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JORNADA SEGUNDA


Sale doña JUANA, de hombre

JUANA: Amor, ya he llegado a ver la fuerza de tu rigor. ¿Qué es lo que quieres, Amor, de una infelice mujer? Si tu violenta porfía de mí misma me enajena. ¿Qué es lo que me quieres, pena, que aun no me dejas ser mía? Don Diego, aleve y traidor, de mí, con injusto trato, se olvida y me deja ingrato, cuando es dueño de mi honor. Ya con cariño leal solicito su desdén, que solo yo sirvo bien a quien sabe pagar mal. Y porque no se mejore mi suerte, halla mi quimera una mujer que le quiera, y otra que a mí me enamore. Fresia, para darme enojos le quiere; y él, claro está, que su afecto pagará, pues me lo han dicho sus ojos. Gualeva muy cariñosa, porque padezca este ultraje, me adora, que en este traje debo de ser más dichosa; y entre estas burlas y veras lidiando está mi cuidado. Fortuna, ¿dónde has hallado tanto tropel de quimeras? Pero pues ya me quedé en Arauco, y en rigor Gualeva me tiene amor, con esta industria podré de los dos saber mi daño, centinela de mi honor; pues lo que hiciere su amor, sabrá deshacer mi engaño.

Sale FRESIA por el otro lado

FRESIA: Amor, que en dulces despojos usurpaste a mis sentidos la vista por los oídos, y la atención por los ojos, ¿dónde tus engaños van, tirano, que no lo sé, pues injuriando la fe que debo a Caupolicán, a un cristiano mi albedrío has rendido de manera que no soy la que antes era? ¿Qué no hará tu desvarío? De Fresia, ¿ha de haber quien diga, que a otro amor su afecto da? Pero allí el cristiano está. JUANA: ¡Cielos, ésta es mi enemiga!

Al paño TUCAPEL

TUCAPEL: A Fresia, determinado viene siguiendo mi amor, a decirle --¡qué rigor!-- que es imán de mi cuidado. Pero no es posible ahora, que está el español allí. FRESIA: Cristiano, ¿qué haces aquí tan solo? JUANA: (¡Ah, ingrata!) Señora, Aparte no tengas a novedad hallar sólo a un afligido, pues de un triste siempre ha sido alivio la soledad. FRESIA: Triste tú, ¿por qué razón? ¿No has mejorado tu suerte? JUANA: (Tú pudieras responderte, Aparte pues eres tú la ocasión.) FRESIA: Mi prima Gualeva, di, que aquesto bien lo sé yo, ¿la libertad no te dio? JUANA: Sí señora, eso es así. Y aunque lograrla pudiera, traigo un cuidado crüel, y hasta que acabe con él he de estar de esta manera. FRESIA: A lo que llego a entender, español, de tu cuidado, creo estás enamorado en tu tierra. JUANA: Puede ser, y aun aquí que lo estoy siento. FRESIA: ¿A quién tu amor se rindió? JUANA: Pienso que estamos tú y yo en un mismo pensamiento. FRESIA: No te entiendo, y pues los dos solos estamos ahora, dime, ¿a quién quieres? JUANA: Señora, son cuentos largos, por Dios. A un sujeto mis desvelos se han rendido y se han postrado, que por otro me ha dejado. FRESIA: ¡Mal haya quien te da celos! JUANA: ¡Mil veces mal haya, amen! FRESIA: Y pues tú me has declarado, que quieres bien, mi cuidado he de fiarte también. TUCAPEL: Con mil sobresaltos lucho. FRESIA: Sabe, que amor me condena a la más terrible peña: pues a un español... TUCAPEL: ¿Qué escucho? FRESIA: Se rindió el orgullo mío; y como, en fin, soy mujer... TUCAPEL: Esto me importa saber. FRESIA: ...es dueño de mi albedrío quisiera sin embarazo verle esa noche. JUANA: (¡Ah traidora!) Aparte FRESIA: ¿Qué me respondes? JUANA: Señora, (¡Quién te hiciera mil pedazos!) Aparte por aliviar tu dolor, y porque se te olvidara, vida y alma aventurara. FRESIA: Pagas en eso mi amor. ¿No conoces a un don Diego de Almagro, a quien hoy la fama, por el más valiente aclama? TUCAPEL: ¿Esto escucho? ¡Yo estoy ciego! FRESIA: Sí, bien lo conocerás, pues en la presencia mía de él hablaste mal un día, y he de saber, ¿por qué estás mal con él? JUANA: Aunque es así, que mal de don Diego hablé, nada en don Diego se ve que pueda importarme a mí. En mi tierra loco y ciego, don Diego a una dama vio, y don Diego la turbó. FRESIA: No ha visto tanto don Diego. ¿Eso, qué te importa a ti? JUANA: A mí nada, claro está. TUCAPEL: La paciencia pierdo ya. JUANA: (¿Celos, qué queréis de mí?) Aparte FRESIA: Yo, en fin, a don Diego adoro, bien te lo ha dicho mi fe, sin él no vivo; y aunque es arriesgar mi decoro, delante de ti un recado, como sabes, le envié; y pues no viene, se ve que no se lo dio el crïado; y así, español, yo quisiera... JUANA: ¿Quisieras, si se repara, que yo mismo le llevara, para que a verte viniera, otro aviso en conclusión? FRESIA: Leíste el intento mío. JUANA: ¿Te espantas? Más que en el mío estoy en tu corazón. FRESIA: A darle este aviso irás, pues fío mi amor de ti. JUANA: Y si él no viene por mí, no tienes que aguardar más. FRESIA: Ve a darle luego el recado, y a sacarme de este abismo. JUANA: Haz cuenta que es uno mismo tu cuidado y mi cuidado. FRESIA: Yo te seré agradecida, si con dicha a verme llego. JUANA: (O no has de ver a don Diego, Aparte o me ha de costar la vida.

Vase

TUCAPEL: ¿A qué aguardan mis enojos, si estoy de coraje ciego? FRESIA: ¡Ay, español! ¡Ay don Diego! ¿Cuándo te han de ver mis ojos? Apolo, tú que el secreto sabes de mi lengua muda. dime, ¿vendrá?

Sale TUCAPEL

TUCAPEL: ¿Quién lo duda? Yo, Fresia, te lo prometo, que no es muy dificultosa esta empresa. FRESIA: (Hado crüel, Aparte ¿si me oyó hablar Tucapel? TUCAPEL: Escúchame, Fresia hermosa:

Divina araucana bella, en cuyas luces anima el sol sus flamantes rayos, para que amanezca el día. No me espanto que al amor tu altivez hermosa rindas, que en tu mismo cielo tienes los astros con que te inclinas. Sólo siento, cuando hay tantos en Arauco que te sirvan y que te adoren, pues yo al combate de tus iras, ha mil siglos que en tus ojos ardo solamente viva, que a un español, que a un cristiano ciegamente inadvertida, entregues tu amor, sin ver que te ofendes a ti misma. Corrido de hallarte humana estoy al verte divina. ¿No sabes, que de sus cascos nuestra insaciable ojeriza hace valer, que en tu mesa la hidrópica sed mitigan? Pero ya que estás resuelta a quererle, pues le envías a llamar, desprecio haciendo de mis hidalgas fatigas, hoy a tus ojos prometo traer su cabeza misma; porque quien viere tu amor puesto en un cristiano, diga, que Tucapel de esta infamia a los araucanos libra. FRESIA: (Aquí importa mi valor. Aparte De escucharle estoy corrida. Pero mi rigor con él me disculpe, pues peligra mi honor, si le riño ahora con blandura su osadía.) Dos delitos, Tucapel, con tus razones indignas, has cometido: primero, que estando en presencia mía, sin el respeto debido a mi honor, que a par se mira del sol, pues a él comparado arde con centellas tibias, ciego me declares ese bárbaro amor que publicas; el segundo, no, el primero, bien dice, y lo que más me irrita, es que atrevido, villano, y descompuesto me digas, que a un español rinde Fresia su amor, cuando no mitigan mares de sangre cristiana la sed insaciable mía. ¿Yo afición? ¿Qué es afición? ¿Yo caricia? ¿Qué es caricia? Cuando yo misma me corro de que mi voz lo repita. ¡mientes, villano! TUCAPEL: Oye, Fresia. Considera, advierte, mira, que yo lo escuché y no puedes negarme lo que publicas. FRESIA: Es verdad, pero hay palabras, que aunque suenan mal oídas, el intento que las mueve suele tal vez desmentirlas. Yo le llamé, no lo niego, para quitarle la vida Con este engaño...(¡Ay don Diego, Aparte perdóname esta mentira!) ...porque me corro a ver que sus hazañas altivas borren las que de vosotros hoy tiene la fama escritas; aquésta fue mi intención, y ¿piensas tú...? TUCAPEL: No prosigas, que en tu disculpa engañosa te confiesas conclüída. Doy, que llamarle tu voz para ese intento sería: doy que viene, y que tú, Fresia, con esos ojos le miras. ¿Dejarán de ser hermosos, aunque de rigor los vistas? ¿No es preciso que se muera, si con atención los mira? Luego ya de tu favor, y no del rigor peligra; pues, ¿no muere de tu enojo el que muere de su dicha? Y así para que no tenga esta vanidad precisa, pues verle muerto deseas, yo haré, tirana enemiga, que con su cabeza veas hoy mi promesa cumplida.

Vase

FRESIA: ¡Ay, Amor, cierta es mi muerte! que si don Diego peligra al rigor de este tirano, ¿para qué quiero la vida? Bien parece que eres mío, pues empiezas con desdicha. Mas, ¿cómo de mi valor me olvido cuando yo misma puedo remediar del alma la amenazada rüína? Siguiendo iré a Tucapel, que en dos acciones distintas, si aventuro mi recato, el amor es quien me obliga.

Vase. Salen don DIEGO y MOSQUETE

DIEGO: Grandes fueron los estragos que en los bárbaros hicimos. MOSQUETE: Sí, mas por Dios, que nos vimos bebiendo la muerte a tragos. DIEGO: Notable el número fue, que de enemigos cargó. MOSQUETE: Si no estuviera allí yo, se perdiera Santa Fe. valiente mi acero andaba. DIEGO: Yo en el campo no te vi. MOSQUETE: Con la sombra me encubrí de los que despabilaba. A un araucano encontré lampiño, y le di tal bote, que a su pesar, de un bigote, en un árbol le colgué. DIEGO: Un lampiño, ¿cómo, di, pudo bigotes tener? MOSQUETE: Le empezaban a nacer de miedo de verme a mí. A otro araucano marrajo, mira mi fuerza la que es, solamente de un revés le eché en el río Tajo. DIEGO: Calla, loco. MOSQUETE: ¿Qué te inquieta? DIEGO: Que eres un gallina digo. MOSQUETE: Tú, comparado conmigo, eres un niño de teta. DIEGO: Por Dios, que me vi perdido, si aquella hermosa araucana que te dije, soberana, no me hubiera defendido. MOSQUETE: Admirado me ha dejado lo que de ella hoy refieres; mas tú con estas mujeres eres muy afortunado; pues tienes, rara quimera, una, que con dicha extraña, te defiende en la campaña; otra, que en el real te quiere. Fresia, a tu fama obligada, pide la vayas a ver; déjate, Fabio, querer, pues que no te cuesta nada. DIEGO: ¿Fresia se llama? Sin duda que es la que me defendió, porque ese nombre le dio su gente. MOSQUETE: Pues si te ayuda, no ir a verla es disparate. Necio en no hacerlo serás; enamórala y tendrás para el sitio chocolate. DIEGO: Calla, loco. MOSQUETE: Sin empachos, hoy te has hallado un tesoro; pues tendrá más tejos de oro, que hay cabezas de muchachos. DIEGO: Ya a verla determinado estoy, aunque el riesgo infiero; mas será bien que primero, pues tú con ella has estado, y su tienda sabes, vayas a prevenirla. MOSQUETE: Eso no, en que vayas vengo yo, y luego allá te lo hayas. DIEGO: Necio es tu recelo, puesto que libre por mí te ves. MOSQUETE: El marqués sale. DIEGO: Después hablaremos más en esto.

Los españoles en Chile part 5

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham