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ARIAS:            Aquí, gran señor, está 
               Busto Tavera.
BUSTO:                        A esos pies
               turbado llego, porque es 
               natural efeto ya
                  en la presencia del rey 
               turbarse el vasallo; y yo, 
               puesto que esto lo causó, 
               como es ordinaria ley,
                  dos veces llego turbado, 
               porque el hacerme, señor, 
               este impensado favor, 
               turbación en mí ha causado.
REY:             Alzad.
BUSTO:                  Bien estoy ansí;
               que, si el rey se ha de tratar
               como a santo en el altar,
               digno lugar escogí.
REY:              Vos sois un gran caballero.
BUSTO:         De eso he dado a España indicio,  
               pero, conforme a mi oficio,
               señor, los aumentos quiero.
REY:              Pues, ¿yo no os puedo aumentar?
BUSTO:         Divinas y humanas leyes
               dan potestad a los reyes,
               pero no les dan lugar
                  a los vasallos a ser
               con sus reyes atrevidos,
               porque con ellos medidos,
               gran señor, deben tener
                  sus deseos: y ansí, yo,
               que exceder las leyes veo,
               junto a la ley mi deseo.
REY:           ¿Cuál hombre no deseó
                  ser más siempre?
BUTO:                             Si a más fuera,
               cubierto me hubiera hoy,
               pero si Tavera soy,
               no ha de cubrirse Tavera.
REY:              Notable filosofía 
               de honor.
ARIAS:                   Éstos son primero 
               los que caen.
REY:                         Yo no quiero,
               Tavera, por vida mía,
                  que os cubráis hasta aumentar
               vuestra persona en oficio
               que os dé de este amor indicio.
               Y ansí, os quiero consultar,
                  sacándoos de ser Tavera,
               por general de Archidona;
               que vuestra heroica persona
               será rayo en su frontera.
BUSTO:            Pues yo, señor, ¿en qué guerra
               os he servido ?
REY:                           En la paz
               os hallo, Busto, capaz
               para defender mi tierra;
                  tanto, que ahora os prefiero
               a éstos que servicios tales
               muestran por sus memoriales,
               que, aquí en mi presencia, quiero
                  que leáis y despachéis.
               Tres pretenden, que sois vos
               y éstos dos.  Mirad qué dos
               competidores tenéis.

Lee
BUSTO: "Muy poderoso Señor: Don Gonzalo de Ulloa suplica a Vuestra Alteza le haga merced de la plaza de Capitán General de las fronteras de Archidona, atento que mi padre, estándole sirviendo más tiempo de catorce años, haciendo notables servicios a Dios por vuestra corona, murió en una escaramuza. Pido justicia, etc." Si de su padre el valor ha heredado don Gonzalo, el oficio le señalo.
Lee
"Muy poderoso Señor: Fernán Pérez de Medina veinte años soldado ha sido, y a vuestro padre ha servido, y serviros imagina con su brazo y con su espada en propios reinos y estraños; ha sido adalid diez años de la Vega de Granada; ha estado cautivo en ella tres años en ejercicios viles, por cuyos oficios y por su espada, que en ella toda su justicia abona, pide en este memorial el bastón de General de los campos de Archidona." REY: Decid los vuestros. BUSTO: No sé servicio aquí que decir por donde pueda pedir, ni por donde se me dé. Referir de mis pasados los soberanos blasones, tantos vencidos pendones y castillos conquistados, pudiera; pero, señor, ya por ellos merecieron honor; y, si ellos sirvieron, no merezco yo su honor. La justicia, para sello, ha de ser bien ordenada porque es caridad sagrada que Dios cuelga de un cabello, para que, si a tanto exceso de una cosa tan sutil, para que, cayendo en fil, no se quiebre, y dé buen peso. Dar este oficio es justicia a uno de los dos aquí; que, si me le dais a mí, hacéis, señor, injusticia. Y aquí en Sevilla, señor, en cosa no os he obligado; que en las guerras fuí soldado, y en las paces regidor. Y si va a decir verdad, Fernán Pérez de Medina merece el cargo; que es digna de la frontera su edad; y a don Gonzalo podéis, que es mozo, y cordobés Cid, hacer, señor, adalid. REY: Sea, pues vos lo queréis. BUSTO: Sólo quiero --la razón y la justicia lo quieren-- darlos a los que sirvieron debida satisfación. REY: Basta; que me avergonzáis con vuestros buenos consejos. BUSTO: Son mis verdades espejos, y así en ellas os miráis. REY: Sois un grande caballero, y en mi cámara y palacio quiero que asistáis de espacio, porque yo conmigo os quiero. ¿Sois casado? BUSTO: Gran señor, soy de una hermana marido, y casarme no he querido hasta dársele. REY: Mejor yo, Busto, se le daré. ¿Es su nombre...? BUSTO: Doña Estrella. REY: A Estrella que será bella no sé qué esposo le dé si no es el sol. BUSTO: Sólo un hombre, señor, para Estrella anhelo; que no es Estrella del cielo. REY: Yo la casaré en mi nombre con hombre que la merezca. BUSTO: Por ello los pies te pido. REY: Daréla, Busto, marido que a su igual no desmerezca; y decidle que he de ser padrino y casamentero, y que yo dotarla quiero. BUSTO: Ahora quiero saber, señor, para qué ocasión Vuestra Alteza me ha llamado, porque me ha puesto en cuidado. REY: Tenéis, Tavera, razón. Yo os llamé para un negocio de Sevilla, y quise hablaros primero para informaros dél; pero la paz y el ocio nos convida; más de espacio lo trataremos los dos; desde hoy asistidme vos en mi Cámara y palacio. Id con Dios. BUSTO: Los pies me dad. REY: Mis dos brazos, Regidor, os daré. BUSTO: (Tanto favor Aparte no entiende mi actividad; sospechoso voy: quererme y, sin conocerme, honrarme más parece sobornarme, honor, que favorecerme.)
Vase
REY: El hombre es bien entendido, y tan cuerdo como honrado. ARIAS: De estos honrados me enfado. ¡Cuántos, gran señor, lo han sido hasta dar con la Ocasión! Sí, en ella son de estos modos todos cuerdos; pero todos con ella bailan a un son. Aquél murmura hoy de aquél que el otro ayer murmuró; que la ley que ejecutó ejecuta el tiempo en él. Su honra en una balanza pone; en otra poner puedes tus favores y mercedes, tu lisonja y tu privanza, y verás, gran señor, como la que agora está tan baja viene a pesar una paja; y ella, mil marcos de plomo. REY: Encubierto pienso ver esta mujer en su casa; que es sol, pues tanto me abrasa, aunque Estrella al parecer. ARIAS: Mira que podrán decir. REY: Los que reparando están, amigo, en lo que dirán se quieren dejar morir. Viva yo, y diga Castilla lo que quisiere entender; que Rey Mago quiero ser de la Estrella de Sevilla.
Vanse. Salen Don SANCHO, Doña ESTRELLA, NATILDE, y CLARINDO
SANCHO: Divino ángel mío, ¿cuándo seré tu dueño, sacando de este empeño las ansias que te envío? ¿Cuándo el blanco rocío que vierten mis dos ojos, sol que alumbrando sales en conchas de corales, de que ha formado Amor los labios rojos, con apacibles calmas perlas harán que engasten nuestras almas? ¿Cuándo, dichosa Estrella --que como el sol adoro, a tu epiciclo de oro resplandeciente y bella, la luz que baña y sella tu cerbelo divino-- con rayos de alegría adornarás el día, juntándonos amor en sólo un sino, para que emule el cielo otro Cástor y Pólux en el suelo? ¿Cuándo en lazos iguales nos llamará Castilla Géminis de Sevilla con gustos inmortales? ¿Cuándo tendrán mis males esperanzas de bienes? ¿Cuándo, alegre y dichoso, me llamaré tu esposo a pesar de los tiempos que detienes, que en perezoso turno caminan con las plantas de Saturno? ESTRELLA: Si como mis deseos los tiempos caminaran, al sol aventajaran los pasos giganteos; y mis dulces empleos celebrara Sevilla, sin envidiar celosa, amante y venturosa, la regalada y tierna tortolilla, que con arrullos roncos tálamos hace en mil lacivos troncos. En círculos amantes ayer se enamoraban do sabes, y formaban requiebros ignorantes; sus picos de diamantes sus penachos de nieve dulcemente ofendían, mas luego los hacían vaso en que amor sus esperanzas bebe, pues, los picos unidos, se brindaban las almas y sentidos. SANCHO: ¡Ay, cómo te agradezco, mi vida, esos deseos! Los eternos trofeos de la fama apetezco; sólo el alma te ofrezco. ESTRELLA: Yo con ella la vida, para que viva en ella. SANCHO: ¡Ay, amorosa Estrella, de fuego y luz vestida! ESTRELLA: ¡Ay, piadoso homicida! SANCHO: ¡Ay, sagrados despojos, norte en el mar de mis confusos ojos! CLARINDO: ¿Cómo los dos no damos de holandas y cambrayes algunos blandos ayes, siguiendo a nuestros amos? SANCHO: ¿No callas? CLARINDO: Ya callamos. ¡Ay, hermosa muleta de mi amante desmayo! NATILDE: ¡Ay, hermano lacayo, que al son de la almohaza eres poeta! CLARINDO: ¡Ay, mi dicha! NATILDE: ¡Ay, dichoso! CLARINDO: No tiene tantos ayes un leproso. SANCHO: ¿Qué dice al fin tu hermano? ESTRELLA: Que, hechas las escrituras tan firmes y seguras, el casamiento es llano, y que el darte la mano unos días dilate hasta que él se prevenga. SANCHO: Mi amor quiere que tenga mísero fin; el tiempo le combate. Hoy casarme querría; que da el tiempo mil vueltas cada día. La mar, tranquila y cana, amanece ya en leche, y, antes que montes eche al sol por la mañana, en círculos de grana madruga el alba hermosa, y luego negra nube en sus hombros se sube vistiéndola con sombra tenebrosa, y los que fueron riscos son de nieve gigantes basiliscos. Penachos de colores toma un almendro verde, y en un instante pierde sus matizadas flores; cruzan murmuradores los arroyuelos puros, y en su argentado suelo grillos les pone el hielo; pues si éstos dél jamás están seguros, ¿cómo en tanta mudanza podré tener del tiempo confïanza? ESTRELLA: Si el tiempo se detiene, habla a mi hermano. SANCHO: Quiero hablarle, porque muero lo que Amor le entretiene. CLARINDO: Busto Tavera viene.
Sale BUSTO
BUSTO: ¡Sancho amigo! ESTRELLA: ¡Ay! ¿Qué es esto? SANCHO: ¿Vos con melancolía? BUSTO: Tristeza y alegría en cuidado me ha puesto. Éntrate dentro, Estrella. ESTRELLA: ¡Válgame Dios, si el tiempo me atropella!
Vanse [ESTRELLA, y NATILDE]

La estrella de Sevilla part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham