Last updated February 20, 1998
JORNADA TERCERA
Salen OCTAVIA y JUANA
JUANA: Admirada estoy, señora, de tu suceso. OCTAVIA: Mi muerte, como te he dicho, fue un sueño tan gustoso que no puede, Juana, explicarte mi lengua tal gloria, siendo tan breve; pero el santo limosnero, que a todo se halló presente por inspiración divina, me informó de que la siempre virgen y madre, cercada de paraninfos celestes, en mi cuerpo, ya cadáver vio clara y distintamente poner sus sagradas manos.
Sale FELICIANO
FELICIANO: Y a mí de la misma suerte me lo ha dicho. OCTAVIA: Pues, ¿qué es esto? ¿Cómo a entrar aquí te atreves? FELICIANO: ¿Cómo? El dueño de esta casa me dio licencia de verte por tu deudo. OCTAVIA: Mas no sabe que tú, Feliciano, eres quien me has puesto en el estado que estoy, y si no te vuelves, dejaré luego esta casa. FELICIANO: Ya cesó el inconveniente que tuvo el poder hablarte puesto que esposo no tienes. OCTAVIA: Aunque el padre fray Forzado me asegura que la muerte dirimió ya el casamiento, y a dejarme se prefiere libre sin estorbo alguno, no quiero yo que lo intente; que, aunque tanto le aborrezco, como satisfecho quede de mi inocencia y su engaño Ludovico, he de volverme con él a vivir muriendo. FELICIANO: ¿Qué es volver? JUANA: ¡Jesús mil veces! Pues, ¿con hombre tan sin alma, y tan sin Dios que no tiene seña alguna de cristiano, volverte, señora, quieres? OCTAVIA: Esto es forzoso. Ya voy. FELICIANO: Primero que tú lo intentes, le he de quemar en su casa. JUANA: Bien pudiera, por hereje. FELICIANO: Con un hombre que la vida te quitó sin ofenderte; ¡vive Dios...! OCTAVIA: Indicios tuvo para juzgar evidente su agravio; mas suponiendo que ya con él no volviese, nada conseguir pudieras con eso, porque aunque quede de mi voluntad el dueño y casarme resolviese contigo, ya no es posible. FELICIANO: Pues, ¿quién impedirlo puede? OCTAVIA: Tú, pues ocasión has dado de que con razón sospeche toda la ciudad que tuvo causa para darme muerte mi esposo, puesto que es fuerza que yo en el pleito confiese toda la verdad del caso, y que, aunque estoy inocente, pudo juzgarme culpada Ludovico, sin que fuese temeridad el creerlo. FELICIANO: ¿Y cómo desmentir quieres esa sospecha? OCTAVIA: Con solo no ser tuya se desmiente. JUANA: Señora, una vez creído maldito el remedio tiene. OCTAVIA: Sí, tendrá. FELICIANO: Cualquiera es vano, porque, si preciso fuese, bien sabes que, si rompiste un papel, me quedan veinte y que están todos firmados. OCTAVIA: Y cuando no lo estuviesen, no los negara; mas ya de nada servirte puede presentarlos, pues es cierto que todos esos papeles proscribieron desde el día que, hallándote tú presente, mi infelice casamiento consentiste, pues no tienes que alegar causa ninguna que impedírtelo pudiese. FELICIANO: Causa tuve, y la más justa. OCTAVIA: Cuando infinitas tuvieses, no te valiera ninguna ya en el estado presente porque, cuando el juez el pleito en favor tuyo sentencie, apelaré a un monasterio porque satisfecho quede Ludovico de que nunca tuve intención de ofenderle. FELICIANO: Oye, espera. OCTAVIA: No me obligues a que dé voces; que el verte me causa horror. JUANA: Es mentira. FELICIANO: No dudo que me aborreces. OCTAVIA: Necio fueras en dudarlo, pues tantas causas me mueven. FELICIANO: Escucha. OCTAVIA: Suelta.
Sale TEODORA
TEODORA: ¿Qué es esto? OCTAVIA: No es nada; pero no dejes entrar aquí a Feliciano. TEODORA: ¿Por qué, siendo tu pariente y a quien le toca tu amparo? OCTAVIA: Ni de él puedo yo valerme, ni quiero. TEODORA: Pues, ¿de quién pudo saber en tiempo tan breve mi casa y que en ella estabas? Que yo juzgué que viniese llamado de ti por Juana.
Sale fray ANTOLÍN, alborotado
ANTOLÍN: Mucho ha sido defenderme de tantos. JUANA: ¿Qué es eso, padre fray Antolín? TEODORA: ¿De qué viene tan alborotado? ANTOLÍN: Hermana, ha dado en pensar la gente que soy santo desde el punto que fray Forzado, mi jefe, hizo un milagro a mi costa, y he menester esconderme por unos días. Ahora, cogiéndome de repente con cuchillos y tijeras me embistieron más de veinte. El hábito me quisieron cortar, y por defenderle, en muslos, piernas y brazos he sacado seis piquetes de la refriega. FELICIANO: Pues, ¿cómo con prodigios tan patentes, no se le llegan al padre fray Forzado? ANTOLÍN: No se atreven porque los atemoriza con la vista solamente, tanto que todos se apartan. No ha habido santo como éste. Sólo porque no le toquen, no permite que le besen la manga; pero yo creo que el hábito es aparente y aun el cuerpo. OCTAVIA: ¿Y hoy le ha visto? ANTOLÍN: No quisiera que él me viese. FELICIANO: Él fue, Octavia, quien me dijo adonde estabas. OCTAVIA: No puede fray Forzado haberte dicho que es justo hablarme ni verme; que haberte dicho la casa sería porque supieses, como tu intención ignora, que estoy en parte decente, no para que en ella entraras. FELICIANO: Confieso que razón tienes; pero ya entré y has de oírme. JUANA: Poco en escucharle pierdes. OCTAVIA: Di; pero en vano te cansas.
Hablan los dos [aparte]
JUANA: No digas lo que no sientes. TEODORA: Y el padre fray Antolín, de nuestro santo, ¿qué siente? ANTOLÍN: Que me tasa la comida, que aunque, sin otro relieves, mi ración como y la suya, porque él ni come ni bebe, me quedo como en ayunas; que mi estómago no enciende lumbre para dos raciones; y cierto que es cosa fuerte quitarle a un hombre el sustento. Y no debo obedecerle contra el natural derecho porque yo corporalmente por veinte frailes trabajo y es fuerza comer por veinte. TEODORA: Pues un pollo le he guardado grandecito, con que almuerce, salpimentado, y un bollo que yo amasé con aceite, como de libra, y también media azumbre de clarete. ANTOLÍN: Yo necesidad tenía y bien grande ciertamente; pero este santo es demonio. TEODORA: Pues aquí no hay que temerle; que yo cerraré la puerta. ANTOLÍN: Aunque la calafatee, no estoy seguro de este hombre; mas los vahidos me tienen sin vista; tráigalo, hermana, y venga lo que viniere.
Vase TEODORA
Que un pollo con un bollito de una libra no me puede dañar, y es parva materia. Lejos quedó. Cuando llegue, ya me habré desayunado. OCTAVIA: Un imposible pretendes. FELICIANO: Ésa es venganza. OCTAVIA: Te engañas.
Salen TEODORA y LUZBEL[. Cada uno por su puerta]
TEODORA: Aquí está tome. LUZBEL: (No puede Aparte este lego reprimirse; pero yo haré que escarmiente.) ANTOLÍN: Ya era mancebito el pollo en verdad. TEODORA: De cuatro meses; para gallo lo guardaba. ANTOLÍN: Pues si gallinas no tiene ¿para qué gallo quería? TEODORA: Para que en casa le hubiese. ANTOLÍN: Crïe gallinas; que gallo no le faltará, si quiere. TEODORA: Deje las chanzas, y come por si acaso... ANTOLÍN: Yo soy breve. En cuatro o cinco bocado despacharé. LUZBEL: (Si pudieres.) Aparte
Áselo de los gaznates
ANTOLÍN: ¡Que me ahogo, que me ahogo! TEODORA: ¿Qué es eso, hermano? FELICIANO: ¿Qué tiene fray Antolín? OCTAVIA: ¿Qué le ha dado? ANTOLÍN: ¡Que me mata! ¡Suelte, suelte! FELICIANO: ¿Quién le ha de soltar? LUZBEL: Deo gratias. ¿Qué es esto? TEODORA: A buen tiempo viene su caridad porque al padre le ha dado un mal de repente. LUZBEL: Apártense; que no es nada. ANTOLÍN: (¡Qué disimulado viene! Aparte ¿Éste es santo? Lleve el diablo el alma que lo creyere.) LUZBEL: ¿Qué ha sido? ANTOLÍN: Buena pregunta; que con dos hierros ardientes me apretaron los gaznates. LUZBEL: Pues yo presumí que fuese, padre, alguna apoplejía; mas para después se quede. Señor Feliciano, ¿vos, en esta casa? OCTAVIA: Pretende que todo el lugar confirme lo que es fuerza que sospeche. LUZBEL: Bien excusarlo pudierais; pero, de cualquiera suerte, no quedará en vuestro honor el escrúpulo más leve. Idos, señor Feliciano; que por ahora conviene no darle disgusto a Octavia. FELICIANO: En todo he de obedecerte, padre, por muchas razones; mas mire que solamente por hoy le di la palabra de que estar seguro puede ese hombre. LUZBEL: Sí; que mañana no habrá para qué se arriesgue. FELICIANO: ¿Cómo? LUZBEL: Nada me pregunte. puesto que el plazo es tan breve. FELICIANO: Adiós, Octavia. OCTAVIA: Él te guarde. FELICIANO: Siendo tuyo... OCTAVIA: No lo esperes. JUANA: (Ella es quien más lo desea.) Aparte
[Habla LUZBEL] a FELICIANO
LUZBEL: Id seguro; que no puede dejar de ser vuestra, Octavia. FELICIANO: Vida mi esperanza tiene, padre, en confïanza suya. (¡Prodigioso santo es éste!) Aparte
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu