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NUÑO: Ahora digo que es verdad. MENDO: ¿Qué? NUÑO: Que adelgaza la hambre los ingenios. MENDO: Majadero, ¿téngola yo? NUÑO: No te enfades; que, sino la tienes, puedes tenerla; pues de la tarde son ya las tres, y no hay greda, que mejor las manchas saque, que tu saliva y la mía. MENDO: Pues, ¿esa es causa bastante para tener hambre yo? Tengan hambre los gañanes; que no somos todos unos; que a un hidalgo no le hace falta el comer... NUÑO: ¡Oh quién fuera hidalgo! MENDO: Y más no me hables de esto, pues ya de Isabel vamos entrando en la calle. NUÑO: ¿Por qué, si de Isabel eres tan firme y rendido amante, a su padre no la pides? Pues con esto tú y su padre remediaréis de una vez entrambas necesidades; tú comerás, y él hará hidalgos sus nietos. MENDO: No hables más Nuño, calla. ¿Dineros tanto habían de postrarme, que a un hombre llano por fuerza había de admitir? NUÑO: Pues antes pensé, que ser hombre llano para suegro era importante; pues de otros dicen, que son tropezones, en que caen los yernos; y si no has de casarte, ¿por qué haces tantos extremos de amor? MENDO: ¿Pues no hay, sin que yo me case, Huelgas en Burgos, adonde llevarla, cuando me enfade? Mira, si acaso la ves. NUÑO: Temo si acierta a mirarme Pero Crespo. MENDO: ¿Qué ha de hacer, siendo mi crïado, nadie? Haz lo que manda tu amo. NUÑO: Sí, haré. Aunque no he de sentarme con él a la mesa. MENDO: Es propio de los que sirven, refranes. NUÑO: Albricias que, con su prima Inés, a la reja sale. MENDO: Di que por el bello oriente, coronado de diamantes, hoy, repitiéndose el sol, amanece por la tarde.

Salen a la ventana ISABEL e INÉS, labradoras

INÉS: Asómate a esa ventana, prima, así el cielo te guarde, verás los soldados, que entran en el lugar. ISABEL: No me mandes, que a la ventana me ponga, estando ese hombre en la calle, Inés, pues ya, en cuánto el verle en ella me ofende, sabes. INÉS: En notable tema ha dado de servirte y festejarte. ISABEL: No soy más dichosa yo. INÉS: A mi parecer, mal haces de hacer sentimiento de esto. ISABEL: Pues, ¿qué había de hacer? INÉS: Donaire. ISABEL: ¿Donaire de los disgustos?

[MENDO habla] a ISABEL

MENDO: Hasta aqueste mismo instante jurara yo a fe de hidalgo, --que es juramento inviolable-- que no había amanecido; mas, ¿qué mucho que lo extrañe, hasta que a vuestras auroras segundo día les sale? ISABEL: Ya os he dicho muchas veces, señor don Mendo, cuán en balde gastáis finezas de amor, locos extremos de amante haciendo todos los días en mi casa y en mi calle. MENDO: Si las mujeres hermosas supieran, cuanto las hace más hermosas el enojo, el rigor, desdén y ultraje, en su vida gastarían más afeite, que enojarse. Hermosa estáis, por mi vida; decid, decid más pesares. ISABEL: Cuando no baste el decirlos, don Mendo, el hacerlos baste, de aquesta manera: Inés, éntrate allá dentro, y dale con la ventana en los ojos.

Vase [ISABEL]

INÉS: Señor caballero andante, que de aventurero entráis siempre en lides semejantes, porque de mantenedor, no era para vos tan fácil, Amor os provea.

Vase [INÉS]

MENDO: Inés, las hermosuras se salen con cuanto ellas quieren. ¡Nuño! NUÑO: ¡Oh qué desairados nacen todos los pobres!

Sale Pedro CRESPO, labrador

CRESPO: (¡Que nunca Aparte entre y salga yo en mi calle, que no vea a este hidalgote pasearse en ella muy grave!) NUÑO: Pedro Crespo viene aquí. MENDO: Vamos por esta otra parte, que es villano malicioso.

Sale JUAN, su hijo

JUAN: (¡Que siempre que venga halle Aparte esta fantasma a mi puerta, calzado de frente y guantes!) NUÑO: Pero acá viene su hijo. MENDO: No te turbes ni embaraces. CRESPO: Mas Juanico viene aquí. JUAN: Pero aquí viene mi padre. MENDO: Disimula. Pedro Crespo, Dios os guarde. CRESPO: Dios os guarde.

Vanse don MENDO y NUÑO

(Él ha dado en porfïar Aparte y alguna vez he de darle de manera que le duela.) JUAN: (Algún día he de enojarme.) Aparte ¿De adónde bueno, señor? CRESPO: De las eras; que esta tarde salí a mirar la labranza, y están las parvas notables de manojos y montones, que parecen al mirarse desde lejos montes de oro, y aun oro de más quilates pues de los granos de aqueste, es todo el cielo el contraste. Allí el bieldo, hiriendo a soplos el viento en ellos süave, deja en esta parte el grano y la paja en la otra parte; que aun allí lo más humilde da el lugar a lo más grave. ¿Oh, quiera Dios, que en las trojes yo llegue a encerrarlo, antes que algún turbión me lo lleve o algún viento me la tale! Tú, ¿qué has hecho? JUAN: No sé cómo decirlo, sin enojarte. A la pelota he jugado dos partidos esta tarde, y entrambos los he perdido. CRESPO: Naces bien, si los pagaste. JUAN: No los pagué; que no tuve dineros para ellos; antes vengo a pedirte, señor... CRESPO: Pues escucha antes de hablarme; dos cosas no has de hacer nunca, no ofrecer los que no sabes que has de cumplir, ni jugar más de lo que está delante, porque, si por accidente falta, tu opinión no falte. JUAN: El consejo es como tuyo, y por tal debo estimarle; y he de pagarte con otro: en tu vida no has de darle consejo al que ha menester dinero. CRESPO: ¡Bien te vengaste!

Sale el SARGENTO

SARGENTO: ¿Vive Pedro Crespo aquí? CRESPO: ¿Hay algo que usté le mande? SARGENTO: Traer a casa la ropa de don Álvaro de Atayde, que es el capitán de aquesta compañía, que esta tarde se ha alojado en Zalamea. CRESPO: No digáis más, esto baste; que para servir al Rey, y al Rey en sus capitanes, están mi casa y mi hacienda. Y en tanto, que se le hace el aposento, dejad la ropa en aquella parte, e id a decirle que venga, cuando su merced mandare, a que se sirva de todo. SARGENTO: Él vendrá luego al instante.

Vase [el SARGENTO]

JUAN: ¡Que quieras, siento tú rico, vivir a estos hospedajes sujeto! CRESPO: Pues, ¿cómo puedo excusarlos ni excusarme? JUAN: Comprando una ejecutoria. CRESPO: Dime por tu vida, ¿hay alguien que no sepa que yo soy, si bien de limpio linaje, hombre llano? No, por cierto. Pues, ¿qué gano yo en comprarle una ejecutoria al Rey si no le compro la sangre? ¿Dirán entonces que soy mejor que ahora? No, es dislate. Pues, ¿qué dirán? Que soy noble por cinco o seis mil reales; y esto es dinero y no es honra; que honra no la compra nadie. ¿Quieres, aunque sea trivial un ejemplillo escucharme? "Es calvo un hombre mil años, y al cabo de ellos se hace una cabellera. Éste, en opiniones vulgares, ¿deja de ser calvo? No. Pues, ¿qué dicen al mirarle? Bien puesta la caballera trae fulano." Pues, ¿qué hace, si, aunque no le vean la calva, todos que la tiene saben? JUAN: Enmendar su vejación, remediarse de su parte, y redimir vejaciones del sol, del hielo y del aire. CRESPO: Yo no quiero honor postizo que el defecto ha de dejar en casa. Villanos fueron mis abuelos y mis padres; sean villanos mis hijos. Llama a tu hermana. JUAN: Ella sale.

Salen ISABEL e INÉS

CRESPO: Hija, el Rey, nuestro señor, que el cielo mil años guarde, va a Lisboa, porque en ella solicita coronarse como legítimo dueño; a cuyo efecto, marciales tropas caminan con tantos aparatos militares hasta bajar a Castilla el tercio viejo de Flandes con un don Lope, que dicen todos que es español Marte. Hoy han de venir a casa soldados, y es importante, que no te vean. Así, hija, al punto has de retirarte en esos desvanes, donde yo vivía. ISABEL: A suplicarte me dieses esta licencia venía yo. Sé que el estarme aquí es estar solamente a escuchar mil necedades. En ese cuarto mi prima y yo estaremos, sin que nadie ni aun el sol mismo, no sepa de nosotras. CRESPO: Dios os guarde. Juanico, quédate aquí. Recibe a huéspedes tales, mientras busco en el lugar algo con qué regalarles.

Vase [Pedro CRESPO]

ISABEL: Vamos, Inés. INÉS: Vamos, prima. (Mas tengo por disparate Aparte el guardar una mujer si ella no quiere guardarse.)

Vanse [ISABEL e INÉS]. Salen don ÁLVARO y el SARGENTO

SARGENTO: Ésta es, señor, la casa. ÁLVARO: Pues del cuerpo de guardia al punto pasa toda mi ropa. SARGENTO: Quiero registrar la villana lo primero.

Vase [el SARGENTO]

JUAN: Vos seáis bien venido a aquesta casa; que ventura ha sido grande venir a ella un caballero tan noble como en vos le considero. (¡Qué galán y alentado! Aparte Envidia tengo al traje de soldado.) ÁLVARO: Vos seáis bien hallado. JUAN: Perdonaréis, no estar acomodado; que mi padre quisiera que hoy un alcázar esta casa fuera. Él ha ido a buscaros que comáis, que desea regalaros, y yo voy a que esté vuestro aposento aderezado. ÁLVARO: Agradecer intento la merced y el cuidado. JUAN: Estaré siempre a vuestros pies postrado.

Vase [JUAN] y sale el SARGENTO

ÁLVARO: ¿Qué hay, sargento? ¿Has ya visto a la tal labradora? SARGENTO: ¡Vive Cristo! Que con aquese intento no he dejado cocina ni aposento y que no la he topado. ÁLVARO: Sin duda el villanchón la ha retirado. SARGENTO: Pregunté a una crïada por ella, y respondióme que ocupada su padre la tenía en ese cuarto alto, y que no había de bajar nunca acá, que es muy celoso. ÁLVARO: ¿Qué villano no ha sido malicioso? De mí digo, que, si hoy aquí la viera, caso de ella no hiciera; y sólo porque el viejo la ha guardado, deseo, vive Dios, de entrar me ha dado donde está. SARGENTO: Pues, ¿qué haremos, para que allá, señor, con causa entremos, sin dar sospecha alguna? ÁLVARO: Solo por tema la he de ver, y una industria he de buscar. SARGENTO: Aunque no sea de mucho ingenio para quien la vea hoy, no importará nada; que con eso será más celebrada. ÁLVARO: Óyela pues ahora. SARGENTO: Di, ¿qué ha sido? ÁLVARO: Tú has de fingir... Mas no, pues que ha venido ese soldado, que es más despejado, él fingirá mejor lo que he trazado.

Salen REBOLLEDO y la CHISPA

El alcalde de Zalamea part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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