Last updated March 12, 2000


EL DIABLO PREDICADOR


Personas que hablan en ella:


JORNADA PRIMERA


Baja LUZBEL, en un dragón

LUZBEL: ¡Ah, del oscuro reino del espanto, estancia del dolor, mansión del llanto, donde ya de otro daño sin recelo la desesperación es el consuelo! Abrid; y tú, de quien mi rabia fía de esa noble y eterna monarquía el gobierno en mi ausencia, ven a mi voz.

Sale ASMODEO, por un escotillón

ASMODEO: Ya estoy en tu presencia; pero, ¿qué te ha obligado a que me llames? LUZBEL: ¿No lo has penetrado? ASMODEO: No, príncipe, si bien creo que es mucha la causa. LUZBEL: La mayor. ASMODEO: Pues, dilo. LUZBEL: Escucha.

Sobre este helado vestigio en cuya forma triforme di espanto en su Apocalipsi al más venturoso joven, para saber los que el yugo de mi imperio reconocen, en término de dos días he dado la vuelta al orbe y, de diez partes, las nueve por las justas permisiones del Criador eterno yacen a mi obediencia conformes. Los bárbaros sacrificios me ofrecen, y adoraciones, en las mentidas estatuas de barro, de hierro y bronce. La morisma en su vil secta, y también otras naciones que en una verdad disfrazan mil diferentes errores, sin que a ninguna de tantas sus distantes horizontes la disculpe de que al Dios que todo lo hizo ignore, pues no hubo en toda la tierra clima tan ignoto donde no llegasen, explicadas por alguno de los doce discípulos las verdades de los cuatro historiadores; ni parte donde el cruzado leño, ya en llano o ya en monte, no quedara por testigo de su pertinacia torpe. Solamente algunas partes de la Europa se me oponen, adorando al Uno y Trino, y al Verbo por Dios y Hombre; pero, aunque en ellas hay muchos jardines de religiones cuya agradable fragrancia de sus penitentes flores, penetra el eternos alcázar para que a Dios desenoje de lo mucho que le ofenden los mismos que le conocen. Los que me dan más tormento son--¡ah, mi rabia me ahogue!-- esos hijos--sin nombrarle será fuerza que le nombre-- de aquél por menor más grande, de aquél más rico por pobre, de aquel retrato de Dios humanado tan conforme que, si en un pesebre Cristo nació, Francisco, por orden también divina, un pesebre para oriente suyo escoge. Si tuvo, como maestro, doce discípulos, doce fueron los que de Francisco siguieron también el norte. Si el uno murió suspenso de un árbol, no hay quien ignore que otro de los de Francisco murió pendiente de un roble. Si de Jesús el sagrado culto, la lluvia de azotes le transformó en laberintos de sangrientos tornasoles, de la sangre de Francisco todas las habitaciones que tuvo parecen jaspes salpicadas de sus golpes. Si a Cristo la infame turba le tejieron de cambrones impía y regia diadema que le hierra y le corone, Francisco, en robusta zarza, sólo en los paños menores castigando pensamientos inculpable por veloces, revolcado entre sus puntas logró la zarza verdores de laurel que coronaron penitencias tan feroces. Si cinco puntas abrieron en aquel árbol triforme al cielo en su Autor divino siempre abiertas para el hombre, ¿no fue su retrato en ella Francisco, aunque yo lo llore, sino original traslado, pues en una unión acorde de manos, pies y costado con increíbles favores? De Dios mereció Francisco en una, cinco impresiones de penetrantes heridas, que al recibirlas entonces la dicha de su contacto le lisonjeó los dolores. Hasta otro Tomás curioso tuvo, que incrédulo toque la herida de su costado, a cuyo crüel informe un éxtasis doloroso le dejó a Francisco inmóvil; de suerte que le juzgaron por tránsito sus menores. Los hijos pues de este humilde portento de perfecciones, con el fruto de su ejemplo son mis contrarios mayores. Que el Hacedor soberano castigara oposiciones de quien, siendo su criatura, pretendió de Criador nombre. Vaya, que aun no fue el castigo a mi delito conforme, y no sólo no me ofende pero me añade blasones; que su sacrosanta madre pusiera en mi cuello indócil la planta, cuyo coturno de serafines compone. No me irritó; que si es reina, por infinitas razones de las nueve órdenes bellas tronos y dominaciones, puesto que perder no puedo mi ser angélico noble. Mi reina es y no me ultraja que su pie a mi cerviz dome. Sólo tengo por injuria que a tantas persecuciones estos míseros descalzos tantos vencimientos logren; que el ser tan flacos contrarios los que a mi poder se oponen de mi altivez acrecientan más las desesperaciones. Ellos al cielo conducen más almas que ese salobre piélago produce arenas, más que cuantas plumas torpes de tantos heresiarcas han conducido legiones de espíritus al infierno. Y no, Asmodeo, te asombre que si este mal no se ataja. Muy presto no ha de haber donde los remendados mendigos la bandera no enarbolen de aquél que, por su valiente humildad mereció el nombre de gran alférez de Cristo; Y que aquella silla goce que perdí cuando intentaron mis soberbias presunciones fijarla en el solio trino poniendo en arma su corte. Para esta empresa te llamo. No fácil te la propone mi ciencia porque después de la del celeste monte a ninguna tan difícil se arrojaron mis rencores; porque la regla que guardan, como sabes, estos hombres es la apostólica vida, y no por inspiraciones solamente institüida porque Dios mismo esta orden dictó a boca que Francisco fue su secretario entonces. El cual le dijo, piadoso para con sus posteriores: "¿Quién, Señor, guardará regla tan crüel que se compone de veinte y cinco preceptos sin glosa ni explicaciones con pena de mortal culpa siendo humano?" Y respondióle: "Yo crïaré quien la guarde, Francisco, no te congojes." Mas no le dijo que todos uniformemente acordes la guardarían; que fueran vanos nuestras pretensiones. Parte a España, y en Toledo que es hoy de sus poblaciones la mayor, siembra impiedades en los de mediano porte, y en los gremios, que éstos son los que a estos frailes socorren, estorbando que en sus pechos la devoción fuerzas cobre; que son, en lo que aprenden tenaces los españoles. No en los ricos te embaraces; que más que tus persuasiones hará la ambición en ellos; y, aunque vean dos mil pobres, no harán reparo ninguno; que, como nunca estos hombres ven de la necesidad la cara, no la conocen. Esto en general, que en todas las reglas hay excepciones. Yo en esta ciudad de Luca me quedo, donde disponen mis cautelas que estos frailes la conservación no logren de un convento que han fundado, haciendo en sus moradores que las limosnas conviertan en vergonzosos baldones; que ya casi persuadidos los tengo a que son mejores limosnas las que se hacen a quien con obligaciones lo pasan míseramente que a los que vienen con nombre de religiosos mendigos, sin que a la ciudad importe entre los demás que tengo para que mi engaño apoyen. Hay aquí un rico avariento con quien fuera el que supone la parábola piadoso y liberal, cuyo nombre es Ludovico, y ya llega de Florencia su consorte, tan infeliz como hermosa y cuerda, pues antepone a su pasión la obediencia del padre que, siendo noble, con este ambicioso bruto la casó por verse pobre. Pero es devota de aquella de todos los pecadores abogada, que la libra de estas imaginaciones. Pero ya llega a su casa. Parte a España, que aunque invoquen en su ayuda estos mendigos las divinas protecciones, he de hacer que esta segunda nave de la iglesia choque en los escollos de impíos y rebeldes corazones, negándoles el sustento, o que en los bajíos toque de la natural flaqueza con que, por lo menos, logre que en su poca confïanza sin que el piloto lo estorbe, zozobre, si no se pierde o encalle, si no se rompe. ASMODEO: Príncipe de las tinieblas, a tus preceptos responde obedeciendo Asmodeo. Desde hoy estén a tu orden los espíritus impuros del español horizonte. Presto verás los del tosco sayal con fuerzas menores si Dios mismo en favor suyo su autoridad no interpone.

Sube ASMODEO en el mismo dragón que bajó LUZBEL

LUZBEL: Estos frailes dejarán desamparado el convento por la falta de sustento si hoy limosna no les dan; que con sólo un pan ayer que un pasajero les dio todo el convento comió; mas hoy no le han de tener; que aunque el Guardián ha salido, viendo su necesidad, a pedir por la ciudad ninguno le ha socorrido. Mas ésta la casa es de Ludovico, y por ella va entrando su esposa bella; pero llorará después el haberse reducido de su padre a la obediencia; que su amante, de Florencia desesperado ha venido siguiéndola.

Salen LUDOVICO, de camino, y CRIADOS, y por otra puerta OCTAVIA y JUANA

LUDOVICO: Conoció, sin duda, las ansias mías vuestro padre, pues dos días la dicha me anticipó; aunque también he sentido el que no me haya avisado para que hubiera logrado el haberos recibido con la ostentación forzosa diez millas de la ciudad. OCTAVIA: No quiero más vanidad, señor, que ser vuestra esposa; y así no os quise obligar a una fineza excusada. JUANA: (Es que ya viene informada Aparte de lo que siente el gastar.) LUDOVICO: Muy bien habéis respondido. JUANA: (¡Qué presto se ha conformado!) Aparte OCTAVIA: (Horror el verle me ha dado Aparte ¡Qué desdichada he nacido!)

[Aparte las dos]

JUANA: ¿Qué te parece? OCTAVIA: No sé. Déjame; que estoy sin vida. LUZBEL: (La mujer está afligida Aparte pero bien tiene de qué porque es el hombre peor de todos cuantos encierra el ámbulo de la tierra.) LUDOVICO: Tan ufano está mi amor de poderos llamar mía que aún viéndolo no lo creo. OCTAVIA: Pues creed que mi deseo no esperó ver este día.

El diablo predicador part 2

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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