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ACTO TERCERO


Salen el REY, [don PEDRO y FARFÁN,] los alcaldes mayores y don ARIAS
PEDRO: Confiesa que le mató, mas no confiesa por qué. REY: ¿No dice qué le obligó? FARFÁN: Sólo responde, "No sé," y es gran confusión un no. REY: ¿Dice si le dió ocasión? PEDRO: Señor, de ninguna suerte. ARIAS ¡Temeraria confusión! PEDRO: Dice que le dió la muerte; no sabe si es con razón. FARFÁN: Sólo confiesa matarle porque matalle juró. ARIAS: Ocasión debió de darle. PEDRO: Dice que no se la dió. REY: Volved de mi parte a hablarle; y decilde que yo digo que luego el descargo dé; y decid que soy su amigo, y su enemigo seré en el rigor y castigo. Declare por qué ocasión dió muerte a Busto Tavera, y en sumaria información, antes que de necio muera, dé del delito razón. Diga quién se lo mandó, y por quién le dió la muerte, o qué ocasión le movió a hacerlo; que, de esta suerte, oiré su descargo yo; o que a morir se aperciba. PEDRO: Eso es lo que más desea; el sentimiento le priva, viendo una hazaña tan fea, tan avara, y tan esquiva, del jüicio. REY: ¿Y no se queja de ninguno? FARFÁN: No, señor; con su pesar se aconseja. REY: ¡Notable y raro valor! FARFÁN: Los cargos ajenos deja, y a sí se culpa, no más. REY: No se habrá visto en el mundo tales dos hombres jamás; cuando su valor confundo, me van apurando más. Id, y haced, Alcaldes, luego, que haga la declaración, y habrá en la Corte sosiego. Id, vos, con esta ocasión, don Arias, a ese hombre ciego. De mi parte le decid que diga por quién le dió la muerte; y le persuadid que declare, aunque sea yo, el culpado; y prevenid, si no confiesa, al momento el teatro en que mañana le dé a Sevilla escarmiento. ARIAS: Ya voy.
Vanse los alcaldes, y don ARIAS, sale don MANUEL
MANUEL: La gallarda hermana, con grande acompañamiento, de Busto Tavera, pide para besaros las manos licencia. REY: ¿Quién se lo impide? MANUEL: Gran señor, los ciudadanos. REY: Bien con la razón se mide! Dadme una silla, y dejad que entre ahora. MANUEL: Voy por ella.
Vase
REY: Vendrá vertiendo beldad, como en el cielo la estrella sale tras la tempestad.
Sale don MANUEL, ESTRELLA, y gente
MANUEL: Ya está aquí. REY: No por abril parece así su arrebol el sol gallardo y gentil, aunque por verano el sol vierte rayos de marfil.

ESTRELLA: Cristianísimo don Sancho, de Castilla rey ilustre, por las hazañas notable, heroico por las virtudes, una desdichada Estrella, que sus claros rayos cubre de este luto, que mi llanto lo ha sacado en negras nubes, justicia a pedirte vengo, mas no que tú la ejecutes, sino que en mi arbitrio dejes que mi venganza se funde. Estrella de mayo fui, cuando más flores produce; y agora en estraño llanto ya soy Estrella de otubre. No doy lugar a mis ojos que mis lágrimas enjuguen, porque anegándose en ellas mi sentimiento no culpen. Quise a Tavera mi hermano, que sus sacras pesadumbres ocupa pisando estrellas en pavimentos azules; como hermano me amparó, y como a padre le tuve la obediencia, y el respeto en sus mandamientos puse. Vivía con él contenta, sin dejar que el sol injurie; que aun rayos del sol no eran a mis ventanas comunes. Nuestra hermandad envidiaba Sevilla, y todos presumen que éramos los dos hermanos que a una estrella se reducen. Un tirano cazador hace que el arco ejecute el fiero golpe en mi hermano, y nuestras glorias confunde. Perdí hermano, perdí esposo; sola he quedado, y no acudes a la obligación de rey, sin que nadie te disculpe. Hazme justicia, señor. Dame el homicida; cumple con tu obligación en esto; déjame que yo le juzgue. Entrégamele, ansí reines mil edades, ansí triunfes de las lunas que te ocupan los términos andaluces, porque Sevilla te alabe, sin que su gente te adule, en los bronces inmortales que ya los tiempos te bruñen.

REY: Sosegaos, y enjugad las luces bellas si no queréis que se arda mi palacio; que, en lágrimas, del sol son las estrellas, si cada rayo suyo es un topacio; recoja el alba su tesoro en ellas, si el sol recién nacido le da espacio; y dejad que los cielos las codicien; que no es razón que aquí se desperdicien. Tomad esta sortija, y en Trïana allanad el castillo con sus señas; pónganlo en vuestras manos, sed tirana fiera con él de las hircanas peñas, aunque a piedad, y compasión villana, nos enseñan volando las cigüeñas; que es bien que sean, porque más asombre, aves, y fieras, confusión del hombre. Vuestro hermano murió; quien le dió muerte dicen que es Sancho Ortiz; vengaos vos della; y aunque él muriese así de aquesa suerte, vos la culpa tenéis por ser tan bella. Si es la mujer el animal más fuerte, mujer, Estrella, sois, y sois Estrella; vos vencéis, que inclináis, y con venceros competencia tendréis con dos luceros. ESTRELLA: ¿Qué ocasión dió, gran señor, mi hermosura en la inocente muerte de mi hermano? ¿He dado yo la causa, por ventura o con deseo, a propósito liviano? ¿Ha visto alguno en mí desenvoltura, algún inútil pensamiento vano? REY: Es ser hermosa, en la mujer, tan fuerte, que, sin dar ocasión, da al mundo muerte. Vos quedáis sin matar, porque en vos mata la parte que os dió el cielo, la belleza; se ofende mucho con vos cuando, ingrata y emulación mortal naturaleza, no avarientas las perlas, ni la plata, y un oro que hace un mar vuestra cabeza, para vos reservéis; que no es justicia. ESTRELLA: Aquí, señor, virtud es avaricia; que, si en mí plata hubiera y oro hubiera, de mi cabeza luego le arrancara, y el rostro con fealdad obscureciera, aunque en brasas ardientes le abrasara. Si un Tavera murió, quedó un Tavera; y si su deshonor está en mi cara, yo le pondré de suerte con mis manos, que espanto sea entre los más tiranos.

Vase
REY: (Si a Sancho Ortiz le entregan, imagino Aparte que con su misma mano ha de matalle. ¿Que en vaso tan perfecto y peregrino permite Dios que la fiereza se halle? ¡Ved lo que intenta un necio desatino! Yo incité a Sancho Ortiz. Voy a libralle; que amor que pisa púrpura de reyes, a su gusto, no más, promulga leyes.)
Vanse y salen SANCHO, CLARINDO, y MÚSICOS
SANCHO: ¿Algunos versos, Clarindo, no has escrito a mi suceso ? CLARINDO: ¿Quién, señor, ha de escribir, teniendo tan poco premio? A las fiestas de la Plaza muchos me pidieron versos, y, viéndome por las calles, como si fuera maestro de cortar o de coser, me decían, "¿No está hecho aquel recado?" y me daban más priesa que un rompimiento. Y cuando escritas llevaba las instancias, muy compuestos decían, "Buenas están; yo, Clarindo, lo agradezco." Y, sin pagarme la hechura me enviaban boquiseco. No quiero escribir a nadie, ni ser tercero de necios; que los versos son cansados cuando no tienen provecho. Tomen la pluma los cultos, después de cuarenta huevos sorbidos, y versos pollos saquen a luz de otros dueños; que yo por comer escribo, si escriben comidos ellos. Y si qué comer tuviera, excediera en el silencio a Anajágoras, y burla de los latinos y griegos ingenios hiciera.
Salen [don PEDRO y FARFÁN.] los alcaldes mayores, y don ARIAS
PEDRO: Entrad. CLARINDO: Que vienen, señor, sospecho, éstos a notificarte la sentencia.
A los músicos
SANCHO: Pues de presto decid vosotros un tono. (Agora sí que deseo Aparte morir, y quiero cantando dar muestras de mi contento; fuera de que quiero darles a entender mi heroico pecho, y que aun la muerte no puede en él obligarme a menos.) CLARINDO: ¡Notable gentilidad! ¿Qué más hiciera un tudesco, llena el alma de lagañas de pipotes de lo añejo, de Monturque y de Lucena, santos y benditos pueblos?
Cantan
MÚSICOS: "Si consiste en el vivir mi triste y confusa suerte, lo que se alarga la muerte eso se alarga el morir." CLARINDO: ¡Gallardo mote han cantado! SANCHO: A propósito discreto.
Cantan
MÚSICOS: "No hay vida como la muerte, para el que vive muriendo." PEDRO: ¿Agora es tiempo, señor, de música? SANCHO: Pues ¿qué tiempo de mayor descanso pueden tener en su mal los presos? FARFÁN: Cuando la muerte por horas le amenaza, y por momentos la sentencia está aguardando del fulminado proceso, ¿con música se entretiene? SANCHO: Soy cisne, y la muerte espero cantando. FARFÁN: Ha llegado el plazo. SANCHO: Las manos y pies os beso por las nuevas que me dais. ¡Dulce día!
A los MÚSICOS
Sólo tengo, amigos, esta sortija, pobre prisión de mis dedos. Repartilda; que en albricias os la doy; y mis contentos publicad con la canción que a mi propósito han hecho.
Cantan
MÚSICOS: "Si consiste en el vivir mi triste y confusa suerte, lo que se alarga la muerte, eso se alarga el morir." SANCHO: Pues si la muerte se alarga lo que la vida entretengo, y está en la muerte la vida, con justicia la celebro. PEDRO: Sancho Ortiz de las Roelas, ¿vos confesáis que habéis muerto a Busto Tavera? SANCHO: Sí, y aquí a voces lo confieso. Yo le di muerte, señores, al más noble caballero que trujo arnés, ciñó espada, lanza empuñó, enlazó yelmo. Las leyes del amistad, guardadas con lazo eterno, rompí, cuando él me ofreció sus estrellados luceros. Buscad bárbaros castigos, inventad nuevos tormentos, porque en España se olviden de Fálaris y Magencio. FARFÁN: Pues ¿sin daros ocasión le matasteis? SANCHO: Yo le he muerto; esto confieso, y la causa no la sé, y causa tengo, y es de callaros la causa; pues tan callada la tengo, si hay alguno que lo sepa, dígalo; que yo no entiendo por qué murió; sólo sé que le maté sin saberlo. PEDRO: Pues parece alevosía matarle sin causa. SANCHO: Es cierto que la dió, pues que murió. PEDRO: ¿A quién la dió? SANCHO: A quien me ha puesto en el estado en que estoy, que es en el último estremo. PEDRO: ¿Quién es? SANCHO: No puedo decirlo, porque me encargó el secreto; que, como rey en las obras, he de serlo en el silencio. Y para matarme a mí, basta saber que le he muerto, sin preguntarme el porqué. ARIAS: Señor Sancho Ortiz, yo vengo aquí en nombre de Su Alteza a pediros que a su ruego confeséis quién es la causa de este loco desconcierto. Si lo hicisteis por amigos, por mujeres, o por deudos, o por algún poderoso y grande de aqueste reino; y si tenéis de su mano papel, resguardo, o concierto, escrito o firmado, al punto lo manifestéis, haciendo lo que debéis. SANCHO: Si lo hago, no haré, señor, lo que debo. Decilde a Su Alteza, amigo, que cumplo lo que prometo; y si él es don Sancho el Bravo, yo ese mismo nombre tengo. Decilde que bien pudiera tener papel; mas me afrento de que papeles me pida, habiendo visto romperlos. Yo maté a Busto Tavera; y, aunque aquí librarme puedo, no quiero, por entender que alguna palabra ofendo. Rey soy en cumplir la mía, y lo prometido he hecho; y quien promete, también es razón haga lo mesmo. Haga quien se obliga hablando, pues yo me he obligado haciendo; que, si al callar llaman Sancho, yo soy Sancho, y callar quiero. Esto a Su Alteza decid; y decilde que es mi intento que conozca que en Sevilla también ser reyes sabemos.

La estrella de Sevilla part 8

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham