Last updated February 20, 1998
JORNADA SEGUNDA
Salen el GUARDIÁN, fray PEDRO, y fray NICOLÁS
PEDRO: Él es varón prodigioso, padre Guardián. Sus portentos el ser humano desmienten. GUARDIÁN: De muchos santos leemos, padre, portentos tan grandes y eran humanos. NICOLÁS: Es cierto, y que podía Dios en éste obrar lo que en aquellos y más, si fuere servido. PEDRO: Claro está; pero no es eso lo que nos tiene confusos sino ignorar en qué reino o en qué provincia este santo tomó el hábito; porque esto ni él ha querido decirlo ni hemos podido saberlo con que juzgo que no es fraile. GUARDIÁN: (Ni aun quisiera parecerlo.) Aparte NICOLÁS: Yo he pensado que es Elías porque manda con imperio notable y con aspereza. GUARDIÁN: (No asistiera en tan ameno Aparte país.) PEDRO: Yo creo que es ángel. GUARDIÁN: (Puede ser, pero no bueno.) Aparte PEDRO: Porque sufrir cada día un trabajo tan inmenso como andar la ciudad toda y asistir en el convento, que labra con tanta priesa, trabajando y disponiendo y hallarse presente en casa cuando importa, siendo cuerpo humano, fuera imposible sin que tal vez por lo menos el cansancio le rindiera. GUARDIÁN: Sólo asegurarle puedo, padre, que Dios le ha envïado; no examinemos sus misterios. A fray Forzado obedezcan en todo, pues cuanto ha hecho y cuanto ha mandado es justo; que yo también le obedezco y soy su guardián.
Sale fray ANTOLÍN
ANTOLÍN: No hay parte segura de este hechicero. Dos gazapos me ha sacado que escondí en un agujero con una vara de hondo. Por mi mal vino al convento. Él ha dado en perseguirme. GUARDIÁN: Fray Antolín, pues, ¿tan presto se vuelve a casa? ANTOLÍN: Sí, padre, que dos veces el jumento y yo venimos cargados y es fuerza volverme luego; que quedan muchas limosnas por traer. GUARDIÁN: Gracias al cielo. ¿Dónde queda fray Forzado? ANTOLÍN: No sé; que sólo le veo cuando él quiere que le vea. En la obra del convento que labra está todo el día; pero no deja por eso de entrar en más de mil casas. Él camina más que el viento y trabaja por cien hombres. En la fábrica un madero no le pudieron subir veinte hombres. Llegó a este tiempo y asiéndolo por el cabo a no agacharse tan presto los que arriba le esperaban los birla y vienen al suelo. GUARDIÁN: Ésa, bien se ve que es fuerza sobrenatural. ANTOLÍN: A tiempos está que parece un ángel y otras veces en el cielo pone los ojos y brama como un toro, y yo sospecho que, aunque él disimula, tiene muchos males encubiertos, y sin duda que son llagas; que huele muy mal el siervo de Dios. GUARDIÁN: Calle; que ya viene.
Sale LUZBEL
LUZBEL: Deo gratias. GUARDIÁN: En la tierra y cielo se las den ángeles y hombres. ANTOLÍN: Temor me causa y respeto. PEDRO: Y a todos. GUARDIÁN: Sea bien venido su caridad. LUZBEL: Vaya luego fray Antolín a la casa de don César que allá dejo seis aves y unas conservas. Tráigalas y al enfermero las entregue. ANTOLÍN: Voy volando. Venga conmigo, fray Pedro.
Vanse
GUARDIÁN: ¿En qué estado tiene, padre, fray Obediencia, el convento que labra? LUZBEL: Ya está acabado. GUARDIÁN: ¿De todo punto? LUZBEL: El blanqueo le falta. GUARDIÁN: Que me ha admirado la brevedad le confieso. LUZBEL: Pues habiendo cinco meses que se abrieron los cimientos, me han parecido cien años. Más de mi parte no he puesto sino el hallarme presente a todos, buscar dinero y trazar la arquitectura; pero, si el Autor Eterno me lo hubiera permitido, en cinco días y en menos hiciera más que cien hombres en cinco meses han hecho. GUARDIÁN: (No darme por entendido Aparte será mejor.) ¡Bien lo creo! Pero Dios no hace milagros sin necesidad de hacerlos. LUZBEL: El milagro yo le hiciera; que bastante poder tengo si Dios no me lo coartara. GUARDIÁN: Ya de quién es estoy cierto; no ha menester explicarse. LUZBEL: No lo ignoro. GUARDIÁN: Y de que es menos su poder que el de mi padre San Francisco. LUZBEL: El valimiento, padre Guardián, que su padre tiene con el Rey Eterno, es su poder, y que es grande por esa parte confieso; mas no es poder el poder que necesita del ruego. GUARDIÁN: Pues, ¿qué poder no procede del de Dios? LUZBEL: No argumentemos. Tenga humildad; que conmigo el que sabe más es lego. GUARDIÁN: Eso nunca lo he dudado; mas no pudo, por lo menos, con cuanto puede y alcanza, lograr su mayor deseo. LUZBEL: ¿No? Pues diga, padre, ¿en mí qué castiga Dios? GUARDIÁN: Su intento. LUZBEL: Él es muy buen religioso, padre Guardián, pero necio. Cuando yo llegué, ¿no estaban cobardemente resueltos a dejar él y sus frailes desamparado el convento? Luego de parte suya logré mi intención, supuesto que, por mirarlos vencidos, se puso el Criador en medio. Déle gracias del prodigio que mira; pero creyendo que, a ser su constancia más, fuera mi castigo menos. GUARDIÁN: (Muy bien me ha mortificado.) Aparte LUZBEL: Es preciso hacer lo mesmo que, vivo, hiciera Francisco. Mire si pesar tan fiero será mortificación mayor, sobre el vituperio de que el sayal de Francisco me disfrace, aunque supuesto. GUARDIÁN: Nunca se vio tan honrado desde que cayó del cielo. LUZBEL: La memoria le ha faltado con el desvanecimiento que le ha dado, pues se olvida de que su origen primero procede de polvo o barro. GUARDIÁN: No me olvido. Bien me acuerdo de que Dios al primer hombre de aquel barro damasceno hizo con sus propias manos; y el ángel le costó menos cuidado, pues con un fiat... LUZBEL: Esa materia dejemos que ni es de aquí ni él la sabe; además de que no tengo permisión de responderle. ¿Cuándo quiere que empecemos, padre, la fundación nueva? GUARDIÁN: Si le parece, sea luego. LUZBEL: A mí me importa. ¿Qué frailes la han de empezar? GUARDIÁN: Yo no puedo nombrarlos. A cargo suyo está elegir los sujetos y el número. Por mi cuenta corre sólo el cumplimiento de todo lo que ordenare. LUZBEL: ¡Qué falso está! Pero el tiempo llegará presto en que pase otra vez de extremo a extremo. GUARDIÁN: Dios querrá que tus astucias nos den más merecimientos. LUZBEL: Si Dios lo ha de hacer, no dudo que será fácil; mas ellos ya sé yo cómo pelean. GUARDIÁN: Que soy de barro confieso. LUZBEL: Mire que ya sus ovejas entran a pacer, y pienso que al pastor esperan. Vaya, y cuide de que, en comiendo, no se esparzan porque puede perderse alguna. GUARDIÁN: Yo creo que es ociosa diligencia; mas él las guarde si hay riesgo, pues Dios le ha traído a ser de sus ovejas el perro.
Vase
LUZBEL: Fuerza será, pues rabiando morder a ninguna puedo; mas de otra suerte algún día yo y el pastor nos veremos.
Vase. Salen FELICIANO y JUANA
FELICIANO: ¿Salió Ludovico ya? JUANA: Sí, mas te cansas en vano; que a no verte, Feliciano, resuelta mi ama está. FELICIANO: ¡Tanto rigor! JUANA: No es rigor; que antes me ha dado a entender... FELICIANO: ¿Qué? JUANA: ...que el no quererte ver nace de tenerte amor; que es virtuosa y honrada y dice que aun el más leve pensamiento excusar debe pues ya, en fin, está casada. Su padre anduvo crüel. FELICIANO: Al fin ella fue vencida. JUANA: ¡Y mire a quién! Mejor vida pasáramos en Argel. No se ha visto hombre tan fiero si algún pobre se le llega, y más mientras más le ruega. Sólo un fraile limosnera de San Francisco porfía y le trae desesperado. Ni una limosna le ha dado pero él viene cada día y le ha querido matar; pero sólo con que el santo le mire, le pone espanto y no se atreve a llegar. A un pobre ayer un crïado un poco de pan le dio, y al punto le despidió después de muy mal tratado. Mi señora no ha tenido moneda de plata o cobre con que dar limosna a un pobre ni él lo hubiera consentido. De esto está tan afligida mi ama y con tal temor que el verle la causa horror. FELICIANO: Juana, aunque doy por perdido mi esperanza, le ha de hablar esta vez, quiera o no quiera; pero será la postrera. JUANA: Pues si lo quieres lograr, a esa cuadra te retira; que sale y se ha de volver luego que te llegue a ver. FELICIANO: Bien dices.
Éntrase
OCTAVIA: ¡Qué mal lo mira el padre que, solamente en su codicia fundado, a su hija la da estado! Que la mujer más prudente, si a su esposo aborreciendo está y a otro tiene amor, bien podrá guardar su honor pero vivirá muriendo. ¡Juana! JUANA: ¿Que siempre has de estar hablando contigo? OCTAVIA: Sí. JUANA: Feliciano ha estado aquí. OCTAVIA: No le vuelvas a nombrar, si algún gusto quieres darme, mientras yo presente esté. JUANA: De aquí adelante lo haré.
Sale FELICIANO
FELICIANO: ¿Qué? ¿Ya te ofende el nombrarme? OCTAVIA: Sí, Feliciano, y el verte mucho más. Vete al instante o iréme yo. FELICIANO: Tente. OCTAVIA: Suelta. FELICIANO: Vive Dios, que has de escucharme sola esta vez; que en mi vida volveré a verte ni hablarte. OCTAVIA: Di pues, y verás que en ti no hay razón para culparme. FELICIANO: Pues, ¿cómo negarme puedes que más de un mes me ocultaste el intento, que sabías de tu interesado padre? Si amenazas ni violencias fueran disculpa bastante, aun eso no tienes, puesto que no intentó violentarte. ¿Qué disculpa tener puede una mujer de tu sangre de haber rompido palabra que tantas veces firmaste? No sólo no replicaron tus labios ni tu semblante, mas fue menester mentir para que te desposasen, pues dijiste que jamás palabra le diste a nadie; y en este papel postrero que eras mía confesaste. Certificaciones tuyas son éstas con que pagaste diez años que, en guerra vida de amor, seguí tu estandarte, haciendo mi fe la posta, todo este tiempo constante, las noches en tus ventanas, los días en tus umbrales. Mujeres tan nobles... OCTAVIA: Tente; que, aunque a mi decoro falte, has de saber que tú fuiste la causa de mis pesares. Algunas sospechas tuve de que intentaba sacarme mi padre, mas no certezas de que pudiese avisarte; pero mi padre mismo, como a primo de mi madre, te dio parte de mi empleo y en él presente te hallaste. ¿Por qué dices que aquel día se vio el pleito sin citarte? ¿Ni que le perdiste, puesto que no quisiste ganarle? ¿Para qué con tantos ruegos, si no habían de importarte, me pediste, Feliciano, que mis papeles firmase? ¿No te escribí ese papel postrero tres días antes de aquel infelice día? Pues si tú estabas delante, y era sobrado instrumento para que lo embarazases pues digo en él que soy tuya, ¿por qué no lo presentaste? Primero que el sí le diera de mi desdicha a mi padre delante de tanta gente dije, volviendo a mirarte: "Ya llegó el lance forzoso." ¿Por qué entonces no llegaste? ¿Fuera justo, Feliciano, callando tú, que yo hablase? ¿Qué importó que me sirvieras, hecho estatua de mi calle, soldado de Amor diez años, si en la ocasión me faltaste?
Quítale el papel
Este papel dice--¡suelta!-- "No hay de qué sobresaltarte; que esposa tuya es Octavia." ¿Quién es quien puede quejarse? A voluntad tuya puse el plazo. ¿Quién fuera parte, confesando yo ser mío, para dejar de cobrarle? Yo hice, en fin, Feliciano cuanto pude de mi parte. Arbitrio en tu pleito fuiste; contra mí le sentenciaste. Por ti padezco la pena de cautiverio tan grande y pesado que mi vida será el precio del rescate y, puesto que la ofendida soy, y tú quien te vengaste, vete, y no vuelvas a verme;
Rasga el papel
porque si en estos umbrales pones las plantas, haré, ¡vive el cielo! que te mate Ludovico, a quien tú propio me vendiste, no mi padre puesto que los dos fuimos, yo infeliz y tú cobarde.
Vase. [LUDOVICO está] al paño
LUDOVICO: ¿Qué escucho? ¡Válgame el cielo! FELICIANO: ¿Que a tu decoro mirase entonces culpas, Octavia? JUANA: ¡Gentil disculpa! ¿Pensaste que era pleito de revista? FELICIANO: ¡Sin mí estoy! JUANA: Vete; que es tarde y vendrá su esposo.
Dentro
LUDOVICO: ¡Hola! JUANA: Mejor será que te halle solo. Adiós.
Vase
FELICIANO: Vete; que yo tengo disculpa bastante.
Sale LUDOVICO
LUDOVICO: (¡Loco estoy! "Que los dos fuimos, Aparte yo infeliz y tú cobarde.") FELICIANO: ¿Ludovico? LUDOVICO: ¿Feliciano? FELICIANO: A veros en este instante entré; mas ya me volvía. LUDOVICO: Ved si tenéis qué mandarme. FELICIANO: La hacienda mía de campo quisiera que vos compraseis; pero esto se ha de tratar muy despacio y ahora es tarde. LUDOVICO: Yo iré a buscaros. FELICIANO: Adiós.
Vase
LUDOVICO: Vuestra vida el cielo guarde. (Para que yo te la quite.) Aparte Pero mi peligro es grande porque son muchos sus deudos, y son los más principales de la ciudad, con que es fuerza cuando con la vida escape, el perder toda mi hacienda. Y si él primero fue amante de Octavia, y es ella el pleito que perdió, no es tan culpable en Feliciano mi ofensa. Este papel, al entrarse, Octavia rompió. ¡Qué ciego es amor! Pero el juntarle para que leerle pueda sin mucho espacio no es fácil. Letra es de mujer. Sin duda es de Octavia. En esta parte dice "Feliciano mío." ¡Respirando estoy volcanes! Ya declinó mi fortuna. En éste dice "asustarte." En ésta "Tuya es Octavia." Primero verás, infame, tu muerte, ¡viven los cielos!
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu