ¡Iza!
OTRO: ¡Amaina!
OTRO: ¡Qué pena!
OTRO: ¡Qué ansia!
OTRO: ¡Qué angustia!
LIDORO: ¡Piedad, dioses!
TODOS: ¡Piedad, cielos!
REY: Cuanto iba a decir pronuncia
por mí el aire, pues en quejas
la voz a mis labios hurta.
IRENE: No, señor, en los acasos
el constante varón funda
agüeros; lamentos son,
cuantos hoy tu acento usurpan,
de un derrotado bajel
que, sin norte y sin aguja,
antes de tomar el puerto,
está corriendo fortuna.
AMINTA: Es verdad, pues, contrastado
de dos violentas injurias,
con los vientos y las ondas
a brazo partido lucha.
NISE: Ya de ambas sañas movido,
no sabe a qué parte sulca.
FLORA: Embates de mar y tierra
le zozobran y le asustan.
AURELIO: Y tanto que desbocado
choca con las peñas duras.
DANTE: En ellas cascado el pino,
su todo en partes menudas
desata, de suerte que
ya el que fue bajel es tumba.
Dentro
LIDORO: ¡Piedad, Dïana!
DIANA: A mí siempre
me fue contraria la espuma,
que es de la deidad de Venus
primer patria y primer cuna.
LIDORO: ¡Piedad, Venus!
VENUS: No hay piedad
con quien estos puertos busca,
en sus entrañas trayendo
tan grande traición oculta.
TODOS: ¡Piedad, dioses! ¡Piedad, cielos!
IRENE: ¡Qué pena!
AMINTA: ¡Qué ansia!
TODOS: ¡Qué angustia!
REY: Esperad aquí las dos,
siendo paréntesis una
desdicha de otra, entre tanto
que hoy el primero yo acuda
a socorrer en la orilla
los que náufragos fluctúan.
Vase
DANTE: Ociosa piedad será,
que, hidrópica la sañuda
sed del mar, ni aun un fragmento
arroja a tierra.
Vase
AURELIO: En cerúleas
bóvedas el mar dio a todos
pira, monumento y urna.
Vase
IRENE: Aunque la piedad, Aminta,
no es prenda de la hermosura,
puesto que en humano pecho
nadie las vio vivir juntas,
la de esta mísera ruina
será bien que aquí reduzca
a tus pies --bien que a pesar
de mi altivez-- mi fortuna
te suplica que intercedas
con tu hermano que concluya
con mi vida, dando fin
a una prisión tan injusta.
AMINTA: Los motivos de mi hermano,
que estorbó esa desventura
decir, hasta ahora nadie
sabe, pero está segura
que, si estuviera en mi mano
tu libertad, es sin duda
que desde un instante acá,
según el verte me angustia,
estuvieras ya, no digo,
Irene, en la patria tuya,
pero aun donde no pudieras
volver a estas islas nunca.
IRENE: De tu generosa sangre
lo creo, y está segura
tú también que, cuando no
fuera felicidad suma
la libertad, por no verme
donde atrevido presuma
Dante halagar con finezas
los ceños de mis injurias,
lo estimara.
AMINTA: Según eso,
¿verte amada te disgusta
de Dante?
IRENE: Y tanto...
AMINTA: (¡Alma, albricias!) Aparte
IRENE: ...que el incendio de mi furia
no ha de apagarse hasta que
sea con la sangre suya.
AMINTA: (Primero con su poder Aparte
todo el cielo te destruya.)
IRENE: ¿Qué dices?
AMINTA: Nada. (¡Ay, amor, Aparte
siempre mi pesar procuras,
primero por si le amaba
y agora porque le injuria!)
Salen el REY, DANTE y AURELIO
REY: No se ha visto igual estrago;
apenas la saña bruta
de ese monstruo dio a la arena
ni aun la seña más menuda
de su naufragio.
AMINTA: Pues ya
que, como dices, es una
pena paréntesis de otra,
no venzan ambas y suplan
noticias de la primera
lástimas de la segunda.
REY: Dices bien, y así mi voz
en lo que empezó discurra,
diciendo que al tiempo que
religioso fuego ahuma
--aquí quedamos-- las aras
de Venus, su voz pronuncia
que vencerían mis armas,
pero tan a costa suya
que trocaría el despojo
en desdicha la ventura.
Veniste tú prisionera
y, viendo cuánto se aúnan
vaticinios que amenazan
ruinas, tragedias e injurias
con bellezas que aun después
de verse vencidas triunfan,
hurtarte quise a los ojos
de mis gentes. ¡Qué locura!
¡Buscar medios que embaracen
donde hay estrellas que influyan!
Dígalo el ver que, aun guardada
en las entrañas incultas
de estos montes, has podido
dar principio a las futuras
ansias que temí, poniendo
en campal ardiente lucha
los héroes que de mi imperio
son las más fuertes colunas.
Y pues infalible el hado
ni se estorba ni se excusa,
pues antes busca su efecto
quien su impedimento busca,
entre tu llanto y mi miedo
partir pretendo la duda,
y que ni libre ni presa
quedes.
IRENE: ¿De qué suerte?
REY: Escucha,
y escuchad todos. Irene,
en cuya rara hermosura
la de nuestra diosa Venus
no quiere sufrir segunda,
no ha de volver a su patria,
pues su persona asegura
la invasión de estos estados,
siendo a la contraria furia
de sus movimientos freno,
y de su cerviz coyunda.
Quedarse como se estaba,
viendo que así no se excusan
los riesgos, es miedo inútil.
Si aun guardada nos perturba,
darla libertad tampoco;
pues será poner sin duda
en su libertad al hado.
A todo lo cual se junta
a muerte estar condenados
los dos. Pues haya una industria
que disculpe mis crueldades
y que repare las suyas.
Esta ha de ser; que en mi estado
tome estado, con que ajustan
mis recelos que a su patria
volverse no pueda nunca,
siendo su alcaide su esposo;
con que también se asegura
que su sucesión vasalla
la ley de mi imperio sufra.
Y puesto que éste ha de ser
uno de los dos, con cuya
satisfacción el delito
de romper esta clausura
queda también honestado,
cada uno consigo arguya
quién querrá esposa con quien
Venus desdichas le anuncia,
el hado, ruinas, y todo
el cielo penas y angustias;
advirtiendo que ha de ser
la primera a que se ajusta
perder mi corte y mi gracia,
pues lo que aborrezco busca,
y sangre enemiga mía
hacerla su esposa gusta.
Y pues os doy a escoger,
brevemente lo discurra
vuestro amor, que habéis de darme
respuesta luego, y presuma
cualquiera que de esta ley,
o sea justa o no sea justa,
no será la culpa mía,
puesto que es la elección suya.
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