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REY: ¿Que no quiera confesar
que yo mandé darle muerte?
ARIAS: No he visto bronce más fuerte;
todo su intento es negar.
Dijo al fin que él ha cumplido
su obligación, y que es bien
que cumpla la suya quien
le obligó con prometido.
REY: Callando quiere vencerme.
ARIAS: Y aun te tiene convencido.
REY: él cumplió lo prometido;
en confusión vengo a verme
por no poderle cumplir
la palabra que enojado
le dí.
ARIAS: Palabra que has dado
no se puede resistir,
porque, si debe cumplilla
un hombre ordinario, un rey
la hace entre sus labios ley,
y a la ley todo se humilla.
REY: Es verdad, cuando se mide
con la natural razón
la ley.
ARIAS: Es obligación.
El vasallo no la pide
al rey. Sólo ejecutar,
sin verlo y averiguallo,
debe la ley el vasallo,
y el rey debe consultar.
Tú esta vez la promulgaste
en un papel, y, pues él
la ejecutó sin papel,
a cumplilla te obligaste
la ley que hiciste en mandarle
matar a Busto Tavera;
que, si por tu ley no fuera,
él no viniera a matarle.
REY: Pues ¿he de decir que yo
darle la muerte mandé,
y que tal crueldad usé
con quien jamás me ofendió?
El Cabildo de Sevilla,
viendo que la causa fuí,
Arias, ¿qué dirá de mí?
Y ¿qué se dirá en Castilla,
cuando don Alonso en ella
me está llamando tirano,
y el Pontífice romano
con censuras me atropella?
La parte de mi sobrino
vendrá a esforzar por ventura,
y su amparo la asegura.
Falso mi intento imagino
también, si dejo morir
a Sancho Ortiz. Es bajeza.
¿Qué he de hacer?
ARIAS: Puede Tu Alteza
con halagos persuadir
a los Alcaldes Mayores,
y pedilles con destierro
castiguen su culpa y yerro,
atropellando rigores.
Pague Sancho Ortiz; así
vuelves, gran señor, por él,
y, ceñido de laurel,
premiado queda de ti.
puedes hacerle, señor,
general de una frontera.
REY: Bien dices; pero si hubiera
ejecutado el rigor
con él doña Estrella ya,
a quien mi anillo le di,
¿cómo lo haremos aquí?
ARIAS: Todo se remediará,
y en tu nombre iré a prendella
por causa que te ha movido;
y, sin gente y sin rüido,
traeré yo al Alcázar a Estrella.
Aquí la persuadirás
a tu intento, y, porque importe,
con un grande de la Corte
casarla, señor, podrás;
que su virtud y nobleza
merece un alto marido.
REY: ¡Cómo estoy arrepentido,
don Arias, de mi flaqueza!
Bien dice un sabio, que aquél
era sabio solamente
que era en la ocasión prudente,
como en la ocasión crüel.
Ve luego a prender a Estrella,
pues de tanta confusión
me sacas con su prisión;
que pienso casar con ella,
para venirla a aplacar,
un ricohome de Castilla;
y a poderla dar mi silla,
la pusiera en mi lugar;
que tal hermano y hermana
piden inmortalidad.
ARIAS: La gente de esta ciudad
obscurecen la romana.
Vase don ARIAS y Sale el ALCALDE
ALCALDE: Déme los pies Vuestra Alteza.
REY: Pedro de Cáus, ¿qué causa
os trae a mis pies?
ALCAIDE: Señor,
este anillo con sus armas
¿no es de Vuestra Alteza?
REY: Sí.
éste es privilegio y salva
de cualquier crimen que hayáis
cometido.
ALCALDE: Fué a Trïana,
invicto señor, con él
una mujer muy tapada,
diciendo que Vuestra Alteza,
que le entregara, mandaba
a Sancho Ortiz. Consultéle
tu mandato con las guardas,
y el anillo juntamente,
y todos que le entregara
me dijeron; dile luego,
pero, en muy poca distancia,
Sancho Ortiz, dando mil voces,
pide que las puertas abra
del castillo, como loco.
"No he de hacer lo que el rey manda"
decía, y "Quiero morir;
que es bien que muera quien mata."
La entrada le resistí,
pero, como voces tantas
daba, fué el abrirle fuerza:
entró, donde alegre aguarda
la muerte.
REY: No he visto gente
más gentil ni más cristiana
que la de esta ciudad: callen
bronces, mármoles, y estatuas.
ALCALDE: La mujer dice, señor,
que la libertad le daba
y que él no quiso admitirla
por saber que era la hermana
de Busto Tavera, a quien
dió la muerte.
REY: Más me espanta
lo que me decís agora.
En sus grandezas agravian
la mesma naturaleza:
ella, cuando más ingrata
había de ser, le perdona,
le libra; y él, por pagarla
el ánimo generoso,
se volvió a morir. Si pasan
más adelante sus hechos,
dé la vida a eternas planchas.
Vos, Pedro de Caus, traedme
con gran secreto al Alcázar
a Sancho Ortiz en mi coche,
escusando estruendo y guardas.
ALCALDE: Yo voy a servirte.
Vase y sale en CRIADO
CRIADO: Aquí
ver a Vuestra Alteza aguardan
sus dos Alcaldes Mayores.
REY: Decid que entren con sus varas.
Vase el CRIADO
Yo, si puedo, a Sancho Ortiz
he de cumplir la palabra,
sin que mi rigor se entienda.
Salen [don PEDRO y FARFÁN,] los dos alcaldes
mayores
PEDRO: Ya, gran señor, sustanciada
la culpa, pide el proceso
la sentencia.
REY: Sustanciadla;
sólo os pido que miréis,
pues sois padres de la patria,
su justicia; y la clemencia
muchas veces la aventaja.
Regidor es de Sevilla
Sancho Ortiz, si es el que falta
Regidor; uno piedad
pide, si el otro venganza.
FARFÁN: Alcaldes Mayores somos
de Sevilla, y hoy nos cargan
en nuestros hombros, señor,
su honor y su confïanza.
Estas varas representan
a Vuestra Alteza; y, si tratan
mal vuestra planta divina,
ofenden a vuestra estampa.
Derechas miran a Dios;
y, si se doblan y bajan,
miran al hombre, y del cielo,
en torciéndose, se apartan.
REY: No digo que las torzáis,
sino que equidad se haga
en la justicia.
PEDRO: Señor,
la causa de nuestras causas
es Vuestra Alteza. En su fïat
penden nuestras esperanzas.
Dalde la vida, y no muera,
pues nadie en los reyes manda;
Dios manda en los reyes;
Dios de los Saúles traslada
en los humildes Davides
las coronas soberanas.
REY: Entrad, y ved la sentencia,
qué da por disculpa, y salga
al suplicio Sancho Ortiz
como las leyes lo tratan.
Vos, don Pedro de Guzmán,
escuchadme una palabra
aquí aparte.
Vase FARFÁN
PEDRO: Pues, ¿qué es
lo que Vuestra Alteza manda?
REY: Dando muerte a Sancho Ortiz,
don Pedro, no se restaura
la vida al muerto; y querría,
evitando la desgracia
mayor, que le desterremos
a Gibraltar, o a Granada,
donde en mi servicio tenga
una muerte voluntaria.
¿Qué decís?
PEDRO: Que soy don Pedro
de Guzmán, y a vuestras plantas
me tenéis; vuestra es mi vida,
vuestra es mi hacienda, y espada,
y ansí serviros prometo
como el menor de mi casa.
REY: Dadme esos brazos, don Pedro
de Guzmán; que no esperaba
yo menos de un pecho noble.
Id con Dios: haced que salga
luego Farfán de Ribera.
Vase don PEDRO
(Montes la lisonja allana.) Aparte
Sale FARFÁN
FARFÁN: Aquí a vuestros pies estoy.
REY: Farfán de Ribera, estaba
con pena de que muriera
Sancho Ortiz; mas ya se trata
de que en destierro se trueque
la muerte; y será más larga,
porque será mientras viva.
Vuestro parecer me falta,
para que así se pronuncie
cosa de más importancia.
FARFÁN: Mande a Farfán de Ribera
Vuestra Alteza, sin que en nada
repare; que mi lealtad
en servirle no repara
en cosa alguna.
REY: Al fin, sois
Ribera en quien vierte el alba
flores de virtudes bellas,
que os guarnecen y acompañan.
Id con Dios.
Vase FARFÁN
REY: Bien negocié.
Hoy de la muerte se escapa
Sancho Ortiz, y mi promesa
sin que se entienda se salva.
Haré que por general
de alguna frontera vaya,
con que le destierro y premio.
Vuelven los alcaldes
PEDRO: Ya está, gran señor, firmada
la sentencia, y que la vea
Vuestra Alteza sólo falta.
Dale al REY un papel
REY: Habrá la sentencia sido
como yo la deseaba
de tan nobles caballeros.
FARFÁN: Nuestra lealtad nos ensalza.
Lee
REY: "Fallamos y pronunciamos
que le corten en la plaza
la cabeza." ¿Esta sentencia
es la que traéis firmada?
¿Ansí, villanos, cumplís
a vuestro rey la palabra?
¡Vive Dios!
FARFÁN: Lo prometido
con las vidas y las armas
cumplirá el menor de todos,
como ves, como arrimada
la vara tenga; con ella,
¡por las potencias humanas,
por la tierra, y por el cielo,
que ninguno de ellos haga
cosa mal hecha, o mal dicha!
PEDRO: Como a vasallos nos manda,
mas como a Alcaldes Mayores,
no pidas injustas causas;
que aquello es estar sin ellas,
y aquesto es estar con varas;
y el Cabildo de Sevilla
es quien es.
REY: Bueno está. Basta;
que todos me avergonzáis.
Salen Don ARIAS, y ESTRELLA
ARIAS: Ya está aquí Estrella.
REY: Don Arias,
¿qué he de hacer? ¿Qué me aconseja
entre confusiones tantas?
Salen el ALCALDE, y don SANCHO Ortiz, y CLARINDO
ALCALDE: Ya Sancho Ortiz está aquí.
SANCHO: Gran señor, ¿por qué no acabas
con la muerte mis desdichas,
con tu rigor mis desgracias?
Yo maté a Busto Tavera.
Mátame, muera quien mata.
Haz, señor, misericordia,
haciendo justicia.
REY: Aguarda.
¿Quién te mandó dar la muerte?
SANCHO: Un papel.
REY: ¿De quién?
SANCHO: Si hablara
el papel, él lo dijera;
que es cosa evidente y clara;
mas los papeles rompidos
dan confusas las palabras.
Sólo sé que di la muerte
al hombre que más amaba,
por haberlo prometido.
Mas aquí a tus pies aguarda
Estrella mi heroica muerte,
y aun no es bastante venganza.
REY: Estrella, yo os he casado
con un grande de mi casa,
mozo, galán, y en Castilla
príncipe, y señor de salva.
Y en premio de esto os pedimos
con su perdón vuestra gracia,
que no es justo que se niegue.
ESTRELLA: Ya, señor, que estoy casada,
vaya libre Sancho Ortiz.
No ejecutes mi venganza.
SANCHO: Al fin, ¿me das el perdón
porque Su Alteza te casa?
ESTRELLA: Sí, por eso te perdono.
SANCHO: Y ¿quedas ansí vengada
de mi agravio?
ESTRELLA: Y satisfecha.
SANCHO: Pues, porque tus esperanzas
se logren, la vida aceto,
aunque morir deseaba.
REY: Id con Dios.
FARFÁN: Mirad, señor,
que así Sevilla se agravia,
y debe morir.
REY: ¿Qué haré?
que me apuran y acobardan
esta gente.
ARIAS: Hablad.
REY: Sevilla,
matadme a mí; que fuí causa
de esta muerte. Yo mandé
matarle, y aquesto basta
para su descargo.
SANCHO; Sólo
ese descargo aguardaba
mi honor; que el rey me mandó
matarle; que yo una hazaña
tan fiera no cometiera,
si el rey no me lo mandara.
REY: Digo que es verdad.
FARFÁN: Así
Sevilla se desagravia;
que, pues mandasteis matarle,
sin duda os daría causa.
REY: Admirado me ha dejado
la nobleza sevillana.
SANCHO: Yo a cumplir salgo el destierro,
cumpliéndome otra palabra
que me disteis.
REY: Yo la ofrezco.
SANCHO: Yo dije que aquella dama
por mujer habías de darme
que yo quisiera.
REY: Ansí pasa.
SANCHO: Pues a doña Estrella pido,
y aquí, a sus divinas plantas,
el perdón de mis errores.
ESTRELLA: Sancho Ortiz, yo estoy casada.
SANCHO: ¿Casada?
ESTRELLA: Sí.
SANCHO: Yo estoy muerto.
REY: Estrella, ésta es mi palabra;
rey soy, y debo cumplirla.
¿Qué me respondéis?
ESTRELLA: Que se haga
vuestro gusto. Suya soy.
SANCHO: Yo soy suyo.
REY: Ya ¿qué os falta?
SANCHO: La conformidad.
ESTRELLA: Pues ésa
jamás podremos hallarla
viviendo juntos.
SANCHO: Lo mismo
digo yo, y por esta causa
de la palabra te absuelvo.
ESTRELLA: Yo te absuelvo la palabra;
que ver siempre al homicida
de mi hermano en mesa y cama
me ha de dar pena.
SANCHO: Y a mí,
estar siempre con la hermana
del que maté injustamente,
queriéndole como al alma.
ESTRELLA: Pues ¿libres quedamos?
SANCHO: Sí.
ESTRELLA: Pues adiós.
SANCHO: Adiós.
REY: Aguarda.
ESTRELLA: Señor, no ha de ser mi esposo
hombre que a mi hermano mata,
aunque le quiero y adoro.
Vase
SANCHO: Y yo, señor, por amarla,
no es justicia que lo sea.
Vase
REY: ¡Brava fe!
ARIAS: ¡Brava constancia!
CLARINDO: Más me parece locura.
REY: Toda esta gente me espanta.
PEDRO: Tiene esta gente Sevilla.
REY: Casarla pienso, y casarla
como merece.
CLARINDO: Y aquí
esta tragedia os consagra
Cardenio, dando a la Estrella
de Sevilla eterna fama,
cuyo prodigioso caso
inmortales bronces guardan.
FIN DE LA COMEDIA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham