Last updated February 20, 1998
Vuelve a arrojar los pedazos. [Está JUANA] al paño
JUANA: ¿Que los pedazos dejase? Mas no ha reparado en ellos; no sé cómo los levante.
Sale JUANA
LUDOVICO: ¿Qué quieres? JUANA: Ando buscando pedazos de papel. LUDOVICO: (Tarde Aparte lo previno.) ¿Para qué? JUANA: Estoy con un mal de madre y el humo de los papeles me le quita. LUDOVICO: No es tan fácil para tu mal el remedio. JUANA: Éste no es mal; que es achaque. LUDOVICO: Así lo entiendo. ¿Qué esperas? Vete de aquí. JUANA: Que me place. (¡Jesús, qué cara! Del mundo Aparte me fuera por no mirarle.)
Vase
LUDOVICO: No me toca a mí matar a Feliciano en rigor. A Octavia entregué mi honor y de ella le he de cobrar primero que a ejecutar llegue su vil hermosura mi afrenta, porque es locura el creer que, enamorada y a su disgusto casada, puede haber mujer segura.
Mis manos en su garganta podrán impedir que acudan a sus voces las crïadas, y ahogada... Pero ya culpa mi cólera la tardanza.
Al irse, sale LUZBEL por la misma puerta y le detiene
LUZBEL: Dale a San Francisco alguna limosna. (¡Que yo impidiera Aparte de Octavia la muerte injusta! Mas Dios lo manda.) LUDOVICO: No sé cómo no temes mi furia, fraile, fantasma o demonio. Sin duda tu muerte buscas. ¿Qué me persigues si sabes ya, por experiencias muchas, que en mí no ha de hallar limosna tu religión ni ninguna? ¿Qué me quieres? LUZBEL: Reducirte; que la Omnipotencia suma me lo manda y es forzoso que con sus órdenes cumpla. Y puesto que le obedece quien de los filos y puntas de la invencible guadaña no puede temer la furia, obedece tú. No esperes que el término de tus culpas llegue; que está ya muy cerca. Dale, Ludovico, alguna parte a Dios de las riquezas que en esas arcas ocultas para que por ese medio puedas aplacar su justa indignación, y piadoso sus auxilios te reduzcan a restituir. LUDOVICO: Detente. Que me admiro de que sufra, ¡viven los cielos!, mi rabia tus descompuestas locuras. ¿Yo limosna? Vete luego; que mi hacienda, poca o mucha, mi fortuna me la ha dado. LUZBEL: Ludovico, no hay fortuna ni es la que tu hacienda llamas absolutamente tuya. Y no sólo la adquirida con viles cambios y usuras oro es toda de quien la goza, sino la del que madruga para el trabajo a la aurora comiendo de lo que suda. Todos los que en esos campos, tal vez con piadosa lluvia, de la tierra, común madre, rompen las entrañas duras, y en sus senos animosos por depósito sepultan del antecedente agosto la rica mies grana y rubia, después de muchos afanes y esperanzas mal seguras, como a dueño de la tierra, su diezmo a Dios le tributan. Y él lo entrega a sus ministros con orden de que consuman en sí solo lo que basta, conforme el puesto que ocupan. Y como sus mayordomos en los pobres distribuyan lo demás, que Dios en ellos todas sus rentas vincula. Cuantos adquieren riquezas con lo que al pobre le usurpan, no verán de Dios la cara si no es que la restituyan como les fuere posible. Y esto ninguno lo duda pues, ¿Cómo tú de la hacienda dueño absoluto te juzgas siendo corneja vestida de tantas ajenas plumas? Imprudente almendro, advierte que según mis conjeturas será de infinitas plantas escarmiento tu locura. LUDOVICO: En tu vida he de vengar, hipócrita, mis injurias. LUZBEL: No te muevas, que no sabes quién soy. Atento me escucha. Mira que en ti solamente no hay resquicio ni disculpa porque el común enemigo de todos tu bien procura, no sólo por oprimido, mas también porque, sin duda, le ha de quitar muchas almas el ejemplo de la tuya. Goza ocasión tan dichosa. Ni tus potencias perturba ningún espíritu impuro ni tus sentidos ofusca. Justicia y misericordia tu arrepentimiento, ayuda. Mira que de su justicia la divina espada empuña, y que su inmensa paciencia, que es la vaina que la oculta, se ha cansado ya. ¿Qué aguardas? Mira que ya la desnuda. Mira que el brazo levanta. Mira que el golpe ejecuta. LUDOVICO: Ya me arrepiento. LUZBEL: (¡Oh, pese Aparte al infierno!) Pues, ¿qué dudas? La caridad es la puerta del perdón. Por ella busca la entrada. Dame limosna. LUDOVICO: Eso no. LUZBEL: ¡Vil criatura, peor que Luzbel te juzgo! Pues si él pudiera, sin duda fuera su arrepentimiento tan grande como su culpa, y tú, pudiendo, no quieres. LUDOVICO: Pues esta vez, aunque huyas te he de matar. LUZBEL: No te acerques porque haré que se reduzca tu forma a menos que a tierra; que aun eso no has de ser nunca. LUDOVICO: ¡Hola, Alberto, Celio! Este hombre me atemoriza y asusta.
Salen ALBERTO, CELIO, OCTAVIA y JUANA
CELIO: Señor, ¿qué mandas? OCTAVIA: ¿Qué es esto? ALBERTO: ¿Por qué das voces? JUANA: Sin duda que ha sido el fraile la causa. LUDOVICO: ¡Que en mi casa no se cumpla lo que mando! ¿No os he dicho que no dejéis entrar nunca a este fraile? CELIO: Por la puerta no ha entrado. ALBERTO: Es cierto. JUANA: Sin duda que es santo. OCTAVIA: Padre, por Dios, que excuse una desventura. LUZBEL: A estorbar la vuestra vine. OCTAVIA: ¿La mía? LUZBEL: Sí. OCTAVIA: Fuera injusta. LUZBEL: Ya sé que está inocente mas los indicios os culpan. OCTAVIA: Pues, ¿qué haré? LUZBEL: Yo nada os puedo aconsejar; que la fuga es confesaros culpada. OCTAVIA: Yo espero en la siempre pura madre de Dios que me ampare. LUDOVICO: Hombre, vete y no presumas que mi firme intento muden tus palabras importunas; que aunque fueran mis riquezas las de Creso y Midas juntas, no hallarás en mí limosna. LUZBEL: No hemos menester la tuya. Tú necesitas de darla que a mis frailes sobran muchas pues que con ellas sustentan trescientos pobres en Luca. Ya te dejo; pero mira no añadas culpas a culpas; que está inocente quien piensas que tu deshonor procura. (¡Que mi soberbia impaciente Aparte en tan infame coyunda oprima el Criador Eterno! ¡Oh nunca, Francisco, oh nunca a humildad tan poderosa se opusieran mis astucias!)
Vase
LUDOVICO: (Éste sabe ya mi afrenta. Aparte En la quinta, más oculta podrá estar su muerte en tanto que pueda salir de Luca poniendo en salva mi hacienda.)
[Hablan aparte las dos]
JUANA: Lo mejor será que huyas. OCTAVIA: ¿Eso dices, necia? LUDOVICO: Octavia, este fraile me disgusta tanto que por unos días, por ver si en ella me busca, nos hemos de ir a la quinta. ¿Qué dices? OCTAVIA: ¿Eso preguntas? ¿Qué puedo decir si sabes que mi voluntad es tuya? LUDOVICO: Celio, haz poner la carroza. Tú, Alberto, para que suplas en los negocios mi ausencia, te quedarás. ALBERTO: Pues tú gustas, yo lo haré. LUDOVICO: Vamos, Octavia.
[Hablan aparte las dos]
JUANA: Mira que éste disimula su enojo para matarte. OCTAVIA: Mi inocencia me asegura. LUDOVICO: (Primero verás, infame, Aparte tu castigo que mi injuria.)
Vanse. Sale fray ANTOLÍN
ANTOLÍN: El jumentillo mi maña envió con el donado y salga desafïado de mi hambre a la campaña. Y esta vez la he de matar sin que la persecución de aqueste fraile Nerón de mí la pueda librar. Cuanto yo escondo me quita, porque otro no puede ser, sin que me pueda valer la parte más exquisita. Ningún regalo consigo que en manos suyas no caiga y me ha obligado a que traiga todos mis bienes conmigo. Las mangas traigo rellenas. El peso, con la costumbre, no me dará pesadumbre y servirán de alacenas. Mucho es que este fray Forzado con tal trabajo no enferme; porque ni come ni duerme que es espíritu he pensado. Porque lo que más asombra, yendo juntos por la calle, es cuando vuelvo a miralle que su cuerpo no hace sombra. Otro convento fundando está ya, con prisa tanta, que todo el lugar se espanta; pero siempre regañando. Dentro del pecho presumo que toma tabaco de hoja porque el aliento que arroja por las narices es humo. Él me ha dado en perseguir y en no dejarme comer; mas hoy no le ha de valer porque él ha de presumir que ya estoy en el convento y merendaré seguro. Ya estoy muy lejos del muro; en este altillo me siento, que todo lo señorea porque si alguno pasare, primero que en mí repare, es fuerza que yo le vea. Polla, empanada y pernil traigo; que es bueno imagino el pan, mas lo que es el vino puede arder en un candil. A Heliogábalo me igualo y nunca el comer condeno si lo que se come es bueno porque todo es de regalo. Yo, en fin, no tengo otro gozo; mi estómago es un abismo y cuanto como es lo mismo que si cayera en un pozo. No ha de estar de manifiesto todo; conforme comiere saldrá, porque si viniere alguno, lo esconda presto. Salga el pernil.
Sale LUZBEL
LUZBEL: ¡Qué crüel, Señor, os mostráis conmigo! ¿Yo amigo de mi enemigo? ¿Sirviendo al hombre Luzbel? ¡Oh, pese a la pena mía! ¿De Francisco sustituto es, oh Poder Absoluto, quien quiso dar luz al día? ¡Basta tan fiero tormento! Y cuanto me habéis mandado, Señor, está ejecutado; que de este rico avariento la posterva obstinación sólo la podrá vencer vuestro absoluto poder. A estorbar la ejecución de dar muerte a su mujer voy. (Ya el lego se ha sentado a comer lo que ha ocultado de mí; mas no ha de comer nada de lo que ha traído. De esta suerte haré que crea que no le he visto y me vea.) ANTOLÍN: ¡Pardiez, que no le ha valido a fray... ¡Válgame San Pablo! ¿Cómo este fraile llega tan cerca sin verle yo? Santo es...mas no es sino diablo.
No me ha visto.
Guarda lo que estaba comiendo
LUZBEL: (Ya guardó Aparte lo que a comer empezaba.) ANTOLÍN: Pues que no puedo escaparme. Preciso es llegar. Deo gratias. LUZBEL: ¿Fray Antolín? ANTOLÍN: Padre mío, ¿dónde va? LUZBEL: Voy a la granja o quinta de Ludovico a impedir una desgracia; mas él, ¿a qué vino al campo? ANTOLÍN: Es que le médico me manda que ande todo lo que pueda y sea por tierra llana porque tengo humores gruesos. LUZBEL: Si en el comer se templara los humores consumiera. Seis frailes se sustentaran con lo que el padre Antolín come. ANTOLÍN: No tengo otra falta. LUZBEL: De esa se originan muchas porque la regla relaja de su padre San Francisco. Y la devoción estraga también de sus bienhechores, viéndolo por las mañanas y aun por las tardes tomar chocolate en veinte casas. ANTOLÍN: Padre, lo que me dan tomo y esto mi regla lo manda. LUZBEL: Mas esto se entiende cuando con necesidad se halla. ANTOLÍN: Muchas veces he querido vencer de mi hambre el ansia; mas no he podido, que luego, con los regalos que sacan, me engaña el demonio. LUZBEL: ¡Miente! Su flaqueza es quien le engaña. ¿Hale propuesto el demonio alguna vez, entre tantas, que la gula no es pecado? ANTOLÍN: No, pero gula se llama comer sin gana, y a mí jamás me faltó la gana. LUZBEL: Su hambre y la sed que tienen los hidrópicos son falsas. ANTOLÍN: No tal; que cuanto yo como es salida por entrada. LUZBEL: ¿No come en refectorio de pan como de vianda la ración suya y la mía? ANTOLÍN: Sí, padre. LUZBEL: Pues, ¿no le bastan? ANTOLÍN: Dos raciones son, hermano, para mí dos avellanas. LUZBEL: Que no reviente me admira. ANTOLÍN: Gracia ha tenido. LUZBEL: Se engaña; que, a tener gracia, no hubiera perdido, hermano, mi patria. ANTOLÍN: ¿Su patria perdió por eso? LUZBEL: Sí, porque perdí la gracia de mi rey y fue preciso, aunque a mi pesar, dejarla. ANTOLÍN: ¿Qué reino es ese? LUZBEL: Está en clima tan remoto que argonauta ninguno le ha descubierto, y será noticia vana. ANTOLÍN: Pues, si no le han descubierto, ¿quién le trajo al padre? LUZBEL: ¿Cuántas veces he dicho a los padres que Dios? ANTOLÍN: La boca me tapa. Allí vienen unos pobres. LUZBEL: ¡Ah, hermanos! ANTOLÍN: ¿Por qué los llama? Déjelos; que andan buscando sitio para su matanza. LUZBEL: Lleguen, hermanos. ANTOLÍN: Si aquí no podemos darles nada, ¿qué los quiere? LUZBEL: Si tuviere necesidad, no faltara.
Salen tres POBRES
POBRE 1: Nuestro santo limosnero es. POBRE 2: Padre mío. POBRE 3: Bien haya quien por nuestro bien le trajo a Luca. LUZBEL: (Y por mi desgracia.) Aparte ¿Comieron en el convento? POBRE 1: Llegamos tarde. ANTOLÍN: Eso es trampa; que a los tres, y yo presente, les dieron hoy su pitanza. POBRE 1: Pero tengo seis chiquillos y a mi mujer en la cama. ANTOLÍN: Si de esa suerte procrea, ¿quién a sustentarlos basta? POBRE 2: Pues yo tengo nueve, y nunca sale mi mujer de casa porque es manca y es tullida. ANTOLÍN: Nueve ha parido, ¿y es manca? Váyanse con sus mujeres a una isla despoblada; que en poco tiempo pondrán un ejército en campaña. POBRE 3: Yo no tengo hijo ninguno; mas tengo un padre que pasa de noventa años. ANTOLÍN: En vano refieren aquí sus plagas; vayan después al convento. LUZBEL: Mucho siento que no traiga, hermano, algún regalillo para la que está en la cama enferma. Mírelo bien, ANTOLÍN: ¿Qué he de mirar? ¿Es matraca? LUZBEL: Pues yo los llamé y es fuerza que lleven algo... ANTOLÍN: Pues haga que una docena de cuervos en los picos se lo traigan; que aquí no hay otro remedio. LUZBEL: Sí habrá. Tengo confïanza y a sus mangas eche, hermano, la bendición. ANTOLÍN: (No hay humanas Aparte diligencias contra este hombre. Él me vio comer.) LUZBEL: ¿Qué aguarda?
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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