Last updated February 20, 1998
Sale un CRIADO
CRIADO: Un florentín caballero que Feliciano se llama te quiere hablar. LUDOVICO: ¿Feliciano en Luca? Mucho me espanta.
Aparte las dos
JUANA: Él te ha venido siguiendo. OCTAVIA: Esto sólo me faltaba. LUDOVICO: Pues, ¿qué espera? CRIADO: Tu licencia. LUDOVICO: ¿Quién es dueño de mi casa y de mí pide licencia?
Sale FELICIANO
FELICIANO: Prevención fuera excusada el pedirle; pero supe que ahora de llegar acaba vuestra esposa, y mi visita juzgué que os embarazara. LUDOVICO: Señor Feliciano, fuera de ser nuestra amistad tanta, caballeros tan ilustres honran siempre, no embarazan, y yo pienso que es mi esposa vuestra deuda. FELICIANO: Y muy cercana; mas, como el padre la tuvo de todos tan recatada, nunca llegué a conocerla; que hasta que la vi casada siempre la tuve por otra. LUDOVICO: Pues es cosa bien extraña. OCTAVIA: La condición de mi padre, como sabéis, fue la causa. FELICIANO: Y vuestra mucha obediencia. Gocéis, Ludovico, a Octavia los años que yo deseo. JUANA: (Pues moriráse mañana.) Aparte LUZBEL: (Tú harás que la goce poco Aparte si María no la ampara.) LUDOVICO: ¿Y a qué ha sido la venida a Luca? Que me alegrara de que fuera muy despacio. FELICIANO: Amigo, Luca es mi patria pero solamente vengo a vender de mi mediana hacienda lo que ha quedado y salir luego de Italia porque mi intento es servir al gran César de Alemania pues ya, de mis pretensiones murieron las esperanzas. De veinte años en Florencia entré, donde pleitaba de por vida un mayorazgo con asistencia del alma. Vióse el pleito sin citarme y, aunque mi abogado estaba presente, en él tenía neciamente confïanza. Nada en mi defensa dijo porque la parte contraria selló con oro sus labios; que con sólo una palabra en que el hecho consistía vieran mi justicia clara, en fin, perdí el pleito. LUDOVICO: Amigo, todo el oro lo contrasta. No hay cosa que lo resista. LUZBEL: (Yo he de hacer, cuando no caiga, Aparte que tropiece en la sospecha.) FELICIANO: Que ésa es verdad asentada. Se ha visto bien, Ludovico, en voz y en mi prima Octavia, pues por hombre poderoso gozáis la fénix de Italia. LUDOVICO: Decís bien. OCTAVIA: Aunque el ser vos parte tan apasionada me aseguren de que son lisonjas vuestras palabras, si en la intención no me ofenden, en lo que suenan me agravian. Yo me casé por poderes sin ver, con quien me casaba. Claro está que no gustosa pero tampoco forzada; que no tienen albedrío mujeres nobles y honradas. Pero, si yo fuera mía, ni todo el oro de Arabia, creed, señor Feliciano, que a casarme me obligara con Ludovico, y decirle que fue su hacienda la causa cuando fuera verdad, fuera verdad poco cortesana. FELICIANO: Yo le he dicho lo que siento con llaneza, en confïanza de la amistad. LUDOVICO: Yo sintiera que de otra suerte me hablaras.
[LUZBEL], acercándose a LUDOVICO [le habla al oído]
LUZBEL: Mas de Octavia la respuesta, si bien se mostró enojada, parece que es disculparse. LUDOVICO: (Sin duda que quiso Octavia disculparse con su deudo por ser su nobleza tanta que se casó con un hombre que en la sangre no la iguala pues le dijo que, a ser suya, conmigo no se casara. Aunque también ser pudiera... Pero es ilusión.)
Salen el GUARDIÁN, y fray ANTOLÍN, que es lego GUARDIÁN: Deo gratias. ANTOLÍN: Por siempre, pues callan todos. LUDOVICO: ¿Cómo se entran en mi casa sin llamar? (Con estos frailes Aparte tengo oposición extraña.) GUARDIÁN: Abierta estaba la puerta. LUZBEL: (Con éste no hago yo falta. Aparte Voyme adonde más importe.)
Vase [LUZBEL]
JUANA: Buen lance ha echado mi ama. LUDOVICO: Pues, ¿a qué entraron? GUARDIÁN: Entramos... ANTOLÍN: (Por voto mío no entrara.) Aparte GUARDIÁN: ...a darte el parabién... LUDOVICO: Bueno. GUARDIÁN: ...a ti y a tu esposa Octavia, y a pedirle que hoy siquiera, porque el sustento nos falta, mandes que nos den limosna. LUDOVICO: Hoy está muy ocupada toda mi familia, padres. Váyanse, que me embarazan. GUARDIÁN: Pues en el día que tomas posesión tan deseada de ti, sobre ser tan rico como el que más en Italia, ¿no le darás a Dios algo o en hacimiento de gracias, o en albricias, cuando sabes que nuestros hermanos pasan necesidad tan extrema que aún nos ha faltado el agua? LUDOVICO: Yo he menester lo que tengo; y si el sustento les falta, ¿por qué la ciudad no dejan? GUARDIÁN: No es tan poco la constancia de los hijos de Francisco. Dios volverá por su causa moviendo los corazones y serenando borrascas que ha levantado el infierno en ti y en toda tu patria. LUDOVICO: Salgan de mi casa luego o saldrán por las ventanas. ¡Viven los cielos! FELICIANO: Tenéos. ANTOLÍN: Vámonos, padre. LUDOVICO: ¿Qué aguardan? Váyanse presto. JUANA: ¡Ay, señora! ¿Con éste has de vivir? OCTAVIA: Juana, morir será lo más cierto pues nací tan desdichada. LUDOVICO: Trabajen para el sustento, o esperen que se le traiga el que instituyó la regla. GUARDIÁN: El demonio por ti habla. ANTOLÍN: No tal; que él no ha menester al demonio para nada. LUDOVICO: ¿Hay mayor atrevimiento? FELICIANO: Padres, por Dios, que se vayan. LUDOVICO: Matad esos vagamundos. FELICIANO: ¿Qué decís? OCTAVIA: Esposo, basta. ANTOLÍN: ¡Por mi padre San Francisco que le ha de servir de vaina el que llegue a este cuchillo! GUARDIÁN: Hermano... ANTOLÍN: Dios no me manda que me deje matar. GUARDIÁN: Vamos, y tengamos confïanza; que Dios dijo a nuestro padre que jamás a su sagrada religión le faltaría el sustento. ANTOLÍN: Pues ya tarda, padre mío. GUARDIÁN: Tenga, hermano Antolín, fe y esperanza. ANTOLÍN: Fe y esperanza me sobran; la caridad me hace falta.
Vanse los dos
LUDOVICO: No volvieran al convento si presentes no os hallarais vos, por vida de mi esposa. JUANA: Éste no es cristiano. OCTAVIA: Calla. FELICIANO: En lástima se convierte ya de mis celos la rabia.
Sale un CRIADO
CRIADO: Ya las mesas están puestas y los músicos aguardan. LUDOVICO: Entrad, porque honréis mi mesa. FELICIANO: (Por si puedo hablar a Octavia Aparte lo acepto.) Yo soy quien puede honrarse con merced tanta. Vamos. OCTAVIA: (Que se quede siento.) Aparte LUDOVICO: (No creí que lo aceptara.) Aparte OCTAVIA: (¡Ay, Feliciano! ¡Qué presto de mí has tomado venganza!)
Vanse. Salen el GUARDIÁN, y fray ANTOLÍN con piedras en las manos
GUARDIÁN: Deje las piedras. ANTOLÍN: ¿Cómo que las deje? Y si sale un crïado de este hereje tras nosotros, verá con la presteza que un par de ellas le escondo en la cabeza. GUARDIÁN: La crueldad y la ira, fray Antolín, de este hombre no me admira en tan protervo como impío pecho. Sólo me admira el huracán deshecho que el demonio en seis días solamente ha levantado en la piadosa gente que limosna nos daba; que, en fin, aunque no mucha nos bastaba. ANTOLÍN: Padre Guardián, mientras que da el aviso a nuestro general, será preciso los cálices vender. GUARDIÁN: No querrá el cielo que llegue a tan notable desconsuelo nuestra necesidad. ANTOLÍN: ¡Qué gentil flema! Pues, ¿a qué ha de llegar si ya es la extrema? Mas estas piedras que convierta espero en pan un cierto amigo tabernero que hace su fe milagros cada día. GUARDIÁN: (Sin duda, con el hambre desvaría.) Aparte ANTOLÍN: Que hará pan de las piedras imagino quien sabe convertir el agua en vino. GUARDIÁN: Aquí vive Teodora. Llame, hermano, a su puerta.
Llama y sale LUZBEL
LUZBEL: (Esta vez llamará en vano.) Aparte
Dentro como enfadada
TEODORA: ¿Quién es? ANTOLÍN: No tiene traza la Teodora de dar nada. GUARDIÁN: Dos frailes son, señora, Franciscos.
Sale TEODORA [y habla LUZBEL aparte a ella]
LUZBEL: Tienes hijos y estás pobre. TEODORA: Padres, pidan limosna a quien le sobre; que yo tengo en mi casa muchos que sustentar y es muy escasa mi hacienda. GUARDIÁN: Sí, será; mas ni un bocado de pan en toda la ciudad me han dado. Dánosle tú, por Dios, que en Él espero que le pague. TEODORA: Mis hijos son primero. Perdonen. ANTOLÍN: La razón es concluyente. GUARDIÁN: ¡Oh, lo que sabe la infernal serpiente! LUZBEL: (De poco os admiráis; mas ya, inspirado Aparte de mí, el gobernador viene irritado. Hacia esta parte conducirle espero.) ANTOLÍN: De la serpiente querellarme quiero. GUARDIÁN: ¿A quién? ANTOLÍN: A Dios; que es mucho atrevimiento el hacer que nos quiten el sustento. Las demás tentaciones, silicios, disciplinas y oraciones puedo vencer; pero no es para sufrida tentación que nos quite la comida; que el natural derecho es lo primero. Ayer nos dejó un pan de pasajero y antes que le soltara de las manos todos a él nos fuimos como alanos; y el buen hombre, asustado y afligido, viéndose de los frailes embestido, juzgó su muerte cierta; y sacando los pies hacia la puerta decía: "Yo no he hecho mal ninguno, padres, ténganse allá. ¿Tantos a uno?"
GUARDIÁN: Padre, pues Dios lo permite, que esto nos conviene crea. ANTOLÍN: Yo lo creo en cuanto al alma; pero una hambre tan fiera, padre Guardián, mucho dudo que a mi cuerpo le convenga. Y si el demonio me embiste, quien no come no pelea. GUARDIÁN: Seráfico padre mío, ¿qué es esto? En tan opulenta ciudad, tan cristiana y noble, ¿permitís vos que convierta contra vos, en vuestros hijos, del demonio la cautela tantos blandos corazones en duras rebeldes piedras? Bárbara gente, mirad que vuestros sentidos ciega el enemigo de toda la humana naturaleza. Dad limosna a San Francisco; que no hay empleo que tenga tan segura la ganancia, pues todo el cielo granjea. Dadle a Dios algo; que el pobre es su semejanza mesma. No le cerréis, ciudadanos, a la piedad las orejas. ANTOLÍN: ¿Mas que en vez de pan volvemos, padre, cargados de leña, si no calla?
Salen el GOBERNADOR y criados, y LUZBEL, detrás de él
LUZBEL: (No permitas Aparte que ciudad que tú gobiernas alboroten estos frailes que ser humildes profesan.) GOBERNADOR: ¿Qué voces son éstas, padres? ¿Por qué la ciudad alteran? GUARDIÁN: Gobernador generoso, doy voces porque nos niegan la acostumbrada limosna con que el perecer es fuerza; que mi religión ni tiene ni pueda tener hacienda. Sólo la piedad cristiana es quien la ampara y sustenta; pero está en segura finca ya que ésta es la vez primera que faltó a frailes franciscos, ni en la villa más pequeña, el sustento. LUZBEL: (Si les falta Aparte ¿por qué la ciudad no dejan?) GOBERNADOR: Pues si esta ciudad es, padre, tan mala que sólo en ella les ha faltado el sustento, el irse donde le tengan será el más prudente medio y el más fácil. GUARDIÁN: Quien gobierna tan ilustre y quien la ley de Cristo profesa, ¿eso responde? ¿Qué más un alarbe respondiera? LUZBEL: (¿Esto sufres?) Aparte GOBERNADOR: Pues, ¿conmigo habla con tal desvergüenza? Bastantes pobres tenemos naturales de esta tierra que ya trabajar no pueden y es la obligación primera de la ciudad sustentarlos, y es limosna más acepta que en ellos. Váyanse luego. Quítense de mi presencia; que, ¡vive Dios...! GUARDIÁN: Los infieles el pobre sayal respetan de mi padre San Francisco; y pues que tú le desprecias, siendo cristiano, sin duda mueve el demonio tu lengua. GOBERNADOR: No mueve sino la tuya porque justamente pueda castigar tu atrevimiento. Pregonad luego que, pena de perdimiento de bienes nadie en la ciudad se atreva a dar limosna a estos hombres.
Vase [el GOBERNADOR] y los criados
ANTOLÍN: Ella es gente tan perversa que está de más pregonarlo. GUARDIÁN: ¡Que tan bárbara fiereza quepa en un pecho cristiano! ¡Qué más Diocleciano hiciera?
Dentro
GOBERNADOR: ¡Echadlos de aquí o matadlos! ANTOLÍN: Buena la hemos hecho.
Dentro
VOCES: ¡Mueran! LUZBEL: (No es eso lo que pretendo.) Aparte ANTOLÍN: ¡Por Dios, que nos apedrean! Huyamos, padre, al convento pues que le tenemos cerca. GUARDIÁN: Gente sin fe, deteneos. ANTOLÍN: Corra; que en la diligencia consiste en salvar las vidas.
Dentro
VOCES: ¡Mueran estos frailes, mueran! ANTOLÍN: Aprisa, padre. GUARDIÁN: Dios mío, ¿qué persecución es ésta?
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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