This file was last updated on June 13, 1997, 9:05 p.m.
LOPE: A muchas cosas os soy en extremo agradecido; pero, sobre todas, ésta de darme hoy a vuestro hijo para soldado, en el alma os la agradezco y estimo. CRESPO: Yo os le doy para crïado. LOPE: Yo os le llevo para amigo; que me ha inclinado en extremo su desenfado y su brío, y la afición a las armas. JUAN: Siempre a vuestros pies rendido me tendréis, y vos veréis de la manera que os sirvo, procurando obedeceros en todo. CRESPO: Lo que os suplico es que perdonéis, señor, si no acertare a serviros; porque en el rústico estudio, adonde rejas y trillos, palas, azadas y bieldos son nuestros mejores libros, no habrá podido aprender lo que en los palacios ricos enseña la urbanidad política de los siglos. LOPE: Ya que va perdiendo el sol la fuerza, irme determino. JUAN: Veré si viene, señor, la litera.
Vase [JUAN] y salen INÉS e ISABEL
ISABEL: ¿Y es bien iros sin despediros de quien tanto desea serviros? LOPE: No me fuera sin besaros las manos y sin pediros que liberal perdonéis un atrevimiento digno de perdón, porque no el precio hace el don, sino el servicio. Esta venera que, aunque está de diamantes ricos guarnecida, llega pobre a vuestras manos, suplico que la toméis y traigáis por patena en nombre mío. ISABEL: Mucho siento que penséis, con tan generoso indicio, que pagáis el hospedaje, pues, de honra que recibimos, somos los deudores. LOPE: Esto no es paga, sino cariño. ISABEL: Por cariño, y no por paga, solamente la recibo. A mi hermano os encomiendo, ya que tan dichoso ha sido que merece ir por crïado vuestro. LOPE: Otra vez os afirmo que podéis descuidar de él; que va, señora, conmigo.
Sale JUAN
JUAN: Ya está la litera puesta. LOPE: Con Dios os quedad. CRESPO: El mismo os guarde. LOPE: ¡Ah, buen Pedro Crespo! CRESPO: ¡Oh, señor don Lope invicto! LOPE: ¿Quién nos dijera aquel día primero que aquí nos vimos, que habíamos de quedar para siempre tan amigos? CRESPO: Yo lo dijera, señor, si allí supiera, al oíros, que erais... LOPE: Decid por mi vida. CRESPO: Loco de tan buen capricho.
Vase [don LOPE y habla Pedro CRESPO] a JUAN
En tanto que se acomoda el señor don Lope, hijo, ante tu prima y tu hermana, escucha lo que te digo. Por la gracia de Dios, Juan, eres de linaje limpio, más que el sol, pero villano. Lo uno y otro te digo; aquello, porque no humilles tanto tu orgullo y tu brío, que dejes, desconfïado, de aspirar con cuerdo arbitrio a ser más; lo otro, porque no vengas desvanecido a ser menos. Igualmente usa de entrambos designios con humildad; porque, siendo humilde, con cuerdo arbitrio acordarás lo mejor y como tal, en olvido pondrás cosas, que suceden al revés en los altivos. ¡Cuántos, teniendo en el mundo algún defecto consigo, le han borrado por humildes; y cuántos, que no han tenido defecto, se le han hallado, por estar ellos mal vistos! Sé cortés sobre manera; sé liberal y partido, que el sombrero y el dinero son los que hacen los amigos; y no vale tanto el oro que el sol engendra en el indio suelo, y que consume el mar, como ser uno bienquisto. No hables mal de las mujeres; la más humilde, te digo, que es digna de estimación; porque al fin de ellas nacimos. No riñas por cualquier cosa; que cuando en los pueblos miro muchos, que a reñir se enseñan, mil veces entre mí digo: "Aquesta escuela no es la que ha de ser". Pues colijo que no ha de enseñarse a un hombre con destreza, gala y brío a reñir, sino a por qué ha de reñir; que yo afirmo que, si hubiera un maestro solo que enseñara prevenido, no el cómo, el por qué se riña, todos le dieran sus hijos. Con esto y con el dinero que llevas para el camino, y para hacer, en llegando de asiento, un par de vestidos, al amparo de don Lope y mi bendición, yo fío en Dios, que tengo de verte en otro puesto. Adiós, hijo; que me enternezco en hablarte. JUAN: Hoy tus razones imprimo en el corazón, adonde vivirán, mientras yo vivo. Dame tu mano. Y tú, hermana, los brazos; que ya ha partido don Lope mi señor, y es fuerza alcanzarlo. ISABEL: Los míos bien quisieran detenerte. JUAN: Prima, adiós. INÉS: Nada te digo con la voz, porque los ojos hurtan a la voz su oficio. Adiós. CRESPO: ¡Ea, vete presto! Que cada vez que te miro, siento más el que te vayas, y ha de ser, porque lo he dicho. JUAN: El cielo con todos quede.
Vase [JUAN]
CRESPO: El cielo vaya contigo. ISABEL: ¡Notable crueldad has hecho! CRESPO: Ahora,que no le miro, hablaré más consolado. ¿Qué había de hacer conmigo sino ser toda su vida un holgazán, un perdido? Váyase a servir al Rey. ISABEL: Que de noche haya salido, me pesa a mí. CRESPO: Caminar de noche por el estío, antes es comodidad, que fatigo; y es preciso que a don Lope alcance luego al instante. (Enternecido Aparte me deja, cierto, el muchacho, aunque en público me animo.) ISABEL: Éntrate, señor, en casa. INÉS: Pues sin soldados vivimos, estémonos otro poco gozando a la puerta el frío viento que corre; que luego saldrán por ahí los vecinos. CRESPO: (A la verdad, no entro dentro Aparte porque desde aquí imagino como el camino blanquea veo a Juan en el camino.) Inés, sácame a esta puerta asiento. INÉS: Aquí está un banquillo. ISABEL: Esta tarde diz que ha hecho la villa elección de oficios. CRESPO: Siempre aquí por el agosto se hace.
Salen don ÁLVARO, el SARGENTO, REBOLLEDO, la CHISPA y soldados
ÁLVARO: Pisad sin rüido. Llega, Rebolledo, tú, y da a la crïada aviso de que ya estoy en la calle. REBOLLEDO: Yo voy. Mas, ¿qué es lo que miro? A su puerta hay gente. SARGENTO: Y yo en los reflejos y visos que la luna hace en el rostro, que es Isabel, imagino, ésta. ÁLVARO: Ella es; mas que la luna, el corazón me lo ha dicho. A buena ocasión llegamos. Si ya, que una vez venimos, nos atrevemos a todo, buena venida habrá sido. SARGENTO: ¿Estás para oír un consejo? ÁLVARO: No. SARGENTO: Pues ya no te lo digo. Intenta lo que quisieres. ÁLVARO: Yo he de llegar y atrevido quitar a Isabel de allí. Vosotros a un tiempo mismo impedid a cuchilladas el que me sigan. SARGENTO: Contigo venimos y a tu arden hemos de estar. ÁLVARO: Advertid, que el sitio en que habemos de juntarnos es ese monte vecino que está a la mano derecha, como salen del camino. REBOLLEDO: ¡Chispa! CHISPA: ¿Qué? REBOLLEDO: Ten estas capas. CHISPA: Que es del reñir, imagino, la gala, el guardar la ropa, aunque del nadar se dijo. ÁLVARO: Yo he de llegar el primero. CRESPO: Harto hemos gozado el sitio. Entrémonos allá dentro. ÁLVARO: Ya es tiempo. ¡Llegad, amigos! ISABEL: ¡Ah, traidor! ¡Señor! ¿Qué es esto? ÁLVARO: Es una furia, un delirio de amor.
Llévanla
ISABEL: ¡Ah, traidor! ¡Señor! CRESPO: ¡Ah, cobardes! INÉS: ¡Señor mío, yo quiero aquí retirarme!
Vase [ISABEL]
CRESPO: Como echáis de ver, ¡ah, impíos!, que estoy sin espada, aleves, falsos y traidores! REBOLLEDO: Idos, si no queréis que la muerte sea el último castigo. CRESPO: ¿Qué importará, si está muerto mi honor, el quedar yo vivo? ¡Ah, quién tuviera una espada! Cuando sin armas te sido es imposible. Ya airado a ir por ella me animo. ¡Los he de perder de vista! ¿Qué he de hacer hados esquivos que de cualquiera manera es uno solo el peligro?
Sale INÉS con la espada
INÉS: Ésta, señor, es tu espada.
Vase [INÉS]
CRESPO: A buen tiempo la has traído. Ya tengo honra, pues ya tengo espada con que seguirlos. Soltad la presa, traidores cobardes, que habéis traído, que he de cobrarla o la vida he de perder.
Riñen
SARGENTO: Vano ha sido tu intento, que somos muchos. CRESPO: Mis males son infinitos, y riñen todos por mí. Pero la tierra que piso me ha faltado.
Cae [Pedro CRESPO]
REBOLLEDO: ¡Dale muerte! SARGENTO: Mirad, que es rigor impío quitarle la vida y honor; mejor es en lo escondido del monte dejarle atado, porque no lleve el aviso.
Dentro [ISABEL]
ISABEL: ¡Padre y señor! CRESPO: Hija mía! REBOLLEDO: Retírale, como has dicho. CRESPO: Hija, solamente puedo seguirte con mis suspiros.
Llévanle y sale JUAN
ISABEL: ¡Ay de mí! JUAN: ¡Qué triste voz! CRESPO: ¡Ay de mí! JUAN: ¡Mortal gemido! A la entrada de este monte cayó mi rocín conmigo, veloz corriendo, y yo ciego por la maleza le sido. Tristes voces a una parte, y a otra míseros gemidos escucho, que no conozco, porque llegan mal distintos. Dos necesidades son las que apellidan a gritos mi valor; y pues iguales, a mi parecer, han sido, y uno es hombre, otro mujer, a seguir ésta me animo; que así obedezco a mi padre en dos cosas que me dijo: "Reñir con buena ocasión, y honrar la mujer." Pues miro que así honro a la mujer, y con buena ocasión riño.
FIN DE LA SEGUNDA JORNADA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu