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BUSTO: Sancho Ortiz de las Roelas...
SANCHO: ¿Ya no me llamáis cuñado?
BUSTO: Un caballo desbocado
me hace correr sin espuelas.
Sabed que el rey me llamó,
no sé, por Dios, para qué;
que, aunque se lo pregunté,
jamás me lo declaró.
Hacíame general
de Archidona, sin pedillo,
y, a fuerza de resistillo,
no me dió el bastón real.
Hízome al fin...
SANCHO: Proseguid;
que todo eso es alegría.
Decid la melancolía,
y la tristeza decid.
BUSTO: De su cámara me ha hecho.
SANCHO: También es gusto.
BUSTO: Al pesar
vamos.
SANCHO: Que me ha de costar
algún cuidado sospecho.
BUSTO: Díjome que no casara
a Estrella, porque el quería
casalla, y se prefería,
cuando yo no la dotara,
a hacerlo, y darla marido
a su gusto.
SANCHO: Tú dijiste
que estabas alegre y triste;
mas yo solo el triste he sido,
pues tú alcanzas las mercedes,
y yo los pesares cojo.
Déjame a mí con tu enojo,
y tú el gusto tener puedes;
que en la cámara del rey,
y bien casada tu hermana,
el tenerle es cosa llana;
mas no cumples con la ley
de amistad, porque debías
decirle al rey que ya estaba
casada tu hermana.
BUSTO: Andaba
entre tantas demasías
turbado mi entendimiento,
que lugar no me dió allí
a decirlo.
SANCHO: Siendo ansí,
¿no se hará mi casamiento?
BUSTO: ¿Volviendo a informar al rey
que están hechos los conciertos
y escrituras, serán ciertos
los contratos; que su ley
no ha de atropellar lo justo?
SANCHO: Si el rey la quiere torcer,
¿quién fuerza le podrá hacer,
habiendo interés o gusto?
BUSTO: Yo le hablaré, y vos también,
pues yo entonces, de turbado,
no le dije lo tratado.
SANCHO: ¡Muerte pesares me den!
Bien decía que en el tiempo
no hay instante de firmeza,
y que el llanto y la tristeza
son sombra del pasatiempo.
Y cuando el rey con violencia
quisiere torcer la ley...
BUSTO: Sancho Ortiz, el rey es rey;
callar y tener paciencia.
Vase
SANCHO: En ocasión tan triste,
¿quién paciencia tendrá, quién sufrimiento?
Tirano, que veniste
a perturbar mi dulce casamiento
con aplauso a Sevilla,
¡no goces los imperios de Castilla!
Bien de don Sancho el Bravo
mereces el renomabre que en las obras
de conocerte acabo;
y, pues por tu crueldad tal nombre cobras
y Dios siempre la humilla,
¡no goces los imperios de Castilla!
¡Conjúrese tu gente,
y pongan a los hijos de tu hermano
la corona en la frente
con bulas del pontífice romano!
Y dándoles tu silla,
¡no goces los imperios de Castilla!
De Sevilla salgamos;
vamos a Gibraltar, donde las vidas
en su riesgo perdamos.
CLARINDO: Sin ir allá las damos por perdidas.
SANCHO: Con Estrella tan bella
¿cómo vengo a tener tan mala estrella?
Mas ¡ay! que es rigurosa,
y en mí son sus efecto desdichados.
CLARINDO: Por esta Estrella hermosa
morimos como huevos estrellados;
mejor fuera en tortilla.
SANCHO: ¡No goces los imperios de Castilla!
Vanse. Salen el REY, don ARIAS, y acompañamiento
REY: Decid como estoy aquí.
ARIAS: Ua lo saben, y a la puerta
a recibirte, señor,
sale don Busto Tavera.
BUSTO: ¿Tal merced, tanto favor?
¿En mi casa Vuestra Alteza?
REY: Por Sevilla así embozado
salí, con gusto de verla;
y me dijeron, pasando,
que eran vuestras casas éstas,
y quise verlas; que dicen
que son en extremo buenas.
BUSTO: Son casas de un escudero.
REY: Entremos.
BUSTO: Señor, son hechas
para mi humildad, y vos
no podéis caber en ellas;
que, para tan gran señor,
se cortaron muy estrechas,
y no os vendrán bien sus salas;
que son, gran señor, pequeñas,
porque su mucha humildad
no aspira a tanta soberbia;
fuera, señor, de que en casa
tengo una hermosa doncella
solamente, que la caso
ya con escrituras hechas,
y no sonará muy bien
en Sevilla, cuando sepan
que a visitarla venís.
REY: No vengo, Busto, por ella;
por vos vengo.
BUSTO: Gran señor,
notable merced es ésta;
y, si aquí por mí venís,
no es justo que os obedezca;
que será descortesía
que a visitar su rey venga
al vasallo, y que el vasallo
lo permita y lo consienta.
Crïado y vasallo soy,
y es más razón que yo os vea,
ya que me queréis honrar,
en el Alcázar; que afrentan
muchas veces las mercedes,
cuando vienen con sospecha.
REY: ¿Sospecha? ¿De qué?
BUSTO: Dirán,
puesto que al contrario sea,
que venistes a mi casa
por ver a mi hermana; y puesta
en opiniones su fama,
está a pique de perderla;
que el honor es cristal puro,
que con un soplo se quiebra.
REY: Ya que estoy aquí, un negocio
comunicaros quisiera.
Entremos.
BUSTO: Por el camino
será, si me dais licencia;
que no tengo apercebida
la casa.
Aparte con don ARIAS
REY: Gran resistencia
nos hace.
ARIAS: Llevarle importa;
que yo quedaré con ella,
y en tu nombre la hablaré.
REY: Habla paso, no te entienda;
que tiene todo su honor
este necio en las orejas.
ARIAS: Arracadas muy pesadas
de las orejas se cuelgan:
el peso las romperá.
REY: Basta, no quiero por fuerza
ver vuestra casa.
BUSTO: Señor,
en casando a doña Estrella,
con el adorno que es justo
la verá.
ARIAS: Esos coches llega.
REY: Ocupad, Busto, un estribo.
BUSTO: A pie, si me dais licencia,
señor, yo iré.
REY: El coche es mío,
y mando yo en él.
ARIAS: Ya esperan
los coches.
REY: Guíen al Alcázar.
BUSTO: (Muchas mercedes son éstas, Aparte
y gran favor me hace el rey.
¡Plegue a Dios que por bien sea!)
Vanse, y queda don ARIAS. Salen ESTRELLA, y NATILDE
ESTRELLA: ¿Qué es lo que dices, Natilde?
NATILDE: Que era el rey, señora.
ARIAS: Él era;
y no es mucho que los reyes
siguiendo una Estrella vengan.
A vuestra casa venía
buscando tanta belleza;
que, si el rey lo es de Castilla,
vos de la beldad sois reina.
El rey don Sancho, a quien llaman,
por su invicta fortaleza,
el Bravo, el vulgo, y los moros,
porque de su nombre tiemblan,
el Fuerte, y sus altas obras,
el Sacro y Augusto César
--que los laureles romanos,
con sus hazañas, afrenta,--
esa divina hermosura
vió en un balcón, competencia
de los palacios del alba,
cuando, en rosas y azucenas
medio dormidas, las aves
la madrugan y recuerdan,
y, del desvelo llorosa,
vierte racimos de perlas.
Mandóme que de Castilla
las riquezas te ofreciera
--aunque son para tus gracias
limitadas sus riquezas,--
que su voluntad admitas;
que, si la admites y premias,
serás de Sevilla el Sol,
si hasta aquí has sido la Estrella.
Daráte villas, ciudades,
de quien serás ricahembra,
y a un ricohombre te dará
por esposo, con quien seas
corona de tus pasados
y aumento de tus Taveras.
¿Qué respondes?
ESTRELLA: ¿Qué respondo?
Lo que ves.
Vuelve la espalda
ARIAS: Aguarda, espera.
ESTRELLA: A tan livianos recados
da mi espalda la respuesta.
Vase
ARIAS: (¡Notable valor de hermanos! Aparte
Los dos suspenso me dejan.
La gentilidad romana
Sevilla en los dos celebra.
Parece cosa imposible
que el rey los contraste y venza;
pero porfía y poder
talan montes, rompen peñas.
Hablar quiero a esta crïada;
que las dádivas son puertas
para conseguir favores
de las Porcias y Lucrecias.)
A NATILDE
¿Eres crïada de casa?
NATILDE: Crïada soy, mas por fuerza.
ARIAS: ¿Cómo por fuerza?
NATILDE: Que soy
esclava.
ARIAS: ¿Esclava?
NATILDE: Y sujeta,
sin la santa libertad,
a muerte y prisión perpetua.
ARIAS: Pues yo haré que el rey te libre,
y mil ducados de renta
con la libertad te dé,
si en su servicio te empleas.
NATILDE: Por la libertad y el oro
no habrá maldad que no emprenda;
mira lo que puedo hacer;
que lo haré, como yo pueda.
ARIAS: Tú has de dar al rey entrada
en casa esta noche.
NATILDE: Abiertas
todas las puertas tendrá,
como cumplas la promesa.
ARIAS: Una cédula del rey,
con su firma y de su letra,
antes que entre, te daré.
NATILDE: Pues yo le pondré en la mesma
cama de Estrella esta noche.
ARIAS: ¿A qué hora Busto se acuesta?
NATILDE: Al alba viene a acostarse;
todas las noches requiebra;
que este descuido en los hombres
infinitas honras cuesta.
ARIAS: ¿Y a qué hora te parece
que venga el rey?
NATILDE: Señor, venga
a las once; que ya entonces
estará acostada.
ARIAS: Lleva
esta esmeralda en memoria
de las mercedes que esperas
del rey.
NATILDE: Que no hay para qué.
ARIAS: No quiero que te parezcas
a los médicos.
NATILDE: Por oro,
¿qué monte tendrá firmeza?
El oro ha sido en el mundo
el que los males engendra,
porque si él faltara, es claro,
no hubiera infamias, ni afrentas.
Vanse, y Salen ÍÑIGO Osorio, BUSTO
Tavera, y don MANUEL, Con llaves doradas
MANUEL: Goce Vuestra Señoría
la llave y cámara, y vea
el aumento que desea.
BUSTO: Saber pagalle querría
a Su Alteza la merced
que me hace sin merecella.
ÍÑIGO. Mucho merecéis, y en ella
que no se engaña, creed,
el rey.
BUSTO: Su llave me ha dado:
pero me hace de su cielo,
aunque me amenaza el suelo,
viéndome tan levantado;
que, como impensadamente
tantas mercedes me ha hecho,
que se ha de mudar, sospecho,
el que honra tan de repente.
Mas, conservando mi honor,
si a lo que he sido me humilla,
vendré a quedarme en Sevilla
Veinticuatro, y Regidor.
ÍÑIGO: ¿Quién es de guarda?
MANUEL: Ninguno
de los tres.
ÍÑIGO. Pues yo quisiera
holgarme.
MANUEL: Busto Tavera,
si tenéis requiebro alguno,
esta noche nos llevad,
y la espalda os guardaremos.
BUSTO: Si queréis que visitemos
lo común de la ciudad,
yo os llevaré donde halléis
conceptos, y vocería,
y dulce filosofía
de Amor.
MANUEL: Merced nos haréis.
Sale don ARIAS
ARIAS: A recoger, caballeros;
que quiere el rey escribir.
MANUEL: Vamos, pues, a divertir
la noche.
Vanse, y [queda don ARIAS]. Sale el REY
REY: ¿Que sus luceros
esta noche he de gozar,
don Arias?
ARIAS: El esclavilla
es estremada.
REY: Castilla
estatuas la ha de labrar.
ARIAS: Una cédula has de hacella.
REY: Ven, don Arias, a ordenarla;
que no dudaré en firmarla,
como mi amor lo atropella.
ARIAS: ¡Buena queda la esclavilla,
a fe de noble!
REY: Recelo
que me vende el sol del cielo
en la Estrella de Sevilla.
FIN DEL ACTO PRIMERO
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham