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Personas que hablan en ella:
Dicen dentro en distintas partes
UNOS: ¡Viva Fresia siempre altiva! OTROS: ¡Viva nuestro capitán! OTROS: ¡Viva el gran Caupolicán! OTROS: ¡Viva Chile! OTROS: ¡Arauco, viva!
Salen por una parte CAUPOLICÁN, vestido de indio, con arco y flecha al hombro, con bastón de general, y acompañamiento de indios; y por otra FRESIA, vestida de [india].
CAUPOLICÁN: Chilenos valerosos, vuestros aplausos siempre generosos.. FRESIA: Valientes araucanos, vuestros aplausos siempre soberanos.. CAUPOLICÁN: A Fresia por deidad que luz reparte. FRESIA: Al gran Caupolicán por vuestro Marte se deben, se han de dar a él solamente, por general de Arauco el mas valiente. CAUPOLICÁN: A Fresia, pues me ciega su luz pura, por reina universal de la hermosura, decid, para lisonja de los vientos.. FRESIA: Repitan en su gloria los acentos: viva Caupolicán.
Encuéntranse
CAUPOLICÁN: Fresia querida, si a dar a este horizonte nueva vida tu soberana luz ha madrugado.. FRESIA: Si a verte de laureles coronado la aclamación te llama.. CAUPOLICÁN: Si por Deidad la adoración te aclama, segura está de Arauco en ti la gloria. FRESIA: En ti asegura Chile su victoria. CAUPOLICÁN: Prodigio valeroso, en quien se unió lo fiero con lo hermoso, pues para asombro bélico de España, armada aurora luces la campaña: tú sola has de vivir; mintió el acento. que pobló con mi nombre el vago viento, cuando mi aplauso arguyo, de que me aclame el orbe esclavo tuyo, pues claro se apercibe vivir Caupolicán, si Fresia vive. Deja, pues, dueño mío, cuando a tus pies se postra mi albedrío, el arco soberano, que ocioso pende de tu blanca mano: depón a aqueste indicio tus enojos, pues hieren más las flechas de tus ojos. FRESIA: A tu noble fineza agradecida estoy, Caupolicán: tuya es mi vida, cuando a quien menos que tu aliento fuera, mi altiva presunción no se rindiera. (Miento mil veces, que mi afecto estraño, con Don Diego, es verdad, con este engaño firme mi fe le entrego.) CAUPOLICÁN: Con eso queda mi amor, Fresia, mas ciego. Confirme, pues, su dicha en tiernos lazos. Éstos mis brazos son. FRESIA: Y éstos mis brazos.
Abrázanse. Sale COLOCOLO, mago, vestido de pieles, con barba cana
COLOCOLO: (¿Caupolicán a Fresia está rendido, Aparte poniendo sus hazañas en olvido? Aplicar el remedio importa solo.) Oye, Caupolicán. CAUPOLICÁN: Gran Colocolo, cuya ciencia en el mundo de la magia te ha hecho sin segundo, ¿qué me quieres? COLOCOLO: Escucha: (Mi libertad con su respecto lucha; Aparte mas la patria es primero, su obligación aconsejarle quiero.)
Valiente Caupolicán, noble araucana guerrero, cuyas hazañas en bronce esculpe el buril del tiempo, ya sabes que con mi ciencia conozco, alcanzo y penetro los futuros contingentes, siendo en la magia el primero que a ese globo de zafir, que está tachonado a trechos de estrellas, y en once hojas es volumen de sí mismo, si no le apuro, le mido las líneas y paralelos. Ya sabes, Caupolicán, que los indianos imperios de Méjico y del Perú, a un Carlos están sujetos, monarca español, tan grande, que, siendo de un mundo dueño, no cupo en él, y su orgullo imaginándose estrecho, para dilatarse más conquistó otro mundo nuevo. Bien a costa de la sangre nuestra, araucanos, lo vemos; pues sus fuertes españoles no de estas glorias contentos, basta en Arauco invencible sus estandartes pusieron; que no se libra remoto de su magnánimo aliento ni el africano tostado, ni el fiero adusto chileno. Desde entonces, araucanos, a su coyunda sujetos hemos vivido, hasta tanto que vosotros, conociendo la violencia, sacudisteis el yugo que os impusieron: y con ánimo atrevido, ya en la guerra mas expertos, blandiendo la dura lanza, y empuñando el corvo acero, oposición tan altiva a sus armas habéis hecho, que sublimando el valor aun más allá del esfuerzo, sois émulos de sus glorias; pues hoy os temen sangrientos los que de vuestro valor ayer hicieron desprecio. Dígalo el fuerte Valdivia su capitán, a quien muerto lloran, que de vuestras manos fue despojo y escarmiento, de cuyo casco ha labrado copa vuestro enojo fiero en que bebe la venganza iras de mayor recreo. Díganlo tantas victorias, que en repetidos encuentros habéis ganado, triunfando de los que dioses un tiempo tuvieron entre vosotros inmortales privilegios. Desde Tucapel, al valle de Lincoya, vuestro aliento ha penetrado, ganando muchos españoles pueblos, hasta cercar en la fuerza de Santa Fe con denuedo los mejores capitanes, que empuñan español fresno; y vuestra gloria mayor es haber cercado dentro al gran marqués de Cañete su general, cuyos hechos han ocupado a la fama el más generoso vuelo, de quien os promete glorias la envidia que lo está viendo. Si esto es así, ¡oh capitán!, y que está durando el cerco, donde al cuidado el peligro está llamando despierto, ¿cómo durmiendo en oprobios, al laurel tan poco atento, truecas las iras de Marte a las delicias de Venus? Cuando el bastón a tu mano Arauco fía, ¿te vemos, en vez de sangrientas lides, entregado a los requiebros? ¿Cómo vencerá soldado quien vive de amores tierno? No está en emprender la hazaña la gloria del vencimiento, sino en saber conseguir la victoria; y esta es cierto, que la da el valor obrando, no divertido el esfuerzo. Vuelve en ti, Caupolicán, arda en más nobles incendios que en los del amor tu orgullo; inflama en Marte tu pecho; forje rayos la venganza, y tu invencible ardimiento, a pesar del amor sea triaca de su veneno, que yo, que el sacro volumen de aquesos záfiros leo, la victoria te aseguro; porque los dioses supremos están y de nuestra parte. Niéguese al amor el feudo. Vibre tu brazo invencible aquese rayo sangriento, que Júpiter en tu mano para terrores ha puesto. Gima el parche, tiemble el orbe, y a voces el metal hueco, publicando sañas, rompa la vaga región del viento. Muera sólo del amago, herido con el estruendo, el español, y en cenizas caigan sus muros al suelo. Ea, valiente capitán, la libertad aclamemos, que vida sin ella es muerte; porque el castellano fiero conozca, penetre, alcance de tu valor y tu aliento, que sabes vencer pasiones, y sabes domar imperios. CAUPOLICÁN: (Corrido, por Marte estoy Aparte de haberle escuchado, puesto, que por su ciencia le estimo, y por su edad le respeto.) Colocolo, no es prudencia en los magnánimos pechos, aunque el defecto conozcan, decir tal vez el defecto: que aunque estimo, como es justo porque has sido mi maestro, tus consejos, esta vez son muy libres tus consejos. ¿Quién te ha dicho, Colocolo, que se olvida mi ardimiento de mi venganza? ¿No sabes que a los cristianos soberbios cercados tengo? ¿No sabes que mi nombre está temiendo el mundo, porque en nombrando a Caupolicán, el cielo tiembla, la tierra se encoge, gime el mar, y con respecto de oír mi nombre se turban todos los cuatro elementos? ¿No sabes que mis hazañas y mis gloriosos trofeos, que el parche publica en voces y el metal declara en ecos, vienen de Fresia divina, a quien amante venero, a quien rendido idolatro, teniéndome yo a mi mismo envidia, ¡viven los dioses!, de que su favor merezco, que hasta esa dicha me hace tener de mi propio celos? Pues, ¿cómo, (¡De enojo rabio!) Aparte te atreves, loco (¡Estoy ciego!) Aparte a disuadirme, (¡Qué engaño!) Aparte mi amor? (¡De coraje tiemblo!) Aparte ¡Viven los dioses...! Mas vete de mi presencia al momento, que por sus divinos ojos, en cuyas luces me quemo, que si otra vez perseveras en hablarme más en esto, yo, sin tener a tus canas ni a tu enseñanza respeto, te he de coger en mis brazos para que mires en ellos con tu muerte, castigos, tus locos atrevimientos. FRESIA: Yo, por la misma razón, sin el castigo te dejo, merecido a tu locura. COLOCOLO: ¡Ay araucanos! ¡Qué presto os llegará el desengaño si no tomáis mis consejos! Porque mi ciencia... CAUPOLICÁN: Es caduca.
Tocan cajas
Pero, ¿qué ruidoso estruendo es éste? FRESIA: Por esta parte viene el valeroso Rengo marchando hacia aquí. GUALEVA: Y por ésta viene Tucapel, haciendo alarde de su valor. CAUPOLICÁN: ¿Qué será? COLOCOLO: Desdicha temo. GUALEVA: Ellos lo dirán mejor, pues ya llegan a este puesto.
Salen por un lado RENGO, de indio, con carcaj, arco y flechas, y SOLDADOS que traen prisionero a MOSQUETE, vendado los ojos; y por el otro TUCAPEL, de indio, c[apitán, que trae a doña JUANA, prisionera, vestida de soldado]
RENGO: Valiente Caupolicán... CAUPOLICÁN: Bizarro y famoso Rengo... TUCAPEL: General de Arauco insigne... CAUPOLICÁN: Tucapel altivo... TUCAPEL: Hoy llego a tu presencia. RENGO: A tu vista... TUCAPEL: Alegre... RENGO: Ufano TUCAPEL: Contento... RENGO: A ofrecerte... TUCAPEL: A dedicarte... RENGO: Despojos... TUCAPEL: Triunfo... CAUPOLICÁN: Teneos; que antes de decirme nada, conociendo vuestro aliento, sé que venís vencedores; y así, vencedores quiero dar a los dos, con mis brazos, debido agradecimiento.
Abrázales
TUCAPEL: (¡Ay amor! ¿Cómo a la vista Aparte de Fresia vives?) RENGO: (Deseo, Aparte ¿cómo a vista de Gualeva no te abrasas? Yo estoy ciego.) FRESIA: Dueño mío, aunque en los dos, siendo Tucapel y Rengo, cierta estaba la victoria, quisiera oír el suceso. GUALEVA: De oírla, prima, me holgara. CAUPOLICÁN: Pues si las dos gustáis de ello, decid entrambos. LOS DOS: Escucha, Caupolicán. CAUPOLICÁN: Ya os atiendo. LOS DOS: Salí, señor. RENGO: Tente, aguarda, que yo he de decir primero. TUCAPEL: Nadie es primero que yo. RENGO: Eso fuera a no ser Rengo quien castigue tu osadía. TUCAPEL: ¿Esto escucho? Vil chileno, ¿sabes que soy Tucapel?
Empuñan
CAUPOLICÁN: Delante de mí, ¿qué es esto? TUCAPEL: En lances del pundonor, no guardo humanos respetos a nadie, porque delante de Marte hiciera lo mesmo. Muere, infame. RENGO: Muere, aleve. CAUPOLICÁN: ¿Hay tan grande atrevimiento? ¿Cómo a vuestro general le perdéis así el respeto? TUCAPEL: A Júpiter le negara, si me ofendiera. CAUPOLICÁN: ¡Prendedlos, matadlos!
Van los SOLDADOS a prender
TUCAPEL: ¡Teneos, villanos! Nadie se mueva del puesto, conociendo a Tucapel, si no quiere ser trofeo de su enojo vengativo. Y tú, general, más cuerdo con los hombres como yo procede, que en este duelo no conozco superior, que solo a mí me obedezco.
Vase
CAUPOLICÁN: ¿Cómo atrevidos...? RENGO: Detente, y nadie enojos a Rengo le dé, porque el mismo Marte no está seguro en su asiento.
Vase
CAUPOLICÁN: ¿Esto sufre mi valor? ¡Morirán, viven los cielos! COLOCOLO: No son vanos mis recelos. FRESIA: ¿Dónde vas? COLOCOLO: Tente, señor, y témplate cuerdo y sabio, sin dar rienda a tus enojos. CAUPOLICÁN: Pues, ¿cómo podré a mis ojos consentir aqueste agravio? COLOCOLO: Señor en esta ocasión es bien que te persüadas al perdón, que estas espadas defensa de Arauco son. Y es bien el duelo remitas, tu enojo disimulando; que no has de vengarte cuando de sus filos necesitas. La oposición natural, emulándose el valor, los provoca. (Así el rigor Aparte atajaré de este mal.) CAUPOLICÁN: Dices bien. Elijo el medio que me advierte tu prudencia. COLOCOLO: Pues a toda diligencia voy a poner el remedio porque no pase a más llama su enojo. CAUPOLICÁN: Parte al momento. COLOCOLO: Voy.
Vase
CAUPOLICÁN: Disimule mi aliento, aunque me riña la fama; que cuando de los cristianos vengarme intento crüel, en Rengo y en Tucapel la fuerza está de mis manos. FRESIA: Gracias mis ojos te dan de verte ya sin enojos. CAUPOLICÁN: Al espejo de tus ojos se templa Caupolicán.
Llegan los soldados a MOSQUETE
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham