This file was last updated on July 27, 1997
Dentro TUCAPEL
TUCAPEL: Dejadme entrar. MOSQUETE: Eso es malo, no doy por mi vida un pito.
Sale TUCAPEL con luz
TUCAPEL: Don Diego de Almagro, ¡oh, cuánto de verte así me lastimo! DIEGO: Tucapel, ¿tú en la prisión? TUCAPEL: Si piensas que haber venido a ella, don Diego, es porque tus agravios solicito, mi valor ofendes, puesto que no consiente mi brío satisfacerse de quien está a la suerte rendido. DIEGO: Pues, ¿no sabré, Tucapel, el fin, la causa, el motivo de venirme a ver? TUCAPEL: Escucha, y sabrás tu daño mismo. Después de aquella batalla, que sobre el cerco perdimos, el marqués, con el pretexto de traidores al rey, hizo, ¡qué indignidad!, ahorcar doscientos caciques indios. Y a Caupolicán, por burla, por irrisión y castigo, le envió, ¡grave dolor!, sin ojos ni manos, vivos otros muchos araucanos. De cuyo horrendo castigo, no imaginado, el valor la venganza pide a gritos. Sintióle Caupolicán y del escarnio ofendido, impaciente a tanto agravio y ciego a tanto delito, con voto común de todos, mandó matar los cautivos españoles a tormentos crüeles como exquisitos. Y lo que he sentido más, de esto Apolo me es testigo, es, que a ti también... DIEGO: Detente, no prosigas, que ya he visto tu ingratitud. ¿Dirás, que Caupolicán ofendido, a muerte me ha condenado? TUCAPEL: Es verdad; y hoy es preciso, que habéis de morir. DIEGO: ¿Y es de pechos agradecidos, cuando estás de mí obligado, ser quien me traiga tu mismo la sentencia de mi muerte? ¡Vive Dios!, que estoy corrido de escucharte aquí, porque si a consolarme has venido, es hacer a mi valor con tus consuelos mal quisto, cuando sabes de mi aliento que de ellos no necesito cuando pensé que venías a sacarme del peligro que me amenaza, porque se acabara el desafío entre los dos aplazado por tu dama, por ti mismo y por mí, pues mi valor pudiendo acabar contigo, volvió el acero a tu mano, lisonjeando el peligro, vienes a darme esta nueva abandonando tu brío. ¡Vive Dios...! TUCAPEL: ¡Aguarda, espera! (El corazón me ha leído, Aparte y aunque pretendo librarle, no ha de saber mi designio, pues ha de ser la hidalguía más noble si no le aviso.) Don Diego, bien reconozco que es verdad cuanto me has dicho; pero yo no hallo remedio, por más que lo solicito, porque la razón más fuerte, si bien lo miras, colijo, que es no poderte librar, cuando quedo mal contigo. DIEGO: ¿Qué he de morir? TUCAPEL: No lo dudes. DIEGO: Con esta afrenta? TUCAPEL: Es preciso. DIEGO: No hay remedio? TUCAPEL: No hay remedió. (Librarále el valor mío Aparte esta noche, ¡vive Apolo! Porque aunque a Arauco le quito esta venganza, qué importa, si se la he de dar yo mismo?)
Vase
DIEGO: Aquí acabó mi esperanza. MOSQUETE: Aquí empieza mi martirio. DIEGO: ¿Yo morir, ¡viven los cielos!, con oprobios tan indignos? MOSQUETE: ¿Yo entre chinos empalado, sin ser mártir? ¡Voto a Cristo...! DIEGO: ¡Oh! ¡Venga la muerte antes que en el bárbaro suplicio me afrente más! MOSQUETE: ¿Para cuándo se hicieron los tabardillos, señor don Diego? DIEGO: ¿Qué dices? MOSQUETE: ¿Hoy en efecto morimos? DIEGO: Sí, Mosquete. MOSQUETE: Lo que siento es, que no ha de haber borricos que nos lleven. DIEGO: Calla loco. MOSQUETE: Pues luego no habrá prevenido quien nos pida para misas, confesores ni teatinos que nos ayuden, pues, cruces como en Argel; con que miro, que aunque vamos muy bien puestos, no iremos con Jesucristo. DIEGO: Que yo he de ofrecer el cuello a un verdugo, ¡hados esquivos! MOSQUETE: No temas eso, señor, que en esta tierra ya has visto que hay gran cantidad de alfanges; pero ningún verduguillo. ¿Quién le dijera al marqués de Cañete el gran peligro en que estamos? DIEGO: No le nombres, que me enternezco de oírlo. MOSQUETE: Ah, sí, que se me olvidaba. A Fresia, que te ha querido tanto, ¿por qué no la das parte de esto? DIEGO: Bien has dicho: mas cómo o con quién? MOSQUETE: No sé. Escríbela un villancico. DIEGO: Deja las burlas, Mosquete, y pues morir es preciso, tratemos como cristianos de morir bien. MOSQUETE: Señor mío, ¿cuánto ha que no te confiesas? DIEGO: Por qué lo dices? MOSQUETE: Lo digo, porque venga el padre Rengo, que es un devoto teatino, a oírnos de penitencia. DIEGO: ¡Ay, hermoso dueño mío! ¡Ay doña Juana, qué tarde se acuerda de ti mi olvido! ¡Oh, quién pudiera pagarte, fuera de tantos cariños como te debí, el honor! Pues sabe el cielo divino, que este torcedor es hoy mi más violento martirio. ¡Quién te viera, hermoso dueño, para ser agradecido a tus finezas, llevando en mi muerte aqueste alivio! MOSQUETE: ¿Señor? DIEGO: ¿Qué dices? MOSQUETE: Aguarda, que, si no miento, he sentido, que abren esta puerta. DIEGO: Escucha. MOSQUETE: Esto es hecho. DIEGO: Bien has dicho. MOSQUETE: Adiós, garganta. Esta vez os coge algún garrotillo. DIEGO: Yo veré quien es, aparta.
Sale doña JUANA vestida de india, con una luz en la mano
¡Válgame el cielo! ¿Qué miro? ¿Es ilusión, es encanto, es fantasía, es delirio? ¿No es doña Juana? Ella es. JUANA: (Batallando está consigo: Aparte mas yo he de disimular.) DIEGO: (¡Estoy loco! ¡Estoy sin juicio! Aparte ¿Cómo es posible que a un alma pueda engañar un sentido? Ella es sin duda. ¿Qué aguardo?) Doña Juana, dueño mío, mi bien, mi gloria, ¿tú aquí a dar a mi pena alivio has venido? ¡Yo estoy loco! Cuando el cielo me es testigo de que mi voz te llamaba, ya con sólo haberte visto muere alegre. JUANA: Caballero, si la turbación ha sido de vuestra cercana muerte quien os ha dado motivo a este engaño, reportaos, en estándolo yo, afirmo, que no me tengáis por esa dama que decís. DIEGO: (Divinos Aparte cielos, ¿yo engañarme puedo, si las señas que averiguo me afirman todos que es ella? Mas por otra parte miro, fuera de hallarse en el mundo muchos rostros parecidos, que a tan lejas tierras, ¿cómo pudo venir? Y si vino, que es un imposible, cielos, con qué fin o qué designio de mí se recata, puesto que yo su honor le he debido? Fuera de que, la razón más fuerte, el mayor testigo de que no es ella, es mirarla en un traje tan indigno de su obligación.)
A ella
Mujer o enigma, de haberte visto loco estoy, y porque no vacilen más mis sentidos, dime, ¿quién eres? JUANA: Yo soy de Arauco, mi padre es indio, y mi madre castellana. Trájome un abuelo mío a Purén, y desde niña Fresia me cobró cariño, y la sirvo de crïada. DIEGO: (¡Vive Dios, que estoy corrido Aparte de imaginar que ella fuese!) ¿Y a qué vienes? JUANA: Oye. DIEGO: Dilo. JUANA: (Ahora he de ver, don Diego, Aparte si pagas el amor mío.) Fresia, mi señora, a quien mucha afición has debido, viendo cercana tu muerte, te envía a decir conmigo, que si quieres verte libre de riesgo tan conocido, con ella te has de casar, llevándotela contigo a tu tierra. De no hacerlo, que ella ha de dar el cuchillo para tu muerte.
Hace que se va
DIEGO: ¡Oye, espera! Que si a eso sólo has venido, responderé brevemente. Dile a Fresia que yo estimo, como es justo, la piedad, y que más agradecido la estimara, a no venir con el otro requisito. Y esto, no porque no fuera dichoso en ser su marido, sino porque allá en mi tierra tengo dama, a quien estimo, y a quien debo obligaciones, por señas, que te he tenido por ella; y así, araucana, por última razón digo, que sóla esta dama es hoy el dueño de mi albedrío. A esta solamente adoro, a esta solamente estimo con el alma, con la vida, con la fe, con los sentidos, pues sólo sin ella muero, y sólo con ella vivo. MOSQUETE: Hombre, ¿qué haces? Pues estamos a pique de ser racimos, ¿y no te quieres casar? Di que se case conmigo.
Llora JUANA
JUANA: (¡Ay don Diego de mis ojos, Aparte ya tus finezas he visto!) DIEGO: ¿Lloras? JUANA: Tengo el pecho tierno. La lástima me ha movido ver que no logre esa dama las finezas que me has dicho. ¿Qué la quieres tanto? DIEGO: Tanto, que estoy gustoso contigo sólo porque la pareces. JUANA: ¡Ay de mí!
Llora
DIEGO: (¡Ay dueño mío!) Aparte JUANA: (No me enternezcas el alma. Aparte DIEGO: (Si llegare a tus oídos Aparte de mi desdichada muerte la nueva, verás que elijo morir antes, que agraviarte.) JUANA: En fin, español altivo, ¿que quieres tu muerte más, que el bien que te solicito? DIEGO: Esto a Fresia le dirás. JUANA: (Volved a vivir, sentidos. Aparte No diré tal. ¡Ay don Diego, tú verás como te libro!)
Vase
MOSQUETE: A oscuras hemos quedado. DIEGO: Ven, Mosquete. MOSQUETE: Ya te sigo; pero morir yo, porque no quieres tú ser marido, es cosa para ahorcarme. DIEGO: Hermoso imposible mío, cuanto puedo hago por ti, pues que me entrego yo mismo a la muerte que me espera; porque en dos casos distintos, ¿de qué me sirve la vida, si no he de vivir contigo?
Vanse. Salen el MARQUÉS y un SARGENTO
MARQUÉS: ¿Que tanta gente tiene el enemigo? SARGENTO: Es cosa que da asombro. MARQUÉS: Así el castigo será mayor, si dar batalla intenta. SARGENTO: Por momentos tanta se aumenta, que parece que el campo, en vez de flores hombres produce armados de rigores. MARQUÉS: Habrá más que vencer. SARGENTO: Arauco unido, todo junto se ve. MARQUÉS: Gran cosa ha sido; que si junto se halla, todo le he de vencer de una batalla. SARGENTO: Don Alonso de Ercilla valeroso, puesto que mejoró también Reinoso, la colina ha ocupado, y el estrecho ganó el adelantado Villagrán con Aguirre. MARQUÉS: De ese modo Chile ha de ser del rey, si el mundo todo a impedirlo llegara. Pero mucho, sargento, me importara si don Pedro volviera, y lengua del contrario me trujera. Almagro hace gran falta, y no he sabido si muerto o preso está. SARGENTO: Desdicha ha sido.
Sale don PEDRO que traerá prisionero a un INDIO
PEDRO: Dadme, señor, los pies. MARQUÉS: Y mi cuidado os tuvo por perdido. PEDRO: Aunque he tardado, ya he cumplido, señor lo prometido. MARQUÉS: Siempre vos cumplís. ¿Qué habéis sabido? PEDRO: Esta espía, señor, dirá el intento del enemigo campo. MARQUÉS: Sin tormento confiesa la verdad. INDIO: (Tiemblo el castigo.) Aparte Escucha, gran señor, que ya lo digo. Caupolicán, señor, aunque vencido, tanto está en lo rebelde endurecido, que en Purén su gente ha conjurado, y el oráculo nuestro ha consultado; y aunque no ha respondido, colérico, impaciente y ofendido, los españoles, que en Arauco había, dentro el término de un solo día mandó matar, y luego publicando la guerra a sangre y fuego, las tropas reformó, y en este estado de Purén en el valle está alojado. MARQUÉS: ¿Y qué designio tiene, cuando ocioso el ejército mantiene? INDIO: Descuidarte ha intentado. MARQUÉS: Fácil es que me coja descuidado. Y ahora, ¿qué pretende loco y ciego? INDIO: Mañana sacrifican a un don Diego de Almagro. MARQUÉS: ¿A quién? INDIO: A un español cautivo, a Apolo, y pienso que le queman vivo, porque les dé victoria. MARQUÉS: ¡Trance airado! ¿esto escucho? ¡Don Diego en tal estado! ¡De coraje estoy ciego! Don Pedro, luego, luego los cabos avisad; porque mañana, antes que borde el sol con oro y grana aquestos horizontes, y antes que raye el alba aquestos montes acometer intento. Halle el estrago el enemigo, aun antes que el amago. Chile altiva, mañana en aquel día la vida he de perder, o has de ser mía.
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham