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ARIAS:         Si en vuestra boca tenéis 
               el descargo, es desconcierto 
               negarlo.
SANCHO:                  Yo soy quien soy,
               y siendo quien soy, me venzo
               a mí mismo con callar, 
               y a alguno que calla afrento; 
               quien es quien es, haga obrando 
               como quien es, y con esto, 
               de aquesta suerte, los dos 
               como quien somos haremos.
ARIAS:         Eso le diré a Su Alteza.
PEDRO:         Vos, Sancho Ortiz, habéis hecho 
               un caso muy mal pensado, 
               y anduvistis poco cuerdo.
FARFÁN:        Al Cabildo de Sevilla 
               habéis ofendido, y puesto 
               a su rigor vuestra vida, 
               y en su furor vuestro cuello. 

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PEDRO: Matasteis a un Regidor sin culpa, al cielo ofendiendo. Sevilla castigará tan locos atrevimientos.
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ARIAS: Y al rey, que es justo, y es santo. ¡Raro valor! ¡Bravo esfuerzo!
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CLARINDO: ¿Es posible que consientas tantas injurias? SANCHO: Consiento que me castiguen los hombres, y que me confunda el cielo; y ya, Clarindo, comienza. ¿No oyes un confuso estruendo? Braman los aires, armados de relámpagos y truenos. Uno baja sobre mí como culebra, esparciendo círculos de fuego apriesa. CLARINDO: (Pienso que ha perdido el seso; Aparte quiero seguirle el humor.) SANCHO: ¡Que me abraso! CLARINDO: ¡Que me quemo! SANCHO: ¿Cogióte el rayo también? CLARINDO: ¿No me ves cenizas hecho? SANCHO: ¡Válgame Dios! CLARINDO: Sí, señor, ceniza soy de sarmientos. SANCHO: Dame una poca, Clarindo, para que diga "memento." CLARINDO: Y ¿a ti no te ha herido el rayo? SANCHO: ¿No me ves, Clarindo, vuelto, como la mujer de Lot, en piedra sal? CLARINDO: Quiero verlo. SANCHO: Tócame. CLARINDO: Duro y salado estás. SANCHO: ¿No lo he de estar, necio, si soy piedra sal aquí? CLARINDO: Así te gastarás menos; mas si eres ya piedra sal, di, ¿cómo hablas? SANCHO: Porque tengo el alma ya encarcelada en el infierno del cuerpo. Y tú, si eres ya ceniza, ¿cómo hablas? CLARINDO: Soy un brasero, donde entre cenizas pardas el alma es tizón cubierto. SANCHO: ¿Alma tizón tienes? Malo. CLARINDO: Antes, señor, no es muy bueno. SANCHO: Ya estamos en la otra vida. CLARINDO: Y pienso que en el infierno. SANCHO: ¿En el infierno, Clarindo? ¿En qué lo ves? CLARINDO: En que veo, señor, en aquel castillo más de mil sastres mintiendo. SANCHO: Bien dices que en él estamos; que la Soberbia está ardiendo sobre esa torre, formada de arrogantes y soberbios. Allí veo a la Ambición tragando abismos de fuego. CLARINDO: Y más adelante está una legión de cocheros. SANCHO: Si andan coches por acá, ya destruirán al infierno; pero si el infierno es, ¿cómo escribanos no vemos? CLARINDO: No los quieren recibir, porque acá no inventen pleitos, SANCHO: Pues si en él pleitos no hay, bueno es el infierno. CLARINDO: Bueno. SANCHO: ¿Qué son aquéllos? CLARINDO: Tahures sobre una mesa de fuego. SANCHO: Y aquéllos ¿qué son? CLARINDO: Demonios, que los llevan, señor, presos. SANCHO: ¿No les basta ser demonios, sino soplones? ¿Qué es esto? CLARINDO: Voces de dos mal casados que se están pidiendo celos. SANCHO: Infierno es ése dos veces, acá y allá padeciendo. ¡Bravo penar, fuerte yugo! Lástima, por Dios, les tengo. ¿De qué te ríes? CLARINDO: De ver a un espantado hacer gestos, señor, a aquellos demonios, porque le han ajado el cuello y cortado las melenas. SANCHO: Ése es notable tormento; sentirálo mucho. CLARINDO: Allí la Necesidad, haciendo cara de hereje, da voces. SANCHO: Acá y allá padeciendo, pobre mujer, disculpados habían de estar sus yerros, porque la Necesidad tiene disculpa en hacerlos, y no te espantes, Clarindo. CLARINDO: ¡Válgame Dios! Saber quiero quién es aquél de la pluma. SANCHO: Aquél, Clarindo, es Homero, y aquél, Virgilio, a quien Dido la lengua le cortó, en premio del testimonio y mentira que le levantó. Aquel viejo es Horacio, aquél, Lucano y aquél, Ovidio. CLARINDO: No veo, señor, entre estos poetas ninguno de nuestros tiempos: no veo ahora ninguno de los sevillanos nuestros. SANCHO: Si son los mismos demonios, dime, ¿cómo puedes verlos? que allá en forma de poetas andan dándonos tormentos. CLARINDO: ¿Demonios poetas son? Por Dios, señor, que lo creo; que aquel demonio de allí, arrogante y corninegro, a un poeta amigo mío se parece, pero es lego; que los demonios son sabios, mas éste será mostrenco. Allí está el tirano Honor, cargado de muchos necios que por la honra padecen. SANCHO: Quiérome juntar con ellos. Honor, un necio y honrado viene a ser crïado vuestro, por no exceder vuestras leyes. Mal, amigo, lo habéis hecho, porque el verdadero honor consiste ya en no tenerlo. ¡A mí me buscáis allá, y ha mil siglos que estoy muerto! Dinero, amigo, buscad; que el honor es el dinero. ¿Qué hicisteis? Quise cumplir una palabra. Rïendo me estoy; ¿palabras cumplís? Parecéisme majadero; que es ya el no cumplir palabras bizarría en este tiempo. Prometí matar a un hombre, y le maté airado, siendo mi mayor amigo. Malo. CLARINDO: ¿No es muy bueno? SANCHO. No es muy bueno. Metelde en un calabozo, y condénese por necio. Honor, su hermana perdí, y ya en su hacienda padezco. No importa. CLARINDO: (¡Válgame Dios! Aparte Si más proseguir le dejo, ha de perder el jüicio; inventar quiero un enredo.
Da voces
SANCHO: ¿Quién da voces? ¿Quién da voces? CLARINDO: Da voces el Cancerbero, portero de este palacio. ¿No me conocéis? SANCHO: Sospecho que sí. CLARINDO: Y vos ¿quién sois? SANCHO: ¿Yo? Un honrado. CLARINDO: ¿Y acá dentro estáis? Salid, noramala. SANCHO: ¿Qué decís? CLARINDO: Salid de presto; que este lugar no es de honrado. Asilde, llevalde preso al otro mundo, a la cárcel de Sevilla por el viento. ¿Cómo? Tapados los ojos, para que vuele sin miedo. Ya está tapado. En sus hombros al punto el Diablo Cojuelo allá le ponga de un salto. ¿De un salto? Yo estoy contento. Camina, y lleva también de la mano al compañero.
Da una vuelta, y déjale
Ya estáis en el mundo, amigo. Quedaos a Dios. Con Dios quedo. SANCHO: ¿A Dios dijo? CLARINDO: Sí, señor; que este demonio, primero que lo fuese, fué cristiano, y bautizado, y Gallego en Cal de Francos. SANCHO: Parece que de un éxtasis recuerdo. (¡Válgame Dios! ¡Ay, Estrella, Aparte qué desdichada la tengo sin vos! Mas si yo os perdí, este castigo merezco.)
Salen el ALCALDE, y ESTRELLA, con manto
ESTRELLA: Luego el preso me entregad. ALCALDE: Aquí está, señora, el preso; y, como lo manda el rey, en vuestras manos le entrego. Señor Sancho Ortiz, Su Alteza nos manda que le entreguemos a esta señora.
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ESTRELLA: Señor, venid conmigo. SANCHO: Agradezco la piedad si es a matarme, porque la muerte deseo. ESTRELLA: Dadme la mano, y venid. CLARINDO: ¿No parece encantamento? ESTRELLA: Nadie nos sigue. CLARINDO: Está bien. (¡Por Dios, que andamos muy buenos, Aparte desde el infierno a Sevilla, y de Sevilla al infierno! Plegue a Dios que aquesta Estrella se nos vuelva ya un lucero.
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ESTRELLA: Ya os he puesto en libertad. Idos, Sancho Ortiz, con Dios, y advertid que uso con vos de clemencia y de piedad; Idos con Dios, acabad. Libre estáis. ¿Qué os detenéis? ¿Qué miráis? ¿Qué os suspendéis? Tiempo pierde el que se tarda. Id; que el caballo os aguarda en que escaparos podéis. Dineros tiene el crïado para el camino. SANCHO: Señora, dadme esos pies. ESTRELLA: Id; que ahora no es tiempo. SANCHO: Voy con cuidado. Sepa yo quién me ha librado, porque sepa agradecer tal merced. ESTRELLA: Una mujer, vuestra aficionada, soy, que la libertad os doy, teniéndola en mi poder. Id con Dios. SANCHO: No he de pasar de aquí, si no me decís quién sois o no os descubrís. ESTRELLA: No me da el tiempo lugar. SANCHO: La vida os quiero pagar, y la libertad también: yo he de conocer a quién tanta obligación le debo, para pagar lo que debo, reconociendo este bien. ESTRELLA: Una mujer principal soy, y, si más lo pondero, la mujer que más os quiero, y a quien vos queréis más mal. Id con Dios. SANCHO: Yo no haré tal, si no os descubrís ahora. ESTRELLA: Porque os vais, yo soy.
Descúbrese
SANCHO: ¡Señora! ¡Estrella del alma mía! ESTRELLA: Estrella soy que te guía, de tu vida, precursora. Véte; que amor atropella la fuerza así del rigor, que, como te tengo amor, te soy favorable Estrella. SANCHO: ¡Tú, resplandeciente y bella con el mayor enemigo! ¡Tú, tanta piedad conmigo! Trátame con más crueldad; que aquí es rigor la piedad, porque es piedad el castigo. Haz que la muerte me den; no quieras, tan liberal, con el bien hacerme mal, cuando está en mi mal el bien. ¡Darle libertad a quien muerte a su hermano le dió! No es justo que viva yo, pues él padeció por mí; que es bien que te pierda así quien tal amigo perdió. En libertad de esta suerte, me entrego a la muerte fiera, porque si preso estuviera, ¿qué hacía en pedir la muerte? ESTRELLA: Mi amor es más firme y fuerte, y así la vida te doy. SANCHO: Pues yo a la muerte me voy, puesto que librarme quieres; que, si haces como quien eres, yo he de hacer como quien soy. ESTRELLA: ¿Por qué mueres? SANCHO: Por vengarte. ESTRELLA: ¿De qué? SANCHO: De mi alevosía. ESTRELLA: Es crueldad. SANCHO: Es valentía. ESTRELLA: Ya no hay parte. SANCHO: Amor es parte. ESTRELLA: Es ofenderme. SANCHO: Es amarte. ESTRELLA: ¿Cómo me amas? SANCHO: Muriendo. ESTRELLA: Antes me ofendes. SANCHO: Viviendo. ESTRELLA: Óyeme. SANCHO: No hay qué decir. ESTRELLA: ¿Dónde vas? SANCHO: Voy a morir, pues con la vida te ofendo. ESTRELLA: Vete, y déjame. SANCHO: No es bien. ESTRELLA: Vive, y líbrate. SANCHO: No es justo. ESTRELLA: ¿Por quién mueres? SANCHO: Por mi gusto. ESTRELLA: Es crueldad. SANCHO: Honor también. ESTRELLA: ¿Quién te acusa? SANCHO: Tu desdén. ESTRELLA: No lo tengo. SANCHO: Piedra soy. ESTRELLA: ¿Estás en ti? SANCHO: En mi honra estoy, y te ofendo con vivir. ESTRELLA: Pues vete, loco, a morir; que a morir también me voy.
Vanse cada uno por su puerta. Salen el REY y don ARIAS

La estrella de Sevilla part 9

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham