This file was last updated on July 27, 1997


JORNADA TERCERA


Sale doña JUANA de hombre

JUANA: ¿Hasta cuándo ha de durar, Fortuna, mi padecer? ¿Habrá tenido mujer tal linaje de penar? ¿Don Diego preso y yo viva? ¿Él con riesgo y libre yo? ¿Quién en el mundo se vio, suerte tirana y esquiva, entre afectos desiguales, tan cercada y combatida, y aun no me acaba la vida el número de mis males? Vamos a espacio, dolor, creciéndolo llama al fuego; preso miráis a don Diego, y Fresia le tiene amor. Por una parte violento su riesgo el alma me apura; por otra está mi cordura lidiando con mi tormento. No quererle es ceguedad, consentir su menosprecio también del alma es desprecio; pero es de tal calidad el amor que me condena; que entre dudas y desvelos no acuerdo de mis celos, y me acuerdo de su pena.

Sale GUALEVA

GUALEVA: ¿Don Juan? JUANA: (¿Esta pena más Aparte Fortuna, me solicitas; que aun la queja me limitas?) GUALEVA: Triste parece que estás.

Al paño RENGO

RENGO: Siguiendo a Gualeva vengo; pero el cristiano está allí; quiero escuchar desde aquí. GUALEVA: Qué tienes? JUANA: No sé qué tengo.

Al paño FRESIA

FRESIA: Al español, ¡ay de mí!, busca mi pena crüel; mas Gualeva está con él. GUALEVA: Don Juan, mi bien, ¿cómo así amancillas, dueño mío, para darme más enojos, la hermosura de tus ojos a quien rendí mi albedrío? Dime la causa. RENGO: ¡Ah, traidora! GUALEVA: Y cesen ya tus desdenes. Habla, mi bien, que aquí tienes una esclava que te adora. Vuelve tu rostro propicio a dar a mi amor el ser. ¿No me hablas? JUANA: (Esta mujer Aparte quiere que yo pierda el juicio.) FRESIA: Gualeva rendida está al español, no me espanto, pues pasa por mi otro tanto. RENGO: La paciencia pierdo ya. GUALEVA: Habla, mi bien, pues no hay quien a escuchar se atreva. Dime, ¿qué tienes?

Sale RENGO

RENGO: Gualeva, eso he de decirlo yo. GUALEVA: (¡Ay de mí! ¿Si me ha escuchado? Aparte JUANA: (Llegue ya, cielos, mi muerte.) Aparte RENGO: Pues, Gualeva, ¿de esta suerte pagas mi amante cuidado? ¿Tú a un vil esclavo rendida, burlándote de mi aliento? ¿A tan bajo pensamiento te abates? GUALEVA: (¡Yo estoy perdida!) Aparte RENGO: Habla tu rigor tirano, si aquí puede haber disculpa, o me pagará tu culpa este alevoso cristiano. GUALEVA: Rengo... (De aquesta manera Aparte con él me disculparé)

Aparte a doña JUANA

Finge conmigo. JUANA: Sí haré. GUALEVA: ...mira, advierte, considera... RENGO: ¿Qué he de oír, si te he escuchado pese a mi tormento atroz? GUALEVA: No des crédito a mi voz, porque vives engañado. RENGO: Pues, ¿qué engaño puede haber? Dilo, para que me asombre. GUALEVA: Porque el que miras no es hombre que es una infeliz mujer. Si tu cuidado repara, sus señas te lo previenen, porque los hombres no tienen esas manos ni esa cara. RENGO: Es engaño manifiesto, porque a serlo, tus errores no la dijeran amores.

Sale FRESIA

GUALEVA: Digo, que es mujer. FRESIA: ¿Qué es esto? (Alentaré aqueste engaño, Aparte que en fin Gualeva es mi prima, y con su amor me lastima.) Cierto, Gualeva, que extraño, cuando en porfías te pones... GUALEVA: (¿Si me ha escuchado? ¿Qué haré?) Aparte FRESIA: Que a nadie en el mundo dé tu lengua satisfacciones. GUALEVA: (Ella ha de echarme a perder.) Aparte FRESIA: Buena tu opinión la hiciera, si yo misma no supiera que es este esclavo mujer. GUALEVA: (Volved a vivir, sentido.) Aparte FRESIA: Su historia a mí me contó, y es tan mujer como yo. JUANA: (Sólo en la historia has mentido.) Aparte FRESIA: Todo el día siente y llora el influjo de su estrella. GUALEVA: Y si no, dígalo ella. ¿No eres mujer? JUANA: Sí señora. RENGO: Mal aplacáis mi coraje, diciéndome que es mujer, que aunque aquesto puede ser, da celos en este traje. Y así para no luchar, con esta duda concluyo, con que vista el traje suyo, o si no le he de matar.

Vase

GUALEVA: Déjame echar a tus pies, prima, para que agradezca lo que hoy has hecho por mí. FRESIA: Levanta, prima Gualeva, que tu elección te disculpa, y en este español hay prendas dignas de tu estimación; pues la soberana idea sólo en los cristianos puso el valor y gentileza. Yo os escuché, y por tu honor fingí, prima, la cautela que viste. GUALEVA: Apolo te guarde. Tú, mi don Juan, no enmudezcas, ni estés triste, pues ya sabe nuestro amor mi prima Fresia, y si te ha dado cuidado, ver que Rengo me pretenda, yo le aborrezco y te adoro. JUANA: (¿Habrá quien tenga paciencia, Aparte ni mujer más infeliz?) FRESIA: Solo una duda me queda para ajustar este engaño. GUALEVA: ¿Cuál es? FRESIA: Que Rengo quisiera, que se vista de mujer, para que no le suceda riesgo alguno, y no hayas miedo, que con su cara desmienta el ser mujer, pues no he visto en ninguna tal belleza. GUALEVA: Has dicho bien, y así voy a prevenirla yo mesma un vestido de los míos, para que este engaño sea el norte que me asegure. Tú publicar puedes, Fresia, como es mujer. ¡Ay don Juan! contigo el alma se queda.

Vase

FRESIA: Español, solos estamos. JUANA: (¿Qué me quieres, suerte adversa, Aparte pues apenas uno acaba, cuando otro tormento empieza?) FRESIA: Ya sabes que me has debido la vida, pues si dijera que no eres mujer cristiana, estaba tu muerte cierta. JUANA: Ya lo sé. FRESIA: Pues, español, tú has de pagarme esta deuda con hacerme un beneficio. JUANA: (¡Ya estoy sin alma!) Aparte ¿Qué ordenas? FRESIA: Ya sabes como perdimos la fama, en perder aquella batalla de Santa Fe, porque la gran providencia de Apolo nos fue contraria. Pues has de saber que en ella, o fuese por su desgracia o por mi dicha violenta, la suerte hizo prisionero, acaso en fin de la guerra, a don Diego. JUANA: Ya lo sé. (Pues el saberlo me cuesta, Aparte no menos que toda el alma.) FRESIA: Pues has de saber, que en esa oscura prisión y triste, del sol ignorada senda, habitación de la noche y centro de las tinieblas, le han puesto, sin que persona humana su rostro vea; con tal rigor, que atenuado el alimento le llevan, porque acabe de la hambre a la infeliz miseria. Yo viendo... JUANA: (Sin alma escucho.) Aparte FRESIA: El peligro que le espera y la muerte, pues ha sido encerrarle en esa cueva para otra cosa, dispongo, dándote noticia de ella, que a verle vayas, pues yo con dádivas y promesas tengo obligadas las guardas, para que las llaves vengan a mi poder, y le digas que toda el alma me cuesta verle preso, y que si quiere aunque cristiana me vuelva, ser mi marido, prometo irme con él a su tierra, y librarle de la muerte, que ya por puntos le espera. Y si ingrato respondiere que no, que entendido tenga, que ha de morir, porque ya de mi poder, aunque venga todo un mundo de cristianos, no habrá quien librarle pueda. JUANA: (¿Qué escucho, cielos divinos? Aparte No es mala ocasión aquesta de verle, pues me disfraza el vestido de Gualeva, y Fresia me da las llaves.) Digo, que iré en hora buena a hacer lo que me has mandado, y le pondrá de manera blando, para que se case contigo, mi diligencia; que a mí de tu casamiento me has de dar la enhorabuena. FRESIA: ¿Haráslo como lo dices? JUANA: Yo, de la misma manera, como si a mí me importara. FRESIA: Esta noche la respuesta me has de dar; y quiera Apolo, que como tú lo deseas, me suceda. JUANA: Tu marido fuera luego si eso fuera. FRESIA: Vete pues. JUANA: Ya te obedezco. (¡Ay don Diego! el cielo quiera, Aparte pues te procuro la vida, que toda el alma me vuelvas.)

Vase

FRESIA: Temblando quedo hasta ver de don Diego la respuesta; mas don Juan lo hará muy bien. Cierto, que anduve discreta en fïarle mi cuidado; mas por esta parte llega Caupolicán.

Salen CAUPOLICÁN, TUCAPEL, RENGO, COLOCOLO, y SOLDADOS indios

CAUPOLICÁN: Fresia mía, ¿tan sola tú? Si la pena de la perdida batalla es causa de tu tristeza, no la tengas por tu vida; que ya la venganza intenta mi valor; y si no, escucha y verás de qué manera.

Valientes araucanos, ya sabéis, que soberbios los cristianos, tras un cerco tan largo que sufrieron, de Santa Fe la plaza socorrieron; no por más belicosos, sino porque la suerte más dichosos los hizo que a nosotros, pues la fama hijos del sol a los cristianos llama. Ya sabéis que perdidos, derrotados los más, todos vencidos, sin orden militar nos retiramos al lugar de Purén, que es donde estamos. ¿Pensaréis que mi afecto os llama sólo a que con sacrificios deis a Apolo el obsequio debido, cuando a nuestro valor contrario ha sido injustamente airado? Pues no, para otro fin os he llamado. Antes os traigo ahora a mi presencia, para que le neguéis la reverencia. ¿No es nuestro dios quien nuestra fama borra? ¿No es nuestro dios, aunque ese globo corra, quien con viles ensayos sólo a España calienta con sus rayos? Caiga su estatua al suelo. No deis ofrenda a su tonante [anzuelo]. Todo el respeto se convierta en ira. Su deidad y su culto son mentira; pues si, como en el cielo Apolo para, a la tierra bajara con la carroza, que llamáis divina, a su pesar corriera la cortina, y metiéndome dentro, al ir los brutos a buscar su centro, hiciera mi rigor con saña altiva, que subieran un cielo más arriba, y Apolo desde allí precipitara para que yo subiera y él bajara. RENGO: Dices bien, ese Dios no le queremos. TUCAPEL: Sólo a tu valor por Dios tenemos. FRESIA: Si yo conozco alguno, eres tú sólo. CAUPOLICÁN: Sólo a ti aguardamos, Colocolo. TUCAPEL: Habla. RENGO: ¿Qué te suspende? FRESIA: ¿Qué te ha dado? COLOCOLO: ¿Qué os he de responder, pueblo engañado, si se explica mi voz más elocuente con callar y escucharos solamente? Decidme tantas glorias como en vosotros vi, tantas victorias, que en vuestra fama timbres añadieron, ¿de dónde, cuándo, o cómo provinieron, si no ayudara la piadosa mano del dios radiante, Apolo soberano? Si por una batalla ya perdida, quizá por nuestras culpas permitida, le negáis el poder ciegos y vanos, ¿quién os ha de amparar, decid, araucanos? Y aunque os encierren esos altos muros, ¿dónde estaréis de su rigor seguros? Vuelva vuestra prudencia a dar a vuestro dios la reverencia, y en él solo poned vuestra esperanza, porque si no lo hacéis, mi ciencia alcanza que os veréis abatidos, esclavos, arrojados y perdidos; y que humildes seréis, en vez de graves, me lo anuncian los cantos de las aves; pues en una batalla os ha de destruir... CAUPOLICÁN: ¡Caduco, calla! Que sólo porque tanto lo deseas, al revés lo he de hacer, para que veas en la empresa más ardua y peligrosa, que tu ciencia agorera es mentirosa. TUCAPEL: Y yo en eso me fundo, que sobra mi valor a todo el mundo. RENGO: ¿Cuándo, caduco viejo, el valor necesita de consejo?

Sale un SOLDADO indio, que trae a dos indios cortadas las manos, y los ojos ensangrentados

SOLDADO: Señor, porque te asombres, de repente te envían estos hombres, que por ser araucanos, los remiten sin ojos y sin manos los españoles... COLOCOLO: ¡Qué confuso abismo! SOLDADO: ...diciendo que de ti han de hacer lo mismo... CAUPOLICÁN: Llevadlos luego o, ¡pese a mis enojos!, . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¡vive Apolo...!, mas no, que es dios violento. ¡Viva yo!, que es más firme fundamento, que mis rigores fieros han de dar muerte a cuantos prisioneros esas mazmorras tengan encerrados, a tormentos no vistos ni pensados. De esta suerte me vengo; y pues entre otros a don Diego tengo de Almagro, a quien aclama España por el hombre de más fama; sin que pase de este día, he de vengar en él la saña mía. Ea, soldados míos, a la campaña os llaman vuestro bríos. Restaurad esta tierra. ¡Guerra contra el cristiano, guerra, guerra!

Vanse. Salen don DIEGO y MOSQUETE con cadenas

MOSQUETE: Reniego de la cadena y el alma que la inventó, y de quien aquí me entró a profesar de alma en pena. ¡Qué esto hagan con un pobrete! DIEGO: Mosquete, en esta inclemencia, paciencia ten. MOSQUETE: Mi paciencia no es a prueba de Mosquete. DIEGO: Consuélete en esta impía prisión mi fortuna escasa. MOSQUETE: El hambre que por ti pasa, no satisface la mía. ¿Qué consuelo puede hallar mi corazón afligido, donde, siendo Dios servido, pienso que me han de empalar? Que te empalaren a ti, vaya que derecho o tuerto, mil araucanos has muerto; mas que me empalen a mí, ¡por Dios!, que me maravilla, aunque el diablo lo recete, pues será el primero Mosquete, que no haya muerto de horquilla. DIEGO: ¡Que no pueda yo vengar mi rabia en quien me prendió! MOSQUETE: ¡Y que no pueda irme yo a ser motilón de albar! DIEGO: ¡Que de hambre morir espero, porque esta pena me inquiere! MOSQUETE: ¡Que entre en la prisión Mosquete, siendo caballo ligero! DIEGO: ¡Cielos, a tanto pesar socorra vuestro poder! MOSQUETE: ¡Cielos, dadme que comer, aunque no haya que cenar! DIEGO: ¡De tan peligroso afán, cielos, librad mi cuidado! MOSQUETE: Oye, díselo cantado, quizá te responderán, o déjame hablar a mí. DIEGO: De tu necedad me espanto. MOSQUETE: Mira que estoy hecho un santo desde el punto que entré aquí, y un milagro hacer espero. DIEGO: Sin duda que estás borracho. MOSQUETE: Usted trae lindo despacho; mas óigale usted por primero. ¿Comerá usted un pavo? Sí. ¿Y una tostada? También. Fruta ha de ser de sartén pues nada de esto hay aquí. DIEGO: ¡Vive Dios...! MOSQUETE: De ti me aparto. DIEGO: ¡Que te pueda yo sufrir! MOSQUETE: Usted bien puede reñir; mas no ha de reñirme harto. Y el milagro bien se allana, que es grande. DIEGO: ¿De qué lo infieres? MOSQUETE: ¿Qué mayor milagro quieres que no comer donde hay gana?

Los españoles en Chile part 8

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham