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Salen el MARQUÉS, don PEDRO de Rojas, y acompañamiento

MARQUÉS: Gran día, por Dios, don Pedro, que estábamos ya apretados. PEDRO: Señor, aunque vuecelencia con su corazón bizarro, siempre muro incontrastable a la defensa y reparo de la plaza asiste, al cerco nos aprieta el indio tanto, que era imposible... MARQUÉS: Don Pedro, no el peligro he de negaros; pero es más nuestro valor. Don Diego, ¿tan retirado? ¿Cómo, si somos amigos, a darme no habéis llegado el parabién del socorro que ya tan cerca miramos? En fin, el Perú ha servido fino al rey. DIEGO: Tales vasallos nunca pueden obrar menos. MARQUÉS: Saben muy bien obligarlo, y al valle de Tucapel entran las tropas marchando con don Alonso de Ercilla. DIEGO: Es muy valeroso cabo para la caballería, y con Reinoso a su lado pueden ceder a sus glorias los Césares y Alejandros. MARQUÉS: Don Diego, lo que me admira, es ver que los araucanos, según expertos están ya en la guerra, viendo cuanto importa aqueste socorro, reconociendo su daño, no hayan salido a impedir a nuestras tropas el paso. DIEGO: Muy difícilmente entraran si en el estrecho del lago hicieran la oposición. MARQUÉS: Ha sido descuido raro. DIEGO: Toda la fuerza en el sitio esta plaza han ocupado. MARQUÉS: Sin embargo, admira mucho ver que se hayan descuidado, sin mirar este peligro, y más cuando tan soldados están ya; porque, decidme, ¿no os causa notable espanto ver, que sepan hacer fuertes, rebellines y reparos, abrigarse de trincheras, prevenirse a los asaltos y jugar armas de fuego? No pudieran hacer tanto si toda la vida en Flandes se hubieran disciplinado. DIEGO: Tan diestros, como nosotros, manejan ya los caballos. PEDRO: Mas es verlos como visten el duro peto acerado. MOSQUETE: Y habrá quien diga que en cueros pelean como borrachos; pues la fuercecilla es boba: vive Dios, que hay araucano que trae una viga al hombro, que no la llevara un carro.

[Suena un] clarín

MARQUÉS: ¿Qué es aquesto? MOSQUETE: Gran señor, fuera del muro han tocado un clarín. DIEGO: Y hacia la plaza viene un bárbaro llegando a caballo. MARQUÉS: Otra amenaza nos traerá, como el pasado. DIEGO: Ya a las murallas se acerca.

Sale TUCAPEL por el patio en un caballo en cerro, con una liga por freno, estribos de cuerda, y un indio con una trompeta

TUCAPEL: Valerosos castellanos, si mi presencia no os causa, antes de mi nombre, espanto, diré quien soy, que esta salva es fuerza haceros, juzgando, que si antes digo mi nombre, moriréis de sobresalto. MARQUÉS: Bárbaro, quién eres, di que aunque altivo y temerario piensas matar con las voces, no son las palabras manos. TUCAPEL: Bien las teméis, españoles, pues demuestra a los cercados el valor que hay en nosotros no podéis aseguraros; pero para no cansarme de voces, que es escusado, cuando el acero pretende ser mejor lengua en el campo, diré en breve a lo que vengo si es que podéis escucharlo. Yo soy Tucapel, en quien consiste todo el Arauco y el mundo, que todo el mundo es corta empresa a mi brazo. A una dama le ofrecí, a quien amante idolatro, a quien rendido me postro por deidad y por milagro de hermosura, pues el sol es de su belleza un rasgo, la cabeza de don Diego, ése que llaman de Almagro; que, porque dicen que es valiente, se le ha antojado. Y porque siempre a las damas he cumplido lo que mando, a don Diego desafío cuerpo a cuerpo por no errarlo; pues si como me pidió su cabeza, las de cuantos ahí se encierran me pidiera, ya en la plaza hubiera entrado, y todas se las llevara a la cola del caballo. Ea, españoles, si el valor ambicioso de honra tanto puede con vosotros, que de otro mundo aqueste os trajo, salir conmigo a campaña os lo asegura, y si osado sale don Diego, su fama volará en vuelo más alto que dan laurel mis historias a la muerte del contrario, y a lo dicho responded, que me corro en lo que tardo. DIEGO: Bárbaro, yo soy don Diego, y porque deslumbrado otra vez no hagas promesa que no has de cumplir, al campo saldré luego, y voto a Dios, que el antojo temerario de esa dama ha de cumplir tu cabeza, que no es malo a un antojo de una perra, envïarla una de un galgo. TUCAPEL: Pues, español, ya que estás de tu valor confïado, en la fuente de oro espero, y hoy de sol a sol te aguardo, si te atreves a salir, donde verás que mi brazo para hacerte polvo, es relámpago, trueno y rayo.

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DIEGO: Tras ti voy.

Hace que se va

MARQUÉS: Teneos, don Diego, ¿pues a dónde vais? DIEGO: Al campo, a quitarle la cabeza, y a envïársela en un palo a su dama, para el muelle. MARQUÉS: Pues vuestro aliento bizarro perdone esta vez, porque no podéis salir al campo. DIEGO: ¿Cómo que no? ¡Voto a Dios...! MARQUÉS: Ea, don Diego, templaos; ved que estáis en mi presencia, y que yo soy el que os mando que no salgáis, pues no os toca el duelo estando cercado. DIEGO: Vive Dios, que vuecelencia es terrible. MARQUÉS: ¡Reportaos! ¿Quién duda que sois valiente? Ninguno; pues vuestro brazo, no sólo trïunfe al rey, sino provincias, le ha dado. Yo soy vuestro general, esta plaza al rey le guardo, para defenderla sólo he menester los soldados; que duelos particulares, no plazas al rey le han dado. Mirad si será mejor para esta empresa guardaros, que a lo que no necesito dejaros salir al campo DIEGO: Y mi pundonor? MARQUÉS: Ninguno como yo sabrá guardarlo. Sepa obedecer ahora; que yo tomaré a mi cargo su despique. Vos, don Pedro, haced luego echar un bando, que ninguno de la plaza, por ningún modo, sea osado a salir, pena de muerte; y aquesta noche os encargo, que corráis las centinelas que están fuera. PEDRO: Mi cuidado hará todo lo que ordenas. MARQUÉS: El nombre os daré temprano. No estéis con pena, don Diego. DIEGO: Yo, señor... MARQUÉS: Ya está acabado. No hemos de hablar más en esto, obedeced lo que os mando. DIEGO: Digo, señor, que obedezco. (No bien el lóbrego manto Aparte tenderá la noche al mundo, cuando por el muro osado baje a cumplir con quien soy.)

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MARQUÉS: ¡Lo que siente el buen Almagro perder aquesta ocasión! Pero esto es preciso, vamos, que hay mucho que prevenir. PEDRO: Ya te seguimos. MARQUÉS: Por cuanto dejará un hombre valiente de sentir lo que ha pasado.

Vanse. Sale doña JUANA, en cuerpo, con una carabina

JUANA: ¡Qué oscura que está la noche! aun no se divisa el cielo, pues parece que sus sombras se conforman con mi intento. Del real salgo, y hacia el fuerte de los españoles vengo, acompañada de aqueste áspid de metal y fuego que acaso Fresia tenía en su tienda. A ver si puedo ver a don Diego esta noche, para estorbarle a don Diego, con un engaño, que vaya a ver a Fresia pues veo que si yo no se lo estorbo, no tendrá mi mal remedio. ¡Buena me has puesto, Fortuna, con tus extraños rodeos! No soy mujer, soy soldado, pues entiendo ya el manejo de las armas. Mas, ¿qué mucho si en la guerra de mi pecho, mi amor es el general, capitanes mis deseos, artilleros mis cuidados, y aun centinelas mis celos?

Sale MOSQUETE

MOSQUETE: Lleven los diablos el alma y el corazón del primero que fue inventor de recados; que viendo mi amo don Diego el bando que ha publicado el marqués, y conociendo, que si sabe que ha salido de la plaza, mi pescuezo lo ha de pagar, temerario y tronera me haya hecho con esta noche salir de Santa Fe, con intento de que un recado la dé a Fresia. ¡Viven los cielos que está borracho! JUANA: ¿Qué escucho? Pasos a esta parte siento. ¿Quién es? ¿Quién va? MOSQUETE: (Esto es peor; Aparte aquí me dan pan de perro.) JUANA: ¿No responde? Pues yo haré con dos balas en su pecho dos bocas con que responda. MOSQUETE: Tente, hombre de los infiernos, que yo con mi boca sucia diré quien soy. JUANA: Acabemos. MOSQUETE: Soy un sastre comprador, que una tela estoy urdiendo, y ahora voy por el recado. JUANA: De chanza me habla. MOSQUETE: Lo cierto es, que soy un soldado de Santa Fe. JUANA: Pierde el miedo; y dime, ¿qué capitanes hay en Santa Fe? MOSQUETE: Dirélos: el de más fama es mi amo. JUANA: A quién sirves? MOSQUETE: A don Diego de Almagro. JUANA: Ya le conozco. MOSQUETE: Es el segundo don Pedro de Rojas. JUANA: Aguarda, ¿quién? MOSQUETE: Don Pedro de Rojas. JUANA: (¡Cielos, Aparte si será aqueste mi hermano?) Dime, ¿aquese caballero ha mucho que está en Arauco? MOSQUETE: Poco habrá, según sospecho; porque en el Perú servía. JUANA: (Él es. Fortuna, ¿este riesgo Aparte añades más a mi vida?) Dime; y tu amo don Diego, ¿está enamorado? MOSQUETE: Mucho. A una perra está queriendo, que por ella se le cae la baba. JUANA: ¿Con tanto extremo la quiere? MOSQUETE: Eso es cosa mucha. JUANA: Y de una dama, a quien ciego dejó en el Perú, ¿se acuerda? ¿Débele algún sentimiento? MOSQUETE: Aunque no la conocí, algunas veces le veo, así entre regañadientes, mascarla algunos requiebros; pero estotra se los come, y ahora voy como un trueno al real de los araucanos, a prevenirla que luego irá mi amo a visitarla. JUANA: Si allá vas, viven los cielos que te he de cortar las piernas. MOSQUETE: Andaré muy bien con eso. JUANA: Vuélvete al fuerte, villano y dile a tu amo don Diego, porque su riesgo conozca, que esta dama tiene dueño; que la vida han de quitarle si es que no muda de intento; y a ti, sólo porque lleves esta respuesta, te dejo sin darte dos cuchilladas. MOSQUETE: ¡Por Dios!, que fuera bien hecho, y que de la cortesía de usted no esperaba menos. JUANA: ¿A qué aguardas? MOSQUETE: Ya me voy. Esto y mucho más merezco por alcahuete.

Al irse por donde salió doña JUANA, le echa por donde él salió

JUANA: Villano, por ahí has de ir. MOSQUETE: Ya lo veo. Adiós, mi rey, a mi amo buena respuesta le llevo.

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JUANA: ¿No bastan, cielos, no bastan los enemigos que tengo en mi estrella y en mi amor, en mi cuidado y mis celos, sin saber que esté mi hermano en Arauco? ¡El juicio pierdo! ¡Sin alma estoy!

Sale don PEDRO

PEDRO: Mi cuidado viene ahora recorriendo Las centinelas, por ser del marqués mandato expreso. JUANA: Si no me engaño, a esta parte voces oigo. PEDRO: Pasos siento. ¿Quién va? ¿Quién es? Oye, hidalgo, el paso franco pretendo; hágase a un lado. JUANA: (¡Ay de mí! Aparte que si no me engaña el eco, esta es la voz de mi hermano.) PEDRO: ¿No responde? JUANA: (¡Santos cielos!, Aparte él aquí ha de conocerme si no busco algún remedio; pero fingiendo la voz, centinela hacerme quiero, pues aquesta carabina me ayuda para el intento.) Téngase allá. PEDRO: (Centinela Aparte es sin duda.) Ya me tengo; pero he menester pasar. ¿Sois soldado de los nuestros? JUANA: De los castellanos soy. PEDRO: Dejad pasar a don Pedro de Rojas. JUANA: No le conozco, ni conociera al rey mesmo, sin darme primero el nombre: no me engañe, caballero, apártese. PEDRO: El nombre os doy, escuchad. JUANA: Decid.

[Le habla] al oído

PEDRO: San Pedro. JUANA: (¡Vive Dios!, que estoy perdida, Aparte porque si pasar le dejo, me ha de conocer.) Hidalgo, aquí no hay otro remedio, no hay sino tener la paciencia, que el santo se me fue al cielo: digo, que se me ha olvidado. Alárguese, o a su pecho irán dos balas. PEDRO: ¿Qué? ¿De él no os acordáis? JUANA: No me acuerdo. ¡Alárguese, o voto a Dios...! PEDRO: (A él se le olvidó, en efecto, Aparte el nombre, y como soldado ha andado valiente y cuerdo en no dejarme pasar.) Daréle aviso al sargento de este caso, para que vengan a mudarle luego.

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Los españoles en Chile part 6

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham