Last updated February 20, 1998
LUDOVICO: Ni al mío que vuelvas viva. LUZBEL: No tema. ANTOLÍN: El caso llegó. LUDOVICO: Que no ha de poder Francisco porque de su religión soy contrario, conseguir que viva sin honra yo; que a su pesar... JUANA: ¡Celio, Alberto! ANTOLÍN: ¿Llego? LUZBEL: Sí.
Al querer [LUDOVICO] sacar la daga, se pone en medio fray ANTOLÍN
ANTOLÍN: Téngase a Dios, que es justicia de justicia. JUANA: Como un mármol se quedó. LUZBEL: En esa iglesia me espere; que ya con todo cumplió. JUANA: Presto. LUZBEL: No hay que apresurarse. JUANA: ¡Lindamente sucedió! OCTAVIA: Jamás me vi tan gustosa.
Vanse las dos
ANTOLÍN: ¿Qué mira? Ya se atufó. LUDOVICO: Pues, ¿cómo tú... ANTOLÍN: ¿Cómo? Sí. LUDOVICO: ...no has temido? ANTOLÍN: Como no; que el poder que fray Forzado tiene, en mí sustituyó. Estése quedito, y oiga con paciencia y atención mis elocuentes palabras. (Éste, lo mismo que yo, Aparte sabe de letras sagradas.) LUDOVICO: Soñando sin duda estoy. ANTOLÍN: Dé limosna a San Francisco. Cíñase con su cordón que él le meterá en cintura su estomagado rencor. Si no, con su escapulario que como estomaticón le desbalague o componga, como dijo Agamenón. Mire que son sus doblones los cabellos de Absalón y que el demonio por ellos le ha de asir. Deje que el sol los vea, pues son sus hijos. Dé limosnas a trompón para los pobres que Él hizo. Funde un hospital o dos y case veinte doncellas; que ya por él no lo son. Haga todo lo que digo luego al punto; que si no, se irá tan derecho al cielo como el que de allá cayó y se lo ahorrará de misas de sepultura y clamor; que, según su santa vida y buena disposición, no tendrá sobre su entierro la parroquia un sí ni un no. LUDOVICO: ¡Lego vil! ANTOLÍN: Téngase, digo; que soy yo mucho peor que fray Forzado. LUDOVICO: Mi rabia es ya desesperación. ANTOLÍN: Vomite todos los yerros que se avestruz ambición se ha tragado, y descalabre con ellos a un confesor con un guijarro como éste.
Saca de la manga un guijarro
(No es mala la prevención Aparte por si me embiste de golpe.) El gran cardenal doctor se sacudía los huesos porque la carne voló como el cútis o pellejo que el desierto le dejó pergamino, aunque arrugado, sonaba como un tambor. LUZBEL: No diga más desatinos. Aparte. LUDOVICO: Un frío sudor se ha esparcido por mi venas. ANTOLÍN: ¿Por qué no me le dejó? LUZBEL: Calle, que es un loco. Vaya y diga al Guardián que yo en esta casa le espero. No se detenga. ANTOLÍN: Ya voy; mas su caridad advierta que es mía la conversión de este hombre, que ya le dejo más blando que un algodón.
Vase
LUDOVICO: Mágico, demonio o santo, que en mi determinación todo es uno, ¿qué te importa que yo me condene o no? LUZBEL: Siendo santo, me importare mucho dar un alma a Dios; mas siendo demonio, nada, que ni tu condenación me está mejor. El salvarte me pudiera estar peor muchas veces, Ludovico, sin poderlo excusar yo. Te he dicho que te enmendases y que advirtiese tu error que el término de tus culpas se acercaba. Ya llegó. Suplica de la sentencia. Pide espera. LUDOVICO: El corazón se quiere salir del pecho. LUZBEL: ¿Qué aguardas? Pídele a Dios con ansias que te dé tiempo. LUDOVICO: No pueden tener perdón mis culpas. LUZBEL: No desconfíes; que ésa es la culpa mayor que cometen los mortales. Ponle por intercesor a Francisco, y porque empiece a ser tu amigo desde hoy y en su amparo te reciba, dale limosna. LUDOVICO: ¡Eso no! LUZBEL: Mira que después de aquella poderosa intercesión de la siempre virgen madre, no hay otra alguna mayor para el Juez Divino. Mira que, por ser su opuesto yo, me ha dado el mayor castigo que caber pudo en quien soy. Pídele pues que interceda por ti, que puede con Dios tanto, que es de sus devotos raro el que se condenó. Él hará que te dé tiempo. Pídele su protección y a granjearle comienza. Dale limosna. LUDOVICO: ¡Eso no! En llegando a dar limosna a Francisco, olvido a Dios. LUZBEL: Pues mira que sólo tienes... LUDOVICO: No has de causarme temor. LUZBEL: ...un breve instante de vida. LUDOVICO: Eso acredita que son engaños tus persuasiones. Jamás me sentí mejor. LUZBEL: Señor, ¿ya es tiempo?
Dentro
SAN MIGUEL: Sí. LUZBEL: Rebelde, vil pecador, racional, fiero retrato mío, por opuesto a Dios, tu castigo llegó. Baja adonde en llama feroz, que ni fulmina ni alumbre, seas eterno carbón. LUDOVICO: ¡Ay de mí!
Húndese
LUZBEL: ¡Y ay de cuantos son ricos con el sudor de los pobres! Ya Luzbel vuestras órdenes cumplió. Crïador de cielo y tierra, ya tiene la fundación principio de ese convento que mi obediencia labró, ya en Luca con extremo general la devoción con estos frailes. ¿Qué falta para que deje, señor, este sayal, que aborrezco tanto como le amáis vos?
Baja en una tramoya SAN MIGUEL
SAN MIGUEL: Luzbel, para que sacudas el yugo de tu opresión, falta que a los pobres vuelvas lo que a los pobres quitó ese miserable bruto. LUZBEL: Pues, ¿cómo he de poder yo? SAN MIGUEL: No repliques, que bien puedes, pues Dios te da permisión; y mira que solamente persigas la religión de Francisco en lo que a todas pero en su alimento no.
Vuela. [Sube SAN MIGUEL en la tramoya]
LUZBEL: En lo que más les importa podré vengarme. Astarot, del infeliz Ludovico toma luego forma y voz para ejecutar el orden que tengo del Hacedor Eterno.
Vuelve a subir por donde se hundió el mismo LUDOVICO
LUDOVICO: Ya obedecido estás. LUZBEL: Miguel me ordenó que, primero que sacuda el yugo de mi opresión, vuelva a los pobres de Luca todo cuanto les quitó el mísero Ludovico; y porque el Gobernador no lo impida... LUDOVICO: Ya te entiendo; vamos a la ejecución. LUZBEL: Pues, por la ciudad a un tiempo lo publique una legión de las muchas de quien eres capitán porque a tu voz acuda el pueblo. LUDOVICO: Bien dices. LUZBEL: Entra, y desde ese balcón llámalos.
Éntrase LUDOVICO
LUDOVICO: Pueblo de Luca, ya mi crueldad se trocó en lástima. Venid todos, pobres llegad, que otro soy.
Salen ALBERTO y CELIO
LUZBEL: Ya se juntan. ALBERTO: Padre mío, ¿qué es aquesto? LUZBEL: Obra de Dios. Quiere repartir su hacienda. CELIO: Pues advierta que a los dos nos debe muchas raciones. LUZBEL: Yo os daré satisfacción.
Vase
ALBERTO: Todo el pueblo se ha juntado. CELIO: Ya viene el Gobernador.
Sale el GOBERNADOR, y criados
GOBERNADOR: ¿Qué es esto? ¿Quién ha causado tan grande alboroto? LUDOVICO: Yo. GOBERNADOR: Pues, qué intentáis? LUDOVICO: Que a los pobres vuelvo lo que mi rigor los ha usurpado. GOBERNADOR: Mas, ¿cómo entre tanta confusión de gente será posible? LUDOVICO: ¿No lo veis?
Mira dentro [el GOBERNADOR]
GOBERNADOR: ¡Válgame Dios! Fray Forzado lo reparte solo. LUDOVICO: (Con una legión Aparte de espíritus que le asiste.)
Salen el GUARDIÁN, y fray ANTOLÍN
ANTOLÍN: Yo fui quien le convirtió. GUARDIÁN: Calle; que no es Ludovico el que mira. ANTOLÍN: ¿Cómo no? Pues, ¿estoy yo ciego, padre? GOBERNADOR: ¡Oh, padre Guardián! GUARDIÁN: Señor. GOBERNADOR: ¿Qué dice de una mudanza tan rara?
Salen LUZBEL, FELICIANO, OCTAVIA y JUANA
FELICIANO: ¡Sin vida estoy! LUZBEL: No tema; que Octavia es suya. GOBERNADOR: Señora, a buena ocasión venís. OCTAVIA: (La desdicha mía Aparte esta mudanza causó.) LUZBEL: Ya tengo, padre Guardián
Llegándose a él
de dejarlos permisión. GUARDIÁN: Pues di quién eres y vete sin que les causes horror; que a todo el pueblo mañana referiré el caso yo. GOBERNADOR: Ludovico, mi señora Octavia... LUZBEL: Gobernador, no prosigas; que ni es éste Ludovico, ni soy yo el que habéis pensado. GOBERNADOR: ¿Cómo?
Quitándose el hábito [LUZBEL]
LUZBEL: Aunque está sin bendición, quitarme el hábito es fuerza que de disfraz me sirvió. Primero que os desengañe escuchadme sin temor. Al infeliz Ludovico vivo la tierra tragó y porque tú no pudieras impedir la ejecución de restituír su hacienda, su misma forma tomó, con orden mía, este impuro espíritu. Luzbel soy. De limosnero he servido por mandamiento de Dios a los hijos de Francisco en pena de que fui yo de negarles el sustento esta ciudad, el autor. El Guardián, que está presente, a quien Dios le reveló a todo el pueblo mañana referirá en su sermón el suceso más despacio. Ya entre tus hijos y yo, Francisco, cesó la tregua. Ya vuelvo a ser tu mayor contrario. Mira por ellos; que si en su alimento no, en perturbar su virtud se ha de vengar mi rencor.
Húndese
GOBERNADOR: ¡Raro prodigio! FELICIANO: ¡Espantoso! GUARDIÁN: De todo testigo soy. OCTAVIA: No estoy en mí, de asustada. JUANA: ¡Buen santo! ANTOLÍN: ¡Que fuese yo compañero del demonio! GUARDIÁN: Sí, mas como santo obró. FELICIANO: Ya no hay estorbo que impida Octavia mi pretensión. OCTAVIA: Deja que pierda primero de esta desdicha el horror que en fin fue mi esposo. GOBERNADOR: Es justo. FELICIANO: No puedo negarlo yo. ANTOLÍN: En las jornadas del cielo hallará sin distinción este caso el que lo dude. Merezca, si os agradó, por extraño y verdadero, ya que no aplauso, perdón.
FIN DE LA COMEDIA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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